Debemos comprender cuánto nos enriquece la diversidad

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Profesor, ¿qué entiende usted por espacios públicos?
Creo que, desde el punto de vista académico, puede haber diferentes definiciones. Hasta el propio concepto de espacio público es un espacio de debate. En general se acepta que “es el lugar donde cualquier persona tiene el derecho de circular, en oposición a los espacios privados, donde el paso puede ser restringido, generalmente por criterios de propiedad privada, reserva gubernamental u otros. Por tanto, espacio público es aquel espacio de propiedad pública, dominio y uso público”, según aparece en la Wikipedia, que como observas se refiere a espacio físico.

Pero también se define desde lo social, lo cultural, lo comunicativo como un lugar real o virtual de relación y de identificación de manifestaciones políticas, sociales, culturales, de contacto entre la gente y de expresión comunitaria. En este sentido, la calidad del espacio público se podrá evaluar sobre todo por la intensidad y la calidad de las relaciones sociales que facilita, por su capacidad de acoger y mezclar distintos grupos y comportamientos, y por su capacidad de estimular la identificación simbólica, la expresión y la integración cultural.

Hay una relación, sin lugar a dudas, entre el concepto de espacio público y el de opinión pública. Estos dos conceptos pueden coexistir en castellano, un poco como continente y contenido. Para la teoría tradicional liberal, la opinión pública es un espacio de equilibrio, formado por consenso en la sociedad civil, frente a la opinión formada desde el Estado y desde los poderes económicos.

En Alemania sobre todo, donde hay una larga tradición de reflexión sobre lo que es la opinión pública, se ha producido una mirada crítica al concepto tradicional de opinión pública, toda vez que se considera que los medios de comunicación desempeñan un papel muy importante, sobre todo en lo que ellos llaman la tematización, o lo que en los Estados Unidos llaman la teoría de la agenda. Los medios imponen temas a la opinión pública, esta ya no es tanto un producto consensuado como una construcción deliberada.

Es decir, son conceptos que han ido evolucionando. Pero no cabe duda que de continuo, los seres humanos, que vivimos en sociedad, estamos confrontando visiones. Cuando digo confrontando no tiene que ser enfrentando, sino es presentándose unas visiones y otras y se van formando determinadas visiones comunes o al menos compartidas. Pero hay momentos en que no se forman esas visiones comunes. Los diferentes puntos de vista tienen cierta compartimentación social; depende de los temas, del arraigo o tradición que puedan tener en uno u otro grupo social, las creencias o los prejuicios que pueda haber alrededor de un tema. Hay muchos factores que pueden intervenir en estas construcciones que se hacen desde los espacios públicos. Por tanto, no te quiero hacer una definición cerrada.

Lo que estoy poniendo sobre el tapete son las diferentes visiones que puede haber sobre el tema, y creo que toda sociedad dispone de múltiples espacios públicos. Lo que sucede es que hay espacios públicos que son más visibles que otros. Porque hay espacios públicos que tienen una repercusión en los medios y estos los hacen visibles, o tienen su propio medio. Hay un espacio público de debate en Cuba que es Último Jueves, de la revista Temas. Ese es un espacio muy visible, porque en el espacio se discute la revista, pero, a su vez, la revista recoge lo que se discute en los espacios, y hay otros espacios públicos que son mucho menos visibles, pero no dejan de ser importantes, no dejan de contribuir a esta construcción que va formando por consenso.

Entonces, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de debate en espacios públicos?
Te decía que de continuo estamos confrontando visiones. Muchas veces estas visiones están más cercanas y otras más lejanas. Nosotros, desde nuestra metodología de trabajo en el Centro Martin Luther King (CMLK), preferimos hablar de construcción, más que de debate. Porque desde posiciones que pueden estar más o menos cercanas, pero con valores compartidos, nosotros pensamos que se puede dialogar, en el sentido freiriano de la palabra. Es decir, construir juntos aquello que Freire llamaba la palabra transformadora, que sólo se logra cuando la reflexión y la acción están estrechamente interconectadas, de tal forma que se alimentan recíprocamente. Y vamos construyendo palabras transformadoras que nos integran, que nos unen, que nos identifican en una visión compartida. Y eso es lo que llamamos diálogo, que es un intercambio que transcurre no sin contradicciones, no sin tensiones, pero desde algunos valores compartidos y donde va fluyendo esa visión más común.

