Cuba, Fidel y mi pueblo en Revolución: Una sustantiva totalidad.

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La nota de Fidel Castro titulada Los superrevolucionarios desató una nueva polémica en torno a Cuba y su Revolución. Una vez más la prensa alternativa y la que no lo es, se hizo eco del acontecimiento, lo reprodujo y comentó. Las figuras centrales de este episodio, el respeto y/o la estima que gozan, nos mantuvo a no pocos compañeros, a la expectativa de lo que se decía. Hoy con la distancia aún breve del acontecimiento, siento la necesidad de aportar mis opiniones desde la perspectiva de un revolucionario que nació y vive en Cuba. A la inmensa mayoría de cubanos nos interesan los temas a debate: Adelanto por tanto una de las muchas opiniones que pueden existir entre nosotros, con coincidencias y discrepancias, con mucha sinceridad y deseos de enriquecer el diálogo socialista.
No considero que James Petras sea un hombre perverso –ni tampoco la compañera Robin Eastman-Abaya-. En mi opinión Pablo González Casanova no es un oportunista. Los prefiero juntos en sus diferencias, “a contracorriente”, tal como aparecen Petras y Pablo en “Por la izquierda” el reciente libro compilado por el compañero Enrique Ubieta Gómez, presentado en uno de los últimos Sábados habaneros del Libro. Si polémicas tan ácidas como la que presenciamos nos tienen que ayudar a ver retos a los que tenemos que encontrar causes progresivos. Retos para sortear tanto por nuestros numerosos amigos críticos de la izquierda, como por nosotros mismos.
Con Fidel y la gloria del grano de maíz.
Parto del criterio de que para mi Cuba, Fidel y mi pueblo en Revolución constituyen una sustantiva totalidad a la que me siento integrado, de la que vivo orgulloso. Por eso soy uno de los millones de cubanos que van a estar siempre con Fidel Castro. Seguiré junto a Fidel aun si un día pienso que en algo pueda estar equivocado el Comandante. Este es mi compromiso de conciencia y amor. Se de los juicios erróneos que puedan hacer quienes sinceramente no alcancen a entenderme, porque parten de otras historias, prácticas y culturas políticas. No me importan las lecturas y calificaciones negativas que siempre van a publicitar nuestros eternos adversarios ideológicos y enemigos políticos, y mucho menos me preocupan las diatribas de los eternos cazadores de entuertos –que están en uno y cualquier bando-, prestos siempre a levantar sospechas, descalificaciones y morbos.
Si pensara que la nota de Fidel titulada Los superrevolucionarios en una parte o en el todo, no fuera correcta, si considerara que en ello el Comandante erró, no tuviera reparos en decirlo. Con Fidel siempre me siento en espacio y oportunidad para discrepar, tenga o no todos los argumentos y certezas. Por demás el callarme sería una traición a ese compromiso de conciencia y amor que refiero. Precisamente por ello siento el deber y la necesidad de expresar públicamente mi apoyo al breve y contundente mensaje que nos dejó en la ya citada nota.
Fidel ha dado en estos años, y sobre todo en sus últimas notas y reflexiones, suficientes elementos, ha probado a la saciedad, lo ética, histórica y políticamente erróneo que late en algunas de las propuestas de alternativas pretendidamente socialistas que nos hacen, incluidas las de compañeros situados desde hace muchos años en la izquierda comprometida con la Revolución Cubana. Después de la reflexión y la argumentación sosegada, su texto Los superrevolucionarios es una justa y necesaria llamada de atención.
Fidel con su característica delicadeza y sentido político no menciona en la nota nombres, rechaza argumentos. Su batalla, bien lo ha recalcado, es de ideas. Alerta y critica y para ello le asiste toda la autoridad que dimana de su constante entrega personal, de sus resultados al frente de Cuba, de mil y más argumentos, desde los más pragmáticos hasta los más sensitivos, casi místicos. Y no se olvide: a Fidel lo hemos visto y sentido siempre en la autocrítica severa con las insuficiencias y errores de la obra revolucionaria, severísimo sobre todo consigo mismo, en tanto ha sabido asumir en cada momento lo que el certeramente define como su cuota de responsabilidades.
