Cinco siglos de una indignación latente

Ivette Leyva

Amenazante, la grisura de la tarde del 15 de febrero no ensombreció la disposición de cientos de cubanas y cubanos de participar de la XII Feria Internacional del Libro y la Literatura, que cada febrero inicia su carnaval de letras en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, en La Habana.

Allí estaban, desafiando la intermitencia de una lluvia invernal, los incorregibles determinados a llevarse un material impreso a casa, y con esa voluntad asistieron también a la sala José A. Portuondo, donde un panel ahondaría en los 500 años de la Reforma Protestante, y luego se presentaría la revista Caminos, con un dossier dedicado a este tema.

Pero eventualidades de las que nos ponen a prueba todos los días, en este caso un atascamiento en el puerto de La Habana de la revista, no permitieron su llegada a tiempo para la presentación, e hicieron dudar del éxito de un panel sin texto en medio de una Feria del Libro. Sin embargo, sus protagonistas eran, precisamente, representantes del Centro Memorial Martin Luther King Jr. (CMLK) y su Editorial Caminos, personas que conocen muy bien el significado de la fe y la esperanza, y saben que en la vida los obstáculos se vencen, no se lamentan.

Así, con la certeza –confirmada tras una hora de grata charla con el público, de que la ausencia de la revista no mellaría el significado profundo de las palabras reservadas para aquella tarde, sino que quizás avivaría la motivación de adquirirla cuando estuviera a la venta, posibilidad anunciada para esta semana– inició la presentación del panel Ailed E. Villalba Aquino, de la Iglesia Episcopal Protestante quien, además, coordina el Programa de Reflexión/formación socioteológica y pastoral del CMLK.

Este se realizaba, explicó la moderadora, en el segundo año del quinquenio por la celebración de los 500 años de la Reforma Protestante —corriente de rebelión ante la iglesia católica que dio origen a varias denominaciones de iglesias cristianas en la Europa del siglo XVI—; y se proponía indagar en qué tenían para aportar a la sociedad cubana las cristianas y los cristianos acogidos a esta doctrina, por qué la defendían, sus retos…

Parte de los testimonios al respecto serían ofrecidos por los presentes en la sala, y otros le llegarían al público a través del documental Okoiumene que abordaría esencialmente el trabajo que desarrollan las iglesias protestantes de Cuba por el ecumenismo y el sentido que le confieren a este vocablo que, según recordó Villalba, significa “casa habitada” y en nuestra nación se connota además del sentido de saber habitar, cada vez mejor, la casa cubana.

Los diferentes entrevistados para el audiovisual —entre ellos autoridades religiosas, estudiantes de teología y líderes eclesiales— coincidieron en defender que el ecumenismo tenía que rebasar las fronteras de la religión y tocar a aquellos que, aun sin haber escuchado el llamado divino, tenían sueños de justicia que compartir, anhelos de un espacio de reconciliación, no solo entre cristianos.
En tal sentido Joel Ortega Dopico, presidente del Consejo de Iglesias de Cuba, apuntó hacia el vértice innegable de los valores (de solidaridad, defensa de los más desvalidos, entrega, compañerismo), que comparten la religión cristiana y el proyecto revolucionario cubano, y más adelante se refirió a la imagen de un portal —elemento arquitectónico característico de nuestros hogares— como referente de lo que debía entenderse por ecumenismo: movimiento no solo proyectado hacia el interior de la iglesia, sino abierto al exterior de la sociedad.

“La iglesia cubana se va actualizando como el modelo”, reflexionó desde una interesante perspectiva un joven del Centro Lavastida de Santiago de Cuba, a propósito de las transformaciones que desde el punto de vista económico y social emprende la Isla para perfeccionar su sistema humanista e impulsar el desarrollo en un mundo donde el desamparo parece ser la solución a todas las crisis.

