Centro Martin Luther King

La Semana Santa, Teología e Historia

Los acontecimientos de la Semana Santa, más que un recordatorio, son un llamado a la Iglesia de hoy a reafirmar su compromiso con Cristo y con el mundo al cual servimos.

1. De la Pascua Semanal a la Pascua Anual
Para los cristianos, desde la antigüedad, el domingo no es un día como otro cualquiera, es el día del Señor. Esto se debe a la resurrección de Cristo; porque la presencia del Señor resucitado en la Iglesia es la razón de ser de la fiesta principal: el domingo.

Con el pasar del tiempo, además de esa celebración pascual semanal que era el domingo, los cristianos fueron viendo que había un domingo, que de alguna manera, era más especial que los otros. Así, los cristianos introdujeron una celebración anual de la Pascua, de la Resurrección.

Para la celebración anual de esta Pascua, la comunidad cristiana se inspiró en los festejos de la Pascua judía. Pero el contenido de las dos fiestas era bien distinto: Los judíos celebran la liberación que Dios realizó, sacándolos de Egipto y conduciéndolos a una nueva tierra. Los cristianos, por su parte, celebran la obra salvadora de Dios a través de la muerte y resurrección de su Hijo Jesucristo.
Hay que decir que la Pascua fue la primera fiesta en ser instituida por la comunidad cristiana y, por mucho tiempo, fue la única fiesta que se celebraba. Observemos que, mientras la Pascua es celebrada desde los primeros tiempos de las comunidades cristianas, la conmemoración de la Navidad surge unos 300 años después.

Desde fechas muy tempranas, la Pascua se convirtió también en el día anual del bautismo cristiano. (Algunos ven reflejos de una liturgia bautismal de Pascua ya en la primera carta de Pedro, pero es hipotético). De esta manera las comunidades cristianas expresaban la teología del bautismo desarrollada por el apóstol Pablo en su carta a los Romanos (6: 3-5):

“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?, porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección”.

Debido a esa comprensión del bautizo, y por motivos prácticos, muy temprano en el tiempo se organizó lo que llegó a ser la Vigilia Pascual. Esta vigilia tenía lugar en la noche anterior al Domingo de Pascua, iniciándose al anochecer del sábado. Hay que recordar que los primeros cristianos seguían la tradición judía de iniciar la celebración en la víspera, en la noche del día anterior. Así, al caer la noche del sábado ya comenzaba el domingo. El objetivo primero de esta vigilia era catequético. En esta vigilia los candidatos al bautizo, después de un largo período de preparación, ayunaban y oraban con los líderes de la Iglesia, y recibían una serie de orientaciones como preparación para el acontecimiento del bautizo. En un inicio en esta vigilia participaban solamente los candidatos al bautizo, los líderes de la iglesia y algunos otros miembros. Con el paso del tiempo esta vigilia dejó de ser una celebración cerrada y pasó a ser una celebración de toda la comunidad. El bautizo era celebrado en ríos o en bautisterios fuera de las iglesias. Después del bautismo, las personas que habían sido bautizadas entraban a la Iglesia, donde la comunidad estaba aguardando.

2. Desarrollo de otras Celebraciones Alrededor de la Pascua: el Triduo Pascual
Jerusalén fue el escenario de los principales acontecimientos de los últimos días de Jesús, así como de su resurrección. Desde muy temprano, Jerusalén se volvió el destino de miles de personas que querían visitar los lugares donde Jesús había muerto y resucitado. Sobre todo, la mayor cantidad de peregrinos venía a Jerusalén en la época previa a la Pascua.

La comunidad cristiana de Jerusalén creó ritos litúrgicos alrededor de esos lugares importantes para ellos, ritos de los cuales muchos peregrinos participaban. Esos ritos unían el tiempo y el espacio, celebraban la muerte, sepultura y resurrección de Jesús en los días del año y en los lugares en que se dieron esos acontecimientos, como por ejemplo: la entrada de la ciudad (Domingo de Ramos), el monte de los Olivos (Jueves Santo), el monte Calvario (Viernes Santo), el santo sepulcro (Resurrección). Con estas celebraciones los cristianos y cristianas de Jerusalén no sólo se reconstruían los acontecimientos por los cuales pasó Jesús, sino que también se proporcionaban experiencias litúrgicas muy impactantes y renovadoras para la fe y la vocación cristianas de las personas que participaban de ellas.

Muchas de esas experiencias litúrgicas fueron conservadas en un documento escrito por una mujer llamada Etéria, o Egéria, posiblemente una monja española que viajó a tierra santa en el siglo IV y recogió y describió la liturgia de los días de Pascua en Jerusalén.