¿Lo sentí cubanamente en “bronca” cuando leí la nota de referencia?: Si. Es esa pasión cubanísima, característica en nuestra idiosincrasia, de la que muchos no podemos y otros ni queremos deshacernos. No hay sin embargo en la nota ira. Nada agresivo o insultante, mucho menos “amenazante”. Ese nunca ha sido el estilo de Fidel. No lo es ahora. Yo me ocuparía más en revisar el contenido de la crítica que la forma, no obstante si el término “superrevolucionarios” y las aseveraciones que realizara el Comandante, disgustan a los compañeros que se sienten aludidos, sin dudas están en el derecho de expresar su desacuerdo. Fidel sabe apreciar y cuida con mucho esmero la dignidad de cada compañero, de cada persona, hasta la de sus más acérrimos enemigos. En el hay un firme rechazo tanto a la cobardía y la hipocresía, como a la mentira y la adulonería.
De José Martí y Julio Antonio Mella, aprendimos los cubanos a rechazar los seguidismos acríticos, los falsos y peligrosos cultos a las personalidades. Fidel y Ernesto Che Guevara asumieron con mucho rigor esta tradición de dignidad e independencia personal. Fidel y Che nos enseñaron también a no eludir las valoraciones ríspidas que se puedan hacer sobre la obra perfectible a la que tantos esfuerzos y cariños dedicamos. Fidel, Che y Raúl Castro nos han formado en la sana inconformidad del revolucionario constante, contra el acomodamiento y la apologética, frente a las bondades de nuestro sistema y sus incuestionables avances. Fidel Castro nos insiste con Martí –aunque esto sea tan difícil de asumir en nuestro mundo de apetencias iconoclastas- en que toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz.
Diversas perspectivas sobre Cuba
Sin dudas estamos ante diversas perspectivas sobre Cuba. Sostengo que no somos tan buenos como nos sueñan y describen nuestros más entrañables amigos, y sobre todo como quisiéramos y necesitamos ser nosotros mismos. Tal ejercicio de amor nunca será apología, siempre tendrá de su parte la verdad de nuestras gigantescas e históricas realizaciones, el heroísmo cotidiano de los cubanos y cubanas. También la justicia de enfrentar la monstruosa y gigantesca maquinaria mediática del imperialismo, que fabrica toneladas de mentiras, busca y rebusca errores e insuficiencias para manipularlos y multiplicarlos, en su afán de desacreditar y justificar su genocida política anticubana. Nada nos conceden, ni el más mínimo reconocimiento a lo inobjetable. Así es la objetividad imperialista.
El protagonismo que disfrutamos los que vivimos dentro de Cuba, nos da la oportunidad de ser testimoniantes y observadores de privilegiada posición, pero ello no nos otorga crédito de infalibles. No releva de cercanías y apasionamientos, que pueden enrarecer la más exacta evaluación de los acontecimientos, y en consecuencia intervenir contra la toma de las mejores decisiones. Otros ángulos de apreciación y las miradas cultivadas en y desde otras experiencias, siempre nos van a aportar. Ello sin embargo no presupone la aceptación acrítica de lo que se afirme o proponga. Si siempre brindar la opinión honrada sobre lo que pensamos. Y en tal medida precisar puntos de reflexión para retroalimentar los análisis en sus fundamentos, e ir a nuevos enriquecimientos. Así lo ha hecho siempre Fidel, tanto en los álgidos debates y cismas de la izquierda de los años sesenta y setenta, en los días de la perestroika, en los aciagos momentos del derrumbe soviético, ahora en sus recientes notas y reflexiones.
No entiendo el por qué algunos compañeros en sus acercamientos al tema cubano, nos reducen a una operación contable. Prácticamente nos encasillan en un balance de beneficios-costos. De un lado la columna de logros de la Revolución, de otra la de insuficiencias, y a partir de tal esquema, la mayoría de las veces se adentran en una suerte de disección. Aspiran además a que como viene de amigos, agradezcamos “lo bueno” que nos reconocen y disfrutemos el dulce frío del bisturí, aún cuando corten sobre heridas que ya están suturadas.
¿Desde qué datos de la realidad se pueden proclamar criterios tan gruesos como el que afirma que “la mayoría de los cubanos estamos cansados de esperar…”? Cierto es que en Cuba además de los mercenarios pagados por el gobierno de los Estados Unidos, existen quienes tiene miedo del imperio, los que viven derrotados, pesimistas y agoreros con espejuelos que solo ven las calamidades. No faltan los que ya apostaron al capitalismo y esperan que “la transición pacífica” o las bombas yanquis le resuelvan su problemas: ¿Están en estos elementos las “fuentes” de lo que realmente pasa en mi país?
