El nacimiento de Jesús es la demostración más grande del amor de Dios a Nosotros

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Raúl Suárez

En la humildad de una cueva, rodeados de campesinos, pastores, pobres y humildes, en medio de la suciedad e impureza de los animales, nace el Mensajero de la Paz y del Amor.

El tiempo de navidad es rico en sugerencias celebrativas. Comienza con la celebración de la Nochebuenaen que la comunidad cristiana une sus voces a las de los ángeles para cantar Gloria a Dios en el cielo, y paz en la tierra a las gentes de buena voluntad, que acogen en la sencillez del corazón al pequeño niño de Belén en quien se revela la gloria de Dios. Todo el día 25 es una invitación para contemplar el misterio de la Natividad del Señor. Esto exige un corazón dócil y atento al mensaje profundo del día de Navidad.

Lamentablemente la tradición y el consumo oscurecen la grandeza de este misterio trascendental.

La fiesta del primer mártir de la Iglesia cristiana, San Esteban, pone en paralelo, el día 26, el ministerio de Jesús y el de la Iglesia, Inmediatamente que acontece su nacimiento, ya se dibuja en el horizonte el destino de ambos. El camino de Jesús y el de la Iglesia serán caminos de martirio, es decir, de entrega generosa por los hermanos. Esteban representa a la Iglesia y su misión: Proclamar el mensaje del Señor y sellar con su sangre lo anunciado.

Pero también nos sorprende este tiempo de Navidad con la fiesta de Juan Evangelista, el día 27. El cuarto Evangelio es un canto a la gloria de Dios. Juan se hunde en las profundidades del Espíritu para presentarnos la interioridad del misterio que revela la persona de Jesús. Es el Evangelio de la Palabra, de los signos, de la luz, del camino, de la verdad, de la vida, del pan de vida, de la gloria.

La memoria de los Santos Inocentes, el día 28, nos pone en sintonía con el contexto de violencia y muerte en que nace, vive y actúa Jesús. Sin duda será “signo de contradicción” ya desde el comienzo. Su presencia incomoda a quienes no soportan que se les cuestione su poder y prestigio inmorales. Para evitarlo no les importa eliminar vidas inocentes con tal de mantenerse en sus tronos. Esta realidad no es ajena a nosotros. En esta memoria podemos celebrar también la de los santos mártires inocentes de nuestros pueblos.

La fiesta de la Sagrada Familia y la Solemnidad de la Maternidad de María –el domingo 27, en este caso, y el 1ro de enero próximo, respectivamente– nos llaman la atención sobre ese núcleo fundamental de la sociedad y de la Iglesia: la familia. Es tiempo de reflexionar sobre la situación de la familia en la sociedad actual. La crisis familiar no puede sernos ajena. Aprovechemos estas fiestas navideñas para afirmar nuestro compromiso con el cuidado y la defensa de la familia como garantía de un futuro más humano y justo.

La solemnidad de Epifanía, el 3 de enero de 2016, con la visita de los sabios de oriente, nos recuerda que el mensaje de la salvación es para todo el mundo. Y el Bautismo de Jesús, con cuya fiesta cerraremos el 10 de enero el tiempo de navidad, es momento oportuno para renovar, también nosotros, nuestro compromiso de bautizados, que haremos resplandecer durante todo el año como testigos del amos de Dios a la humanidad.

¡Que Navidad sea en nuestras familias y comunidades, tiempo de encuentro, reconciliación y esperanza!

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