El pensamiento del Che y los desafíos de hoy

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(Cátedra Che Guevara – Colectivo Amauta – Argentina)

Ernesto Che Guevara ha tenido una posteridad difícil, como suele ser
el destino de los grandes transformadores de la sociedad y del
pensamiento social. Ellos logran volverse tan autónomos respecto a la
reproducción usual de la vida material e ideal que son capaces de
ejercer una acción revolucionaria que desnuda y condena lo que parecía
normal o inevitable, que exige o crea nuevas realidades, que hace
nuevas preguntas y formula nuevos proyectos.

Hasta cierto punto coinciden con las necesidades sociales, pero su
grandeza personal reside en que, además de expresar esas necesidades,
en buena medida son capaces, al satisfacerlas, de abrir nuevos caminos
y plantear nuevas necesidades, desafíos y metas. Sobre tantas
cualidades se levanta su conducción, su fascinación y su influencia
duraderas. La humana tendencia a volver a la normalidad -tan
aprovechada por las formas nuevas de dominación— se vuelve en algún
momento posterior contra esas grandes personalidades, y las considera
molestas, ilusas o anticuadas. Vienen entonces los nuevos períodos de
las sociedades y del pensamiento a echarlas a un lado y a roer su
memoria, hasta que nuevas necesidades humanas y sociales agobiadoras
se presentan, y exigen echar mano a lo valioso. Entonces vuelven los
grandes, mientras se disuelven lo efímero y las modas; pero sólo
pueden volver si existen nuevos actores y pensadores capaces de
utilizarlos como base y como fuerza espiritual para llevar adelante
tareas nuevas e ideas nuevas.

José Martí dijo una vez que el único hombre práctico es aquel cuyo
sueño de hoy será la ley de mañana. Para ser realmente práctico, el
Che elaboró y lanzó una propuesta de mucho mayor alcance que la
estrategia revolucionaria ligada a las circunstancias inmediatas en
que vivió. Como en el caso de Martí, la unión de su vida y su obra ha
resultado, entonces, de un doble valor: son líderes políticos
revolucionarios de su tiempo y son pensadores del orden futuro que
debe lograrse mediante la praxis revolucionaria. La combinación es
fulgurante; les asegura su grandeza permanente y su fuerza de
convocatoria, pero también puede hacerlos peligrosos o molestos. Son
demasiado revolucionadores frente a la mayoría de las perspectivas
visibles o representables, pero, a la vez, son paradigmas de la
revolución. Son poco aceptables para el reclamo de orden, viabilidad y
respetabilidad que avanza después de las grandes conmociones sociales,
para intereses de grupos que quieran predominar. Pero son, al mismo
tiempo, piezas maestras del arsenal simbólico de la revolución y de su
proyecto de futuro de mejoramiento humano.

Este es el año del 40º aniversario de la caída del Che. A la mitad de
este camino que hemos andado, el día del 20º aniversario —8 de
octubre de 1987—, Fidel tuvo que traer al Che al ámbito de la
política viva, en su discurso tremendo de Pinar del Río, una de esas
piezas maestras suyas sobre las cuales es tan provechoso volver
periódicamente. La primera etapa de la revolución en el poder -la que
va de 1959 a inicios de los años 70— tuvo en el Che uno de sus
protagonistas, siempre junto a Fidel en la defensa y la profundización
del proceso. La segunda etapa fue muy contradictoria, lo que puede
ilustrarse con el masivo avance constituido por una niñez sana y
educándose, que todas las mañanas prometía llegar a ser como el Che,
mientras el pensamiento del Che había dejado de estudiarse en los
planteles de un país que no cesaba de estudiar. Su ejemplo sí estuvo
siempre presente y actuante, en las virtudes del pueblo trabajador, en
la entrega solidaria de los internacionalistas y en todo lo esencial
de la estrategia socialista que mantuvo la dirección de la revolución.

