Dom Pedro, obispo de los sin tierra y de los sin voz. Entrevista a Benjamín Forcano

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¿Puede hacernos una pequeña semblanza sobre Pere Casaldàliga y su labor en favor de los grupos indígenas y los campesinos sin tierra del Mato Grosso brasileño?

B.F. – Tengo a Casaldàliga por un genio del cristianismo, una persona difícilmente repetible y con una actitud de una coherencia excepcional.
Desde muy joven se sintió cercano a las causas de las personas desfavorecidas y excluidas socialmente. Por ejemplo, en la Cataluña de los años cincuenta, trabajó estrechamente con movimientos obreros y con colectivos marginados; aunque fue el año que pasó en Guinea Ecuatorial (1960) el que le dejó realmente “tocado”: África le impactó muchísimo.

Cuando en 1968, destinado en misión a Sao Félix de Araguaia (Brasil), recorrió, junto a otro compañero claretiano, aquel territorio de más de 150.000 kilómetros cuadrados, quedó tremendamente impresionado por la situación infrahumana en la que vivían los indígenas y los peones de los latifundios. A raíz de aquel primer contacto con las gentes de su diócesis publicó el informe Feudalismo y esclavitud en el norte de Mato Grosso, donde denunciaba los salarios de hambre, los maltratos que sufrían los indígenas, las amenazas de los pistoleros a sueldo de los caciques, la conculcación constante de los derechos de aquellas poblaciones y la ausencia absoluta de servicios sanitarios, de educación y de cualquier tipo.

Casaldàliga, que es muy sensible a la injusticia, hizo bandera de todo aquello, se alineó con el pueblo oprimido y promovió e hizo suya la Teología de la liberación, lo que le valió enfrentamientos con la jerarquía vaticana y con los latifundistas de la región, que pusieron precio a su cabeza.

Sería un recorrido largo seguir los 40 años de Pedro Casaldáliga en su caminar junto al pueblo, con su presencia y papel renovador en la Conferencia Episcopal Brasileña, en su lucha a favor de los indios, campesinos y trabajadores dentro y en contra de la dictadura, en su animación de los movimientos sociales y de los movimientos eclesiales de base, en su solidaridad con las Iglesias Centroamericanas, en compartir y estimular a tantas personas y tantos grupos y colectivos del exterior que llegan hasta él, en sus escritos, cartas circulares, poemas, libros, cargados de denuncia y pasión liberadora, toda una referencia para la Iglesia universal.

El concepto de caridad conlleva la idea del asistencialismo, tan criticado en los círculos humanitarios y de desarrollo por crear dependencia en las poblaciones receptoras. A su juicio, ¿qué sentido ha de tener hoy la caridad cristiana? ¿Y el ejercicio misionero?

Creo que debería tener el sentido que le asigna Casaldàliga. Si analizamos su trabajo, veremos que está muy lejos del asistencialismo.
La caridad evangélica es la que le lleva a Pedro a plantear en términos exactos la opción por los pobres.

Primero, indignación e ira sagrada: “No podíamos ver todo esto, escribe, con los brazos cruzados. Quien cree en Dios debe creer en la dignidad del hombre. Quien ama al padre debe servir a los hermanos. El Evangelio es un fuego que le quema a uno la tranquilidad. No se puede ser cristiano y soportar la injusticia con la boca callada”.

Segundo, analizar las causas que fabrican los pobres; es el momento primero de la teología de la liberación: la pobreza no es una casualidad ni una fatalidad, ni es debida a la voluntad de Dios. Si existen empobrecidos es porque hay empobrecedores; si hay oprimidos, es porque hay opresores.

Tercero, hacer ver a los pobres que esa situación, que les desprovee de su dignidad y derechos, es antinatural y antidivina y puede y debe ser cambiada , primordialmente por ellos. La pobreza, en este sentido, es todo menos resignación y sometimiento. La conciencia de su iniquidad incita a la sublevación interior, a la solidaridad, a la lucha personal y organizada: la pobreza aparece entonces no como un problema individual de gente que no tiene nada o que trabaja para vivir y consumir, sino como una estructura perversa que requiere ser abolida, mediante una alternativa al modelo de sociedad existente. Ese nuevo tipo de sociedad, surge de una democracia participativa y corresponsable a todos los niveles: económico, cultural y político.

Cuarto, alimentar esta actitud y lucha con motivos que la hagan sólida y perdurable. Además de tener una dignidad y derechos inalienables, el Evangelio nos declara que somos hermanos y, si hermanos, iguales. Y en esa hermandad aparece tangible el rostro de Dios. La verdadera grandeza y riqueza está en el amor y en la entrega a los demás, que se corona finalmente con la resurrección.