Las personas (provenientes de todas partes del mundo) que vivenciaban aquellas liturgias volvían a sus lugares de origen impresionadas y motivadas de que allí también se celebrase de manera significativa todo lo referente a la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Además de la Vigilia Pascual (única festividad anual en todas las comunidades cristianas hasta finales del siglo III), poco a poco se fueron cristalizando otras dos celebraciones litúrgicas: una el viernes anterior a la Vigilia Pascual (conocido después como viernes santo), que propone un alto para reflexionar y meditar sobre la crucifixión y muerte de Jesús, y otra el jueves anterior a la Vigilia Pascual, la cual rememora el último encuentro de Jesús con sus discípulos.

Así tenemos el conjunto que pasó a ser llamado Triduo Pascual. Triduo viene del latín tri: tres y dies: días. Cada uno de estos tres días, como hemos visto anteriormente, comenzaba en la víspera, esto es, en la noche anterior. Iniciar el nuevo día al caer la tarde del día anterior es una costumbre litúrgica judía que la Iglesia mantuvo. Por tanto, la noche del Jueves Santo da inicio al primer día del Triduo; la noche del Viernes Santo da inicio al segundo día, y la noche del sábado da inicio al tercer y último día que termina con el anochecer del domingo.
Estos tres días constituyen una unidad. Es como si fueran un único y gran día, una sola y gran celebración, un solo culto en el cual se condensa el evento de la muerte y resurrección de Jesús. La celebración del Triduo Pascual ya se encuentra establecida en la Iglesia en el siglo IV.

Hay otra celebración importante que también se desarrolla alrededor de la Pascua y es la conocida como Domingo de Ramos, que se celebra el domingo anterior al Domingo de Resurrección. Esta celebración data del siglo IV en Jerusalén. Los fieles entraban en procesión a la ciudad santa agitando ramas en las manos, iniciando así todas las celebraciones de la Semana Santa, pero no fue hasta los siglos VII y VIII que se hace más universal.

Como mismos los peregrinos fueron contagiados con las celebraciones de la iglesia de Jerusalén y las llevaron y adaptaron a sus comunidades, nosotros podemos también contagiarnos y nutrirnos con las experiencias celebrativas de otras comunidades cristianas.

Vamos ahora a centrarnos en las particularidades y características de cada celebración de la Semana Santa.

3. El Domingo de Ramos
La Semana Santa es inaugurada por el Domingo de Ramos, en el que se celebran, desde antiguo, las dos caras centrales del misterio pascual: la vida o el triunfo, mediante la procesión de ramos en honor de Cristo Rey, y la muerte o el fracaso, con la lectura de la Pasión. Debido a las dos caras que tiene este día, se denominaba “Domingo de Ramos” (cara victoriosa) o “Domingo de Pasión” (cara dolorosa). Por esta razón, el Domingo de Ramos comprendía dos celebraciones: la procesión de ramos y la eucaristía.

La procesión con ramos tuvo origen en Jerusalén, en el siglo IV, y se celebraba el domingo por la tarde. La asamblea se reunía en el monte de los Olivos, y desde allí iba en procesión hacia la ciudad llevando ramos de olivos.

La entrada triunfal de Cristo en la ciudad santa, que se cumplió según la profecía de Zacarías 9: 9 (¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Da voces de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu rey vendrá a ti, justo y salvador, pero humilde, cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna.), había sido considerada ya desde el siglo II como una de las más grandes afirmaciones de su mesianidad; motivo por el cual al conmemorar la iglesia de Jerusalén este evento no lo hacían solamente por una razón histórica, sino que le daban también un carácter apologético singular.

A la procesión seguía inmediatamente la eucaristía. Del aspecto glorioso de los ramos pasamos al doloroso de la pasión. Esta transición no se deduce sólo del modo histórico en que transcurrieron los hechos, sino porque el triunfo de Jesús en el Domingo de Ramos es signo de su triunfo definitivo. Los ramos nos muestran que Jesús va a sufrir, pero como vencedor; va a morir, más para resucitar. En resumen, el domingo de Ramos es inauguración de la Pascua, o paso de las tinieblas a la luz, de la humillación a la gloria, del pecado a la gracia y de la muerte a la vida.

El Lutheran Book of Worship describe el sentido teológico de la procesión de este domingo de la siguiente manera:
“El servicio comienza con una procesión de los ministros y la congregación conmemorando la entrada del Señor a Jerusalén… En la procesión cada uno lleva palmas u otras ramas. Ritual y simbólicamente la iglesia se convierte en Jerusalén por el tiempo del servicio, y Jesús nuevamente entra en su ciudad. El pasado se convierte en presente, y se prefigura el futuro cuando Jesús guíe a su pueblo a la nueva Jerusalén, la ciudad celestial en la cual la celebración Pascual encontrará su culminación”.

