Carlos Manuel de Céspedes: Un prelado de taller y mesa redonda

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Pasión por Cuba y por la Iglesia, el título de su estudio biográfico sobre el padre Félix Varela, sintetiza las motivaciones esenciales de Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, las de una silenciosa obra que ha abierto ámbitos de luz en nuestra cultura, no la del alboroto y los incesantes aniversarios, sino la que secretamente nos empalma con los días fundadores del Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana.

La cita pertenece al poeta, escritor, ensayista y pensador Cintio Vitier, y fue proferida en el elogio del sacerdote, por más señas tataranieto del Padre de la Patria, cuando la Oficina en Cuba de la Unión Latina (UL) le entregó el Premio de la Latinidad 2006, en la antigua Iglesia de San Francisco de Paula, actual sala de conciertos.

Por esos días la prensa cubana difundió el resumen del currículo del clérigo: “secretario de la Conferencia Episcopal; vicario general de La Habana; párroco, en distintos períodos, de las parroquias del santo Ángel Custodio (en La Habana Vieja) y de San Agustín (en Marianao); profesor del Seminario de San Carlos y San Ambrosio; perito consultor, en su momento, de los consejos pontificios de la Cultura, y para el Diálogo con los no creyentes, ambos de la Santa Sede (hoy reunidos en un solo organismo)…” Un suelto especial de Radix, el boletín de la UL, ahondó en el historial del miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua, autor de varios libros y múltiples artículos.

En el año en que monseñor Carlos Manuel arribó a sus “setenta julios”, y la isla al sexagésimo quinto aniversario de la fundación del movimiento ecuménico cubano, fui a la caza del pastor, con el deseo de reconocer también su “pulcra trayectoria vital e intelectual”.

Quiso la providencia que un día antes del encuentro oyera, en la voz de Miriam Ramos, la conocida pieza de la trova tradicional intitulada El colibrí. “Yo soy el colibrí/ si tú me quieres/ mi pasión es el torrente y tú / la flor”, tarareaba camino de la Iglesia de San Agustín, y ahí mismo, llegando al despacho del entrevistado, le hice escuchar la letra para espetarle sin rodeos: “¿Se reconoce usted en ese zunzuncito?” Cuando monseñor Carlos Manuel de Céspedes comenzó a responder, otro torrente, desconocido, sui generis, inundó nuestros campos, ni más ni menos que el torbellino de aquella canción.

De manos juntas

No sé el sentido exacto del nexo entre el colibrí y la flor que en la pieza de marras es tronchada por el huracán y cae al agua, pues ignoro quién es el autor de la letra –principió la llovizna–. Tal vez aluda al amor de pareja, y ahí no podría decir que yo no haya sido capaz, en alguna ocasión, de haber pretendido ser el colibrí de alguna rosa, se divirtió con su propia agudeza. Mas la historia podría tener otra simbología, depende de lo que veamos por la flor, y si en efecto es otra cosa, como podría ser la pasión por Cuba y por la Iglesia, entonces sí me identifico con ese zunzuncito, y como él sigo dispuesto a correr el riesgo de dejarme tragar por el torrente con tal de salvar mi patria y mi credo: esa es mi pasión, ¡todo el mundo lo sabe!

Por eso Cintio hizo alusión a ella cuando a usted le entregaron el Premio de la Latinidad, ¿no es cierto?

Es la misma pasión que reconozco en el padre Félix Varela y en otros cubanos, la pasión por Cuba y por la Iglesia, ni divorciadas ni separadas, sino imbricadas. Durante toda mi vida he sido dominado por ella, desde antes de ser sacerdote en este país, un país donde la identidad social y la Iglesia por momentos estuvieron distantes. El afectuoso Eusebio (Leal) me califica de hombre-puente; no sé si lo he sido, pero ese ha sido mi propósito.

Son varias las personas de Estado y de Iglesia, no sólo Eusebio, los que le dan ese “título”. ¿Le gusta, le agrada el calificativo?

Los puentes se elevan sobre los obstáculos, no sólo sobre los ríos, para ser transitados y pisoteados por la gente. Para eso existen, para que el prójimo pase; esa es su naturaleza; y mientras tanto, cumplen con su función…

¿Tiene conciencia del momento en que se propuso ser un hombre- puente?

Recuerdo, y esto es así, tal cual, cuando regresaba a la isla en 1963. Había faltado de Cuba durante los primeros años de la Revolución. Había estado estudiando en Roma y regresaba a Cuba desde México; y hubo un momento en que la azafata del avión, al acercarse la nave al archipiélago cubano, dijo: “Las luces que ven abajo ya son luces del territorio nacional.” Y ahí de repente, con un rezo espontáneo, yo imploré: “Que mi vida sea siempre un esfuerzo por constituirme en una piedrecita, que contribuya a romper los distanciamientos y enfrentamientos que de seguro he de encontrar.”

