Centro Martin Luther King

Construir un mundo desde abajo y a la izquierda

Zapatismo

Hay algunos días que tienen personalidad. Parecen destinados en el almanaque a conjurar las estrellas para que a lo largo de la historia sus sucesos sean similares. Así está el 11 de septiembre, que parece ser un día con aura de muerte. Pero a este día con guadaña incluida la historia le ha contrapuesto otro con una espada revolucionaria. Cada cierto período de tiempo los días sincronizan un alzamiento y el 1ero de enero —día que trae renovaciones— es el elegido para que triunfe o comience una revolución: la haitiana en 1804, la cubana en 1959 y la del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en 1994.

Los días de los primeros años de la década de 1990 le habían dado a México el proceso de instauración de un tratado de “irreciprocidad” comercial con EE.UU. y Canadá. El Tratado de Libre Comercio (TLC) fue la solución más conveniente que encontró el gobierno mexicano (orientado por sus vecinos de más arriba) para solucionar, entre otros asuntos sociales, la aguda crisis que desde 1988 venía padeciendo el campo de esa nación.

Pero la población indígena más oprimida de Chiapas se alzó en contra de la explotación de la tierra. A través de las Declaraciones de la Selva Lacandona, los que empezarían a conocerse como “zapatistas”, declaraban que la tierra es mucho más que el concepto simple del diccionario occidental, porque nos incluye a todos los habitantes del planeta como parte suya y a la vez a la tierra como parte de nosotros mismos.

El levantamiento de San Cristóbal de las Casas el 1ero de enero de 1994 era el comienzo del enfrentamiento armado entre las tropas insurgentes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el ejército institucional del gobierno de facto. Los indígenas chiapanecos exigen derechos de tierra, techo, trabajo, alimentación, salud, educación, cultura, independencia, democracia, libertad, justicia y paz; y empiezan un camino para la construcción de la vida digna en una sociedad que respete la diversidad de pensamiento y la pluralidad.

La revolución indígena marcó un hito en la historia de Nuestra América. Con banderas de democracia, libertad y justicia para todos los mexicanos comenzó las protestas contra el Neoliberalismo en la última década del siglo XX. Este día entonces hizo que todos los ojos del mundo miraran a unos sujetos que siempre habían estado ahí: los pueblos originarios de este continente y que habían sido relegados en su propia tierra. Los zapatistas nos enseñaban que su mirada y escucha silenciosa nos daba la perspectiva de un mundo mejor: desde abajo y a la izquierda.

El 1ero de enero del 2014 se ha cumplido 20 años del levantamiento zapatista. Ellos no se han quedado quietos, sino que hoy también tienen nuevas propuestas a las que María De Los Ángeles Eraña, Doctora en Filosofía de la Ciencia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y coordinadora del Programa de Maestría y Doctorado en Filosofía en ese mismo centro, nos puede acercar.

Desafortunadamente en Cuba el Zapatismo es más conocido por la rebelión y no por su planteamiento de una nueva cosmovisión, ¿puede contarnos cómo es esta?

Voy a hablar desde la mirada de alguien que lo ve desde afuera. Soy simpatizante del Zapatismo, siempre lo he sido, pero no soy zapatista. Los de afuera de los Caracoles(1) estamos formados con cosmovisiones muy occidentales, por lo que los entendemos a partir de lo que dicen. Y mucho de lo que dicen es a través de su principal portavoz, el Subcomandante Marcos.

Todo su planteamiento se desprende de Los siete principios zapatistas: 1- Servir y no servirse, 2- Representar y no suplantar, 3- Construir y no destruir, 4- Obedecer y no mandar, 5- Proponer y no imponer, 6- Convencer y no vencer, 7- Bajar y no subir.Todos estos principios subvierten mucho el orden en el que comúnmente se relacionan las personas. Al mismo tiempo que sus lógicas son esa idea de que somos el uno y su contrario y no nos podemos separar.

Dentro de ellos está el principio fundamental de esta rebelión: mandar obedeciendo, porque el que manda, en realidad, obedece al pueblo. Su idea de gobierno es que el pueblo manda y obedece al mismo tiempo porque nombra a los miembros de las Juntas del Buen Gobierno(2), que también mandan y obedecen a la vez. Por esto son el uno y su contrario.

Asimismo, ellos irrumpen con la propuesta de una unidad con la tierra, con los objetos, con los árboles, con las cosechas… no para que los usemos, sino que esas cosas son parte de lo que somos. Trabajar la tierra no puede significar de ninguna manera explotarla y, en ese sentido, hay una vertiente del cuidado de la tierra en su propuesta. Porque no se trata de cuidar únicamente y por separado a la tierra, sino de cuidarnos a nosotros mismos a través del cuidado de la tierra.

Entonces, la cosmovisión de los zapatistases el repensar nuestra relación no solo con los otros sino también con lo otro, con todo lo que nos rodea.

A finales del año 2012, principios del 2013, los miembros de las comunidades zapatistas se reunieron para analizarse y ver lo que hasta entonces habían hecho. De esta reunión salieron nuevas declaraciones en las que pueden encontrarse nuevas propuestas de cambio.

Ellos continuamente nos invitan a cambiarlo todo. Últimamente en los comunicados empieza a surgir la idea de que “tenemos que hablar de nosotros, de los colectivos”. Esa es una idea que ha estado siempre presente versus la manera individualista de pensar y de que los individuos son los que logran sus conquistas.

