El diálogo entre cubanos. Apuntes para el debate

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Aurelio Alonso

La definición del tema “Diálogo entre cubanos” supone tomar en cuenta un arco muy extenso y variado de situaciones que han hecho de este problema uno de los mas complejos y sensibles para nuestra nación. No creo que vayamos a lograr una propuesta de solución en el reducido espacio de nuestro panel, pero que lo pongamos sobre la mesa, “dialogando” ahora mismo al respecto, me parece un buen comienzo para retomarlo en nuestros días. Es obvio que, como probablemente las de ustedes, mi exposición va a tener que limitarse a intentar algunas valoraciones cruciales.

No puedo eludir comenzar con algunas consideraciones conceptuales que enmarquen lo que quiero presentar. Cuando no lo hago suelo correr el riesgo de dejar vaguedades en el camino. En primer lugar quiero recordar que, para la cultura occidental el dialogo fue, antes de Aristóteles, el modo más generalizado de expresión del pensamiento filosófico: conversar, preguntar y responder, discutir confrontando criterios. ¿Optaron por ese camino privilegiado del saber o constituía en sí mismo un eslabón histórico insalvable del proceso de conocimiento? O tal vez ambas afirmaciones sean válidas por igual.

De todos modos, no pretendo que nos remontemos ahora en su historia para explicar sus significados presentes. Significados cargados de diversidad que el desarrollo mismo del concepto y el devenir de la sociedad le han impuesto.

Me voy a atener entonces a una convención, que trataré de resumir antes de seguir adelante: diálogo es comunicación y entendimiento; no es incomunicación, ni debe ser comunicación sin entendimiento. Diálogo no ha de confundirse con persuasión, captación, proselitismo, condicionamiento o imposición. Diálogo no se puede enmarcar en pretensión alguna de hegemonía, puesto que expresa una relación marcada por la reciprocidad. Diálogo implica tolerancia, en el sentido de la capacidad de asimilación recíproca de la razón del otro. Diálogo significa lo opuesto a incomunicación, exclusión, choque.

El concepto de diálogo puede ser definido, al igual que otros conceptos, en contraposición con su ausencia, es decir, con lo que no es, con su contrario, que vagamente podría referirse a la carencia de comunicación, se origine esta última en la estricta falta de contacto o en algún grado de antagonismo.

Una socióloga argentina destaca que «se podría afirmar que el diálogo sostiene con su dinámica todas las redes culturales que conllevan información e involucra a los miembros de cualquier grupo humano. Reconocer la presencia del diálogo en la actividad humana supone una valoración ideológica, una posición ante el saber, una relación con el poder y una determinación práctica de configuraciones éticas particulares»[1].

Perdonen si esta introducción se les hace un poco larga pero, para mí, satisface una necesidad de comenzar aclarando algunos trazos conceptuales que anteceden a la posibilidad de referirme con comodidad diálogo entre cubanos, como al diálogo en cualquiera de sus dimensiones. Antecedentes —los atinentes a la definición del diálogo— sobre los cuales también sería necesario dialogar desprejuiciadamente.

Paso de inmediato al tema de Cuba, que nos ocupa hoy.

Las revoluciones se identifican por desordenar de manera rápida (impronta de destrucción) para producir otro orden distinto, correctivo, nuevo (impronta constructiva), a menudo no tan rápido (nunca tanto como la que precede), a menudo con desprotección ante lo inesperado. Un orden asentado siempre en otros patrones, más que por el desplazamiento de liderazgos, por el cambio radical de reglas: la radicalidad es un elemento distintivo central.

En el caso cubano, que se inscribió muy pronto después de la victoria en la tradición socialista fundada por la revolución bolchevique, identificamos la radicalidad con el proceso de expropiación y centralización estatal de todas las esferas de poder (“estatización”): político, económico, ideológico, moral. Todo lo impregnó sin dejar espacio alternativo a su verticalidad. Me limito en este instante a consignarlo, sin justificaciones ni críticas.

Hemos aceptado normalmente la idea de que la radicalidad que fue desencadenada constituye una superación del Programa del Moncada, al cual respondían en medida no despreciable reformas sociales de alcance nacional efectuadas en los primeros cinco años. Sin embargo, quizás sería más exacto decir que se introdujo otro patrón de radicalidad diferente al que constituía el punto de partida. No me meto aquí en el debate histórico de si hubo opción o no la hubo (siempre el fatum). Podemos cuestionarnos si fue inevitable o no la radicalidad que tuvo lugar, pero no podemos cambiar la historia recorrida: como siempre, tenemos que actuar desde donde estamos y a partir de lo que somos.

