Cuando de la tierra se sacan historias “para toda la vida”

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Tamara Roselló Reina

La celebración campesina recuerda uno de los actos más radicales de la Revolución cubana: la Reforma Agraria que le entregó la tierra a quienes la producían y acabó con los latifundios en la isla. Fue una de las primeras medidas populares de aquel año 59. Veinticuatro meses más tarde surgía la organización que hasta nuestros días ha reunido al campesinado cubano: la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP).

Y aunque siempre se suele decir que el 17 de mayo es el Día del campesino, las mujeres poco a poco van ganando más espacio y roles protagónicos como integrantes de la ANAP. Su estrategia de género ha intencionado la presencia fememina en las juntas directivas de las Cooperativas y otras estructuras de la organización campesina a lo largo y ancho del país.

El ámbito rural, pintado de hombre y de mujer, tiene en esta hora de Cuba uno de los desafíos más importantes para la economía: la producción de alimentos que sustituya importaciones y garantice la soberanía alimentaria.

Una mujer vinculada desde su juventud a la ANAP comparte un pedacito de su vida, que no es más que parte de esa historia común que empezó a escribirse hace medio siglo.

Mavis Dora Alvarez Licea es fundadora de la ANAP y allí laboró hasta su retiro. “Cuando todavía era estudiante de Agronomía, trabajé en el Instituto de Reforma Agraria INRA, en lo que era la antigua provincia de Oriente. La Universidad la cerraron y todos los que quisimos nos fuimos a trabajar voluntariamente por ahí, donde fuéramos útiles. Yo me vinculé a las bases campesinas. Luego terminé la carrera por el curso de trabajadores. Al fundarse la ANAP en 1961 empecé a atender el crédito agrícola, lo que me dio la posibilidad de conocer de manera integral la actividad campesina, tanto en lo económico-productivo como en lo social.

“En la medida en que la ANAP asumía nuevas tareas, los que trabajábamos en ella íbamos también desempeñando distintas funciones. Así llegué a la dirección nacional de la organización, por la experiencia en la actividad agrícola. Entré en la esfera de Producción y allí inventamos un departamente de desarrollo técnico, que fue un espacio para desarrollar técnicamente la agricultura campesina.

“Por el camino hice cursos de contabilidad, de administración, de cooperativismo… Esa etapa fue una escuela para mí, una escuela maravillosa que me ha servido para toda la vida”.

Las memorias de Mavis sobre la vida campesina son mucho más largas. De los primeros tiempos recuperó varias historias en un libro publicado por la Editorial Caminos La loca de las Yagrumas y otras mujeres (La Habana, 2003).

También podría acercarnos desde su relato diáfano a vivencias más frescas del período especial cuando hubo que buscar opciones para hacer que la tierra produjera alimentos. Desde esos años difíciles hasta su jubilación atendió en la dirección nacional de la ANAP los proyectos de cooperación internacional, que apoyaron a comunidades rurales con la puesta en práctica de tecnologías alternativas y contribuyeron a reanimar la producción y la vida sociocultural en cooperativas agrícolas.

En la actualidad un número creciente de mujeres campesinas siguen sus pasos en la organización y liderezco de la asociación a todos sus niveles. La Estrategia de género de la ANAP ha posibilitado la capacitación de hombres y mujeres del campo para compartir roles en el hogar y en el trabajo cotidiano. Pero todavía queda más por hacer para desterrar el machismo que limita que campesinas y campesinos se incorporen por igual a la vida institucional y comunitaria.

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