¿Quien puede obligar a la ciudad de Martí, Julio Antonio Mella y Camilo Cienfuegos, en masa de un millón y más, a ir cantando y lanzando sus combativas consignas en un –en muchos- desfile del primero de mayo? ¿A exigir por toda la nación, una y otra vez frente a la Oficina de la Infamia, la liberación de nuestros hermanos antiterroristas ilegalmente secuestrados en las mazmorras del imperio? ¿Y lo que ocurre fuera de la Ciudad de la Habana pudiera alguien argumentar que los capitalinos siempre hemos sido más favorecidos, más protegidos? ¿Qué pasa en esa Cuba masiva de campos y ciudades? Esa misma y otra Cuba a la vez, que salta a la vista en sus heroicos contornos cuando una conmemoración del 26 de julio, nos actualiza de los méritos de los camagüeyanos, pinareños, espirituanos, santiagueros…de punta a punta, de Maisí hasta Guanacabibes!!!
¿Por qué no ver la dialéctica del hombre y la mujer cubanos, de este pueblo, en su maravillosa y real articulación –lo real y maravilloso del reino de este mundo, diría ahora mismo Alejo Carpentier-? Pueden entender nuestros amigos críticos de la izquierda esa sustantiva totalidad de historias de rebeldías y confianzas cultivadas por el hacer y el saber, por la emancipación y la dignificación humana, que todo lo interpenetran y ordenan en caos, que lejos de desintegrar, arman al sujeto popular cubano, para transformar cada obstáculo, cada dolor de cuerpo y alma cada honroso cansancio de espera en iras de amores, en mulata tozudez de negro redimido y blanco pobre, en cultura de resistencia y combate, en confianza y en responsabilidad con esa confianza, en definitiva y arrolladora fuerza telúrica.
Cuando se penetra esta dialéctica del sujeto popular cubano, estoy convencido que se constata un mayoritario compromiso para la acción a favor de soluciones revolucionarias, socialistas.
Podemos tener distintas perspectivas, incluso evaluaciones diferentes sobre la base de los mismos datos. Ello es perfectamente válido. Pero siempre en la dignidad que supone ser serios en lo que se anota, evalúa y propone. Los pueblos tenemos lógicas y claves histórico culturales que deben ser respetadas. Hay inteligencias colectivas –e individuales- que no se pueden subvalorar. Cuando se ejerce la crítica es fatal el querer saber de todo, opinar de todo y recomendar sobre todo, porque se puede acabar hablando y afirmando de lo que muy poco o nada se sabe, se corre el riesgo de ir derecho al ridículo.
Utilidad y aporte
Aprecio sinceramente la simpatía y el deseo de colaboración que late en los artículos y opiniones de nuestros amigos críticos de la izquierda. Sin embargo pienso que no erramos en todo lo que afirman, ni que siempre hay problemas donde quieren verlos. Nada me aporta que me listen deficiencias, errores y excrecencias de una realidad que vivo como protagonista y que lucho por transformar.
Se que Cuba – la Revolución- no es solo de los cubanos, he visto y sentido como la siguen suya nuestros amigos de la izquierda –también personas honestas de diverso signo ideológico y político en cualquier parte del mundo-, y sobre todo como la presienten y aman los pobres, los trabajadores y campesinos humildes, los indígenas que nuevamente han echado a andar, los estudiantes y las juventudes comprometidas con las luchas anticapitalistas, los ecologistas, las mujeres, negras y negros, gays, lesbianas y demás sujetos de la explotación y discriminación económica, machista, sexista y racista que sustenta el capital. Pero este acompañamiento solidario e internacionalista, que por supuesto incluye y supone el compromiso crítico y la honestidad para la discrepancia, debe también respetar nuestro espacio de realización revolucionaria, inteligencia y sobre todo la responsabilidad histórica que tenemos en primer lugar con el pueblo de Cuba.
Creo que a veces no se comprende suficientemente que la paz que disfrutamos es el resultado de victorias diarias y simultáneas, contra agresiones constantes, contra malvados planes de guerra económica y psicológica, de propaganda, terrorismo y subversión política. Para los cubanos el error táctico puede resultar inmediatamente estratégico, y el fin del debate no necesariamente sería la intolerancia, sino las bombas y los cañonazos del imperio. Entonces cuando más urgen las soluciones, más se tienen que medir y precisar las decisiones.
¿Por qué para algunos de nuestros amigos tenemos que ser un cuerpo social en perenne auscultación, abierto a simultáneas y constantes intervenciones…? ¿Por qué no preguntarnos con más solidario respeto qué consideramos más oportuno, qué más importante, qué más urgente? ¿Por qué no preguntarnos con más cooperativa paciencia, por los exámenes y las apreciaciones que están en curso, por los antídotos que ya aplicamos? Discutamos los datos de la realidad que tenemos, y apórtennos en lo que nos falta. Veamos lo que ya está en curso, démosle el necesario tiempo de instrumentación y cosecha.