No podemos hacer lecturas de la historia con héroes individuales, porque los héroes somos todos en conjunto o en colectividades, es el pueblo. Una de las cosas de las que empiezan a hablar mucho es del “tú” y de cómo logramos identificar no solo al “nosotros” sino también al “tú”, a esa otra persona individual. Esto, en parte, es la idea de que cuando uno se inserta en un movimiento social y tiene la intención de modificar y cambiar el mundo, todo parte de una pregunta muy íntima que tiene que ver con por qué estoy aquí o para qué estoy en la lucha.

Marcos insinúa que de las respuestas que uno vaya dando a esas preguntas es que uno va tejiendo el entramado con otros “tú”. La idea es que nos reconozcamos como “nosotros en colectividad” pero que también reconozcamos al otro como individuo con una intimidad a partir de la cual su compromiso se hace posible y se solidifica.

A los que no estamos allá adentro nos invitan a repensar esas preguntas y con quién vamos a responderlas. Es una idea de ver contra quién vamos a luchar y junto a quién vamos a hacerlo. Y vernos como “nosotros” pero también como quién eres “tú”. La idea, una vez más, es que no hay yo sin nosotros.

Ahora también están enfocados en la interacción con los que venimos de afuera, con las personas que estamos defendiendo el Zapatismo. Aunque sus voceros siguen siendo los comandantes Marcos y Moisés, cuando uno va a los Caracoles la interacción que encuentra es con todos los miembros de la colectividad.

Para ver lo que está pasando más hacia adentro del movimiento zapatista existe la escuelita. En esta nos abren las puertas de sus casas y lo que uno mira allí es muy interesante.

Empecé a ir a esas comunidades en el 94 con la Caravana Mexicana Para Todos Todo. Al principio empezamos a llevar acopio y después nos concentramos en hacer talleres (luego desapareció la Caravana porque perdió todo su sentido y solo volvimos en algunas de las iniciativas que han organizado). Pero a lo largo del tiempo nos ha tocado ver cómo han ido cambiando y fortaleciéndose las comunidades.

No es que tengan más bienes materiales. Pero, por ejemplo, se mira a las mujeres mucho más fuertes, con mucha más capacidad de interactuar. Antes siempre andaban de falda. Ahora no; juegan al basquetbol, tienen sus uniformes con short y pantalones largos… Mirar la transformación de las mujeres a mí me dejó muy impresionada porque es ver cómo ellas se van sintiendo orgullosas de estar ahí y de ser lo que son.

La educación autónoma que ellos han generado demuestra otro punto de cambio. Los libros que hicieron para su escuelita son el resultado de un debate entre los distintos Caracoles para ver cómo y hacia dónde van. No son estos los libros que usan otras escuelas, pues los niños estudian la historia de México pero también la historia del Zapatismo —cómo surgen, para qué, quienes son y por qué luchan—. En ellos dejan claro que de lo que se trata es de seguir caminando.

Han desarrollado la alimentación con todo un proyecto de agroecología a través de las milpas(3), en las que existe un sistema de cuidado de la tierra que les está dando muy buenos resultados y a través del cual están desarrollando conocimiento. No solo reproducen modelos de la cultura occidental y del sistema capitalista sino que están inventando sus propios modelos.

Cuando ellos se levantan en el 94 tenían 13 demandas, y las más básicas eran salud, techo, educación, paz, democracia, justicia. Cuando uno va ahora se da cuenta de que el énfasis ahora está puesto en las comunidades, en tener un buen sistema de educación y de salud. No solo es suficiente tenerlo sino que debe ser bueno. Para mí las transformaciones de estos años tienen que ver con cómo ellos se posicionan y cómo definen las bases de apoyo. Todo tiene que ver con cómo ellos se paran ahora y están muy ciertos de que hacen algo correcto.

El Zapatismo invita a construir cosmovisiones no capitalistas en lo cotidiano y, para compartir sus experiencias, han creado una Escuelita, ¿cómo funciona?

Es una iniciativa que ellos lanzan el año pasado (2013). La primera vez que se llevó a cabo fue en agosto. Es una experiencia que se ha repetido en diciembre y enero pasados. Están en lo que ellos llaman “la primera ronda”. Cuando uno llega a la Escuelita le ponen un guardián. Ese guardián tiene la responsabilidad de ayudarnos en nuestra torpeza, porque no sabemos caminar en el monte o muchas de sus dinámicas y ellos te acompañan en todo este proceso. Ahí tienes un aprendizaje de muchos tipos.

Ellos te invitan a asistir y te dan sus libros. Hablan de cómo se han ido organizando, cómo formaron los Caracoles, las Juntas de Buen Gobierno, cómo han ido tomando decisiones, cómo van a administrar los bienes, cómo organizar el ganado o las milpas comunes y qué van a hacer con los productos de ahí, y cómo se van a organizar para trabajar. No son libros de texto sino una reflexión sobre el proceso de organización y resistencia que han tenido. Todo sale de una discusión Caracoles se sentaron a discutir entre ellos y ver qué habían hecho bien, qué habían hecho mal, y para aprender cómo estaban haciendo las cosas.

Además de tener un guardián te insertas en una familia de allá, de la que formas parte por una semana. En las mañanas participamos en el trabajo que ellos hacen todos los días. Te muestran los modos de vida y puedes ver cómo el planteamiento social y político de ellos está impregnado en su quehacer cotidiano.

