Carta de los Estados Unidos (Agosto 2008)

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Respondiendo a una larga campaña popular, el comité judicial de la Cámara de Representantes estadounidense convocó finalmente, para el 25 de Julio de 2008, una sesión de testimonios públicos sobre los crímenes de la presidencia de George W. Bush. Aparecieron distinguidos legisladores y abogados para explicar las violaciones del derecho internacional y nacional en cuanto a la agresión, la tortura y la concentración arbitraria del poder ejecutivo. El día siguiente, el más prestigioso diario nacional, el New York Times, ni siquiera mencionó este acontecimiento.

La lista de temas tabú se extiende fácilmente. Con respecto a las elecciones, los dos temas casi inmencionables son 1) candidaturas de otros partidos que los dos principales y 2) las repetidas irregularidades en el proceso electoral. El primer de estos tabús asegura que el debate entre los candidatos demócrata y republicano quedará limitado a una esfera muy restringida, no tocando la legitimidad de los valores capitalistas o de las llamadas responsabilidades mundiales y de “defensa contra el terrorismo”. El segundo tabú significa que aún dentro del juego demócrata-republicano, el probable repudio mayoritario al liderazgo republicano podrá ser contrarrestado por una combinación de truquería electrónica (en las computadoras de votación)[1] y maniobras para descalificar a ciertas categoríaas de votantes mayormente pro-demócrata (sobretodo en las comunidades afro-americanas).

Claro que a varios niveles de la administración se encontraría más personeros progresistas en un gobierno demócrata que en un republicano. Sin embargo, a los más altos niveles, se puede dudar del efecto que tengan. La presión permanente de los intereses capitalistas resulta en un cierto conformismo que se impone a cualquier candidato demócrata que se acerque a la presidencia. Así, Barack Obama, a pesar de su slogan de “cambio”, ya se refiere a Hugo Chávez como “enemigo” y desde principios de la campaña se ha declarado a favor de importantes aumentos en el presupuesto militar. Aprovecha hacia el público su oposición anterior al ataque de EEUU contra Irak, pero nunca en el sentido de oponerse por principio a tales ingerencias en otros países. En la actualidad, cada vez que habla de una reducción de fuerzas en Irak, pide un aumento en la fuerza de ocupación en Afganistán; y con respecto a Irak, se opone a restricciones contra la utilización de los “private contractors” que constituyen ahora aproximadamente la mitad de la presencia estadounidense en ese país. La diferencia práctica en la política externa de los dos partidos consistirá más que nada en un mayor esfuerzo, por parte de los Demócratas, a promover una política multilateral de las grandes potencias.

Dado el relativamente limitado grado de divergencia entre las dos candidaturas principales, llama la atención el enorme espacio dedicado por los mass media al debate entre ellos. Se repite en 2008 el fenómeno de la campaña de 2004, en que la preocupación con el esperado derrocamiento del presidente Bush hizo que, a pesar de los planteamientos no menos bélicos del candidato demócrata (John Kerry), la mayor parte del apoyo, de los esfuerzos y de los fondos que hubieran sido destinados al movimiento por la paz fue divertido al proyecto electoral – que fue a su vez minado por una combinación de demagogia chovinista/homófobo y de las ya mencionadas violaciones del derecho a votar. Esta vez, de modo similar, Obama se ha apropiado gran parte de la esperanza antiguerra sin comprometerse a una política de paz. En cuanto al proceso electoral, se sigue en adelante sin haber establecido un régimen legal nacional para garantizar la integridad de los votos electrónicamente registrados. Y el partido demócrata, a pesar de ser regularmente “víctima” del proceso, nunca se queja, preferiendo atribuir sus derrotas a otros factores (como en 2000 a la candidatura verde de Ralph Nader, cuya participación en los debates fue bloqueado por el comité bipartidario que se encarga de esos enfrentamientos).

