Berta nos sigue convocando

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Caminos

La Berta que yo conocí

A Berta Cáceres la encontré en los pasillos de la Escuela Nacional Florestán Fernández, en Brasil, luego en el Centro Martin Luther King y por último, en noviembre pasado, en el Encuentro Hemisférico por la derrota del ALCA, en La Habana. Ella no me conocía, en cambio yo sí la conocí muy bien. La primera vez la vi en un Taller de Paradigmas Emancipatorios y aunque alguien estuviera entretenido con la mariposa que pasó por el cristal, su voz –micrófono en mano- levantaba las cabezas del salón y ponía los cerebros a capacidad máxima, cuando aquel canto de mujer gallarda decía en su primera oración: “Soy Berta Cáceres y vengo del COPINH, Honduras, en una lucha sin tregua por la dignidad del pueblo lenca”.

Como todo ponente, tenía el tiempo limitado para presentar su experiencia, pero la gente era expectada por seguir oyéndola. Era testimonio vivo, convicción e insulina para avivar las mariposas que revolotean en los sueños de los revolucionarios. En los pasillos, la gente la abordaba y tenía tiempo para todos y yo, desde lejos, trataba de escuchar lo que contaba, interpelando aquella realidad con la nuestra y pasando sus sentencias por el filtro de cómo lo podemos hacer nosotros, con nuestra gente, en nuestra red.

Muchas fotos han circulado por estos días de Berta Cáceres por internet, yo la recuerdo con chanclas playeras bajando la escalera del Centro Martin Luther King, carcajeada en la mesa a la hora del almuerzo, haciendo cuentos jocosos de no sé qué… no podía oír tanto. Era la mujer robusta que se tragaba el dolor con una risa estridente, la mujer bella que sabe lucir los aretes sin retoques y que golpea el hombro de los hermanos de lucha con la fuerza de los guerreros. Es la mujer de los 4 hijos y ningún día de reposo, era la líder de los lencas, la luchadora de Honduras, la latinoamericana del ALBA y de las broncas con los opresores en cualquier rincón del planeta.

Me dejó con las ansias de “una próxima vez frente a Berta Cáceres”, muchas preguntas para ella se quedaron en mi agenda: organización del COPINH, resistencias, pérdidas, sentidos de luchas, horizontes políticos… Las dejo en reposo pero no las engaveto, cuando acabe este corto viaje ella estará – en el lugar de los rebeldes y los eternos- esperándolas para responderme. Geidy Díaz, educadora popular de Pinar del Río (Ceprodeso).

“Cuando la rabia se haga justicia”

La noticia me conmocionó. Telesur informaba desde ayer sobre el asesinato de la líder indígena hondureña Berta Cáceres (1969-2016) por sicarios al servicio de las grandes compañías que expolian los recursos naturales de ese país centroamericano. Fue asesinada en su propia casa. Y eso es una violación de los derechos humanos y otro ejemplo de la flagrante impunidad con que actúan los órganos paramilitares en Honduras. También una demostración de cómo se criminaliza a quienes se oponen al status quo y se irrespetan los derechos humanos y la libre expresión política que quienes aspiran a una sociedad más justa, sustentable y participativa.

De un golpe llegaron a mi memoria los momentos en que un grupo de cubanos compartimos con Berta y otros compañeros hondureños en la Esperanza, su pueblo natal, durante el Encuentro Contra la Militarización en 2008. Con especial gratitud recuerdo la generosidad de Berta y su familia al albergarnos en casa de su madre los días del encuentro, donde tuvimos ocasión de comprender más de cerca las luchas y esperanzas de campesinos, indígenas, trabajadores desplazados, mujeres y hombres sencillos que allí se reunieron para denunciar la presencia de bases militares en Mesoamérica.

No puedo dejar de estremecerme y siento dolor y rabia por su muerte. Pero quiero imaginar que esa muerte no es cierta si va acompañada de hambre de Justicia y Dignidad. Entonces evoco la subida hasta La Esperanza aquella tarde-noche en medio de una tormenta, el recibimiento repleto de alegría, las casitas humildes con techos de tejas, el fango de las calles y, sobre todo, el calor humano de esta mujer sencilla, con voz suave y serena, que nos recibió con un abrazo. Nada podrá borrar de mi memoria aquellas lecciones humanas de La Esperanza, la fuerza ancestral del pueblo lenca y su resistencia, como tampoco el compartir la torta de maíz en los desayunos; el frijol y la carne en los almuerzos y comidas, y también el deseo de conocer cómo se organizan y movilizan, sorteando obstáculos de todo tipo, burlando la muerte, loso habitantes de lo que, a primera vista, parecía un pueblito sin historia, como aquel Macondo, de Cien años de soledad. En pocas horas cambié mi visión de muchas cosas de la vida, saberes preconcebidos que llenaban de humo mi cabeza. La Esperanza y su gente me cambiaron esa perspectiva. A Berta tuve ocasión de entrevistarla en esos días y en otros en que nos encontramos en Guatemala, Quito y La Habana.

Ella es una muestra de verdadera coherencia humana. Siempre puso el interés colectivo por encima de su propio interés personal aun sabiendo los riesgos y peligros que esa decisión entrañaba. Hablamos largo sobre muchas cosas de su vida y la lucha por la había optado entregarse. Las reivindicaciones feministas y la defensa de la tierra, el agua y las semillas como parte esencial de la existencia de los pueblos indígenas de América Latina, y los sueños de construir un futuro nuevo, esperanzador y más humano, no exento de conflictos y matices pero donde la experiencia colectiva y el aprendizaje constante, la pedagogía de la vida, fueron el centro de esas luchas. Me habló como a una amiga que viene con ojos llenos de preguntas. Nos invitó a visitar los estudios de la radio lenca, principal medio de comunicación de COPINH. Allí pude apreciar su entusiasmo porque los esfuerzos de comunicación popular se fueran abriendo en las redes sociales y otros medios, y los jóvenes lograran hacerlos suyos.

Querida Berta, compañera, no puedo creer tu muerte. Tus asesinos materiales e intelectuales no podrán cargar con ese peso en sus conciencias. No me cabe duda que La Justicia se abrirá más temprano que tarde. Ahora recuerdo el rostro envejecido de tu madre Berta Flores y la tímida sonrisa de tus hijos… Sabías de las amenazas pero nada te detuvo, como nada detendrá la fuerza movilizativa de los tuyos para darte, no un adiós, sino convocarte a la próxima reunión de COPINH, a la tribuna desde donde fustigaste y denunciaste, a la organización, la comunicación y la entrega desinteresada por la causa de Los Pobre de la Tierra. Y mientras subo con la imaginación nuevamente a La Esperanza te encuentro allí, querida Berta, sonriendo, cantando, orientando, reflexionando, convocando a los sueños, esos que nunca podrán matar, como tampoco podrán matar, que desde las redes sociales, podamos seguir recordándote.”

(Idania Trujillo, periodista cubana).

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