A medio siglo de un memorable encuentro con el Che

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“Cuando el Che era Ministro de Industrias, yo hice un largo viaje a Venezuela para ver que perspectivas tendría allí un movimiento guerrillero similar al cubano. Los campesinos venezolanos no vivían en la más tremenda pobreza, y aún más importante, tenían fe en el futuro. Gracias a los ingresos del petróleo, el gobierno de Venezuela podía redistribuir recursos, esto en realidad no cambiaba nada, pero daba la impresión de que el gobierno se preocupaba por la gente, incluidos los campesinos. El movimiento guerrillero había nacido en las ciudades en círculos de intelectuales. El imperialismo yanqui y la liberación de América Latina eran conceptos muy abstractos para el campesinado. Mientras más viajaba por el país, más comprendía las profundas diferencias entre la vida y la experiencia en el campo y en las ciudades.

Esta situación era muy diversa de la situación en Cuba antes de la Revolución. Al final, llegué a la conclusión de que el movimiento guerrillero no tenía futuro en Venezuela y de que sus posibilidades de desarrollo habían sido coartadas. Decidí volver a Cuba y estudiar la diferencia entre los dos países antes de escribir mi artículo sobre Venezuela. Cuando llegué a Cuba me encontré con amigos que también eran periodistas, especialmente colegas que trabajaban para Prensa Latina y les comenté mis dudas sobre el futuro del movimiento guerrillero en Venezuela debido a los diferentes antecedentes históricos y socio-económicos entre el campesinado de uno y otro país. Desde luego, esto condujo a serias discusiones porque daba la impresión de que yo estaba cuestionando la ‘exportabilidad’ de la Revolución. Les dije que eso no era lo que yo estaba diciendo. Lo que yo quería decir es que había que desarrollar modelos específicos para la situación de cada país y que eso requeriría mucho más trabajo.

Más tarde, esa misma semana, estaba durmiendo en mi habitación del Hotel Riviera cuando alguien golpeó a la puerta a las tres de la mañana. Me levanté y abrí la puerta para encontrarme cara a cara con un soldado que se cuadró para saludarme.’Se me ha ordenado llevarle ante el Comandante Guevara, dijo. ‘Desea verle.’ De modo que nos subimos a su jeep y nos dirigimos al Ministerio de Industrias recorriendo las calles desiertas de La Habana. Deben haber sido unos siete pisos y todo el edificio estaba a oscuras a excepción de una luz que brillaba en el último piso. Subimos en el ascensor y finalmente llegamos a un despacho que tenía un soldado de guardia ante la puerta. El soldado que me había acompañado repetía lo que le había dicho a todos los que estaban de guardia en el edificio – que el Comandante me esperaba – y el soldado abrió la puerta para que yo entrara.

Me encontré en una oficina grande cuyas paredes estaban recubiertas por paneles de una madera tropical oscura. El Che estaba sentado detrás de una mesa enorme cubierta de montañas de papeles. ‘Mi amigo,’ dijo. ‘Quiero hablar con usted sobre el movimiento guerrillero de Venezuela. Qué es lo que ha estado diciendo sobre que no tiene ningún futuro?’ Al darse cuenta de que yo estaba más bien nervioso, dado que la situación parecía una interrogación policial, el Che se me acercó y me dió la mano. Café?’, preguntó. Le dije que me encantaría tomar un café en vista de la hora que era. Abrió la puerta y pidió al soldado de guardia que nos trajera dos cafés.

Mientras esperábamos la llegada del café, me hizo algunas preguntas sobre mi viaje,si me encontraba bien, y cuando había estado en Argentina por última vez.El soldado volvió con una pequeña bandeja con dos tazas y le ofreció una al Che.’Que maleducado’ dijo el Che. ‘Se sirve siempre primero a las visitas.’ Y el soldado, que estaba de pie a mi izquierda, se dio vuelta para poner la bandeja delante de mí. Llevaba una AK47 sobre el hombro y, al darse vuelta hacia mí, accidentalmente me tocó sobre el ojo izquierdo con el caño del arma. Esto me hizo pegar un salto y las dos tazas de café volaron sobre el escritorio, empapando todo los papeles que se encontraban allí. Me quedé helado sin saber que hacer. Y en ese momento de pánico, oí al Che que decía, ‘Por fin ha llegado alguien y me ha liberado de todos estos papeles…’. Y se sonreía. Fue entonces que me enamoré del hombre.

Che me retuvo hasta las cinco de la mañana, disparándome interminables preguntas a pesar de que estaba bien informado de la situación en Venezuela. Respondí a todas sus preguntas pero no parecía estar escuchándome y desatendía todas mis respuestas, constantemente volviendo a preguntar, a veces se trataba de un detalle mínimo. Cuando concluyó la entrevista me regaló un ejemplar de su libro La Guerra de Guerrillas, con una dedicatoria personal: ‘Para Roberto Savio – un recuerdo de una larga noche de verano sin ninguna intención de indoctrinar – Che’.

Salí de la reunión con una gran admiración por el hombre, pero pensando que Che era muy doctrinario y no tenía tiempo para las opiniones de los demás si no encajaban con su forma de ver las cosas.

Un día a principios de la década de 1990, estaba yo en mi oficina en Roma cuando mi secretaria me anunció que había un senador venezolano que quería verme. Mientras les estaba preguntando quien era y porque quería verme, se abrió la puerta y entro un hombre diciendo: ‘Mi amigo, que noche fue la que pasamos con el Che’, como si se tratara de algo que hubiera sucedido solamente unos días antes. Una vez que lo hube invitado a tomar asiento y ofrecido una taza de café, me dijo lo que había sucedido más tarde aquella mañana después de que el Che se despidió de mí. Aparentemente, los líderes del movimiento guerrillero venezolano se encontraban en Cuba en visita secreta y el Che fue directamente al hotel en La Habana donde se encontraban alojados y los despertó. ‘Hay un italiano aquí que me dice que el movimiento guerrillero de Venezuela va a fracasar,’ les dijo. ‘Quiero que escuchen lo que me dijo y respondan a sus argumentos uno por uno.’ ‘Y, sabe una cosa, mi amigo,’ siguió diciendo el venezolano, ‘Usted tenía razón en todo y nos costó trabajo calmar al Che.’ De modo que así fue como descubrí tantos años más tarde que el Che no solamente me había estado escuchando, sino que también había memorizado hasta mi última palabra para poder repetir mis argumentos a las personas idóneas”.

por: Lucía Álvarez de Toledo, autora de la nueva biografía del Che Guevara en inglés, ‘The Story of Che Guevara’ , Quercus, 2010.

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