Quinto, como premisa y consecuencia, la caridad misionera implica la predicación y práctica de la justicia como dimensión constitutiva del Evangelio, lo cual le hace relacionarse profundamente con la sociedad y la política. En Pedro, quizás como en ningún otro, podemos descubrir esta implicación con una lucidez , riesgo y coherencia que le hacen tocar el martirio. Ahí, en su fe testimoniada día a día, se hace vana la teoría de que “la religión es opio”.

¿Qué interpreta usted cuando ve cómo muchas de las organizaciones católicas que trabajan en los países empobrecidos, se alinean con las posiciones más críticas con el sistema neoliberal?

B.F. – Lo interpreto como una consecuencia inevitable del análisis, de la dignidad y del compromiso humano – cristiano. El sistema neoliberal es, por naturaleza, egoísta, competitivo, basado en la ley del más fuerte (de la fuerza no del derecho), es clasista y segregacionista. Lo escribe con fuerza Casaldáliga: “Los neoliberalismos, y neocapitalismos, y ciertas neodemocracias y otros sosegados reformismos que mienten o se mienten –cínicos o bobos- sirven únicamente para salvar el privilegio de los pocos privilegiados a costa de la productiva sumisión de los muchos muertos de hambre… Una cosa he entendido, claramente, con la vida: las derechas son reaccionarias por naturaleza, fanáticamente inmovilistas cuando se trata de salvar el propio tajo , solidariamente interesadas en aquel Orden que es el Bien… de la minoría de siempre”

Confesión del latifundio
“Por donde he pasado
siempre he plantado
siempre he plantado
la alambrada.
Por donde he pasado
siempre ha plantado
la muerte matada.
Por donde he pasado
siempre he matado
la tribu callada,
la siembra sudada ,
la tierra esperada.
Por donde he pasado
siempre he plantado
la nada, la nada, la nada” .

¿Y su nula sintonía con la actitud involucionista de la Iglesia Católica Romana, que no parece estar reaccionando ante la exclusión por el neoliberalismo de la mayoría de la humanidad?

B.F. – Me vale –y es mejor- contestar con palabras del mismo Casaldáliga. “Hay un proceso , abierto y sistemático, de involución en la Iglesia católica. En torno a todo y en todos los ámbitos y niveles. Negar esa involución me parece ingenuidad o hipocresía. Siento que las Iglesias del Tercer Mundo tenemos en esta hora la misión ineludible de ayudar a la Iglesia una a ser “católica” de verdad; sin eurocentrismos colonizadores, sin controles prepotentes, sin desconfianzas que nieguen la libertad del Espíritu, los carismas y el pluralismo. A todos los cristianos se nos pide, en los diferentes Mundos, hermanados en igualdad, una vivencia “siempre renovanda” , entusiasmada siempre, de la Iglesia de Cristo que somos… Ni el idealismo escatológico, ni el servilismo político, ni la prepotencia eclesial corresponden al mensaje y misión de Jesús que han de ser mensaje y misión de su Iglesia.

Debería haber sido siempre normal el derecho de opinión pública en la Iglesia, comunidad de hermanos, fundamentalmente iguales por el bautismo. Desgraciadamente no ha sido así. Es evidente que este derecho incluye la crítica –dicen los canonistas- pues, de lo contrario sería sólo derecho a aplaudir.

Sin crispaciones, pero con creciente libertad, debemos ejercer este derecho de opinión pública en la Iglesia: para bien de la misma Iglesia, a quien los “secretismos” sólo le quitan credibilidad, y por el bien, siempre mayor, del Reino”.

La imparcialidad es una de las máximas del trabajo humanitario. Sin embargo, los fundadores de la Teología de la liberación, y las personas que luego abrazaron el movimiento, no dudaron en comprometerse con la causa de los más oprimidos. ¿Cree que es inevitable tomar partido?

Aquí, no se puede ser neutral, o se está de un bando o de otro: o con los ricos o con los pobres. Cierto que el Evangelio es para todos, también para los ricos, pero contra su riqueza, sus privilegios, su poder de dominar y discriminar. El Evangelio es una mala Noticia para los ricos, en tanto que es una buena Noticia para los pobres. Dios no quiere la injusticia, la miseria, el dolor de tanto despreciado y excluido. La maldice. El Dios de Jesús es u n Dios de amor y de liberación. Y debe serlo para todos sus seguidores.

Escribe Pedro Casaldáliga: “Nuestro Dios quiere la liberación de toda esclavitud. Analizar la trágica situación de los dos tercios de la humanidad, señalarla como contraria a la voluntad de Dios y asumir compromisos prácticos para transformar esa situación son pasos obligados de la teología de la liberación. A los enemigos del pueblo es a los que no gusta la teología de la liberación. ¡Celebrarían tanto que los cristianos pensasen sólo en el Cielo… despreciando la Tierra! Cuando nosotros queremos ganar el Cielo, conquistando la Tierra. Hijos libres de Dios Padre y hermanos verdaderos”.

(Cooperant 14 – Palma)

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