El Dios de los cristianos no hace el amor

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Luis Carlos Marrero

Hace algunos años Dios necesitó confesar algunos malentendidos y escogió a Eduardo Galeano. Reveló lo siguiente:

Y dijo Dios…
Adán y Eva eran los primeros seres humanos que de mi mano nacían, y reconozco que tenían ciertos defectos de estructura, armado y terminación. Ellos no estaban preparados para escuchar ni para pensar. Y yo…bueno, quizá yo no estaba preparado para hablar. Antes de Adán y Eva no había hablado con nadie. Yo había pronunciado bellas frases como “Hágase la luz”, pero siempre en soledad. Así que aquella tarde, cuando me encontré con Adán y Eva a la hora de la brisa, no fui muy elocuente. Me faltaba práctica.

En ocasiones, al igual que Dios, en varios momentos de nuestras vidas nos sorprende la soledad y la falta de práctica. Nos hemos adaptado a decir y escribir frases, discursos, libros, sobre Dios o acerca de él. Algunos colocamos delicadas palabras en griego, hebreo, arameo, latín, alemán, inglés para darle un corolario epistémico a nuestras conclusiones y con todo este ajiaco, en el mejor de los casos, construimos nuestros esquemas teológicos, predicaciones del domingo y algún que otro estudio bíblico. De esta manera presumimos que ya todo está hecho y rápidamente edificamos la estructura, el armado y por supuesto, la terminación.
Pero realmente ¿está todo finalizado? ¿Qué sucede cuando somos interpelados por otros seres humanos con otra estructura, armado y terminación, supuestamente diferente a la nuestra, a la que hemos normado, a la que es normal? ¿Será que Dios, en algún momento, pensó en una norma?

Y dijo Dios…
Lo primero que sentí fu asombro. Ellos acababan de robar la fruta del árbol prohibido, en el centro del paraíso. Adán había puesto cara de general que viene de entregar la espada y Eva miraba al suelo como contando hormigas. Pero los dos estaban increíblemente jóvenes y bellos y radiantes. Me sorprendieron. Yo los había hecho: pero no sabía que el barro podía ser luminoso.

Asombro, sorpresa, prohibido, centro. Nos asombra siempre lo diferente y esta extrañeza puede manifestarse en aceptación o rechazo dependiendo de los centros en nuestros paraísos construidos. Comienza lo prohibido, reforzamos nuestra fruta y comenzamos a subir las espadas. Algunos nos quedamos contando hormigas, es mejor mantenernos en los márgenes, no opinar, permanecer acomodados en nuestras interpretaciones teológicas.

En ocasiones me cuestiono lo ambivalente que puede resultar la aceptación, casi siempre sinónimo de tolerancia y no de acogida e inclusión. Cuando escucho a algunos de mis colegas cristianos decir: yo acepto esto y lo otro…siempre pregunto: ¿Y acoges e incluye? Y ahí regresamos de nuevo a frases hermosas como “Todos somos hijos de Dios”…”Su amor nos ha redimido del mundo”….entre tantas otras que hemos heredados, y al igual que este Dios, olvidamos o no queremos ver la luminosidad del barro, esa luz que producen otros Adanes y Evas, quienes siguen robando de nuestros centros las frutas prohibidas.

Y dijo Dios…
Después, lo reconozco, sentí envidia. Como nadie puede darme órdenes ignoro la dignidad de la desobediencia. Tampoco puedo conocer la osadía del amor que exige de dos. En homenaje al principio de autoridad me aguanté las ganas de felicitarlos por haberse hecho súbitamente sabios en pasiones humanas.

La dignidad requiere de muchas desobediencias, sean estas políticas, sociales, epistemológicas, religiosas, hasta espirituales. La osadía del amor trasciende las fronteras de una cama, una moral, un credo, un Dios. La osadía del amor se convierte en el culmen de la dignidad humana. Es la que nos hace diferentes, aún del propio Dios. Esa osadía del amor se alimenta de una espiritualidad que está llamada a ampliar la percepción de ese otro ser humano que se hace envidia de Dios, donde no existe el otro, porque yo hago parte del otro y el otro hace parte de mí. En este sentido, cultivamos una espiritualidad donde accedemos a la mejor parte que tenemos dentro de nosotros y que nos hace progresivamente más humanos y más de acuerdo al proyecto divino de justicia y equidad plena.

La espiritualidad es gracia divina y camino de pasión, realizada en la osadía del amor de la vida cotidiana, que además, parte de nuestras fragilidades personales y de los obstáculos que todos encontramos en la vida. Para todo cristiano, espiritualidad es todo lo que ayuda a vivir, como dice el Evangelio: “según el Espíritu”, es decir, a partir de la energía divina presente y actuante en cada uno de nosotros.

