El fin de una era del capitalismo financiero: la crisis del siglo

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El desplome de Wall Street es comparable, en la esfera financiera, a lo que
representó, en el ámbito geopolítico, la caída del muro de Berlín. Un cambio de
mundo y un giro copernicano. Lo afirma Paul Samuelson, premio Nobel de economía:
“Esta debacle es para el capitalismo lo que la caída de la URSS fue para el
comunismo”. Se termina el período abierto en 1981 con la fórmula de Ronald
Reagan: “El estado no es la solución, es el problema”. Durante 30 años, los
fundamentalistas del mercado repitieron que este siempre tenía razón, que la
globalización era sinónimo de felicidad, y que el capitalismo financiero
edificaba el paraíso terrenal para todos. Se equivocaron.

La “edad de oro” de Wall Street se acabó. Y también una etapa de exuberancia y
despilfarro representada por una aristocracia de banqueros de inversión, “amos
del universo” denunciados por Tom Wolfe en La hoguera de las vanidades (1987).
Poseídos por una lógica de rentabilidad a corto plazo. Por la búsqueda de
beneficios exorbitantes. Dispuestos a todo para sacar ganancias: ventas en corto
abusivas, manipulaciones, invención de instrumentos opacos, titulización de
activos, contratos de cobertura de riesgos, hedge funds… La fiebre del provecho
fácil se contagió a todo el planeta. Los mercados se sobrecalentaron,
alimentados por un exceso de financiación que facilitó el alza de los precios.
La globalización condujo la economía mundial a tomar la forma de una economía de
papel, virtual, inmaterial. La esfera financiera llegó a representar más de 250
billones de euros, o sea, seis veces el montante de la riqueza real mundial. Y
de golpe, esa gigantesca “burbuja” reventó. El desastre es de dimensiones
apocalípticas. Más de 200 mil millones de euros se han esfumado. La banca de
inversión ha sido borrada del mapa. Las cinco mayores entidades se desmoronaron:
Lehman Brothers en bancarrota; Bear Stearns comprado, con la ayuda de la Reserva
Federal (Fed), por Morgan Chase; Merril Lynch adquirido por Bank of America; y
los dos últimos, Goldman Sachs y Morgan Stanley (en parte comprado por el
japonés Mitsubishi UFJ), reconvertidos en simples bancos comerciales.
Toda la cadena de funcionamiento del aparato financiero ha colapsado. No solo la
banca de inversión, sino los bancos centrales, los sistemas de regulación, los
bancos comerciales, las cajas de ahorros, las compañías de seguros, las agencias
de calificación de riesgos (Standard&Poors, Moody’s, Fitch) y hasta las
auditorías contables (Deloitte, Ernst&Young, PwC).
El naufragio no puede sorprender a nadie. El escándalo de las “hipotecas basura”
era sabido de todos. Igual que el exceso de liquidez orientado a la
especulación, y la explosión delirante de los precios de la vivienda. Todo esto
ha sido denunciado —en estas columnas— desde hace tiempo. Sin que nadie se
inmutase. Porque el crimen beneficiaba a muchos. Y se siguió afirmando que la
empresa privada y el mercado lo arreglaban todo.
La administración del presidente George W. Bush ha tenido que renegar de ese
principio y recurrir, masivamente, a la intervención del estado. Las principales
entidades de crédito inmobiliario, Fannie Mae y Freddy Mac, han sido
nacionalizadas. También lo ha sido el American International Group (AIG), la
mayor compañía de seguros del mundo. Y el Secretario del Tesoro, Henry Paulson
(ex presidente de la banca Goldman Sachs) ha propuesto un plan de rescate de las
acciones “tóxicas” procedentes de las “hipotecas basura” (subprime) por un valor
de unos 500 mil millones de euros, que también adelantará el estado, o sea, los
contribuyentes.
Prueba del fracaso del sistema, estas intervenciones del estado —las mayores, en
volumen, de la historia económica— demuestran que los mercados no son capaces de
regularse por sí mismos. Se han autodestruido por su propia voracidad. Además,
se confirma una ley del cinismo neoliberal: se privatizan los beneficios pero se
socializan las pérdidas. Se hace pagar a los pobres las excentricidades
irracionales de los banqueros, y se les amenaza, en caso de que se nieguen a
pagar, con empobrecerlos aún más.

Las autoridades norteamericanas acuden al rescate de los banksters (“banquero
gangster”) a expensas de los ciudadanos. Hace unos meses, el presidente Bush se
negó a firmar una ley que ofrecía una cobertura médica a nueve millones de niños
pobres por un costo de cuatro mil millones de euros. Lo consideró un gasto
inútil. Ahora, para salvar a los rufianes de Wall Street nada le parece
suficiente. Socialismo para los ricos, y capitalismo salvaje para los pobres.

Este desastre ocurre en un momento de vacío teórico de las izquierdas, las
cuales no tienen “plan B” para sacar provecho del descalabro. En particular las
de Europa, agarrotadas por el choque de la crisis, cuando sería tiempo de
refundación y de audacia.

¿Cuánto durará la crisis? “Veinte años si tenemos suerte, o menos de diez si las
autoridades actúan con mano firme”, vaticina el editorialista neoliberal Martin
Wolf1. Si existiese una lógica política, este contexto debería favorecer la
elección del demócrata Barack Obama (si no es asesinado) a la presidencia de
EE.UU. el 4 de noviembre próximo. Es probable que, como Franklin D. Roosevelt en
1930, el joven Presidente lance un nuevo “New Deal” basado en un
neokeynesianismo que confirmará el retorno del estado en la esfera económica. Y
aportará por fin mayor justicia social a los ciudadanos. Se irá hacia un nuevo
Bretton Woods. La etapa más salvaje e irracional de la globalización neoliberal
habrá terminado.

Publicado en Le Monde Diplomatique

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