Para mí uno de los más grandes aprendizajes fue escuchar y mirar a los demás: en la milpa colectiva todos van trabajando la tierra de la comunidad. En ese trabajo nos poníamos en una hilera e íbamos al mismo tiempo, porque si alguien se adelantaba podía ser golpeado con la herramienta. Nos teníamos que detener si íbamos caminando y alguien se paraba a descansar. Eso es impresionante porque es una muestra muy visual de organización. Para ellos es claro que si alguien se detiene todos nos vamos a detener. No es que haya una voz de mando, no es que alguien de pronto grite “deténganse”, ellos solo se van mirando y escuchando entre sí y eso es muy bonito: ver cómo se ven todo el tiempo, que es algo que nosotros no sabemos hacer.

En las tardes lo que hacíamos era sentarnos a discutir los libros con el guardián. Leíamos y formulábamos todas las preguntas. Porque la Escuelita es algo que plantea muchas cosas de fondo como qué es educación, lo cual no es algo que necesariamente tiene que ir de arriba para abajo con un instructor que te enseñe, sino más bien que tenemos que compartir saberes.

Su idea básica es que no tienes un instructor que te dice cómo pensar la vida, sino que te acompaña en un proceso de aprendizaje muy entretejido entre sentarte a leer y hacer un poco de teoría y ponerte a trabajar para ver los frutos. Esa mezcla de hacer y pensar te parece indisoluble una vez que estás ahí.

Y, por supuesto, esto también es una posición política clara pero sin que te estén tirando línea, no te están diciendo tienes que ir a un lugar y hacer esto que están viendo aquí, porque además ellos saben que no es la forma. Es muy interesante ver cómo se articula todo en el hacer.

Además conoces a gente del resto del mundo y es la manera en que podemos empezar a tejer puentes entre nosotros. Lo principal es encontrarte como individuo perteneciente a una colectividad y empezar a construir cosas en común. Cuando sales, dices: “ya que estamos aquí, qué sigue, cómo nos miramos”. Ellos nos invitaban a mirar. Nos toca ahora definir qué mundo queremos mirar.

Los Zapatistas, como proyecto de una nueva realidad, proponen desde su surgimiento el “organizarse desde abajo”. Esta es su manera de organizarse cual movimiento y hoy el EZLN es un ejemplo de organización social, ¿cómo el resto de México asume la propuesta Zapatista?

En los libros que han creado para su Escuelita te hablan de cómo ha sido su tránsito para organizarse desde abajo.

Como movimiento social me parecen que son “la lucecita” para el resto de México. Cuando hablamos “desde abajo” quiere decir que debemos mirar nuestro entorno inmediato para descifrar qué se necesita y qué hay ahí. Los que estamos abajo tenemos que organizarnos: la gente común y corriente, sin pedir ayuda ni de los partidos ni de los dirigentes, sin pensar que necesariamente tiene que haber un líder.

Son cinco Caracoles, y cada uno tiene que ver con una zona específica de dominio zapatista. El cómo se han organizado tiene que ver con la gente, con las comunidades y con lo que necesitan o lo que tienen. En las zonas en las que hay ganado, parte de la organización general como comunidad tiene que ver con si le sacan leche o si venden la carne. Ellos se organizan a través de cooperativas. Aunque las particularidades varían en dependencia de la región, la idea básica es partir de ver qué hay y qué se necesita como base para empezarse a juntarse. Esa es una enseñanza que se puede generalizar.

Ellos nos enseñan a mirar nuestras necesidades, capacidades y a trabajar compartiendo. Un tema central es lo que llaman “la compartición”: compartir saberes, capacidades, ideas y modos de hacer. El EZLN ha demostrado que haciendo es cómo se organiza uno. No se trata de sentarse a pensar qué hacemos, sino que es empezar a hacer y sobre esa base ir viendo hacia dónde nos movemos.

Su dimensión cultural nos ha hecho patentes a los mexicanos toda una cosmovisión que a veces no mirábamos: la manera de pensar de los pueblos indios mayas. Y eso es el eje de su planteamiento político y social y lo que permite ponerle un tinte propio a sus propuestas, porque nacen de una forma de vivir histórica y ancestral. Nadie más ha vivido de ese modo.

Como movimiento político tienen demandas muy claras, a las que muchos nos hemos sumado como el anticapitalismo. Pero no puede desprenderse su mirada política de la dimensión social que tienen.Cuando uno habla de un movimiento político cuyo punto de partida es la organización pues eso es un movimiento social, porque se trata de organizar a la sociedad para que ciertas demandas se vean satisfechas. No es interpelando al poderoso sino a nuestros pares que vamos a poder trabajar.

Nuestra tarea ahorita es comprender, aprender y hacer lo que proponen en nuestros contextos. Tampoco podemos pretender descontextualizar sus realidades y llevarlas a las nuestras. Lo que tenemos que hacer es ver cuáles son las lecciones generales para que podamos aplicarlas.

Hay tres palabras que se van repitiendo a lo largo de los libros de la Escuelita: luchar-resistir-organizar; y uno de los caminos que enfoca esa tríada es la construcción de puentes entre ellos mismos y con el resto de las sociedades, ¿cómo lograrlo sin perder su autonomía?

Aunque su última lucha comenzó en 1994, lo cierto es que ellos han resistido por más de 500 años. Su mundo no ha cabido en nuestro mundo, ha sido negado, desaparecido, invisibilizado. Cuando hablan de luchar-resistir-organizar ellos plantean la idea de que no han querido ser colonizados en sus mentes y sus corazones.