¿Ha sido consecuente con ese objetivo?

Me propuse que lo primero que haría sería buscar a mis antiguos amigos —los familiares ya no estaban en el país—, para, con independencia de su ideología, seguir cultivando su afecto. Esa fue mi intención, y en ella he perseverado. Nunca rechazaría la amistad por el hecho de que yo fuese sacerdote, de que mis anteriores amistades se convirtieran en marxistas, o de que algunas dejaran de practicar el catolicismo. Lo cierto era que habíamos compartido grandes experiencias, en tiempos de Batista, sobre todo en la Universidad.

Como dios manda

Los amigos, ¿siguieron siéndolo a lo largo de estos cuarentitantos años?

Los reencontré en 1963. Unos se habían sumado al proceso, otros no; otros tramitaban su salida definitiva de la isla… Pero intenté ser amigo de todos, hasta de los que estaban presos por causas políticas, y mientras estuvieron en prisión me ocupé de las familias de algunos, de las que pude… Así he vivido mi sacerdocio; con esa pasión por Cuba entera, la de un lado, la del otro; aunque no compartía, por supuesto, todas las posiciones, ni de un lado ni de otro; y por la Iglesia, donde también hubo criterios dispares. Con mis hermanos de la Iglesia he compartido una misma fe, pero no siempre una misma actitud frente a distintas realidades. Con todo, siempre fui leal a la Iglesia y a su autoridad: eso es un hecho.

La certeza, la seguridad con que usted habla, nos recuerda el tono de San Pablo en su segunda carta a Timoteo.

No cometan la blasfemia de compararme con San Pablo. Cuando examino mi vida, constato que hice las cosas conforme a lo que creía, pero no significa que las hice siempre bien, y menos como el Apóstol de los gentiles. Luego, hay un versículo en esa carta donde Saulo anuncia que para él llegó la hora del sacrificio y se acerca el momento de su partida
(2 Tim 4, 6). Sin embargo, no son esa hora y ese momento a los que más les temo. No tengo miedo de la muerte en sí, aún cuando llegase hoy; pero hay un miedo que confieso: el miedo de vivir muriendo, de morir en vida, de morir a plazos…

¿Morir a plazos?

Siempre fui una persona independiente; me enseñaron a serlo desde chiquito; mi padre murió cuando yo era niño, ¡y mi madre me empujaba a cada cosa!, ¡me ponía cada meta! Así anduve hasta que la salud y la vida me lo permitieron: hasta que caí con esta afección, un linfoma no Hodking cuya terapia, sobre todo en ciertos meses, me limitó, redujo mi actividad física, y me obligó a depender de mucha gente. Aun cuando sigo siendo párroco, profesor del Seminario y todo lo demás, confieso que me cuesta aceptar la realidad. Vivir con limitaciones no es nada agradable. Estoy dispuesto a asumir mi nueva circunstancia, no soy un suicida, ¡pero me cuesta!

No obstante, la certeza que hallamos en usted se vincula más con aquel otro verso donde Pablo afirma que ya le está preparada la corona de los santos, con que le premiará el Señor (2 Tim 4, 8). Usted tendría que estar convencido de lo que ha hecho, para afirmar, sin reservas, que ha vivido con aquella pasión por Cuba entera, y también por la Iglesia.

Hice un esfuerzo, pero no he sido Pablo. ¡Por Dios, soy un enano al lado de San Pablo!

Usted pasó de los setenta años.

Y en verdad es bastante –volvió a reírse de sí mismo–. Cumplo años el 16 de julio, nací en 1936. Viviré lo que Dios quiera, pero es una edad suficiente. Es preciso aprender a disfrutar los detalles de la vida, mas ciertamente, sin dejo de pesimismo, cuando uno padece tantos dolores el disfrute se torna improbable, aunque el tema sea asistir a una gala del Ballet Nacional de Cuba cuyo fin último fuera agasajar a mi gran amiga Alicia Alonso.

Gallo de roca

¿Es amigo de Alicia Alonso?

Nos conocemos hace tiempo, nos queremos mucho, suelo despedir el año en su casa, somos una pareja, ¡pueden estar seguros! —rió por tercera vez, sonoramente—. En varias ocasiones Alicia me ha dicho: “Carlos Manuel, ¡mire que usted y yo nos parecemos!”. Un día después de que me entregaron el Premio de la Latinidad, Alicia me llamó por teléfono desde Brasil, donde estaba de gira junto a su compañía.