El tema del éxodo, la diáspora o la migración —el término “exilio” solo se puede aplicar en casos puntuales— cubana a partir de 1959 ha sido sumamente estudiado por expertos de allá y de acá. Sociólogos, demógrafos, geógrafos, economistas e historiadores han publicado numerosos estudios, investigaciones de terreno, en libros y en artículos especializados. Motivo por el cual me confieso incapaz de aportar, en esta presentación, explicaciones que no sean conocidas por ustedes, o que no se hallen a su alcance.

Solo quiero comentar que el debate sobre las motivaciones lo he percibido casi siempre como un debate maniqueo: motivaciones económicas vs. motivaciones políticas. Me inclino a pensar que en las oleadas migratorias que siguieron a 1959 las motivaciones se mezclan con grados diversos de intensidad, lo político y lo económico, y que a la vez hay que considerar también componentes culturales, religiosos, ideológicos, y morales. Y que el conjunto de su interacción converge siempre dentro de una relación de poder —o más exactamente, de confrontación de poderes— que contextualiza todas las diversidades.

El enjambre de motivaciones recorre un panorama amplísimo en el espacio y en el tiempo: desde los que huían de viejos compromisos, condenables en distintas medidas, con el ancient regime, o trataron y tratan de escapar de la justicia por delitos cometidos, hasta el que simplemente se rebela ante un diseño de sociedad, contra sus frustraciones, que considera agotado el proyecto social, o simplemente quiere probar su destino en otro contexto. Esto último lo hubo a lo largo del medio siglo que corre, pero seguramente con más intensidad después de 1990. Y a una diversidad creciente de destinos, no solo a los Estados Unidos, sino que se ha ido incrementando después hacia España, México, Venezuela y otras latitudes —incluso hoy, sorpresivamente se incluye en los receptores al Ecuador.

En sentido general, a medida que la composición dominante de la demografía migratoria transita de los “damnificados” por la radicalidad asumida, a los que más simplemente no quieren seguir viviendo el experimento socialista, debido a los rigores que ha sufrido el caso cubano, o debido a que quieren, en lo personal, otra panoplia de expectativas, lo normal parecería que fuera que las marcas de repudio también se redujeran o desaparecieran. El repudio desde esta orilla, como de la otra, devino un componente del conjunto de la política, y de la filosofía que informa a la política, evidenciada través de calificativos peyorativos —los “gusanos”, la “escoria”—; una filosofía de castigo.

El gran déficit de la proyección desde la política cubana hacia la división de la nación no puede encontrar explicación suficiente en argumentos jurídicos, ni políticos ni económicos. Se vuelve, a mi juicio, un déficit cultural, ideológico, doctrinal y ético ante la legitimidad de la opción de migrar —y, en el fondo, la opción del disenso, a lo que me referiré después—. Percatarnos de que la migración no significa la alianza con el enemigo, sino la aspiración a vivir otras opciones. El pasado no se puede ya cambiar, pero las percepciones que lo han determinado sí son susceptibles de ser criticadas, revisadas y superadas mirando hacia el futuro. No propongo nada que implique la renuncia a una moral socialista, sino quizás, más bien, de una condición para llegar a la misma.

No he hablado hasta ahora del peso de la relación de poder, que no constituye un simple dato internacional sino todo un cercamiento en el plano de la hostilidad de la potencia hacia el vecino pequeño y desobediente que se desprende de su esfera de dominación. No he hablado de los mecanismos que ha creado y que recrea a lo largo del medio siglo, ni de las acciones que ha emprendido para ahogar al proyecto en disenso y para hacer aparecer a la comunidad cubana, como ha contribuido a hacer de Miami, como una vanguardia emblemática de confrontación, borrando de su fisonomía la diversidad que ha de serle propia, y que transita ya por varias generaciones.

Ni aquel mundo es estático ni lo es este en el que vivimos. Es absurdo que miremos a aquella comunidad con inmovilismo, como estancada en espacio y en tiempo, susceptible a figurar como instrumento uniforme de un poder global, cuando desde ella fue que surgió una demanda de diálogo con la nación hace ya algo más de tres décadas.

Lo cual es evidente que no impide la contradicción de la persistencia de una anticultura en la derecha del polo migratorio cubano en los Estados Unidos, que es incluso la única paradoja de esta realidad, que cuenta con representación congresional. Recuerdo ahora el contundente repudio padecido por Juanes, Olga Tañón, Cucu Diamantes, y otros, por organizar un concierto en La Habana —y por tener éxito en ello—, y habría ejemplos más recientes, muchos del repudio desde la otra orilla, y no solo desde esta. Que aunque sean repudios con espectros de acciones diferentes, repudios son.