Hay contradicciones que no son antagónicas, que muchas veces son visiones no tanto sobre el qué sino sobre el cómo; pero hay otros momentos en que las visiones parten de valores que no son tan iguales, en ocasiones, incluso, son contrapuestos. Y ahí sí se produce otro tipo de relaciones donde la argumentación de cada posición a veces llega a puntos de incomprensión, de no avance. Y nos quedamos en que tú asumiste una posición y yo tengo otra y creo que ese es el fin del debate, el límite del debate, cuando llega al punto en el cual pensamos que ya no hay más evolución. Y es un punto que hay que tratar de evitar cuando sea evitable, porque hay veces que no es evitable, porque hay relaciones de fondo, de poder o de riqueza, que hacen muy difícil o imposible compartir una visión.

Muchas veces, incluso en grupos o en personas que pueden tener determinados antagonismos, puede haber algunos puntos de contacto, puede haber algunas visiones compartidas sobre determinado valor. Yo creo que siempre el debate o el diálogo puede tener un momento constructivo, puede tener un momento de construcción común. Pero creo que el diálogo o el debate tiene que ser el espacio donde, en la mayor equidad posible, podamos nosotros exponer nuestros puntos de vista y escuchar los otros puntos de vista, con respeto, sin tratar de descalificar al que tiene una posición contraria, sino concentrarnos en el análisis de los argumentos. Ese es un defecto que tienen algunos de los llamados espacios de debate en Cuba, que se centran más en tratar de descalificar a quien tiene una opinión distinta, que en argumentar acerca de las opiniones contrarias, lo cual puede ser mucho más productivo. Creo que esta es una de las expresiones de falta de cultura de debate que tenemos entre nosotros, que no es gratuita, que tiene que ver con la no existencia de suficientes espacios públicos visibles, socialmente visibles, que vayan construyendo esa cultura de debate.

Muchos de nuestros espacios de debates son poco visibles, son espacios en el marco formativo. Por ejemplo, un aula siempre es un espacio de debate y es público, pero no es visible, o no es necesaria o suficientemente visible. Estamos llenos de espacios de debate y estamos llenos de debates, porque estamos muy necesitados de construir visiones compartidas, de construir imaginarios compartidos. Los avatares de la historia reciente nos han desdibujado muchos de los imaginarios más compartidos.

Creo que para bien y para mal. Para mal porque toda nación necesita tener un proyecto país, algo que integre, que una. Nosotros tenemos muchas cosas que nos unen (tenemos una historia, un patriotismo, un orgullo, una realización, una vida compartida de generaciones completas), pero también hay otras cosas que nos separan, sobre todo en este último período histórico, de crisis, de desmoronamiento de paradigmas donde se han erosionado visiones compartidas. También te decía que puede ser para bien, porque tal vez la visiones compartidas no tenían toda la riqueza que puede dar un re-pensar la sociedad cubana, un re-pensarnos como país, un re-pensamiento sobre el presente y sobre el futuro. Y creo que ahí también hay una oportunidad, hay un momento positivo, siempre y cuando respetemos las reglas del debate más constructivo, que nos enriquezca, que nos haga crecer, y no que nos encone, nos desuna, nos empobrezca, por intransigencia, por dogmatismo. Porque todo eso empobrece. Hablo de un debate abierto, culto, donde esté en primer plano la contraposición, o el enriquecimiento, a partir de la suma de puntos de vista que pueden llegar a formar un cuadro más completo de la realidad.

Usted hablaba hace un momento del destacado comunicador y pedagogo brasileño Pablo Freire. Los que hemos estudiado comunicación social en la Universidad de La Habana estamos marcados por su pensamiento y por su peculiar metodología. ¿Qué tiene que decirle Pablo Freire a Cuba hoy?
Habría que remontarse primero a las ideas básicas de Freire, que son muy sencillas, pero que tienen la grandeza de la sencillez. Personalmente, he hecho como una pequeña distinción del pensamiento de Freire, puede ser que otras personas no compartan, pero yo me lo explico de la siguiente manera.

