Cibervivientes de la letra impresa

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Piensan con terror en el futuro porque el presente ya señala el infortunio. ¿Dónde se encontrará la belleza, el fino ademán, la gracilidad de épocas pasadas con estos advenedizos que ahora se conforman con escribir un “tkiero”, sin más? ¿Cómo podrá la memoria humana salvarse en los sótanos virtuales de enciclopedias apócrifas donde cualquier hijo de vecino puede emplazar un saber profano?

En la otra esquina aparecen los nativos. Recién llegados, completan el cuadro. Nunca leerán más de veinte páginas, de nada. Ni siquiera le pondrán atención al prospecto que acompaña al jarabe de la tos. Sus ojos no ven, no miran; escanean. Su mente no lee, solo “recupera” tipos, señales, ambientes.

Encuentran sus pantallas y sus conexiones ubicuas por donde van. Esos cuerpos juveniles simulan ser, y no al revés, las extensiones de aquellos dispositivos electrónicos cada vez más portátiles que parecen capaces de forjar la realidad. (Érase un hombre a un IPod pegado…).

Estos mozos e-letrados no tienen tiempo que perder. La pista arde, el mercado atropella, el amor se diluye en abrazos de todo signo. Lo mejor es jugar: sumergirse en la red, interactuar en un más allá digital donde se encuentran todas las promesas resueltas con un solo algoritmo: el del placer. Son optimistas, vienen del futuro.

Ellos, nosotros
Aunque ninguno de estos “tipos” existen en puridad, siguen siendo construidos y utilizados ―¡tantos años después!— para denostar o adular, indistintamente, los “impactos” de las tecnologías digitales de información y comunicación en nuestro mundo. Cada una de estas “criaturas” es frecuentada por las retóricas apologistas o detractoras que han hecho de estas supuestas tecnoculturas polarizadas, su trigo.

En realidad, habitamos sociedades en tránsito. A todos, estemos más cerca o más lejos del nuevo “instrumental” técnico y de sus lógicas digitales, nos envuelve la marea innovadora en las formas de recrear y usar la cultura letrada. Y también en no poca medida, nos definen unos guiones mentales con los que funcionamos y que le deben todavía más a Gutenberg que a Tim Berners-Lee. Somos, eso sí, “cibervivientes”, a quienes ha tocado cohabitar con la pantalla como nuevo ―no único ni excluyente― soporte intelectual.

Los modelos de aprendizaje que tienen a la letra impresa y a la escritura secuencial como su principal referente, no han desaparecido, sino que se “contaminan” con la emergencia de literaturas hipertextuales, y alcanzan también a los nativos digitales cuyas formas de socialización y enculturización siguen siendo ―allá quien lo niegue― principalmente analógicas y no virtuales.

Es notable entonces que, como nos advierten algunos buenos sabios, en el debate sobre los hábitos culturales y las “confrontaciones” pantalla/libro, partimos casi siempre de incertidumbres, más que de certezas. “Sabemos aún demasiado poco sobre la lectura tradicional, la lectura en papel”, nos dice Juan José Millán. “Y sin una visión clara de qué ha sido hasta ahora leer, ¿cómo vamos a opinar sobre lo que está suponiendo la nueva lectura?”

Por otra parte, las prácticas de lecturas en los distintos soportes, en última instancia, se presuponen. Alejandro Piscitelli lo explica en Ciberculturas 2.0:

En su convención narrativa, Borges nos pide imaginar un mundo de multiplicidades a partir de un medio exclusivamente lineal (el libro). Para los lectores de hipertextos la situación es exactamente al revés: dado un texto que puede, en principio, remitir a cualquier cosa (como esta arborescente reflexión que usted está leyendo) la tarea consiste en ejercitar una “reducción” racional del campo de posibilidades.[1]

Los hipertextos y las pantallas señalan nuevos retos cognitivos y estéticos, pero no pueden desligarse de la psyché propia de la tecnología escritural cuyo corolario moderno es el libro industrial.

Lejos del empobrecimiento o la disolución que algunos malos exegetas pretenden ver en los recientes derroteros de la cultura alfabetizada, nos topamos hoy con procesos de lecto/escritura mucho más demandantes. Las habilidades puestas en juego no se reducen a domesticar la palabra; es imprescindible completar el ciclo estimulando las competencias necesarias para aprender, comprender e interactuar. “Ni el libro es David, ni la computadora es Goliat. Entreverados y mutuamente potenciados, la tinta de Gutenberg y los bits de McLuhan deberán aprender a convivir y a multiplicarse creativamente”.[2]

por: Milena Recio

Notas:

1- Alejandro Piscitelli: Ciberculturas 2.0. En la era de las máquinas inteligentes. Paidós, Buenos Aires, 2002. p.130.

2- Ídem. pp. 141-142.

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