Mucho se habla de la envergadura “histórica” de un posible presidente afro-americano. Claro que se han suscitado expectativas en muchos lugares sobre esto. Tales expectativas forman parte de la trayectoria social del país y pueden tener un impacto a largo plazo, dependiendo del grado de organización autónoma de las bases populares de la candidatura. Demasiado facilmente se olvida, sin embargo, que lo importante para las políticas concretas del gobierno no es el color ni la provenencia del candidato, sino sus más poderosos fuentes de apoyo y su equipo de asesores. El equipo Obama nos ofrece casi integralmente el no-renovado conjunto de la presidencia de Bill Clinton (1993-2001).

Se puede esperar al nivel oficial, por lo tanto, una especie de continuismo aún con un triunfo demócrata. Pero se anuncia una tal inercia dentro de un cuadro de condiciones económicas y ecológicas mucho más graves, todo lo cual señala la urgencia de un nuevo nivel de contestación popular.

Cabe apuntar que las marcos fundamentales de la actual crisis económica – en la medida en que refleja la política fiscal – se diseñan desde casi tres décadas. La política económica de la “deregulation” – capitulación ante el mercado – se inició durante la presidencia del demócrata Jimmy Carter (1977-81), visando en primer instancia el aerotransporte. Se generalizó bajo los republicanos Ronald Reagan (1981-89) y Bush padre (1989-93). Bill Clinton, por su parte, lejos de rechazar esa política, la extendió radicalmente. No se limitó a reducir la asistencia pública o a ampliar el libre comercio y la concentración mediática; además se rindió ante el sector bancario, para el cual se disolvió la barrera que se había establecido durante los años ’30 (con la ley Glass-Steagall) entre los bancos de depósito y los bancos de inversiones, creando así el marco para la ola de especulación – y eventual confiscación bancaria de viviendas – que se desencadenó en 2008.

Al igual durante todo este período se agravaron la polarización económica y la destrucción ecológica. Clinton hizo declaraciones solo simbólicas a favor de una nueva política ambiental – denunciando por ejemplo a los chinos por su afán de imitar el modelo norteamericano, y firmando el acuerdo de Kyoto (eventualmente revocado por Bush hijo) pero sin hacer ningún esfuerzo para conseguir la indispensable aprobación del Senado. En el hecho, el aumento en greenhouse gases siguió ininterrumpido durante sus dos mandatos presidenciales. Con la presidencia de Bush hijo, la política anti-ecológica alcanzó una especie de cumbre, hasta la falsificación de informes de los propios expertos gubernamentales sobre la gravedad de la situación. Todavía más importante, enormes recursos fiscales, al igual que la mayor parte del debate público, se concentraron en asuntos de geopolítica, sobretodo la ocupación de Irak.

Como bien se reconoce afuera del ámbito propagandizado, la agresión sirve sobretodo para negarse a enfrentar los cambios necesitados para la salud del medio-ambiente – medidas visando entre otras cosas una vasta reducción en el consumo de hydrocarburos. El gabinete petrolero de George W. Bush decidió de antemano que el único curso aceptable es de maximizar el dominio de las corporaciones y del gobierno estadounidenses sobre los recursos petroleros mundiales. Paradojalmente, sin embargo, la política bélica ha servido de pretexto para enormes alzas en el precio de los combustibles (hasta doblar el precio de la gasolina en EEUU en poco más de dos años), creando así las condiciones para nuevas protestas que todavía esperamos.

En esta coyuntura, en que los daños de la política dominante se generalizan hasta afectar a la grande mayoría (aún dentro de EEUU, para no hablar del resto del mundo), se plantea nuevamente, con cada vez más urgencia, la cuestión de la cultura política del país: de cómo se logra perpetuar – aparentemente sin límites – medidas tan desfavorables, en su conjunto, a los intereses de la población.