Freire nos está presentando, en primer lugar, una visión gnoseológica, es decir, desde dónde y cómo se construye el conocimiento y ha dicho cosas como: nadie lo sabe todo, nadie lo ignora todo, el conocimiento es una construcción colectiva, el grupo es el espacio de construcción de conocimientos. Otro pensamiento muy importante, tal vez el más importante de toda su visión gnoseológica, el conocimiento es la relación permanente entre reflexión y acción. Él decía que si no es estrictamente solidaria, integrada, unida, la relación entre reflexión y acción, la palabra no puede ser transformadora. Lo que queda no es transformador, sino que se convierte en pura palabrería, si le falta la práctica, o se convierte en puro practicismo, si le falta la reflexión.

Esta visión tiene mucho que decirnos a nosotros. Que tenemos que sentarnos a pensar lo que hacemos, lo que hemos hecho, lo que estamos haciendo y pensarlo desde las diferentes visiones e intereses que pueden estar involucrados en ese hacer, en eso que hemos hecho o en eso que queremos hacer. Y, a partir de ahí, reflexionar para mejorar ese otro momento de esta dialéctica que es el volver a hacer, para volver a reflexionar. Esto es un continuo que nunca acaba. No puede haber entonces tema cerrado, temas concluidos, verdades absolutas. Tenemos que entender que la verdad social es una verdad humana y es una verdad que los humanos tenemos que estar en continua recreación, pues se ha de construir socialmente.

Como decía Martí: “Hay unas pocas verdades esenciales, y estas caben en el ala de un colibrí”. Creo que Freire, en eso, coincide mucho con Martí. Por tanto, es una primera área donde Freire tiene mucho que decirnos. Pero también Freire nos está dando un grupo de visiones que son pedagógicas, que se derivan de estas. Por ejemplo: no un educador para un educando, ni un educando para un educador, sino educadores-educandos. Es decir, todo el que está aprendiendo, enseña; todo el que está enseñando, aprende. Esa relación de que el conocimiento que tengamos es siempre una propuesta de interpretación de la realidad, pero
que nunca está acabada, que necesita estar iluminada por otras experiencias, por otras visiones, por otros intereses, por otros puntos de vista. Es como si fuéramos siempre completando la verdad. La verdad es algo que nunca queda totalmente construido… Las condiciones sobre las que se ha asentado la verdad han ido cambiando, entonces la verdad necesita nuevos enriquecimientos. Eso es una visión pedagógica importante. El partir de la práctica es un principio pedagógico de Freire.

Hacemos las cosas desde un saber, y hacemos las cosas desde una experiencia. Pero partir no quiere decir quedarse allí. La palabra lo dice: partir. Desde allí crecernos, desde la reflexión que incluye a la teoría, que incluye al conocimiento de otros, que incluye a la información. Algunos quieren ser más freiristas que Freire, donde todo es el pueblo, los sectores populares, la cultura popular… Ese es el punto de partida, pero no te puedes quedar allí, tiene que haber un diálogo de saberes. Este es otro principio pedagógico importante que nos da Freire: producir un diálogo de saberes, pero para eso tiene que haber un respeto de saberes. El único saber que es respetable no es el saber que viene de la academia, o del mundo intelectual. El saber que viene de la experiencia ancestral de los sectores populares también es respetable. No sólo es respetable la alta cultura, elaborada y refinada intelectualmente, sino que es tan respetable la cultura que viene de las prácticas tradicionales de los sectores populares. Respetables, pero que a la vez ambas tienen que tener su momento de criticarse a sí mismas, porque cada elemento o forma cultural tiene un momento de virtud, tiene un momento positivo, de conocimiento, de enriquecimiento, pero puede tener sus lados negativos, dañinos, retardatarios.

Tú no puedes decir, que venga la cultura popular porque es la buena, porque esa cultura puede tener una serie de elementos que son negativos para los seres humanos; o que venga la cultura intelectual y tecnológicamente desarrollada, porque también tiene su momento destructivo.

