El Cecilio que somos

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Deneb González Méndez

Venía en busca de herramientas, el cómo hacer para satisfacer las “necesidades” de la gente de su barrio que ya él había identificado. No comenzaba aún el taller y ya Cecilio tenía bajo la mira de su mocha a unos cuantos que podría arrastrar hacia su empeño.

Los primeros días fueron duros, cargados de rupturas y contradicciones internas; en ocasiones sus pensamientos se perdían entre palabras como dominación y abuso de poder; incluso se resistía a llamar por sus nombres a los coordinadores, le era más cómodo decir profesor.

Se sintió medio a gusto y agradeció los conocimientos que la conferencista de los muchos títulos y vastísima experiencia vino a transmitir, nunca a compartir; y cuando se descubrió la técnica del teatro invisible apenas pudo reconocerse a sí mismo como objeto de dominación.

Al tercer día un todavía confuso Cecilio no sentía ya la imperiosa necesidad de levantarse de su asiento para hacerse escuchar, su tono de voz era más bajo y se adentraba sin recelos en el mundo en el que no hay nada mejor que servir y hacer feliz al otro.

Poco a poco, Cecilio se descubrió hacedor de prácticas dominantes con sus hijos y nietos, en el hogar, en el trabajo e incluso ante la gente del barrio a la que pretende preguntar por sus necesidades antes de caer en los supuestos.

Cecilio habla ahora de lo importante que resulta desaprender tantas y tantas prácticas, de la necesidad del cambio y la transformación desde dinámicas participativas. Cecilio comprende ahora que cada quien tiene algo que enseñar mientras aprende, porque hasta el arte de dominar la mocha encuentra en otras manos la fuerza que también tienen las suyas.

Puede que alguien suponga que Cecilio fue todo un personaje durante el taller regional de Concepción y Metodología de la Educación Popular, pero en Camagüey-sede de este taller para las provincias centrales-, como en muchas partes, dentro y fuera de esta Isla, todas y todos fuimos, somos y seremos Cecilio.

Cuando los aires del taller parecían haberse marchado cada cual por su rumbo, encontré por casualidad a Cecilio. Ante mi pregunta de ¿cómo estás?, su respuesta fue sencilla y profunda: “Aquí, transformando”.

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