Con los Sin Tierra

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Se trata de un colectivo fortalecido, cuyos miembros ocuparon la tierra en 23 de agosto de 1994, que hoy abriga un núcleo de 20 familias activas, a las que se unen 28 familias asentadas de menor protagonismos y otras 12 familias de hijos de moradores recién independizados, totalizando 400 personas.

Allí entre faenas agrícolas, fiesta con cachaça y partidos de fútbol, Cassio y yo ofrecimos una charla sobre el legado de la Revolución Cubana y los procesos emancipadores en América Latina (que derivó en ameno debate con un bien informado y motivado público) y culminamos nuestra estancia proyectando el filme Tierra y Libertad, sobre la lucha antifacista y el reparto agrario en España Republicana. De esta hermosa e inolvidable y experiencia, narrada en extenso en un artículo de próxima aparición, quiero compartir hoy algunas pinceladas.

Conocer el MST es acercarse a uno de los mayores, más expresivos y orgánicos movimientos sociales latinoamericanos.

Se originó de una alianza entre organizaciones campesinas, sindicatos de trabajadores rurales y activistas tejida en el estado de Paraná, sur de Brasil, en 1984, bajo el apoyo de la Comisión Pastoral de la Tierra (CPT), órgano de la combativa Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB).

El MST nació así compartiendo con el gobernante Partido de los Trabajadores (PT) una matriz formativa (obreros, intelectuales y activistas de izquierda y sectores de la iglesia popular y progresista) dentro del movimiento popular enfrentado a la dictadura militar.

Con la victoria de Lula y del PT en 2002, se esperaba mucho en la solución de la lucha agraria. Pero amén del amplio asistencialismo desplegado por el gobierno (fuente de su popularidad) en Brasil persiste el hambre de tierra, la represión a los demandantes y el eco/geno/cidio latifundario. Y aún viven unas 100,000 familias en los campamentos del MST, en un universo de 4,5 millones de familias pobres del campo.

En 2008 el MST celebró sus 25 años de existencia, realizando el congreso que la dirección nacional postergaba ante su indefinición frente al gobierno Lula. En su documento final, ante la presión de las bases, el MST diagnosticó la avanzar en las demandas de reforma agraria, a través de nuevas alianzas con las luchas sociales urbanas. Al mismo tiempo, se hizo una dura crítica a la política económica del gobierno federal.

En el dicho asentamiento conocimos un grupo de personas muy politizadas, con impresionante lucidez para analizar la situación local y global. Y que aderezan esto con una alegría contagiosa, lenguaje llano y el apego a su condición de trabajador rural, desarrollando una mística ligada a prácticas artísticas (música, poesía) y la religiosidad popular. Se trata de gente que “(…) pese a estar cerca de la ciudad, no se aísla y trata de mantener una relación fluida con la vida urbana sin perder su identidad.”

Como no todo es ideal, los compañeros luchan cotidianamente con la apatía, el consumismo y los formalismos. Una joven que estudió enfermería en Cuba señaló que aunque “la mayoría de la juventud no posee un compromiso activo aunque participen en algunas actividades y vivan aquí (…) los jóvenes activos estamos en todos los sectores (salud, educación, etc.), y a veces cuando hacemos actividades convocando nos consideran viejos si no hay, por ejemplo, forró. Pero vamos batallando con eso y tenemos resultados.”

En el debate sobre procesos ideológicos y organizativos dentro del MST, emergió la demanda de fortalecer la participación y el compromiso en las prácticas locales frente al cansancio, los errores y los verticalismos. Un fundador del movimiento explicaba que “dentro del MST existen dos culturas políticas, la nordestina, mas autónoma y combativa y la del sureste, orientada a la conciliación con estructuras del estado.”

Este morador considera que “El MST nació centralizado, la gente posee una tradición católica verticalista, que confía mucho en la autoridad del padrecito, y falta percepción política para exigir la rendición de cuentas a los líderes (…) cree esperanzado que “hoy estamos en un momento de redefinición que puede servir de oportunidad para renovar dirección y rumbos combativos del MST.”

Muchas cosas podrían contar de mi estancia en tierras cariocas: la calidad de sus universidades, la belleza de sus paisajes, la alegría contagiosa de su gente. Pero sin dudas la estancia con los compañeros sin tierra, por su mezcla de tierna esperanza y recio compromiso, fue una transfusión de fé. Necesaria para hacer un futuro donde un socialismo plural y participativo tendrá amores inevitables con la naturaleza, la libertad y la belleza.

Por: Armando Chaguaceda

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