Y quizás haya que tomar un norte para ese diálogo de saberes, y creo que el norte del diálogo de saberes tiene que ser la afirmación de la vida. Nada que vaya contra la vida plena, digna, de los seres humanos, puede ser justificable. Incluso, los proyectos y las utopías de futuro que los seres humanos construimos, desde distintas formas de fe, muchas veces exigen sacrificios que no van a reafirmar la vida, sino que son contrarios a ella y en ese caso deben ser también rechazados.

El camino verdadero de encuentro de la utopía es justamente cuando ese sea el camino de la afirmación permanente de la vida y no su negación. Sólo la reafirmación de la vida nos va a conducir a la realización de las utopías.

Freire nos dice también algunos principios políticos. Los modelos de educación, de comunicación, responden a intereses políticos y económicos. La reproducción de determinados modelos responde a la dominación, no a la liberación, no a la emancipación de los seres humanos.

Los modelos que emancipan son los que convierten a los seres humanos en sujetos de su propia vida y no los que reducen a las personas a objetos de las decisiones o del “trabajo” de otros, ya sea el doctrinal o el político-ideológico. Eso nunca es emancipador, y, por lo tanto, no es reafirmador de la vida. La manera de emancipar a los seres humanos es convertirlos en sujetos de su propia emancipación. No hay otro camino y esa es otra enseñanza que viene de Freire.

¿En qué espacios de la prensa, la radio y la televisión nacional se intenta propiciar el debate y en qué medida lo logran?
Por razones históricas y del modelo asumido, los espacios de debate público en los medios han estado constreñidos a momentos o a temas determinados. Nosotros siempre hemos discutido públicamente bastante
bien la pelota. El beisbol nació bastante bien discutido en espacios públicos, y hay temas de la política cultural que han sido bastante debatidos, pero hay sectores de la política cultural e incluso, zonas de las decisiones del beisbol también han estado fuera de los debates públicos.

Estos son dos ejemplos muy evidentes. Pero sabemos perfectamente que hay muchos temas que han estado fuera del debate de los medios de comunicación. En otros momentos he dicho que se debe a dos razones. Una, es esa especie de mentalidad de plaza sitiada, que es parte de nuestra cultura, que no es gratuita. Hay una historia detrás de eso, hay hechos concretos que explican, lo que no significa por eso que esa mentalidad de plaza sitiada no tenga momentos dañinos para nuestra sociedad. Justamente son aquellos momentos donde esa mentalidad impide o limita el momento de autoreflexión como nación, como país, como sociedad, incluso como proyecto político, y eso es negativo. Creo que no todo se le puede atribuir al hecho histórico concreto de la plaza sitiada, creo que también hay cosas que vienen de la herencia del modelo que se asume desde las izquierdas que, a su vez, son reproductores de modelos de dominación. Martí tiene también una frase que dice: “el delito de haber sabido ser esclavo se paga siéndolo mucho tiempo todavía”.

Eso significa que la liberación no es un acto, sino un proceso en el cual, durante mucho tiempo tú sigues arrastrando cadenas y aún aquellos que están luchando por la emancipación reproducen formas de dominación.

La revolución de Haití fue la primera independentista y de ruptura de las cadenas de la esclavitud, pero reprodujo, acto seguido, un régimen de dominación muy fuerte. Porque hicieron lo que habían aprendido a hacer. No lograron construir otra manera de ejercer el poder. Pero eso se ha reproducido una y otra vez, en varias medidas; no todos los procesos son iguales. Pero todos sí tienen una cuota de deuda con el pasado.

Si leemos a Gramsci sabemos que es como la permanencia de resortes, de elementos de la cultura hegemónica en aquellos que están luchando contra esa hegemonía. Porque la hegemonía no es sólo la cultura de los dominadores, sino también de los dominados, que son penetrados por la cultura hegemónica, porque es la cultura que legitima la dominación. Y si no está interiorizada en los dominados, no queda legitimada y naturalizada la dominación. Y de eso no nos desprendemos tan rápidamente como de una estructura política, incluso del poder del Estado. Es más fácil, aunque pueda parecer difícil, asumir el poder del Estado que despojarse de estos elementos culturales: los arrastras. Y en ese arrastre hay mucho de verticalismo, de autoritarismo, de asumir que yo tengo la verdad. La verdad no es la de nosotros, la verdad es mía, soy el dueño de la verdad, y por ese camino podemos reproducir formas de dominación. Es como el mundo virado al revés. Y el problema no es virar al revés el mundo, sino hacer otro mundo nuevo. Pero eso es un proceso cultural que comienza con una toma de conciencia de que somos portadores de los métodos de la dominación. A partir de esa toma de conciencia, debemos empezar una autotransformación y posibilitar lo primero que dije: contribuir a la realización de procesos formativos, de desarrollo cultural, de transformación paulatina pero visible del ejercicio del poder para convertir cada vez más a todos los seres humanos en sujetos de su propia vida. Tampoco lo puedes decretar: a partir de mañana, todo el mundo es sujeto de su vida… porque eso es una construcción cultural en otra cultura, es otro estadio civilizatorio.