Claro, Cintio Vitier le expresó a usted su agradecimiento, allí, en público, en la entrega del Premio, por el “fervoroso entusiasmo” que en su día usted manifestara, de pie, en un palco del Teatro Nacional, aplaudiendo el último giro de la bailarina.

Es un recuerdo personal de Cintio que él quiso mencionar cuando hizo mi elogio. Terminó siendo un cumplido también para Alicia y, al parecer, alguien la puso sobre aviso. Alicia no tardó en llamar para felicitarme, comentarme la ocurrencia de Cintio e invitarme para que le acompañara en el homenaje que le rendiría la EGREM en ocasión del Cubadisco 2006. “Allí lo quiero ver”, me dijo. Y yo: “Alicia, por las condiciones de mis piernas, ir al teatro es algo complicado para mí.” Y ella: “Nosotros ubicamos a dos de nuestros bailarines, los más forzudos, en la puerta, y ellos se encargan.”

Alicia Alonso sí que lo aprecia a usted.

Cuando llega a la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana, le suele preguntar a Pedro Simón, su esposo: “¿Carlos Manuel está en su puesto?” Yo me enteré y le respondí con rectitud: “Creo que ya no me verá con tanta frecuencia en el palco presidencial.” Las expectativas de curarme de las piernas son mínimas. Alicia Alonso puede darse el lujo, si fuese necesario, de ser cargada por sus asistentes para acceder al palco de un teatro que ella prestigia con sólo pararse en la puerta, pero esa sería una licencia inapropiada para mí: sería penoso.

Padre, por primera vez dentro de la entrevista le llamo por el título que se les da a los sacerdotes, la pena no conduce a nada, ¿no cree usted?

Cuando digo pena no me refiero a esa pasión de muerte que es la vergüenza. Es que sería un alarde, una falta de modestia, comportarme así en los predios de Alicia. En otros lares, otro gallo cantaría. Suelo exhibir mi enfermedad sin complejos. Cuando las piernas no me acompañan, celebro la misa sentado. Ya apenas asisto a recepciones y actos públicos, pero hace unos meses fui a la nunciatura, invitado a cierta ceremonia, y también llevé mi silla de ruedas…

Cuando usted afirmó que ha vivido con esa pasión por Cuba entera, recordé a su tatarabuelo, Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, el Padre de la Patria, quien, al comunicársele el arresto de su hijo, Amado Oscar de Céspedes, cuya vida sería respetada si él (Carlos Manuel) abandonaba el campo mambí, expresó: “Oscar no es mi único hijo. Yo soy el padre de todos los cubanos.”

Si él era el padre, yo soy el hermano –dice con fuerza–. Nunca me sentí distante de nadie. Los compañeros de la Oficina de Asuntos Religiosos del Comité Central del Partido me recordaban, al invitarme al memorial por los sesenticinco años del movimiento ecuménico cubano, que yo estaba entre los promotores del ecumenismo en la isla. Es cierto. Fui el orador de uno de los primeros actos de ese tipo realizados por la Iglesia Católica. Se produjo en Santiago de Cuba, lo organizó monseñor Enrique Pérez Serantes (1883-1968), arzobispo de la ciudad desde 1948 hasta el día de su muerte.

Bondad de corazón

Santiago Álvarez, el cineasta cubano, me contó que él nació en una ambulancia atrapada por una huelga de transporte en las calles de La Habana. Y usted, ¿conoce lo que ocurrió en la capital el día de su nacimiento?

Ignoro lo que ocurrió en La Habana el 16 de julio de 1936, pero sé que por esos días (el 13) se produjo en España el asesinato de José Calvo Sotelo, el político más destacado de la derecha del momento, hecho que sus correligionarios tomaron como excusa para impulsar el golpe de estado. Cinco días después, la rebelión ganó el país y comenzó la guerra: de un lado estaban los rebeldes nacionalistas, pronto convertidos en franquistas, y del otro, los republicanos, las fuerzas de izquierda. Durante años me echaron broma en casa: “Tenías que haber nacido en julio del 36, cuando se fraguó y estalló la Guerra Civil Española.”

El hecho no solo afectó a España: a Cuba la estremeció.

Y se formaron bandos en las escuelas de todos los niveles y tipos de enseñanza, entre los alumnos y entre los profesores. Unos estaban por la República y otros por Franco; unos defendían la República, sí, pero no con el desbordamiento anarquista, y otros decían, por Franco sí, mas no con los abusos de poder. Había de todo, aun entre los sacerdotes que yo traté de niño y de mayor: curas republicanos condenados en España y exiliados en Cuba, y curas ultras que arremetían contra el desorden que provocaron en la República no tanto los “rojos” —así llamaban los franquistas a los comunistas—, sino el anarquismo.