Por su parte Reynerio Arce, rector del Seminario Evangélico de Teología de Matanzas, comentó cómo el diálogo abierto y franco entre las iglesias protestantes y las estructuras de gobierno en los últimos tiempos, era también expresión de ese acercamiento a partir de lo que los unía. Más adelante, destacó el esfuerzo realizado por el Centro Martin Luther King y otras instituciones ecuménicas por promover la ecumenía, es decir: “preocuparnos todos y todas por la casa de Dios”, afirmaba en otro momento.

Este esfuerzo en el que destaca el trabajo del CMLK nace de una certeza: “la necesidad del ecumenismo no se debilita”, aseguró el reverendo Raúl Suárez, su director, y ejemplificó con la amplia diversidad de personas que en los últimos años se han sumado a la iglesia. “Los prejuicios puede que estén en las estructuras eclesiásticas, en las jerarquías, pero el pueblo cristiano nos desafía a la ecumenía”.

Y tal desafío consiste en tener la sabiduría de integrar a cubanos y cubanas en torno a lo que somos: hombres y mujeres de bien, por un futuro mejor. No era otro el sueño del maestro José Martí —cuyo natalicio 160 recién conmemoramos—, cuando se refirió a la necesidad de una iglesia nueva, como bien recordó el reverendo Suárez, una iglesia preparada para asumir el reto de unificarnos a propósito (y no a pesar) de nuestra variedad.

En el camino por lograrlo, aunque grandes pasos de avance han sido dados, queda aún mucho por avanzar. Y precisamente a los desafíos de la iglesia protestante cubana en el quinquenio por la celebración de la Reforma Protestante, dedicó su intervención una de las panelistas de la tarde: “reformarse siempre, buscar constantemente la forma de ser alternativa”, fue el planteamiento general de Izett Samá Hernández, pastora de la Iglesia Presbiteriana Reformada en Cuba de Los Palos.
Para lograrlo, opinó que se precisa ante todo “volver al primer amor”, según lo describe la escritura bíblica; reencontrar aquello que es esencial por los caminos de la indignación contra quienes se oponen a la palabra divina; estar en consonancia de pensamiento y acción con el amor ético de Jesús.

El segundo gran desafío para que la iglesia alcance el objetivo mayor de siempre reformarse, en opinión de la panelista, tiene que ver con la posibilidad de gestar acciones concretas que transformen nuestra sociedad, “y a eso le llamamos profetismo”. Una iglesia profética no hace demagogia, sino dice lo que tiene que decir según el evangelio de Jesucristo, expresó.

Un tercer paso se concretaría al hacer de la iglesia un espacio completamente educativo, a tono con la intención de los primeros misioneros que llegaron a Cuba, manifestó Samá. Y lo singular estaría en que esa educación “no se remite solamente a enseñar la Biblia o difundir el pensamiento de teólogos, sino que prepara a cada uno de sus miembros en el respeto, el amor, y la manera de colaborar con el prójimo, que bíblicamente definido es todo aquel ser humano que nos encontramos en el camino”.

Un cuarto y enorme desafío para los protestantes, es dejar cada vez más de ser institución para convertirse en comunidad. “En el intento de disciplinarnos, de cumplir leyes y normas, estamos institucionalizándonos de forma tal que olvidamos el sentido práctico y ético de lo comunitario”.

La iglesia —invitó la pastora— debe unirse al resto de los cubanos y cubanas de bien que todos los días tratan de hacer una Cuba mejor; y “para llevar este anhelo adelante tenemos los fundamentos bíblicos, y la herencia de aquellos reformadores del siglo XVI”.
A modo de síntesis histórica, Samá recordó que “la iglesia protestante surge por un acto de indignación ética de alguien —el fraile Martin Lucero— que no quiso seguir permitiendo que la fe fuera manipulada desde la institución, y eso permitió que la iglesia se abriera a nuevos caminos de libertad”.