Pero cualquier proyecto que apunte hacia un mundo que puede estar más lejos o más cerca (no lo sabemos, no está escrito, hay que construirlo), debe tener esto como premisa, debo apuntar a lo nuevo, debo dirigirme a lo soñado y no debo reforzar lo anterior. Ahí es donde está la distinción. O refuerzo el mecanismo anterior y lo empleo supuestamente para fines liberadores (que no van a ser sino reproductores de una dominación), o determino que voy a hacer un cambio cultural radical aunque sé que no puedo aplicarlo plenamente desde ahora. Pero mis métodos, mis procedimientos, mi forma organizativa los pongo en función de convertir a la persona en sujeto y no mero objeto. Es decir, socializar el poder. Estoy poniendo en el otro una cuota de poder, cada vez mayor, lo que implica más responsabilidad, porque ser sujeto de mi vida es junto a una manera de liberarme, también es una manera de responsabilizarme.

Lamentablemente, ¿qué vemos hoy en Cuba? Muchas personas que están esperando que todo les llegue del Estado. No podemos responsabilizar a esas personas de esa mentalidad, tenemos que pensar que también hay un Estado que ha desempeñado un papel de proveedor universal. Al asumirte como sujeto único, estás des-responsabilizando al otro. No sólo lo estás dominando o reproduciendo una forma de dominación, sino que a la vez lo estás des-responsabilizando. Y por eso decimos que es necesario desplegar procesos de autoconstitución y constitución de sujetos, porque eso no se da solo, como la hierba mala, pasa por decisiones políticas, por voluntad política, por procesos educativos intencionados y pasa por una creciente socialización del poder y de la responsabilidad.

¿Cuál ha sido su experiencia durante estos años en el Centro Martin Luther King (CMLK)?
Te puedo hablar un poco de lo que hacemos, de nuestra experiencia, pero no te puedo decir que es una receta infalible; sabemos que hay diferentes maneras. Nosotros trabajamos tanto con los espacios eclesiales, a partir del trabajo que hace el Centro en el programa de formación socio-teológica y pastoral, como con los espacios de la sociedad secular cubana. Tratamos de ir creando paulatinamente espacios de reflexión y pensamiento crítico; espacios de verdadera participación. Esta participación no se reduce a estar, sino que tiene distintos momentos: estoy, formo parte y tomo parte. Sobre esa base abrimos espacios reflexivos en los procesos formativos, en los procesos comunitarios, en los procesos institucionales que se gestan, en las bases, a partir de estas ideas freireanas traídas a la realidad cubana, contextualizadas, no aplicadas con dogmatismo como una nueva receta o manual que nos resolverá todos los problemas; sino como un camino lleno de dificultades y de contradicciones. Pensamos que es un camino que va a conducirnos a donde queremos aunque es más difícil aparentemente, pero más eficaz y expedito a largo plazo. Vamos a trabajar sobre roca y no sobre arena, como la imagen bíblica. Entonces te puedo decir que hay múltiples lugares que trabajan con nosotros y nosotros con ellos, nos enriquecemos mutuamente, donde tenemos fructíferos espacios de diálogo, que nos hacen crecer, sobre diversos temas.