Hoy día pocos recuerdan esa historia, o quizás prefieren olvidarla…

Hay un libro titulado Diario íntimo de la Revolución Española —su autora ya me lo obsequió— que ilustra esa época. Es una compilación de Nuria Gregori, directora del Instituto de Literatura y Lingüística José A. Portuondo, que reúne apuntes personales de José María Chacón y Calvo (1892-1969), entonces secretario de la legación de Cuba en Madrid. La obra revela el desorden causado por el anarquismo, no por los comunistas, durante los primeros días de la República, y descubre la bondad de corazón de Chacón y Calvo, un “viejo” a quien admiré, pude conocer bien y quise mucho .Siendo yo rector del Seminario de San Carlos y San Ambrosio, lo invité más de una vez para que les hablara a los seminaristas.

¿Le gustaría contar alguna anécdota sobre su relación con él?

José María Chacón y Calvo fue el primero que me propuso pertenecer a la Academia Cubana de la Lengua, siendo yo un mozalbete de veintipico de años y teniendo como única obra los artículos publicados en el periódico El Mundo. Me negué, y él medio que se molestó, pues quería rejuvenecer la institución. Le expliqué que era por respeto a ella por lo que yo no aceptaba: “Por escribir cuatro artículos no se mete a un hombre en la Academia.” Al final lo entendió. Después, fue Dulce [María Loynaz] la que empezó a insistir, y yo igual me resistí. Y bueno, cuando a la tercera se apareció Lisandro Otero con la misma propuesta, ya no podía seguir negándome so pena de que pareciera una majadería.

Largo de talle

En su casa lo embromaban porque nació mientras estallaba la Guerra Civil Española. ¿No reparaban en que el 16 de julio es la fiesta de la Virgen del Carmen?

El fervor por la Virgen del Carmen es la gran devoción de la familia, por parte de padre, los Céspedes, y por parte de madre, los García-Menocal. Mi tatarabuela, la primera esposa de Carlos Manuel de Céspedes, que era prima hermana de él, se llamaba Carmen; y luego nosotros, mis cinco hermanos y yo, tenemos un nombre que termina con Carmen: yo soy Carlos Manuel José Antonio del Carmen; la que me sigue es Elena Juana Francisca del Carmen; mi hermano, el actual obispo de Matanzas, es Manuel Hilario Ramiro del Carmen… Mi nacimiento, el del primer hijo, el primer nieto, fue interpretado siempre, en fe, como regalo de la Virgen. Según mi madre, yo debía haber nacido a mediados de junio. Mi padre le decía: “Fue cosa de la Virgen del Carmen: tu embarazo no fue de nueve, sino de diez meses.” Y se reía.

En las publicaciones de la Editora Abril entrevistamos a varias de las personas que en esta conversación usted llamó compañeros o amigos: Alicia Alonso, Cintio Vitier, Eusebio Leal, Alfredo Guevara, Caridad Diego…

Le he tomado aprecio a Caridad Diego; demostró sensibilidad y genio para escuchar y convencer en un cargo inédito para una mujer —jefa de la Oficina de Asuntos Religiosos del Comité Central del Partido—, teniendo como antecedente la labor del desaparecido José Felipe Carneado. Eusebio y Alfredo son otros dos amigos entrañables. El Premio de la Latinidad me hermanó definitivamente con Eusebio, que lo recibió antes, al igual que Cintio; y junto a Alfredo asistí a todas las ediciones del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana.

La amistad con Alfredo es más antigua.

Data de mis años universitarios, tiene cinco décadas. Nos conocimos en los salones del actual Centro Fray Bartolomé de las Casas, a la sombra de la comunidad de frailes dominicos de San Juan de Letrán, en los cursillos de cine que organizaba la Acción Católica. Dicha amistad, tan vieja como cercana, fue espoleada y bordada por nuestra discrepancia en cuestiones de fe, sobre todo en la juventud. Alfredo no es un hombre creyente, pero tiene una amplia visión de mundo, y hoy es un hombre más de paz y consenso que de guerra. Él también es amigo de Alicia, y desde la FEU de Cuba, a fines de los años cuarenta y principios de los cincuenta, defendió a capa y espada a la entonces compañía de ballet Alicia Alonso, hoy BNC.

¿Fue alguna vez usted un hombre de guerra?

Siempre fui un hombre de paz, de consenso, de pensamiento, de diálogo, de anuencia y comprensión. Pueden decirlo así en el título, “Carlos Manuel de Céspedes, hombre de talle y mesa redonda”. Y vamos a parar aquí: ¡que Dios los bendiga!

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