4. El Jueves Santo
El culto del Jueves Santo es más que un recordatorio de la última cena de Jesús con sus discípulos. El tema del culto es aquello que Jesús dice y hace en las últimas horas de vida que le quedaban. Aquello que, conscientemente, dejó para su comunidad más íntima.

El centro de esta celebración es el mandamiento del amor. Esa noche este mandamiento fue dicho en palabras, fue dramatizado en el lavatorio de pies y se hizo rito en la institución de la Cena del Señor. La comunidad de los discípulos de Jesús es una comunidad que se deja servir por el Señor y como respuesta es una comunidad de servicio.

El culto del Jueves Santo se caracteriza por el rito del lavatorio de pies y por la celebración de la Santa Cena.

El rito del lavatorio de los pies se celebraba anteriormente como un rito secundario, fuera de la Eucaristía, con el nombre de “mandatum”, recordando el nuevo mandamiento de Jesús a sus discípulos. Más tarde se incluyó dentro de la celebración principal.

Antiguamente el culto terminaba sin la bendición, porque ese culto era el inicio del Gran Culto. Al final se realizaba lo que se conoce como el desnudamiento del altar. También, desde antiguo, todos los manteles del altar y del púlpito eran retirados al final de la celebración como símbolo que dramatiza el desnudamiento de Jesús de sus vestiduras en la hora de su muerte.

Todo el misterio del Jueves Santo y del Triduo Pascual se contiene en estas palabras de Juan 13: 1-2:

“Antes de la fiesta de la Pascua (Pascua judía), sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasara de este mundo al Padre (Pascua de Cristo), como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (muerte, Viernes Santo). Y cuando cenaban… (Eucaristía, Pascua cristiana)”.

En la eucaristía del Jueves Santo, la Iglesia revive la última cena de despedida de Jesús y celebra la caridad fraterna por medio de dos gestos: uno, testimonial (el lavatorio de pies); el otro, sacramental (la eucaristía).

5. El Viernes Santo
El Viernes Santo está marcado por la reflexión en la muerte violenta que sufrió Jesús. Es un día de meditación, de ayuno. Ese ayuno tenía lugar, en la Iglesia antigua, después de la Santa Cena del Jueves, y concluía en la Santa Cena de la Vigilia Pascual.

La iglesia desnuda, sin velas, sin flores. Símbolos como la cruz, la corona de espinas, expresan este clima de meditación en la pasión y muerte de Jesús.
Las lecturas bíblicas narran los hechos en que se vio envuelto Jesús en las últimas horas de su vida: cuando fue apresado en Getsemaní, la negación de Pedro, el interrogatorio hecho por los líderes religiosos (Anás y Caifás) y políticos (Pilatos), la opción del pueblo por liberar a Barrabás, la tortura física a la cual fue sometido Jesús, la caminata hasta el Calvario, la crucifixión, las últimas palabras de Jesús en la cruz, la muerte y sepultura (se basan normalmente en el evangelio de Juan, capítulos 18-19).

La liturgia del Viernes Santo era también una liturgia de intercesión. En este día se tenía una gran oración de intercesión por el testimonio de la Iglesia en el mundo, por los que sufren y también se intercedía por aquellos que no creían.
Un elemento que se introdujo en esta celebración fue el conocido como la contemplación de la cruz (en otras iglesias se conoce como adoración o veneración de la cruz), como lo atestigua Eteria. Casi al final de la celebración, se hacía entrar al templo una gran cruz que recordaba el sacrificio de Jesús, realizado por amor a la humanidad, y entonces se invitaba a la comunidad a meditar, a reflexionar en ese significado.

El culto terminaba retirándose todas las personas en silencio.

La peregrina Egeria, describiendo las ceremonias del Viernes Santo en Jerusalén en el siglo IV, nos ha dejado un relato vivaz y conmovedor de la reacción de los fieles ante las lecturas de la pasión:

“Es impresionante ver cómo la gente se conmueve con estas lecturas, y cómo hacen duelo. Difícilmente podréis creer que todos ellos, viejos y jóvenes, lloren durante esas tres horas, pensando en lo mucho que el Señor sufrió por nosotros”.
La acción litúrgica del Viernes tiene, pues, tradicionalmente tres momentos: a) una liturgia de la palabra que contiene tres lecturas y una larga oración de intercesión; b) la contemplación de la cruz; c) la comunión. Tras esta celebración, la Iglesia entra en el silencio.

En muchas iglesias, principalmente en las iglesias protestantes, es muy común tener este día el sermón de las siete palabras, basado en las últimas palabras de Jesús en la cruz. También es común, en las iglesias católicas sobre todo, tener, en algún momento de este día, el Vía Crucis, una meditación por el camino de Jesús al Calvario.