Tuvimos un grupo de personas preocupadas por el medio ambiente que formaron un proyecto de educación ambiental. Lo han logrado y hoy tienen reconocimientos y son una institución, y empezaron siendo tres o cuatro
personas con inquietudes. Ellos a partir del debate, de la construcción, de acoger a otros y poder proponer su proyecto y enriquecerlo con otras visiones han ido creciendo… Un barrio en Matanzas, donde nosotros trabajamos, que cada vez ha ido recuperando la autoestima, sus
tradiciones. Han ido mejorando la convivencia interna, su imagen ante el resto de la comunidad, han disminuido elementos negativos de violencia, de actividades delictivas, a partir de su autoreconocimiento. Todo eso a partir de espacios de pensamiento crítico sobre sí mismos.

Críticos no en el sentido de la negatividad, del rechazo, sino del discernimiento. Cómo soy, qué soy, qué es bueno, qué reafirma mi vida digna, plena o qué me daña, me perjudica. En ese discernimiento, en ese incremento de la autoestima veo que puedo crecer sin depender de
otros, desde mí mismo. Creo que hay un elemento importante para que haya un verdadero diálogo: el clima de confianza. No puede haber desconfianza en el diálogo.

Hay un trabajo de Freire que acabamos de publicar en el número 50 de la revista Caminos donde él habla de qué cosa es el diálogo. Y es muy interesante cuando él habla de un grupo de cualidades, entre ellas la confianza. Pero no sólo se queda en la confianza, pone la humildad del que tiene que participar en el diálogo. Él habla de que en el diálogo tiene que haber una relación entre acción y reflexión, que sea un diálogo insertado en la vida, pero no quedarse en la vida concreta, sino elevarse espiritualmente, avizorar nuevos horizontes, trazar el camino para la realización de los sueños. Y habla del otro elemento: el amor. Si no tenemos una dosis de amor por los otros, dialogar es muy difícil. Porque el diálogo es tensión, e incluso dejación, es ponerme en el lugar del otro. Y para eso hay que quererse como humanos. Freire habla de todas esas cualidades del diálogo. Y eso es lo que nosotros tratamos de hacer. No es fácil. Es más fácil comprenderlo, explicarlo, incluso, comprometerse uno a querer, pero es mucho más difícil ser coherentes y prácticos en ese diálogo. Porque conspiran muchas otras cosas en la vida y tu mismo pasado, conspira contra eso. Se te sale la otra cara, la otra oreja, por eso es un proceso de autotransformación muy difícil, a veces angustioso, a veces doloroso, pero que es el camino.

Creo que tenemos que seguir propiciando más confianza cada vez, tenemos que seguir debatiendo con humildad; tenemos que saber respetar al que tiene un criterio diferente. Hay un elemento muy importante que es difícil de aprehender, pero que es imprescindible para un debate
fructífero: no hablar ya de tolerancia ni de aceptación, que durante un tiempo me pareció como una buena meta, hay que superar los estadíos de tolerancia y aceptación. Hay que ir al estadio de la comprensión de cuánto nos enriquece la diversidad. No tengo que tolerar que alguien
sea distinto a mí, sino darme cuenta de cuánto me enriquece. Por supuesto, todo tiene límites. El intransigente, el fascista, el dogmático al extremo es diverso, pero no me enriquece, sino que trata de empobrecerme. Volvemos entonces a nuestro “norte” que es la reafirmación de la vida. No quiere decir que es un mundo de leche y miel. Hay momentos de amargura y momentos en que hay límites a ese enriquecimiento de la diversidad.

Freire hacía una distinción entre lo antagónico y lo diferente. Antagónico es aquello que no reafirma la vida, aquello que va contrario, de alguna manera, a la vida. Y cuando hablamos de vida no sólo nos referimos a la biológica, incluimos la espiritual, la digna, la plena. Lo que no reafirma la vida no me enriquece.

¿Cuáles son las virtudes y las carencias del ciudadano medio cubano para lograr una participación de manera efectiva en el debate público?
Creo que todo esto que te he dicho está ausente en una buena parte de nuestra cultura. Con mucha frecuencia nos creemos los dueños de la verdad.

