Cántico de Navidad, Cántico de Liberación

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Raúl Suárez

La tradición mesiánica oral y escrita, si en algunos sectores religiosos había creado cierta desconfianza e indiferencia, en el pueblo pobre avivaba la fe y la esperanza en que el reinado del Mesías era posible y necesario. En la sinagoga de Nazaret el libro del profeta Isaías ocupaba un lugar cimero en la liturgia sabatina. El avivamiento de la fe y la esperanza estaban bien fundamentados por el primer Isaías en su mensaje profético al pueblo. La voz del profeta se identificaba de tal manera con la voz de Dios, que al llegar a oídos del pueblo era una sola y creaba la fuerza de la fe y la esperanza: “Tú has destruido la esclavitud que oprimía al pueblo, la tiranía a que estaba sometido”. Por esa razón “el pueblo que andaba en la oscuridad vio una gran luz y los que vivían en tinieblas y en sombras de muerte luz les resplandeció”. “Porque la paz no se acabará; su reinado quedará bien establecido, y sus bases serán la justicia y el derecho desde ahora y para siempre” (Isaías 9:1-6). “Juzgará con justicia a los pobres y defenderá los derechos de los pobres (…), siempre irá revestido de justicia y verdad”(11:1-9).

Esta tradición corría a través de los años en la vida cotidiana del pueblo. En el hogar y, después de la cautividad babilónica, en las sinagogas la promesa del Mesías conmovía la conciencia de hombres y mujeres y forjaba la convicción de que no todo estaba perdido y que bien valía la pena no solo la espera sino la lucha por hacerlo realidad. La utopía no se alejaba, cada día se sentía más cerca. Porque en la fe del pueblo, toda situación por muy difícil que fuera, tenía solución porque Dios entra en la historia como “Enmanuel, Dios con nosotros” y como Jesús, porque “Él es liberación”, liberará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21-23).

Un aquí y un ahora muy especiales fueron los meses y los días que rodearon la primera navidad: había llegado “el cumplimiento de los tiempos” -el kairos de Dios, tiempo oportuno, día aceptable, día de liberación.

¿Cómo percibía la gente humilde, “el pueblo de la tierra”, “los pobres de Yavé”, este kairos? “¿Cómo lo concebían y cómo lo interpretaban?

Las respuestas a estas y otras preguntas la encontraron en la poesía como expresión de aquello que conmovía sus conciencias y que los hacía sentirse inconformes y rebeldes con todo aquello que oprimía a los huérfanos, a las viudas y a los extranjeros, los sectores más excluidos por el sistema esclavista del imperio romano; y a la vez despertaba su fe y esperanza en que una nueva fuerza estaba a punto de entrar en la historia y hacer realidad sus aspiraciones de una tierra nueva y un cielo nuevo.

María aportó a la historia de las luchas revolucionarias su Magnificat* (Lucas 1:46-55), poesía navideña que posteriormente se convirtió en canción contestataria y profética:

Engrandece mi alma a Dios, mi liberador,
Porque puesto su mirada en mí,
Una doncella humilde,
y desde ahora siempre me dirán bienaventurada
¡Santo es su nombre!
Porque ha hecho grandes cosas con su mano derecha:
Dispersó a los soberbios en el pensamiento de sus corazones,
Derribó a los poderosos de sus tronos,

Y levantó a los humildes,
Llenó de bienes a los hambrientos,
Y despidió a los ricos con sus manos vacías,
¡Grande es su nombre!

Zacarías, el sacerdote sencillo que en contrato con su pueblo se convierte en la voz de los sin voces y expresa en su “Benedictus” (Lucas 1:68-79) sus anhelos de justicia y paz:

“Bendito sea el Señor, nuestro Dios!
Porque está cerca la promesa que había hecho a nuestro Padre, Abraham,
Que nos permitiría vivir sin temor alguno,
Libres de nuestros enemigos,
Para servirle con santidad y justicia,

O aquellos pastores que guardaban las vigilias sobre su ganado, y al ser sorprendidos por la iluminación de la gloria de Dios, transmitieron a la posteridad la poesía-canción “Gloria in excelsis Deo” de los mensajeros de un nuevo amanecer en la historia de su pueblo:

¡Gloria a Dios en las alturas!
¡Paz en la tierra!
¡Entre los hombres y mujeres de buena voluntad!

No podía faltar en aquella primera Navidad, el Nunc dimittis (Lucas 2:29-32) del anciano Simeón, quien al sentir el calor del Niño-Mesías entre sus brazos exclamó:

Ahora, Señor, despide a tu siervo en paz,
Tu promesa está cumplida.
Porque ya he visto tu salvación
Que has comenzado a realizar a la vista de todos los pueblos,
La luz que alumbrará a todas las naciones,
Y que será la gloria de tu pueblo”

¿Qué significa hoy para el pueblo cubano y nuestras Iglesias estos poemas-canciones de la primera Navidad?

Primero, que vivimos una realidad donde percibimos y sentimos la necesidad de “un tiempo de refrigerio” bien merecido para nuestro pueblo.

Segundo, que ahora más que nunca necesitamos oír y escuchar la voz del pueblo en todas sus tradicionales formas de hacer llegar sus reclamos proféticos y sus anhelos y esperanzas.

Tercero, la celebración del tiempo litúrgico de Advenimiento enfatizó el reclamo del profeta Isaías y, actualizado en los días del inicio del ministerio público del Juan el Bautista, indica “preparar el camino del Señor”. Este reclamo se convierte en desafío a cada uno de nosotros y de nosotras para crear una atmósfera de paz y buena voluntad, no transitorias, sino permanentes, que sean un sustento para el cultivo del avivamiento de la fe y la esperanza, que fortalezca una nueva y rica espiritualidad.

  • Primera palabra de las poesías en latín.

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