Ateísmo militante

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Frei Betto

El texto provocó la reacción indignada de algunos lectores, comenzando por Gerardo Xavier Santiago y Daniel Sottomaior, dirigentes de ATEA (Asociación Nacional de Ateos y Agnósticos).

Tengo amigos ateos y agnósticos y personas que profesan las más variadas creencias. Mis amigos ateos leyeron el texto y ninguno de ellos se sintió irrespetado o comparado a los torturadores.

¿Qué entiendo por “ateísmo militante”? Es el que se aferra al derecho de pregonar que Jesús es un embuste o Mahoma un farsante. Todos tienen derecho a no creer en Dios y a manifestar esa forma negativa de fe. Pero no a irrespetar la creencia de los cristianos, musulmanes, judíos, indígenas o ateos.

La tolerancia y la libertad religiosa exigen que se respeten la creencia o la increencia de cada persona. Por tanto defiendo el derecho al ateísmo y al agnosticismo. Mi dificultad reside en aceptar cualquier especie de fundamentalismo, sea religioso o ateo.

Soy contrario a la confesionalidad del Estado, sea él católico, como el Vaticano; judío, como Israel; islámico, como Arabia Saudita; o ateo, como la ex Unión Soviética. El Estado debe ser laico, fundado sobre principios constitucionales y no religiosos.

No hay prueba científica de la existencia o inexistencia de Dios, recordó el físico Marcelo Gleiser en el encuentro en que preparamos el libro “Conversación sobre Ciencia y Fe” (título provisional) que la Editorial Agir publicará en los próximos meses. Gleiser es agnóstico.

Así como no tengo derecho a considerar a alguien ignorante por ser ateo, nadie puede despreciar (¿recuerdan el caso de la televisión?) o agredir la creencia religiosa de otros. Por eso defiendo el derecho al ateísmo pero me niego a aceptar el ateísmo militante.

Abogar por el fin de la enseñanza religiosa en las escuelas, la retirada de los crucifijos de los lugares públicos o del nombre de Dios en la Constitución, y cosas parecidas, no tiene nada de ateísmo militante. Eso es laicismo militante, que merece mi comprensión y respeto.

El Dios en el que creo es el de Jesucristo, según explicito en la novela “Un hombre llamado Jesús”. Es el Dios que quiere ser amado y servido en aquellos que fueron creados (hombres y mujeres) “a su imagen y semejanza”.

No concibo una creencia abstracta en Dios. No doy culto a un concepto teológico. Ni me molesto ante los dioses negados por Marx, Saramago y la ATEA. También niego los dioses del capital, de la opresión y de la Inquisición. El principio básico de la fe cristiana afirma que el Dios de Jesús es reconocido en el prójimo. Quien ama al prójimo ama a Dios, aunque no crea. Sin embargo la frase inversa no es verdadera.

Ateísmo militante es, pues, profanar el templo vivo de Dios: el ser humano. Eso es lo que practican los torturadores, los opresores, los inquisidores y pedófilos de la Iglesia Católica. Siempre que un ser humano es sometido a sevicias y violado en su dignidad y en sus derechos, el templo de Dios es profanado.

Prefiero un ateo que ama al prójimo a un devoto que lo oprime. No creo en el dios de los torturadores y de los protocolos oficiales, ni en el dios de los anuncios comerciales y de los fundamentalistas obcecados; ni en el dios de los amos de esclavos y de los cardenales que alaban a los dueños del capital. En ese sentido también yo soy ateo.

Creo en el Dios liberado del Vaticano y de todas las religiones existentes y por existir. El Dios que precede a todos los bautismos, que preexiste a los sacramentos y desborda de todas las doctrinas religiosas. Libre de los teólogos, se derrama gratuitamente en el corazón de todos, creyentes y ateos, buenos y malos, de los que se creen salvados y de los que se creen hijos de la perdición, así como de los que son indiferentes a los abismos misteriosos de posmuerte. Creo en el Dios que no tiene religión, creador del Universo, dador de la vida y de la fe, presente en plenitud en la naturaleza y en los seres humanos.

Creo en el Dios de la fe de Jesús, Dios que se hace niño en el vientre vacío de la mendiga y se acuesta en la red para descansar de los desmanes del mundo. Dios del arca de Noé, de los caballos de fuego de Elías, de la ballena de Jonás. Dios que sobrepasa nuestra fe, discorda de nuestros juicios y se ríe de nuestras pretensiones; se enfada con nuestros sermones moralistas y se divierte cuando por desesperación proferimos blasfemias.

Creo en el Dios de Jesús. Su nombre es Amor; su imagen el prójimo.

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