Los aires de la iglesia protestantes llegan a Cuba, dijo, como parte de su historia de liberación, “en la voz de hombres indignados por la manera en que el gobierno español dominba al pueblo, y contaban con una fe que sabían que podía acompañarlos en esta lucha”. La iglesia protestante vino a nuestro país “no solo con el deseo proselitista de convertir a las personas al evangelio, sino de ponerse al servicio del pueblo”, pues además de templos abrió espacios en donde podían satisfacerse necesidades básicas como el hambre, la educación…, enfatizó.

La respuesta a “¿por qué soy protestante?” llegó de las voces de Adriana Hernández Bequet y Yunier Trujillo, distantes generacionalmente y cercanos en sus argumentos.
La primera, de la Iglesia Presbiteriana Reformada en Cuba de Los Palos, tras reconocer la influencia de sus padres en el acercamiento a la promesa bíblica de que “el justo por su fe vivirá”, se refirió a los ejemplos de sacrificios que abundan en la historia del protestantismo, y que la conminaron a sumarse a él.

“Tres años antes de la Campaña Nacional de Alfabetización —rememoró— en una misión campesina cercana a nuestro pueblo, el pastor de la iglesia comenzó a alfabetizar a todos los que no sabían leer, pues decía: ¿cómo conocerán la palabra de Dios si no saben leer?”.

Al argumentar por qué su experiencia de cristiana la habían conducido a la Iglesia Presbiteriana, y afirmar que siempre sería protestante, presbiteriana y reformada, mencionó: “porque camina con los tiempos, se integra a la comunidad en sus tristezas y alegrías, pone su empeño en ayudar a quienes la necesitan. Sus puertas se abren sin distinción de color, edad, sexo y situación económica, porque todos necesitamos la gracia de Dios”.

En cambio el joven Yunier Trujillo, de la Fraternidad de Iglesias Bautistas de Cuba, llegó al protestantismo “buscando más significados”. Reconoció haber nacido “más cerca de la tradición militante partidista que de cualquier iglesia”, pero sin dudas muy ligado a los ideales de justicia y equidad, que son la base del discurso revolucionario humanista, pero también de la palabra de Jesús. El acercamiento a esta doctrina se lo facilitó, confiesa, el CMLK y la teología de la liberación.

“No solo soy protestante por el carácter liberador que tuvo en la historia este concepto, sino porque me exige estar en renovación constante para no dejar de ser liberador”. Por ello, declara, hoy su Dios “es un Jesús de a pie, es un Dios del camino, que no puede llegar con consignas construidas al pueblo, sino que las levanta del propio pueblo desde su sentir”. El ser protestante no es un concepto cerrado, enfatizó, es una perenne evolución para no dejar de ser herramienta de liberación.

La invitación a que los presentes en el auditórium ofrecieran sus testimonios o hicieran preguntas, provocó a una de las presentes a indagar en cómo acoplar los desafíos mencionados por Izett Samá en torno a la iglesia protestante, con los del resto de la sociedad.

Los panelistas respondieron que ante todo debía entenderse el proyecto de nación no desde una posición individualista, sino comunitaria, ávido de nutrirse del aporte de todos; que celebrar y respetar nuestras diversidades, así como permitirnos la indignación contra lo mal hecho, era una motivación para transformar; y que el ejercicio de pensar cómo contribuir a la sociedad desde lo religioso, era parte de un análisis a hacer desde cualquier otra identidad: la de jóvenes o adultos mayores, profesionales u obreros, cubanos y cubanas en definitiva…

Por último, cautivado sin dudas por las provocaciones del panel y la presentación de las propuestas editoriales de Caminos, desde el público surgió el interés por conocer más sobre esta editorial, la cual fue fundada en 1995 y produce dos series de libros: una dedicada a promover el pensamiento (incluye ensayos, monografías y textos de carácter reflexivo sobre temas relacionados con la teología popular, la educación cristiana y pastoral, la educación popular y la participación, el desarrollo local, el trabajo comunitario, la comunicación popular, los movimientos sociales y las luchas antihegemónicas, de género, raza y racismo, entre otros); y la otra encaminada a la ficción, donde se incluyen textos en los géneros novela, cuento y poesía.

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