6. La Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección
La Vigilia Pascual es el punto alto del Triduo. La liturgia de la Vigilia reúne el mayor número de gestos, de símbolos, de elementos. San Agustín la llama “la madre de todas las vigilias” (Sermón 219). Es una noche de memoria y de esperanza, en la que los creyentes en Cristo velan con las lámparas encendidas.

La Vigilia Pascual más antigua que se conoce es del siglo III. Hacia el año 215, según la Tradición de Hipólito, el bautismo era celebrado, con la eucaristía, en la Vigilia Pascual. Esto se generalizó en el siglo IV. A finales de este siglo algunas Iglesias introdujeron la liturgia de la luz, que finalmente se extendió a todas partes.

Según las Constituciones Apostólicas, el pueblo se reunía en la iglesia hacia la puesta del sol. Ahí comenzaba la vigilia que se extendía hasta el amanecer del Domingo de Pascua. El sol es recibido como el símbolo de Cristo, sol de justicia que vence la oscuridad.

La Vigilia Pascual valoriza mucho los contrastes, como oscuridad-luz, noche-día, muerte-vida.

La Vigilia de Pascua se fue desarrollando en una celebración de cuatro partes: la liturgia de la luz, la liturgia de la Palabra, la liturgia bautismal y la liturgia eucarística.

a) La Liturgia de la Luz
Se desarrolla de noche, fuera del templo, en torno al cirio, símbolo de Cristo, al que siguen los bautizados con sus luminarias encendidas. El lucernario, o rito del fuego y de la luz, tiene su origen en la práctica judía y cristiana primitivas de encender una lámpara a la llegada de la noche, junto con una bendición. Los fieles, con los cirios apagados en la mano, son como los “exiliados”. Con el fuego se enciende el cirio pascual. Varios padres aluden a este cirio, pero el primer documento que nos informa sobre su existencia es el sacramentario Gelasiano (s. VII-VIII). El cirio encendido evoca la resurrección de Cristo.

Con éste cirio se encienden las velas que portan los fieles; de este modo, se entra en procesión en la iglesia, que permanece oscura, pero adornada. Esta procesión recuerda tanto al pueblo hebreo que fue guiado por una columna de fuego en las noches del desierto, como la condición de peregrinos de todas las personas que siguen a Jesús.

b) La Liturgia de la Palabra
En esta segunda parte se describe la historia de la salvación. Desde muy antiguos se leían textos que hablan de situaciones centrales en las que Dios actuó. Los textos hacen referencia a Dios, el Dios que oye el clamor de su pueblo y actúa en su favor. Son fundamentales las lecturas de la creación (Génesis), de la liberación de Egipto (Éxodo), de los profetas que anuncian una nueva liberación y el Evangelio (proclama de la resurrección). Todas estas lecturas son seguidas de cantos y oraciones que actualizan lo que fue oído.

c) La Liturgia del Agua
La liturgia bautismal celebra el nuevo nacimiento. En ella no sucede solamente el bautizo de los nuevos miembros sino también la renovación de las promesas bautismales de toda la comunidad.

Antiguamente el bautismo ocurría fuera de la iglesia (en ríos o bautisterios). Mientras los neófitos se bautizaban, la comunidad permanecía orando y cantando en la iglesia. Luego del bautizo se volvía a la iglesia donde eran recibidos con alegrías por los fieles y comenzaba entonces la eucaristía, donde participarían, por primera vez, los que habían sido bautizados.

d) La Liturgia Eucarística
Esta eucaristía celebra al Cristo resucitado y le agradece por la obra de salvación realizada por el infinito amor de Dios por la humanidad. La eucaristía es la cumbre de la vigilia. Los recién bautizados participan en ella por primera vez junto a toda la comunidad.

7. Conclusión
Los acontecimientos de la Semana Santa, más que un recordatorio, son un llamado a la Iglesia de hoy a reafirmar su compromiso con Cristo y con el mundo al cual servimos. Lo importante de estas celebraciones es desarrollar la capacidad de “hacer presente”, de actualizar el evento fundante de la fe cristiana y darle un sentido para nuestra vida hoy. Es vital propiciar celebraciones que rescaten todas las dimensiones del ser humano para que este tiempo sea realmente significativo y relevante.

Los cultos en la Semana Santa recuperan gestos corporales (como procesiones, ramas que se agitan, lavar los pies, compartir el pan y el vino, cargar una cruz…), acciones y comunicación no verbal, sobre todo aquella que se da por medio de los sentidos, de la sensibilidad. Pues las personas no somos solamente cerebro, sino también corazón, brazos, ojos, sentimientos, recuerdos, deseos y sueños.

Esperamos que todos nos sintamos motivados a empeñarnos y dedicarnos en una Semana Santa más significativa y ecuménica que recupere símbolos genuinamente cristianos y que manifieste la esencia del cristianismo.

Última modificación: 27 de marzo de 2018 a las 13:24
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