Pienso que la colaboración más efectiva precisa de un “observador” menos distante, con canales de doble vía y continuidad para mutuas acciones concretas. El debate público tiene su espacio e importancia ¿pero cuanto más podemos avanzar intercomunicándonos, trabajando en grupos, redes y talleres? Afirmo que en este curso de relación, el aporte de los amigos de la izquierda puede sernos de mucha más utilidad, sobre todo para lo que tenemos que resolver solo los cubanos, lo que nadie más –ni nuestro más entrañable camarada en el exterior- puede hacer por nosotros: Lo que histórica e ineludiblemente nos toca. Lo que vamos –ya lo hacemos- a discutir y perfeccionar dentro de nuestro Partido y Gobierno, en los sindicatos, las juventudes trabajadoras y estudiantiles, las federadas, los comités de defensa de la Revolución…en todas las organizaciones revolucionarias, dentro de los colectivos de producción, los servicios, en la prensa, la salud, la educación y la ciencia, en la vida cotidiana. Para cambiar, nos ha llamado Fidel, todo lo que tenga que ser cambiado.
Ni espacio, ni tiempo para ingenuidades
Podemos coincidir en que la prensa de izquierda es una prensa amiga. Aspira a hacer una crítica de naturaleza muy distinta a la de los monopolios de la mentira y la desinformación, con vocación educativa, apegada a una voluntad de veracidad, de acompañamiento solidario y fraternal. Que trata sin dudas de buscar una objetividad, muy distinta de la que dicta el capital. Pero desafortunadamente si se trata de Cuba, en el ejercicio real de su construcción, parte de esta crítica no logra despegarse de las claves hegemónicas que pretende cambiar, y algunas de sus observaciones y soluciones “socialistas” realmente no rebasan el horizonte ideológico y político demoliberal y el paquete económico neoliberal.
He observado también como comienza a ser recurrente el hecho de que se marquen diferencias, con juicios y ejemplos preferentemente negativos, a manera de documentar “críticamente” una suerte de distanciamiento “objetivo”. Me he preguntado seriamente si estamos respondiendo solo a una necesidad de la izquierda: ¿Acaso han logrado nuestros adversarios ideológicos y enemigos políticos, sembrar algún condicionamiento, algún prejuicio? Noto por ejemplo una intencionalidad peyorativa en el vocablo “oficialista” dado a quienes se centran en los logros del país o coinciden con los criterios de los funcionarios partidistas y estatales: ¿Acaso el disentir es ya condición de razón y “credibilidad”? …Estamos sin dudas ante un reto muy interesante: No podemos renunciar a la crítica, ni a decir lo que se piensa, y tampoco abrir el frente para que nos manipulen ideológica y psicológicamente.
El expediente de la conspiración y los “agentes enemigos” dentro de las filas revolucionarias, condujo en otras revoluciones a paranoias de consecuencias tan destructivas, como las propias operaciones de guerra psicológica y sociológica realmente articuladas por los servicios enemigos. Los términos de diversionismo y subversión ideológica fueron sepultados con el derrumbe del llamado socialismo real. Más en el desprestigio de que en esos países del socialismo europeo, tales términos, se utilizaron como fetiches para la coacción burocrática y la purga extremista –algo de esto llegó hasta nosotros y no sin batalla lo supimos derrotar-. El distanciarnos de las paranoias y nuestra renovada confianza en los compañeros, no significa, sin embargo, desestimar lo inescrupuloso del imperio, y su constante recurrencia al mercenarismo y la corrupción. Recordemos que en la gran y exitosa operación mediática con que la CIA, la NED y los servicios de la OTAN, empujaron el derrumbe del mundo soviético, los revolucionarios fueron anulados como “conservadores”, mientras a los traidores se les fabricaron atractivas y “revolucionarias” imágenes. Nuestros amigos de la izquierda coincidirán en que ni ellos ni nosotros tenemos espacio, ni tiempo, para irresponsables y funestas ingenuidades.
Realmente hoy en el seno del movimiento revolucionario, sabemos muy poco sobre los actuales caminos de la subversión y el diversionismo contrarrevolucionario. Hasta ahora muy pocos compañeros se han ocupado de estos temas, ¿pudieran nuestros amigos de la izquierda colaborarnos en esto?