Si uno lo piensa de otra manera, la resistencia tiene una parte de negación pero también tiene una parte de aceptación. La parte positiva es que si uno resiste, permanece siendo lo que siempre ha sido. Es decir “no vamos a perder nuestra identidad porque creemos que en ella hay algo valioso”. Quieren mantener su identidad y muchas de sus costumbres como pueblos indígenas pero, y sobre todo, su cosmovisión. La resistencia es mantener eso que eres y que forma una parte importante de lo que quieres ser. Pero no significa que no quieran formar parte del mundo. Por el contrario, quieren estar en el mundo pero a su manera.

Luchar para seguir siendo lo que quieres ser. En el caso de ellos la lucha está en todo su proceso organizativo. Y también tiene que ver con la confrontación: es necesario parar al otro y decirle “no me vas a hacer que actúe como tú, no me vas a hacer que sea lo que tú quieres”. Es algo como estar atrincherado con uno mismo, y la lucha tiene que ver con la confrontación y la defensa de eso.

Luego viene la organización: ¿cómo hacemos que esto que es valioso tenga su lugar en el mundo? No se trata de no aceptar enseñanzas de otros lados. Ellos sí están abiertos a apropiarse de otras formas de pensarnos en conjunto pero sin dejar de ser lo que son, porque eso es algo que ellos valoran. Se organizan para hacer de este un mundo donde quepan muchos.

Aunque al Sudeste de México se vive mucha lucha-resistencia-organización, que en estos 20 años se ha trasladado a muchas partes del mundo, al Norte del mapa de su nación sigue existiendo otra realidad. ¿Cuánto del proceso Zapatista está en el México de las calles, del metro, y cuánto más falta?

Soy una romántica optimista perdida, por lo que creo que lo vamos a lograr. Pero si nuestra preocupación es esa realidad de política “de arriba”, va a ser mucho más difícil. Lo que tiene que preocuparnos es nuestra realidad “de abajo” y la organización entre los de abajo —nuestros pares—. Debemos olvidarnos, por lo menos por un tiempo en el que logremos organizarnos y estructurarnos, de muchas de las políticas que se están dictando arriba y pasar a ocuparnos de nosotros.

Eso va a llevar tiempo porque nos falta muchísimo. En las ciudades la depredación es tremenda, tanta que se está viendo la destrucción del tejido social y una crisis de las instituciones. Una vez que las instituciones entran en crisis ¿qué nos queda?: el tejido social. Pero también está destrozado y no solo porque las instituciones y organizaciones lo han penetrado mucho (al punto de que en México se dice que todos tenemos un primo narcotraficante). Lo que preocupa es la desconfianza que se ha creado entre la sociedad misma.

Si tienes crisis institucional y luego tienes rompimiento del tejido social, eso da un vacío. Es ahí donde tenemos que empezar a bregar despacito. Tenemos primero que mirarnos, descubrir qué es lo que hay y qué es lo que necesitamos para, sobre la base de eso, empezar a organizarnos. Sí, falta mucho pero vamos

1- Caracoles Zapatistas: A raíz del levantamiento armado del 1ero de enero de 1994, el EZLN declara la creación de 32 municipios autónomos en el Estado de Chiapas, México. En el mismo año, nace en Guadalupe el primer Aguascalientes, que serían el nombramiento del territorio zapatista, luego transformado en Caracoles. Estos son los espacios de encuentro entre la sociedad civil y los zapatistas. En ellos se realizan eventos internacionales, albergan reuniones, caravanas, capacitaciones para promotores de educación y salud y otros proyectos importantes como es ESRAZ (Escuela Secundaria Rebelde Autónoma Zapatista).

2- Juntas de Buen Gobierno: El 8 de agosto nacieron, junto con los Caracoles, las Juntas de Buen Gobierno, en oposición al mal gobierno (hay una por cada Caracol). Estas están formadas por representantes elegidos por mujeres, hombres, niños y niñas de todas las comunidades zapatistas. De cara a las comunidades tienen tres funciones fundamentales: un proceso de regionalización para fortalecer su unión, llegar a un nivel organizativo para desarrollar proyectos como las cooperativas de mujeres y es una burla de los indígenas al incumplimiento por parte del gobierno de los Acuerdos de San Andrés. Es la respuesta del EZLN para seguir construyendo autonomía hacia adentro pero también hacia afuera, hacia el mundo, impulsando y fortaleciendo el autogobierno y la autogestión y creando un nuevo mapa jurídico en el entorno mexicano. Otra de sus labores es intentar compensar las diferencias en el nivel de desarrollo de las distintas zonas zapatistas. Se trata de que decidan las comunidades qué proyectos de pueden llevar a cabo y cuáles no, distribuyendo los recursos según las necesidades de las zonas y del momento. El establecimiento de estas sirvió para crear “un mundo donde quepan muchos mundos”.

3- Milpa: en el glosario de los zapatistas es una pequeña fracción de terreno donde cultivan, sobre todo, el maíz.

No, Aurelio, no has arado en el mar

Aurelio Alonso

Lo entrevisto por primera vez cuando es Premio Nacional de Ciencias Sociales.

Conversaciones, han sido muchas.

No tiene ni idea, pero a la Casa llegué por él. Por él y por la mística, de la que también es parte. Lo veo desde mi propia mesa en la oficina de enfrente y en la suya tomo el café de las mañanas, ocupo un rato el sillón, hablamos. Casi siempre, yo pregunto y él responde. Siempre responde. Aurelio Alonso sostiene, alimenta, llena la Casa: acaban de darle el mayor de los reconocimientos a un cientista social en Cuba, pero este hombre que sabe de todo, desconoce, siento, su función en este lugar, el que eligió para “hacerse viejo”. Aquí, ha sido Premio desde hace mucho.