No se puede desestimar esta perspectiva: ¿cuáles son los signos hacia el diálogo desde la postura del interlocutor? ¿Y cuál el gran panorama político? Porque la voluntad de dialogar, el respeto del otro y la tolerancia tienen que ser —insisto— recíproca. No porque alguna autoridad así lo ordene, sino porque es la condición misma de existencia del diálogo.

Muchas veces se ha dicho que en el tema cubano en Washington es rehén de los sectores más conservadores de la comunidad cubana emigrada. Creo que es posible que en esto también nos hayamos equivocado. Tal vez haya servido de consuelo para seguir confiando en que de alguna manera veremos aparecer, algún día, signos claros de líneas de cambio en la mirada del Norte. Hoy pienso que es más probable que sea la comunidad cubana emigrada la que ha sido modelada como rehén de Washington. Y que la política de la Isla hacia la comunidad y hacia la emigración en general, ha caído también en esta trampa y, en línea general, no ha contribuido en medida suficiente a generar el clima de diálogo que tocaba a este país haber creado hacia su emigración como conjunto, como parte desplazada de la nación.

Lo que me interesa en este momento no es juzgar políticas del imperio sino que nos detengamos, nosotros, a pensar sobre nuestra responsabilidad, sobre nuestra incapacidad para proveer la creación de una cultura de diálogo. Para contraponer una ética de inclusión a la ética de exclusión. Para romper la barrera creada, contribuyendo a la comprensión de las razones del otro, para dejar abiertas las puertas que deben estar abiertas en lugar de cerrarlas. Para salir tanto como para entrar. Son nuestras políticas las que estamos en condiciones de perfeccionar, mejorar, cambiar. Las otras tienen que cambiarlas los otros y lo harán o no lo harán. Pero que lo hagan o no, es harina de otro costal.

El otro aspecto del asunto que me interesa subrayar en estas notas es que pienso que el tema —y el reto— del diálogo entre cubanos no se reduce a “la nación y la emigración” (lo sugería líneas atrás). Es el reto también del diálogo dentro de la nación. Creo que es urgente resolver el reto del diálogo dentro de la nación y, es más, creo de nuestra capacidad para dar respuesta al diálogo dentro de la nación depende que estemos en condiciones también de afrontar el diálogo con la emigración. No lo digo en clave diacrónica, no es que tenga que hacerse lo uno primero y lo otro después, sino que veo un vínculo muy íntimo, de la unidad de una comprensión, de una postura que condiciona lo uno tanto como lo otro.

La agenda cubana para el diálogo dentro de la nación tampoco tiene por qué tomar en cuenta las coordenadas de la política que Washington adopte hacia Cuba. Quiero añadir, así de pasada, que miro además sin esperanzas hacia la Oficina Oval, y no es mi intención detenerme a valorar el rumbo de la política exterior de la actual administración estadunidense. Existan estas u otras políticas, la política cubana hacia el diálogo nacional debe rediseñarse —sinceramente creo que estamos discutiendo estas cosas aquí precisamente porque la perspectiva de cambio en esta dirección da muestras de avance.

Quiero terminar estas apreciaciones recordando que la humanidad está viviendo tiempos de incertidumbre y que esto entraña también una sostenida crisis espiritual: conceptual, de paradigmas y de valores. Que el diálogo, que debió constituir la gran conquista de los años 60 del siglo XX, se ha convertido en uno de los problemas y los retos claves del siglo XXI. El diálogo es una realidad aún muy incompleta, imperfecta, pobremente lograda. Es sobre todo un desafío: el desafío con el cual comienza el siglo. Y esto no es válido solamente para los cubanos, es una afirmación que toca a todas las esferas de la sociedad humana. Pero para que las cosas cambien no hay que esperar por nadie. Hay que asumir la iniciativa de cambiar.

Y no se trata de creer que lo vamos a solucionar reuniéndonos de tiempo en tiempo. O simplemente con gestos cortoplacistas puntuales. Se trata de una filosofía, de una voluntad, de una coherencia que tiene que funcionar con la iniciativa de que desde aquí y desde allá todo tiene que ser distinto de cómo es hoy. Que es una responsabilidad, y un reto de nuestra generación avanzar en esta ruta.

No ignoro que en lo que he dicho pueda equivocarme en algo o en mucho. Permítanme la vanidad de creer que no me equivoco en todo. Pero así es cómo pienso y es esto lo que pensé que podía aportar a la amable invitación de la Iglesia cubana a hacer parte del debate sobre el tema, junto a dos acompañantes tan ilustres, en esta Semana Social Católica.

Gracias.

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por: Aurelio Alonso, sociólogo y ensayista, subdirector de la revista Casa de las Américas.

Notas

1.- Ana Camblong, en Hugo E. Biagini y Arturo A. Roig (directores), Diccionario del pensamiento alternativo, Editorial Biblos: lexicón, Buenos Aires, 2008.

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