Dondequiera que estemos, y en la posición en que estemos, nosotros somos los dueños de la verdad. Eso no es gratuito, eso tiene una historia, una raíz. Pero el momento reflexivo de comprender, de concienciar que eso nos limita es muy importante para superarlo. Pero hay mucha intransigencia, mucha creencia en que somos dueños de la verdad, hay mucha falta de humildad. Y son cualidades por las que tenemos que trabajar. Creo que los medios de comunicación deben tener un papel, dar espacios para la diversidad, para que haya contrapunteo de puntos de vista, que pueden caber, incluso, dentro del mismo proyecto, pero que pueden ser visiones distintas del proyecto. Lo que no enriquece nunca es el discurso único, que siempre es empobrecedor. Hay que trabajar, como te dije antes, si las ideas son distintas, en las argumentaciones y no empezar a darnos puntapiés y ponernos zancadillas los que pensamos de distintas maneras. A los que piensan distinto no tenemos por qué agredirlos. Vamos a argumentar.

Cuando era yo estudiante de la carrera de Psicología, tuve dos profesores que eran íntimos amigos, que se querían y apoyaban mucho. Sin embargo, ambos tenían posiciones académicas diametralmente opuestas. Uno era partidario irrestricto de las teorías pavlovianas, y el otro
era un profundo freudiano, un psicoanalista. Y en clases, uno decía una cosa y el otro decía lo contrario. Eso nos enriqueció mucho a nosotros. Tener profesores que nos dieran visiones distintas. Y, además de darnos visiones distintas, nos daban una lección ética suprema: a pesar de ser opuestos en el pensamiento académico, eran grandes amigos que se querían y respetaban. Esa es una lección que nunca he olvidado, y que debemos premiar en nuestra sociedad.

¿Qué otros espacios de debates, aparte del Centro, cree usted que son importantes en la sociedad cubana de los 90?
No podemos hablar en términos absolutos. Creo que siempre ha habido espacios de debate público. Lo que sucede es que estos espacios muchas veces han estado constreñidos a espacios muy poco visibles, poco recogidos por los medios.

Ha habido momentos en que eso ha tenido escenarios diferentes. Durante la llamada guerrita de los e-mails se hizo mención, hasta con nostalgia, de los espacios de debate público que hubo en los años 60. Esos espacios de debate público existieron en Cuba en momentos que el
país estaba en una posición menos sólida que la de ahora, con menos condiciones. Creo que se recordó quizás con un poco de nostalgia y se idealizó un poco. Yo soy de los 60 también, y sí hubo espacios de debate y muchas cosas se debatieron públicamente. Y creo que eso fue muy positivo y enriquecedor.

Eso se fue reduciendo paulatinamente y en ya en la primera mitad de los 70 se llegó a un límite mínimo en los espacios de debate público socialmente visibles. En el momento de la llamada Rectificación de errores y tendencias negativas aparecieron determinados espacios. Creo
que insuficientes. La crisis que se desencadena en 1989-1990 canceló muchos de aquellos espacios, los congeló o los retrotrajo, por la emergencia de la crisis.

Lo que está funcionando son mecanismos de contingencia, pero creo que la crisis es buen momento para que, juntos, encontremos soluciones, juntos reconstruyamos un proyecto compartido. Pero bueno, son otros los resortes que han primando.

No creo tener la verdad absoluta, pero pienso que debemos tener alguna reflexión crítica sobre si pudo haber sido de alguna otra manera. Sin embargo, pienso que en ese momento aparecieron algunos espacios, sobre todo en el mundo intelectual, en el mundo de las revistas culturales, ahí están Temas y Criterios, hay espacios importantes; este mismo Centro y el proyecto que te he hablado emerge con fuerza en ese período y, contradictoriamente, por un lado había más cierre y por otro más posibilidades. Espacio Laical, la revista de ustedes, creo que es ejemplo de ello, un espacio de debate público, que emergió y se ha consolidado en este tiempo. Por tanto, no es un proceso lineal.

Aparecen, incluso, en medios más oficiales algunos espacios, como cartas de lectores, que habían desaparecido. Esta sección reaparece con fuerza, incluso, con un espacio amplio. Este espacio de cartas de lectores se convierte en un resorte para tener que dar respuestas a la opinión pública. Eso hay que saludarlo, aunque me siguen pareciendo insuficientes.

