Centro Martin Luther King

DE MIÉRCOLES DE CENIZA A DOMINGO DE RESURRECCIÓN. VISTAS COTIDIANAS.

Quién no creció con las palabras de la abuela —donde casi siempre no eran tales palabras sino regaño— sobre el Miércoles de Ceniza y la procuración de hacer lo correcto. O, con una lectura sermónica del cura que vive cerca de la pequeña comunidad rural el domingo antes del día señalado.

Quién no creció con las palabras de la abuela —donde casi siempre no eran tales palabras sino regaño— sobre el Miércoles de Ceniza y la procuración de hacer lo correcto. O, con una lectura sermónica del cura que vive cerca de la pequeña comunidad rural el domingo antes del día señalado. Quién no leyó en un pequeño librito, casi folleto, las historias legendarias del “miércoles santo”, más santo que el de la Semana Santa; cuando casi por “obligación” había, y para muchos hay, una lista de cosas que se quiere cambiar y lo primero es alejarse de la hartura, en otras palabras: ayuno.

Seguramente para los más avezados en arte, advertir la penitencia que se desmonta del ser humano en la obra de Carl Spitzweg, pudiera provocar más que esperanza, insatisfacción. Pero la historia es mucho más dura, cuando cuarenta días antes en el siglo IV, la Cuaresma coincidía con un domingo, el propio domingo en que la tradición cristiana celebra y hace fiesta. No faltó mucho para que se trasladara a otro día, menos festivo según el calendario judeo-cristiano y para nosotros y nosotras, los de esta era, “miércoles del medio”.

Entonces la semejanza de días en toda la Cuaresma es mucho más palpable, el Miércoles de Ceniza se reproduce, salvando distancias, en el Viernes Santo. Las lecturas cotidianas que en estas fechas halan de las liturgias, sea cual sea, referente a la condición humana, la penitencia, el arrepentimiento de los pecados, tendrían que pasar por el filtro de una lectura popular, contemporánea y esperanzadora. No tiene sentido alguno, reprimir sin enseñanza o azotar sin ungüento. Mucho más provocador es el propio Jesús que, desde una mirada más elevada —porque claro está: sus pensamientos no son nuestros pensamientos, y sus caminos no son nuestros caminos—, nos propone hacer un recorrido en y por nosotros.

El simbolismo de la ceniza se relaciona con el hecho de ser el residuo frío y pulverulento de la combustión, lo que persiste luego de la extinción del fuego. La ceniza simboliza la muerte, la conciencia de la nada y de la vanidad de las cosas, la nulidad de las criaturas frente a su Creador, el arrepentimiento y la penitencia. Y no es descabellada cada interpretación semiótica que se haga de estas imágenes, lo que no se puede alejar es el sentido del significado.

Si sacamos las palabras claves de la cita antes mencionada, coincidiríamos con ceniza, muerte, conciencia, vanidad, penitencia y Creador. Las mismas palabras que caracterizan a la Semana Santa. Hagamos un puente de significados y fechas. Domingo de Ramos y Miércoles Santo: conciencia; Jueves Santo: penitencia; Viernes de Crucifixión y Sábado de Gloria: Muerte; Domingo de Resurrección: Creador.

Ahora bien, ¿cómo se materializan estas significaciones en la espiritualidad de cada creyente? Antes de ello, me gustaría que hablásemos un mismo lenguaje acerca de espiritualidad, y lo haré de la forma más generalizadora posible. Si entendemos por espiritualidad la disposición moral, psíquica o cultural, que posee quien tiende a investigar y desarrollar las características de su espíritu y tributa a una práctica consciente de la virtud , entonces la espiritualidad tiene una connotación personal en primer lugar y, luego, colectiva.

Retomando la pregunta anterior: Este período desde el Miércoles de Cenizas hasta la Semana Santa invita a redescubrirnos desde un eje transversal que es la teología ¿Teología individual y colectiva? Los resultados no serán completos si la experiencia del otro no es compartida con la nuestra. Siguiendo los textos bíblicos de los Evangelios, los discípulos disfrutaron, desde sus individualidades, el milagro que transcurre en esta última semana de Jesús. Y prefiero llamarlo solo Jesús en este contexto porque, aunque el calificativo más cercano a los discípulos es Maestro, en esta ocasión, ellos, tendrán que vivir todas las enseñanzas aprendidas.

Los acontecimientos pascuales, tales como la entrada triunfal, la unción de Lázaro, traición de Judas, negación de Pedro, el lavado de los pies, la cena conjunta, las interrogaciones de Caifás y Pilato, la vigilia pascual y la experiencia de las mujeres sobre la resurrección, marcaron un recorrido desde las reacciones internas (enseñanzas precedentes) y las consonancias en las prácticas externas (acciones realizadas).

Hoy nuestra realidad nos desmonta de prácticas cotidianas a un ejercicio de pensamiento. Siguiendo con las analogías, algunas interrogantes nos interpelan a la luz de la víspera divina: ¿con qué actitud recibiremos al Mesías en nuestro Jerusalem (entiéndase por Jerusalem nuestra ciudad o comunidad, el lugar espiritual y físico en el que vivimos)?

Según el evangelio de Juan…seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una fibra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. La pregunta que nos asalta entonces bien corresponde con dos cuestiones. La primera, Betania y la segunda tiene que ver con actitudes. ¿Será este nuestro lugar de encuentro? ¿Estamos ajustando nuestras actitudes para que sean como “fibra de perfume de nardo”? El pasaje anota algo más que, a mi juicio, es crucial. La cualidad del perfume descrito: auténtico y costoso; para pensar ¿verdad?

Judas y Pedro no parecen tan distantes, los dos tienen el mismo grado de proximidad con Jesús, el primero es capaz de mojar el pan en su plato, el segundo hablar, desde el Espíritu, sobre el Hijo del Dios Viviente. El uno traiciona y el otro niega. Todo se trata de actitudes que primero pasan por el corazón, y ya sabemos que engañoso es el corazón más que todas las cosas. Lecciones que se aprenden desde el dolor, y aunque diferente a lo que el Cristo debía aprender en la cruz, lo único que el propio Dios se somete a aprender, es la obediencia.

La misma copa que compartieron en la mesa, y a cada uno de los discípulos los hizo iguales; ahora es la copa que el Hijo de Dios pide no tomar con grito agónico en Gólgota y luego el estremecedor Eloi, Eloi, lamá sabactani.

Aunque algunos investigadores han declarado que la muerte de Jesús pudo producirse por un colapso del corazón por las reacciones del agua y la sangre, Pierre Barbet anota que pudo ser asfixia, otros acotan que la muerte en una cruz podía suceder por múltiples razones, como shock hipovolémico a consecuencia de la hemorragia causada por los azotes y los clavos; o sepsis generalizada por las heridas infectadas, la comunidad cristiana sabe que la principal causa de muerte del Mesías fue el amor.

El viernes angustioso no es más que el recordatorio del amor, del inmensurable sacrificio del primer siglo por cada uno de nosotros y nosotras. Pero la muerte en sí solo deja desesperanza, angustia. El centro teológico y pastoral del cristianismo es la resurrección, en ella se sustenta la vida que se renueva cada día en miles de personas que apuestan por un camino mucho más excelente, por el amor a ultranza, por un proyecto de restauración y acompañamiento. Ojalá que esta semana sea para muchos, un comienzo, para otros, la continuidad de una vida en abundancia desde lo “santo”.

*La autora es miembro de la Red Ecuménica Fe por Cuba en Ciego de Ávila

Última modificación: 16 de abril de 2019 a las 21:12
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