Y dijo Dios…
Entonces vinieron los equívocos. Ellos entendieron caída donde yo hablé de vuelo. Creyeron que un pecado merece castigo si es original. Dije que peca quién desama, entendieron que peca quien ama. Donde anuncie pradera de fiesta, ellos entendieron lágrimas de valles. Dije que el dolor era la sal que daba gustito a la aventura humana: entendieron que los estaba condenando al otorgarles la gloria de ser mortales y loquitos. Entendieron todo al revés y se lo creyeron.

Y aún continúan las equivocaciones….seguimos equivocando sexualidad con sexo, espiritualidad con materialidad, doctrinas con leyes, pecado con gracia, salvación con infierno.

Para muchas personas y especialmente cristianas, pensar en la sexualidad como una actividad espiritual podría parecer extraño, incompatible e incómodo. Todavía nuestros modelos teológicos interpretativos de la realidad no miran estas dos fuerzas como lo que realmente son: coexistentes y absolutamente complementarias.
Continuamos reproduciendo en la sociedad actual, por diversos motivos, la separación de la espiritualidad y la sexualidad.

Es más, estamos programados socialmente para percibir todo lo relacionado con el binomio sexualidad-sexo como algo que se debiera ocultar, algo vergonzoso, tabú, amoral y hasta obsceno y degradante.

La sexualidad es mucho más que sólo liberación sexual física, y también mucho más que sólo dos personas teniendo una experiencia sexual. Es la culminación de todo esto y más… la totalidad de lo emotivo, lo físico, lo intelectual y lo espiritual celebrando la abundante fuerza enérgica de vida que nos invita a trascender y convertirnos en seres sagrados. Como dice Chico Buarque, ella atraviesa emociones desconocidas por Dios Padre, atraviesa lugares ocultos al Dios Todopoderoso, entra por los laberintos imprevisibles, se abre en explosiones inesperadas. Este tipo de espiritualidad nos hace entender que Adán y Eva, Eva y Eva, Adán y Adán, Eva que se hace Adán y Adán que se hace Eva, o ni Adán ni Eva, simplemente Verde Verde, se descubren en Dios y Dios en ellos, se reconocen en Dios y Dios en ellos, se funden en Dios y Dios en ellos.

Y finalmente terminó Dios su confesión:
Últimamente ando con problemas de insomnio. Desde hace algunos milenios me cuesta dormir, y dormir me gusta, me gusta mucho, porque cuando duermo sueño. Entonces me hago amante o amanta, me quemo en el fuego fugaz de los amores de paso, soy cómico de la lengua, pescador de alta mar o gitana adivinadora de la suerte: del árbol prohibido devoro hasta las hojas y bebo y bailo hasta rodar por los sueños.

En muchas culturas el sueño es fuente de revelación, nos hace preparar el camino a nuevas transformaciones, se convierte en espacio hierofánico donde Dios también nos hace ver lo que no somos capaces de percibir despiertos.

Despertar en el sueño o despertar desde los sueños nos coloca en los lugares no reconocidos aún por nuestros quehaceres teológicos. Nos ubica en otros caminos originarios y originales (cuerpos, deseos, pasiones, historias, sabores) donde ya no es el Logos de Dios, ni nuestro Logos sobre Dios el lugar originario de la teología, sino la propia experiencia humana con sus complejidades, sus vivencias y sus osadías de amor. Por eso, hay que convertir esos lugares en lugares de producción teológica, los cuales son también imagen y semejanza, y nos convocan a fiestas, a ser amante o amanta, gitana o santera, a llorar nuestras tristezas, a entonar nuestras alegrías.

Gracias doy a la desgracia…

No perdamos el tiempo de crear y de juntarnos ecuménica y solidariamente en este coro diverso y humano. No dejemos que nos sorprenda, como a Dios, la soledad. Al final el Dios de los cristianos no hace el amor, nos necesita a cada uno de nosotros para poder soñar, tal como somos, con nuestras estructuras, armado y terminación. Y como bien le dijo a mi amigo Galeano, Él nunca podrá condenar lo que no conoce.

Dios nos bendiga.
Eduardo Galeano. El libro de los abrazos. Capítulo Teología 3.

*Esta es la reflexión del pastor Luis Carlos Marrera en la Jornada de Sexualidad en el Seminario Evangélico de Teología, a propósito de la Jornada cubana contra la Homofobia, 29 de abril de 2016. *

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