No pensó que fuera a transcribir estas dos horas, pero ese tiempo no es mi patrimonio. Cada letra le debe, no obstante, a esos cafés que sí son cosa mía, y la deuda me honra.

Hace años estabas en “la lista” del Premio…

Calentando el brazo… [Ríe]

¿Te lo esperabas?

En realidad sí, sabía que podía caer en cualquier momento, pero tampoco… cómo decirte: aunque me lo esperaba, no lo esperaba. Estoy habituado a esperar cosas que no llegan nunca. Las frustraciones no están fuera de mi mapa en el campo profesional. Muchas veces he creído que me ha ido bien y al final resulta que no tanto, y recibo un palo. En fin, no sabes lo que es un premio como este hasta que no lo tienes y es cuando te pones a pensar.

¿En qué?

Sobre todo, en que no has estado arando en el mar.

Me he hecho muchas veces esa pregunta y lo seguiré haciendo después del Premio, pero al menos, este me da una idea de que la producción que he hecho ha sido tenida en cuenta, que ha tenido un impacto de una u otra forma. Ese es el impacto que el Premio ha tenido en mí. Y no por la gloria que puede implicar, sino porque ese reconocimiento, creo, supone un compromiso muy serio: que el tiempo productivo que me quede siga la ruta que hasta ahora.

En esa ruta, ¿cuándo te has sentido “arando en el mar” y en qué momentos te has sentido más útil?

Es difícil hablar de “momentos”, pero sí puedo hablar de periodos, de procesos.

No quisiera que esto sonara como un cliché, pero los tiempos más productivos han sido los que motivaron respuestas heréticas: por ejemplo, la polémica de los manuales, en los 60, fue muy productiva para mí. Y subrayo: para mí, como individuo. Fue un desafío que implicó levantar la voz y argumentar un punto de vista frente a la visión oficial. Ese proceso fue más allá de escribir un texto polémico, como lo han sido algunos de mis prólogos —a Sartre, a Marcuse, etc.).

En general, Filosofía [Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana] fue un periodo clave en mi vida y en la de todos los que estuvimos involucrados en ese proyecto, no solo los que buscábamos respuestas a situaciones que no nos satisfacían de los cánones establecidos: en general, para todo el grupo, incluso para quienes siguieron luego una vida más canónica. Había que estar demasiado…, no sé, demasiado ajeno, para no recibir nada de aquella experiencia histórica, para salir de ahí sin impacto.

Dentro de ese proceso, la polémica de los manuales significó para mí el desafío de sentarme a reflexionar sobre lo que decía el otro. Por esa época me impliqué en otra, con Mons. Carlos Manuel de Céspedes, pero no fue lo mismo: aunque mis respuestas a Carlos Manuel tomaban distancia del marxismo dogmático y eso implicaba asumir la herejía de manera coherente, no implicaba para mí el mismo reto intelectual —de hecho, fue tan respetuoso aquel intercambio que terminamos siendo muy buenos amigos. En realidad, la polémica de los manuales me había llevado a intentar un camino o, mejor dicho, a expresar el camino que estábamos encontrando en el pensamiento marxista desde una perspectiva histórica. Fue intenso y lo recuerdo como uno de los periodos de mayor enriquecimiento intelectual en mi vida.

El otro proceso viene a ser casi 20 años más tarde, y tiene que ver con el derrumbe del Campo Socialista.

Cuando regreso de mi trabajo como diplomático en Europa, ante la crisis de paradigmas y la necesidad de buscar respuestas teóricas a lo que estaba pasando, a la necesidad de hurgar en lo que habíamos estado trabajando en los 60 y que habíamos tenido que interrumpir en tanto no fue “aceptado”, me encuentro ante una realidad: era el momento de una mirada profunda al interior de ese proceso, la economía cubana había caído y el proyecto social cubano pendía de un hilo.

Los cinco años de mi vida como diplomático habían sido una experiencia enorme, pero esa no era mi vocación. De modo que ese periodo tan complejo en la vida de todos los cubanos, me halló trabajando como investigador en el Centro de Estudios sobre América (CEA).

Había sido una propuesta de [Manuel] Piñeiro y la acepté porque realmente, no era Europa lo que me interesaba como campo de estudios, sino América Latina: empecé a trabajar Haití porque se había estado desarrollando un interesantísimo proceso social que significaba, para mí, la avanzada revolucionaria latinoamericana en aquel momento —ni Chávez había asomado entonces—; y me giré muy pronto a la realidad cubana. Quizá mi primer trabajo en ese sentido fue sobre la religión; pero en el mismo 1990 participé en un coloquio internacional en París, un mejunje, pero que fue muy importante: estaban desde Ramonet hasta Fernando Henrique Cardoso… un coloquio al que se me ocurrió llevar una ponencia sobre Cuba y el modelo de socialismo posible que aún representaba la Isla. Tuvo mucho impacto, y realmente me llevó a seguir estudiando los desafíos que presentaba a Cuba la caída del socialismo en Europa. Escribí un texto muy importante para mí: “La economía cubana, el desafío de un ajuste sin desocialización”, publicado en Cuadernos de Nuestra América No. 19. Hablo de los años 90-91, y me planteo cosas que hoy releo y siento que merecían más atención de la que tuvo.

Ese estilo de trabajo dentro del CEA motivó otro golpe a la herejía. Uno menos racional.