No se trata de actitudes mayoritarias; basta un sector suficientemente amplio para ejercer un efecto de intimidación sobre los demás. Este sector muy agresivo se inspira fuertemente del estilo prepotente de la agresión militar (el “shock and awe” de los bombardeos con que se inició el ataque contra Irak), reforzado por una retórica popularizada – expresado por los muy difundidos programas derechistas del “talk radio” y de la cadena televisora “Fox News” – que rechaza el debate, preferiendo echar abusos contra sus opositores.[2]

Una actitud parecida se encuentra en una multitud de expresiones a todos los niveles de la sociedad. Se piensa en el gusto para adquerir el más grande e invulnerable automóvil hasta los casi-tanques “Humvee” (impulso apenas frenado por las alzas de gasolina), o en la insistencia en poseder armas de fuego para uso personal, o en el constante reclamo gubernamental a favor de la expansión económica sin considerar los requerimientos de la biodiversidad. Implicado en todas estas expresiones es la prioridad absoluta de la empresa privada, entendido en un sentido mucho más riguroso que antes. Se trata ahora no solamente de la defensa del capitalismo sino, además, de la penetración de criterios y prácticas comerciales en casi todas las funciones del estado.[3]

La ideología y la práctica van estrechamente ligados. El mismo lema de “libertad” que animaba el anticomunismo se despliegue ahora contra cualquier desafío, sirviendo incluso para justificar los más extremos abusos por parte de las autoridades. Repetidamente se invoca el imágen del país como víctima inocente de los ataques del 11 de Septiembre de 2001 (“9/11”). Bajo este pretexto se intensifica la vigilancia fronteriza, se burla de los derechos civiles, y se justifica incluso la tortura – pretendiendo que la definición legal de ésta se limita a casos del más puro sadismo.

La mentalidad correspondiente se manifiesta particularmente en el sistema penal. La pena de muerte se aplica en disitntos grados en varias regiones del país, pero su afirmación en 1976 por la Corte Suprema legitimiza una ética nacional de venganza, facilitando así la deshumanización de quienes se considera merecer tal castigo (que casi siempre son pobres y, en la mayoría de los casos, negros y/o latinos). Aún teniendo aparte la última sanción, se observa una semejante extremidad en las sentencias y condiciones carcelarias, manifestado en la mayoría de los estados por cárceles llamados “supermax”, donde los encarcelados están sujetos a un régimen de aislamiento y de “sensory deprivation” casi total. Todo esto se ha agravado pari passu con la aplicación interna de las políticas del neoliberalismo.[4]

Este mismo complejo de medidas represivas se extiende facilmente al tratamiento de ciertas categorías de inmigrantes. La carencia de derechos de estos establece una estructura muy conveniente para mantener una fuerza de trabajo disponible a sueldos bajísimos. La presencia de los trabajadores inmigrantes sirve al mismo tiempo a nutrir la demagogia que echa a ellos la culpa para cualquier queja del resto de la clase trabajadora. Así, como en la clásica dinámica del racismo (establecida ya en la época de esclavitud), se forja – entre los que se sienten economicamente amenazado por los inmigrantes – las tropas de choque para imponer en todas partes la agenda de la clase dominante.[5]

Ahora bien, ¿donde se vislumbra una respuesta política a todo esto?

Primeramente, hay que subrayar la limitada relevancia del resultado de la actual pugna electoral. Aún con un triunfo demócrata – que debería ser fácil pero que no lo es, por razones que ya hemos tocado – quedará mucho que hacer. Como bien lo dijo el historiador popular Howard Zinn, para los que desean cambios reales, el escogimiento entre los candidatos presidenciales merece la atención durante los dos minutos que se dedica al acto de votar, mientras que la verdadera tarea consiste en la lucha constante para convencer a la mayoría que debemos crear nuestro propio movimiento político.[6] Un gobierno de los Demócratas podría quizás reducir algunos obstáculos a esta tarea, pero al mismo tiempo puede desarmar a la gente, como lo hizo bajo Clinton – proceso que se repitió mediante la campaña Kerry en 2004. Desde un panorama más amplio, de todos modos, las posibles reformas progresistas quedarán bloqueadas tanto que se mantiene – como lo proyecta Obama – un compromiso basicamente imperialista.