Antonio Gramsci certeramente explicaba el carácter de relación pedagógica que tiene la lucha por la hegemonía ideológico cultural en el seno de la sociedad civil. El Che Guevara por su parte precisaba como el socialismo no se puede construir, ni con las herramientas ni con los conceptos del capitalismo. Pienso que con estos ejes para la acción podemos sortear el dilema de “ser o no ser”, educarnos y educar. Y en mi criterio ello no solo vale para nuestros amigos críticos de las publicaciones de la izquierda, también para la prensa partidista y oficial cubana, donde salvo excepciones, predomina una desconexión sustantiva con el debate.
La polémica a contracorriente
Se por experiencia propia que al calor del debate se nos anula a veces el respeto por el otro(a) y que incluso hay casos más lamentables aún, donde se ha perdido junto con el recipiente y el agua tibia, hasta la criatura. La sabia recomendación de Paulo Freire sobre la necesidad de que el educador sea educado tiene que saltar de la letra y la consigna hacia nuestra praxis. Una y otra vez tenemos que exorcizarnos contra esos demonios de intolerancia. Ya sea en el ejercicio del disentir, como en la defensa de lo que creemos errónea o injustamente criticado. Ser implacables con el enemigo de clase e intransigentes con lo mal hecho dentro nuestras filas, he ahí una diferencia sustancial que no siempre tenemos en cuenta. Lenin en ello era un maestro, Ho Chi Min, Amílcar Cabral, Che Guevara y Fidel, revolucionarios de la escuela leninista, han dejado notables aportes en esta dirección.
Una y otra vez tenemos que sacar experiencia de la historia: ¿Cuánto daño le hizo a la izquierda en el pasado siglo, las mutuas acusaciones todas sectarias, todas dogmáticas, cuánto los prejuicios sembrados desde las relaciones objetivas y la hegemonía ideológico cultural del capitalismo que nos cerca, o directamente espoleadas por los servicios del enemigo común?
Los capitalistas, sus teóricos y alabarderos no tienen ese peligro de desavenencias, dada la coherencia ideológica y política que manifiestan. Ellos no tienen “problemas éticos”, “ideológicos” o “políticos”. Ellos tienen y defienden a plenitud y conciencia el capitalismo, la ética criminal del mercado, la ideología individualista de la burguesía, la política expoliadora del capital. Los debates necesariamente los tenemos que hacer y asumir los revolucionarios, en el seno de la izquierda, y no son fáciles. En última instancia porque trataremos siempre de experimentos sociales nunca antes realizados. Y en primera instancia porque siempre van a ser espacios de hombres y mujeres en conflicto de desenajenación, con forcejeos, controversias y no pocas desavenencias; luchas en disímiles y simultáneos espirales, donde querámoslo o no, van a estar–incluso introproyectadas en nosotros alertaba Freire-, las ideas y la psicología opresora que hegemonizan y envenenan la sociedad contemporánea.
¿Cómo hacer? ¿Cómo articular un debate propositivo en este complejo tránsito de los que somos a lo que queremos ser? ¿Cómo lograr que las equivocaciones y los errores nos acompañen menos? Fidel tiene para ello un método infalible: Dentro de la Revolución todo contra la Revolución nada”. “El primer principio, afirma, es no renunciar nunca a los principios”.
Me he encontrado compañeros que preguntan quien define lo que está “dentro” de la Revolución ¿Cómo establecer cuáles son esos principios irrenunciables? ¿Es esta una prerrogativa de Fidel Castro, de Raúl Castro, del Partido cubano? Siempre les recuerdo que este es un tema ya resuelto en nuestra historia de luchas por el socialismo.
“Cuando se quiere hablar de reconstrucción económica –precisó Julio Antonio Mella en lucha frontal contra los dogmatismos, centralismos antidemocráticos e izquierdismos de su tiempo y para todos los tiempos-, el remedio más fácil es entregarle las riquezas de la nación a los imperialistas. . .el peligro está en que impongan una ideología reformista y oportunista. La equivocación está – afirmaba – en querer hacer del socialismo algo diferente a una consecuencia, a una coronación final de la lucha del proletariado contra la burguesía y contra su sistema social…”. Era el año de 1928. Por entonces desde el cinturón volcánico de los Andes José Carlos Mariátegui ratificaba que el socialismo no podía ser “ni calco ni copia”, si “creación heroica”. Y Fidel Castro en la remota finca Birán, en el Oriente de la isla grande, no había aún cumplido el segundo año de vida.

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