Ante el primero, el de Filosofía, uno podría pensar que la explicación se debió a nuestro desajuste con el modelo del socialismo soviético y con un grupo de pensamiento que tenía todas las facilidades para trabajar en esa línea: “Yo creo que ustedes deben existir, pero no pueden ser los únicos ni asumirse como representantes oficiales”, me dijo Carlos Rafael Rodríguez, con un pensamiento mucho más abierto que aquel en que se basó la decisión de cerrar el Departamento —el suyo es un pensamiento que merece reconocimiento, valga decir, como lo merece el del Che—. Para mí, son las dos proyecciones más completas de la época, aunque ninguna funcionaría hoy, siendo claros; ir a ambas fuentes buscando esa adaptación al presente sería antehistórico, fueron visiones propias de los 60 aunque ninguna estaba por una estatización absoluta de la economía: “el socialismo no se puede hacer administrando chinchales”, decía el Che.

¿Leíste ya el libro de Luis Bernardo Pericás, al que la Casa le acaba de dar el Premio Ezequiel Martínez Estrada?

Lo leí y lo propuse para el Premio. Es un libro muy bueno, muy serio. Dejarlo pasar sin el Premio era perder la posibilidad de reconocer al autor y, sobre todo, de publicar el libro en Cuba, en español. Es importante que los estudios guevarianos se mantengan latentes.

En el recuento, íbamos por los tiempos del CEA. Hablabas de cómo el “golpe” fue menos racional. Sin embargo, no volvieron a pasar otros 20 años para que volvieras “a la carga”, como se dice…

El CEA me sirvió para conectar con mi etapa inicial. Y aunque hubo otra sacudida, no fue igual. Nos colocaron en varios lugares, y a mí me tocó el CIPS, un centro muy orgánico al CITMA. Cuando llegué, fui claro: yo había llegado sin sanciones, de modo que iba dispuesto a cumplir el plan de trabajo pero sin renunciar a mis temas de investigación, a lo que a mí me interesaba hacer. Dije también, y cumplí, que cuando tuviese cosas que decir sobre el socialismo cubano las iba a decir y publicar bajo mi responsabilidad.

Ahí viví diez años donde nada se opuso a que yo siguiera mis líneas de investigación. Trabajé mucho, nuevamente, temas de religión. Me agradó mucho hacerlo desde ese grupo de trabajo en el CIPS porque coincidió con la visita del Papa y hubo mucho material de trabajo en la segunda mitad de los 90: una época clave en las relaciones con la Iglesia, y creo que contribuí de alguna manera en esa dirección.

Y pude hacer, además, otros trabajos: una investigación sobre pobreza en Cuba, por ejemplo. Temas de economía, de política… no sé. Me mantuve. Sin decir nada menos que lo que hubiese dicho estando en el CEA, sin ponerme ninguna restricción y sin plantearme tampoco ninguna revancha. Seguí siendo yo.

De ahí pasé a la Casa de las Américas, donde me he ido poniendo viejo… [ríe] y donde he seguido trabajando y escribiendo sobre aquellos temas que me inquietan.

Te he escuchado confesar, no obstante, que sientes que no has escrito un libro, si se puede decir, orgánico…

…esa fue mi angustia durante años.

En la época del Departamento, me planteé trabajar en un libro, pero al cabo de algún tiempo me di cuenta de que no lograba armarlo como yo quería. Hice entonces una investigación de campo sobre tema religioso, de la que salió un libro demasiado específico. Pero no es algo que me satisfaga como una criatura de mi pensamiento… no sé, digo esto y puede parecer un gesto de vanidad, pero sí, una criatura de lo que yo creo que es mi pensamiento.

En realidad, ya en el CIPS me di cuenta de algo que no había visto: para qué iba a atormentarme en escribir un libro, si mi forma de expresión óptima la logro en un número reducido de cuartillas. Diez, veinte, treinta cuartillas me han servido para plasmar lo que pienso sobre un tema.

Y los libros que he publicado son eso, compilaciones de ese modo de producir: Iglesia y política en Cuba, mis trabajos sobre el tema hasta 2001y 2002, el primero luego de uno más pequeño que creo se llamó Ajustes con Socialismo, donde yo tenía un trabajo; El laberinto tras la caída del Muro, una selección gruesa que publicó Ruth Casa Editorial con CLACSO en 2006; y más tarde, con trabajos que no publiqué en aquel porque eran más coyunturales, y con otros, hice La guerra de la paz, también con Ruth y Ciencias Sociales. Más tarde vino un libro en conjunto con el grupo de trabajo de CLACSO que yo dirigí: La América Latina y el Caribe: territorios religiosos y desafíos para el diálogo.

Aunque parezca un gesto de vanidad voy a decirte algo: Lenin, cuyas obras completas tienen más de 30 tomos, casi no tiene libros publicados. Ni Martí…. ¡Hombre, no pretendo yo compararme con ellos!, pero sí me tranquiliza saber que varios de los grandes pensadores no se dedicaron a escribir ellos mismos sus libros.

¿Crees que eso tenga que ver con que tu vocación, tu verdadero incentivo, sea el de proyectarte con cierta inmediatez sobre las coyunturas, los fenómenos sociales?

Sí…

Reconozco que hay algo de periodismo en mí. Claro, no en el sentido de que me obligue a opinar o a comentar con velocidad, sino en el sentido de la comunicación en mi estilo.