En este contexto se puede, sin embargo, destacar varios elementos positivos. En primer lugar, hay el otro lado de la moneda del fenómeno Obama. A pesar de la clara orientación geopolítica/imperialista del candidato mismo, se ha diseñado en torno a él una coalición bastante amplia de apoyo, incluyendo la abrumadora mayoría de la población negra (que ha mantenido una actitud mayormente opuesta a la ocupación de Irak) y un fuerte sector de la población joven en su conjunto, atraído por las promesas de “cambio”. Que Obama vence o no, esta coalición – todavía informal – podría desarrollarse hasta constituir una notable fuerza política.

¿Cuales son los elementos concretos de una tal evolución? El movimiento sindical ha sido gravemente debilitado por la globalización del mercado de trabajo. En cambio, la conciencia de esta situación – y de los daños a la vez sociales, económicos y ecológicos efectuados por la política bipartidaria neoliberal en su conjunto – ha creado una apertura hacia perspectivas y críticas más radicales.

Una expresión importante de esto ha sido la expansión de los llamados “alternative media” desde el tiempo de las manifestaciones de 1999 (en Seattle) contra la Organización Mundial de Comercio. Hoy en día se encuentra facilmente en el Internet una abundancia de análises y documentación – a veces señalados por links desde sitios de cultura popular – demostrando los crímenes y las mentiras gubernamentales.[7] Incluso la revista marxista Monthly Review, fundada en 1949, inició hace dos años un sitio (mrzine.org) a que diariamente se agrega novedades. Para deasafiar directamente a las cadenas noticiarias de radio/televisión, hay sobretodo – accesible por varios canales además de satélite e Internet (con resúmenes en español) – el programa diario Democracy Now! (democracynow.org), que ha alcanzado un alto nivel de periodismo, justamente en un momento en que los mayores diarios están reduciendo severamente sus equipos editoriales y de investigación.

Alrededor del nuevo foco de conocimiento crítico se encuentra una suerte de penumbra cultural, manifestado en la popularidad de programas y comentarios satíricos sobre la actualidad. Por lo general los comentaristas no discrepan con los marcos fundamentales del status quo; sin embargo, sus críticas, a veces muy agudas, expresan y estimulan una actitud opositora en una forma que se hace especialmente necesario e influyente en un período de creciente represión.[8]

Al lado de tales expresiones más bien difusas de oposición hay por supuesto los sectores con posiciones más firmes. No se trata aquí de organizaciones, de las cuales hay muchas – correspondiendo a la gran cantidad de revindicaciones, regiones y comunidades – pero ninguna de gran envergadura. Más universal son las expresiones culturales que surgen desde abajo buscando nuevas formas de expresión para enfrentar condiciones a la vez insólitas y extremas. La forma más difundida es la del Hip Hop – originario de la comunidad afro-americana en los años ’70, después en parte comercializado y degradado pero en parte siguiendo en el espiritú inicial de rebelión, reforzado en años recientes por una voluntad de entrar directamente en el debate político.[9] Más nuevo todavía es el movimiento de escolares secundarios llamado spoken word (literalmente, “palabra hablada”). Aquí se aprovecha la aceptación oficial de la expresión multicultural – fruta de luchas de la generación anterior – para reclamar un espacio en las escuelas donde los jóvenes de todas las etnías se expresan libremente en una forma de poesía concebida principalmente para la declamación. En la práctica, entre muchas expresiones más bien personales, hay un fuerte impulso de rechazo a los valores y las políticas reinantes, para lo cual se encuentra un ambiente de solidaridad.[10] No se debe olvidar, finalmente, los cuentistas cantantes de la izquierda cuyo labor artístico, siempre puesto al día, a menudo con humor, aparece de repente ante millares en momentos de alta movilización.[11]