Con frecuencia, aprecio en la radio cubana momentos y programas interesantes, donde se debaten cosas con el lenguaje de los cubanos, sin mucha retórica, y uno se sorprende a veces escuchando la radio: eso es muy bueno y saludable para Cuba. La televisión puede ser, tal vez, el espacio de menos debate, siendo la televisión el medio de comunicación y de consumo cultural más recibido en el país. Creo que eso es una carencia muy fuerte, y que abría que imaginar otra televisión. Ahí tengo que hacer una salvedad: hay una posibilidad en los telecentros municipales. He visto cosas interesantes en ellos, mucha documentalística interesante y algún reflejo de la vida real en las comunidades. Esa contradicción expresada en la televisión, la hace más creíble, más cercana, más útil.

¿Cómo impactan las nuevas tecnologías de la producción digital en este sentido?
Creo que son excelentes para poder democratizar y ampliar, cada vez más, las posibilidades de los espacios. El ejemplo está en la documentalística joven cubana. Hay que ir a la Muestra de Jóvenes Realizadores, que con recursos mínimos están haciendo una producción
riquísima que da cuenta de la vida compleja, contradictoria, llena de matices de la sociedad cubana, que no aparece en otros medios. Estos jóvenes creadores tienen espacios en el ICAIC, en determinados momentos y en determinadas salas de cine, pero casi nunca llega al circuito comercial del cine, y jamás llega a la televisión.

Ellos nos están diciendo cantidad de cosas que sería muy bueno que pudiéramos todos escucharlas. Se trata de puntos de partida para debates, reflexiones críticas, para todos, no sólo para los que están en el poder, sino para toda la sociedad, porque el momento de reflexividad crítica no es yo critico al gobierno, critico al Estado. No. Incluyámonos en la crítica, porque la crítica, la reflexión y el debate de puntos de vista diferentes son sanadores y enriquecedores y es el fermento para crecer, para ser mejores.

En nuestro contexto actual, ¿qué decisiones políticas contribuirían a acrecentar el necesario debate público en los diferentes ámbitos de la sociedad?
Hay muchas cosas que pudieran hacerse. Una, más información a través de los medios. Acabar con las zonas de silencio, acabar con el tratamiento sólo desde la visión oficial, sino que haya información proveniente de distintas ópticas y para eso, más información, periodismo investigativo, que refleje esos puntos de vista con seriedad, con
profundidad, con responsabilidad. No sería un toque a degüello, lo que nos podría ayudar. Creo que habría que reformular los llamados espacios de opinión, incentivar en los medios el debate respetuoso, pero con confianza, sin prepotencia, sobre todo en la televisión, que es donde más ausente está.

Eso puede ser hecho desde la voluntad política, pero no por un simple plumazo, sino por un trabajo de organización, de formación y de reformación de comunicadores para hacer eso con responsabilidad y profesionalidad.

El no hacer esto desprofesionaliza también. Lo más importante es la voluntad política, porque potencialidades tenemos para hacerlo con mucha calidad y con mucha profesionalidad. Tenemos un alto nivel de instrucción en el país, que hace que nuestros debates puedan ser de
buena calificación, aunque hay extensas zonas de ignorancia también, incluso en personas instruidas hay zonas de ignorancia, justamente porque muchas veces no fluye bien la información. Creo que se debe hacer, si queremos re-construir y re-novar mucho del compromiso, de visión compartida, de participación real en nuestra sociedad.

También tenemos que trabajar en lo formativo. Creo que el sistema educacional, las organizaciones y las instituciones debíamos todas repensar cómo avanzar en estas nociones que son mucho más cercanas a un ideal emancipador, a una sociedad que quiere tener al ser humano
como centro, que tiene como horizonte a una sociedad cada vez más justa, de equidad, que tiene valores emancipadores. Si queremos seguir avanzando hacia eso, esto tiene que ser también una política, conscientemente asumida, que pasa por una reflexión crítica de todo esto que hemos dicho.

Todo lo anterior no es que debemos hacerlo, sino que tenemos que hacerlo. De lo contrario pudiéramos llegar a momentos difíciles en nuestra sociedad, que dañarían un proyecto que tiene 50 años de camino y debe ser preservado y rescatado en todo lo que ha reafirmado la vida, y enriquecerlo para que reafirme la vida mucho más aun.

por: Lenier González Mederos y publicado en Espacio Laical

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