Por ejemplo, hace poco, con el tema de la dualidad monetaria, tenía cuatro o cinco ideas que necesité de poner en blanco y negro. Quizá no hayan sido las más completas, pero sí tuvieron un impacto, motivaron reflexiones y varios amigos economistas, muy serios, las entendieron como aportes valiosos aunque yo no sea un economista. Es eso: me lanzo cuando tengo algo que decir.

Es como si el momento te convocase…

Así mismo.

Ahora, eso tiene una limitación en Cuba y tiene que ver no con una limitación tuya ni de otros cientistas sociales, sino con el campo de estos estudios y las mediaciones que le atraviesan: es el tema de los espacios…

Es muy bueno que hablemos de eso. ¿Sabes?: inicialmente, lo sentí como una limitación de madurez. A mi generación se le cortó la iniciativa cuando aún salía del cascarón —la revista Pensamiento Crítico, como puedes observar, fue creciendo, necesitó un tiempo para llegar a números realmente imperecederos. Yo nunca publiqué en Pensamiento Crítico, salvo algunos editoriales de números que preparé. Empezábamos a madurar cuando se cortó institucionalmente ese espacio, y luego cada quien siguió su camino por su cuenta. La chispa herética, no obstante, se mantuvo en cada uno.

La libertad de pensamiento existe sin que nadie te la conceda, y ese es el espacio fundamental y primigenio de la ciencia social: el respeto y el rigor hacia uno mismo.

Desde ese punto de partida, ¿hasta dónde has querido llegar y cuándo has estado conforme, en ese sentido?

Nunca lo he estado del todo. A posteriori, siempre siento que se me han quedado cosas por decir. Aprendo de mis críticos, de mis lecturas autocríticas y de los golpes.

¿Nunca has sentido que necesitas una “reparación” por esos golpes?

¿Cómo decirte…?

[pausa]

Mira, sí lo he sentido, sí me he sentido golpeado. No te voy a decir que no ha habido momentos en que he percibido injusticia detrás de lo que se está haciendo; pero nunca he magnificado la injusticia: he aprendido a salir ganando de esos reveses y no con autocríticas banales, sino aprendiendo a comprender sus causas, aprendiendo a conocer el encuentro (y desencuentro) entre el pensamiento revolucionario y la política revolucionaria.

De todo eso, asumo lo que me toca.

¿Qué le toca a las ciencias sociales hoy en Cuba?

Vamos a empezar por una distinción importante: entre las ciencias sociales y la ciencia social. Esta última, referida a lo científico que hay en el pensamiento.

Si analizas la historia de las ciencias sociales en Cuba, vas a notar muchas particularidades interesantes a la luz de estos días. Al triunfo de la Revolución, no existía una carrera de Sociología ni de Ciencias Políticas, existía Sociología como asignatura en la carrera de Filosofía y Letras, que tenía, más que nada, un fuerte peso en las letras y las artes. Ese era el collage en el cual la Filosofía se insertaba y donde los pocos filósofos que había entonces en Cuba enseñaban las corrientes del existencialismo cristiano, positivistas, etc. La carrera no era Economía, sino Ciencias Comerciales, y formaba un solo licenciado: el contador público. Todo eso tiene una explicación histórica: la República se sostenía en un poder empresarial muy fuerte, los economistas se formaban en MIT y en Harvard…

Yo me formé en Economía en un colegio norteamericano especializado en esa disciplina —solo dos años, pero fue parte de mi formación y mi padre la costeó para tratar de alejarme un poco del ambiente cubano. Mi familia no era una familia intelectual, pero mis padres valoraron siempre la educación de sus hijos. Mi hermano y yo, en consecuencia, tuvimos hábitos de lectura. Como casi siempre sucede, empezamos por Salgari, Dumas, esa novelística. Mi padre nos compró una enciclopedia y desde entonces he estado habituado a usarla y con eso vino otro hábito: el de no dejar nunca preguntas sin respuestas, encauzar siempre las dudas y buscar nuevas lecturas. Es lo que te permite hoy Internet…

En mi propia formación, entonces, yo reproduzco el collage de las ciencias sociales en Cuba. No me formé en una sola carrera, sino que, en el estilo de la enseñanza superior norteamericana, tomé simultáneamente muchos cursos. Cuando llegué a Cuba, en 1959, lo primero que hice fue estudiar Derecho, y desde la Universidad, vivir la Revolución. Rápidamente me fui acercando más a la Filosofía, conectaba más con ella y con la Sociología, a la luz de lo que estaba pasando. Lo que yo produzco, por tanto, tiene de todo eso. No soy un investigador sociológico “clásico”.

Te hago toda esta introducción no por mi propia historia, sino más bien, porque la formación de los cubanos en estas disciplinas es un proceso que merece atención.

En el campo de las ciencias sociales, en Cuba, la Economía tiene fuerza, hay pensamiento e institucionalidad económica. La Sociología no. Incluso, el divorcio entre investigación y ensayo desarrolló una visión absurda que ha afectado mucho los alcances de las investigaciones que se han hecho.

Es decir: la ciencia social en Cuba es hoy una ciencia social con un capital que no tenía en los 60, pero muy maltratada. Muy lejana de lo que hubiera podido ser.

Y aun así, se le hace hoy un llamado: que aporte más a los mecanismos de decisión y discusión sobre la marcha del país. Ojo: que exista un “llamado” no quiere decir que existan razones para sentirse demasiado optimistas ni para que nadie crea que todo lo que diga o escriba va a ser tomado en cuenta. No: las tentaciones de la burocracia pueden seguir van a seguir siendo las mismas porque evidentemente, hasta ahora no hay señas de que el entorno político cubano esté totalmente preparado para asimilar el nivel de autonomía crítica que la ciencia social requiere.