Hay en total un corriente bastante amplio y profundo de oposición, pero que todavía no ha alcanzado a convertirse en una verdadera fuerza política. Se encuentra una mezcla de seriedad y ansiedad entre los jóvenes, con formas variando según las capas sociales. Atravesando todo es la inquietud sobre la crisis ambiental. En la medida en que tales preocupaciones se formulan teoricamente, sin embargo, la tendencia prevaleciente parece ser anarquista. Esto me parece ser atribuible en gran parte al fracaso de lo que la ideologia dominante ha identificado como la única forma concebible del socialismo. La facilidad con que se difunde este prejuicio sobre el socialismo refleja lo que veo como un subdesarrollo, en este país, del conocimiento histórico y del pensamiento teórico – una falla que plantea nuevos desafíos en un período en que los viejos costumbres de lectura y reflexión profundizadas han retrocedido ante el flujo constante de nuevas informaciones y modas proporcionadas por los media electrónicos.

Por un lado, como hemos visto, los elementos del conocimiento se transmiten con más facilidad, pero por el otro lado, se multiplican los obstáculos a constituir, sobre la base de tal conocimiento, una coerente agenda popular socialista. ¿De donde vendrán los recursos para superar esta situación?

En esto me fio mucho en la interdependencia global. Hay una nueva cara del socialismo que se está forjando en América Latina, que con el tiempo podrá desplazar la versión que se ha atribuido hasta ahora a este concepto. Para los que siguen bien las noticias, se sabe ahora que el capitalismo se ve siempre más amenazado por las formas democráticas, y que, al inverso, estas formas transmiten – a condición de poder ejercerse libremente – posiciones que, en creciente medida, se acercan al socialismo.[12] La conciencia que podrá formarse sobre la base de esta observación será capaz de constituir, junto con el reconocimiento del peligro ambiental, un factor clave en la próxima etapa de desarrollo en el Norte.

[1] Ver testimonio del experto técnico Stephen Spoonamore: www.alternet.org/module/printversion/94895. Una análisis detallada se encuentra en Mark Crispin Miller, Fooled Again: The Real Case for Electoral Reform (New York: Basic Books, 2007).

[2] Ver la película documentaria “Outfoxed”, http://video.google.com/videoplay?docid=6737097743434902428

[3] Thomas Frank, The Wrecking Crew: How Conservatives Rule (New York: Metropolitan Books, 2008).

[4] Ver Christian Parenti, Lockdown America: Police and Prisons in the Age of Crisis (London & New York: Verso, 2000).

[5] Los números 47 y 48 de Socialism and Democracy (Julio y Noviembre de 2008) se dedican respectivamente al racismo/fascismo en EEUU y al problema de la inmigración.

[6] Howard Zinn, “Election Madness”, The Progressive, marzo de 2008 (www.progressive.org/mag_zinn0308).

[7] Ver por ejemplo los sitios (www.): accuracy.org, alternet.org, commondreams.org, counterpunch.org, fair.org, truthout.org, zmag.org.

[8] Ver por ejemplo el imaginado programa noticiario/propagandístico militar producido por el periódico satírico semanal, The Onion: www.theonion.com/content/video/pentagons_unmanned_spokesdrone

[9] Ver el número especial sobre Hip Hop de la revista Socialism and Democracy , no. 36 (2004): www.sdonline.org/backissues/index.html

[10] Ver por ejemplo http://spokenwordart.com/revolution.php

[11] Léase textos ilustrativos a www.davidrovics.com/lyrics.php y http://davelippman.com/lyrics.html

[12] Para una discusión más amplia, ver mi artículo sobre las últimas dos décadas en Socialism and Democracy, no. 40 (Marzo de 2006), http://sdonline.org/40/wallis.htm

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