Hablo de la ciencia social, en singular: ese fenómeno que tiene que estar en todas las ciencias sociales, en plural, y que, sin embargo, solo está en un mínimo porciento. Si me preguntas cuánto de ciencia social hay en las ciencias sociales cubanas hoy, yo diría que 20 o 25%. Hubo una época en que pudo ser el 70 u 80%, y ser otra cosa. Pero es así… No se trabaja con toda la ciencia que la propia realidad requiere, y hay que hacerlo.

A mí no me importaría tener que volver a caer en una época de estrés en mi vida si lo que piense y lo que diga no guste. De hecho, estoy preparando un libro sobre Cuba, estrictamente sobre Cuba. Hay que volcarlo todo hacia eso, meter el bisturí.

Si tuvieras el tiempo, la salud y (más) juventud, ¿dónde meterías el bisturí?

[Pausa larga]

Metería el bisturí en la Sociología política. Pero si fuera a empezar desde el principio, me haría economista.

Si me preguntaras qué me falta en mi instrumental, es eso, aunque a veces mucha gente piensa que esa es mi profesión. Hablo de Macroeconomía. Empezaría entonces con una formación académica en Economía para meterme luego en la Sociología política.

El fracaso del Socialismo no fue esencialmente un fracaso económico, o lo fue, pero justamente debido a la forma de entender la Economía (hay un problema cultural ahí) y de dirigirla (un problema político). La crisis del Socialismo en el siglo XX fue una crisis cultural e institucional, sobre todo, porque su incapacidad de crear una democracia socialista y de superar el mercado a partir del mercado mismo: ¿cómo superarlo sin creer que lo eliminas?, porque es mentira que lo elimines, solo lo reduces a la sombra y desde esa oscuridad, ese mercado te maneja la sociedad. Es lo que está ocurriendo en este país y tiene enormes connotaciones políticas.

Es eso lo que me interesa, y ahí metería a fondo el bisturí.

Pero ya no me importa tanto lo que yo pueda hacer. Me importa lo que pueda hacer la generación tuya, la de [Julio César] Guanche… Ya no puedo aspirar a hacer mucho más, pero sí, a tratar de garantizar que nuestras energías, nuestras discrepancias, nuestros aciertos y hasta nuestros errores, lleguen a ustedes de cualquier modo: en conferencias, escribiendo, conversando, como sea.

Sí creo que se ha abierto una posibilidad, en parte por la potencia de la tecnología digital. Hay que acabar de aceptar que la gente va a escribir sobre lo que quiera en esos espacios, aceptar que se digan cosas aunque sean barbaridades, aceptar todas las opiniones. Tiene que haberla porque eso ayuda a ejercer el ingenio y a resolver los problemas con la inteligencia colectiva. Como le dijo Martí a Gómez, no se puede dirigir una república como se dirige un campamento.

Seguir eso, aportar a esa posibilidad que ha venido con la era digital, me interesa. Me interesa más que los Lucas…

Un “empujoncito” para las redes en Granma

muy fructífera, esclarecedora y rica para las redes ecuménica “Fe por Cuba” y la de educadoras y educadores populares, podemos clasificar la visita a Bayamo, del reverendo Raúl Suárez, director del Centro Memorial Martin Luther King Jr. (CMLK).

El pretexto para el primer encuentro fue la presentación del libro “Exportando el evangelio norteamericano” de la Editorial Caminos. Allí estuvieron presentes intelectuales, académicos, profesionales, directivos de instituciones, del Partido y del Gobierno de la provincia Granma y del municipio cabecera, así como representantes de ambas redes y de algunas iglesias locales.

El espacio devino una especie de posicionamiento político del CMLK y por ende, de sus redes, ante el fenómeno religioso y las distintas manifestaciones del fundamentalismo cristiano, lamentablemente algunas contrarias a los propios basamentos evangélicos.

La definición de apoyo al proceso revolucionario cubano, y las bases teológicas que sustentan la filosofía religiosa del CMLK y la red “Fe por Cuba”, así como el reconocimiento público del trabajo de las redes y su orientación, fue un excelente preámbulo.

Le siguió un intercambio del también Diputado al Parlamento Cubano, con autoridades políticas y gubernamentales de Bayamo y con el funcionario que atiende Asuntos Religiosos a nivel provincial, oportunidad útil para conocer preocupaciones, demandas, así como para compartir los sentidos, métodos y fines del trabajo de ambas redes en este territorio oriental. Con especial interés se abordaron las acciones de acompañamiento al Gobierno Municipal por parte del Nodo de la Red de Educación Popular (Red EP) en Bayamo.

Con integrantes de este Nodo bayamés dialogó el también fundador del CMLK como cierre de su estancia por la provincia de Granma. Raúl Suárez manifestó sentirse muy contento y satisfecho con la visita, y reconoció que fue una posibilidad para saber de primera mano, lo que está haciendo la Red EP aquí. Además nos anunció que regresará en los meses siguientes para sostener otros encuentros con las autoridades locales, un apoyo necesario para seguir avanzando en los proyectos a favor del desarrollo local en el territorio.

Para el Grupo demanos, de la Red EP, esta fue una magnífica visita, un “empujoncito” para continuar nuestra labor, pues nos dejó con las pilas bien cargadas.

Redactado con información del Grupo demanos. Nodo de Bayamo. Red de educadoras y educadores populares.

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