Cuando hace veinte años el Che apenas pugnaba por salir de las
sombras, se discutió un criterio, a mi juicio erróneo, que sintetizo
aquí. El Che fue un hombre muy grande, se dijo, pero limitado por dos
realidades: era un hombre de su tiempo, y su circunstancia es
irrepetible; y era un hombre muy bueno, de ideas tan altruistas que
sólo tendrían suelo para realizarse en un futuro no previsible. Si se
cree esto, se castra el contenido revolucionario del Che, y queda
listo para ocupar el inocuo lugar de muertos ilustres en el que la
burguesía y la socialdemocracia pusieron a Carlos Marx, como afirmó
Lenin en 1917, al inicio de su libro El Estado y la revolución. En
1997, con el imperialismo ya en una fase de extrema centralización,
rapiña financiera parasitaria y agresiva recolonización del mundo,
muertos la URSS y los regímenes de dominación levantados en Europa en
nombre del socialismo, derrotados la mayor parte de los esfuerzos por
alcanzar el desarrollo en el Tercer Mundo y desprestigiada la idea
misma del socialismo, el Che estaba claramente de regreso en el mundo,
en ámbitos mucho más amplios que los de aquellos combatientes,
militantes y seres esperanzados con los que siempre anduvo. Desde
entonces nos acompañan la imagen, el ejemplo y el legado del Che, que
cuando van juntos son más fuertes y no pueden ser despojados de su
contenido profundamente subversivo.

Desde que Fidel lanzó el proceso de rectificación de errores y
tendencias negativas hasta hoy, el pensamiento del Che ha vuelto,
miles de cubanos lo conocen y otros muchos lo buscan y estudian, pero
falta mucho para que sea efectivamente un instrumento intelectual y
político plenamente aprovechado.

Abordo dos temas en esta intervención. Uno es el de las ideas del Che,
que no pueden ser comprendidas mediante frases suyas o separadas entre
sí, sino como aspectos de una concepción orgánica, a la que el Che
pensador arribó y continuó desarrollando mientras pudo. Me inspira
este ámbito en que estamos y la necesidad, que entiendo urgente, de
aplicarnos, con dedicación y sistemáticamente, al estudio de su
pensamiento. El otro tema que toco es el que este Coloquio llama
permanencia del Che, el cual entiendo como algo vivo, sujeto a
avances, problemas y quebrantos. No es algo fijo -que sería una manera
de matar al Che—, es una acción respecto a las cuestiones de hoy y,
sobre todo, respecto a la actividad nuestra, porque somos nosotros los
llamados a mantener al Che actuante, a forjar o no, y a sacar mayor o
menor provecho, a la permanencia del Che.

Ernesto Guevara avanzó desde el estudio a la pertenencia a una
organización y a la guerra revolucionaria. Tras el triunfo, participó
en el poder revolucionario y en el impulso de los cambios más
profundos de las personas y la sociedad. Y otra vez marchó a la guerra
revolucionaria. Durante ese período, su pensamiento logró comprender
problemas fundamentales, plantearlos y, hasta cierto punto, elaborar
una concepción teórica que fuera un instrumento capaz de: a) servir a
las prácticas necesarias y b) restituir al pensamiento revolucionario
su función, indispensable para guiar las transformaciones y proyectar
e imaginar el futuro. Al mismo tiempo, el Che libró una batalla
intelectual que él entendía indispensable, no sólo para la práctica,
sino también para el desarrollo de la teoría.

El pensamiento y la actuación del Che tienen nexos muy profundos, que
no debemos apreciar solamente como vínculos entre teoría y práctica,
porque son muy valiosos para el análisis de su posición teórica y para
el provecho que podamos sacar de ella. Además, el Che sigue siendo un
fértil territorio y un lugar de combate para el pensamiento que
pretenda contribuir a la liberación de las personas y las sociedades y
a la creación de una nueva cultura. He organizado un grupo de
comentarios desde mis criterios acerca de la concepción teórica y la
batalla de ideas del Che, con el fin de contribuir en alguna medida a
la reflexión y al debate.
En la misma medida en que la revolución triunfante en Cuba en 1959
tenía la necesidad de romper los límites de una democratización
política que permaneciera dentro de los límites del capitalismo
neocolonial, y debía abrirle paso al pueblo como protagonista, el
pensamiento revolucionario, para serle útil, debía romper dos
cárceles: la del democratismo previo sin justicia social y sin
proyecto nacional viable, y la del marxismo reformista y dogmático. En
la gran revolución de los hechos y las ideas que se desató en Cuba
entonces, Fidel fue la figura central, como líder político supremo y
como educador popular. El Che, protagonista junto a él, emprendió
también una tarea teórica que debía dar frutos mucho más avanzados que
los correspondientes a la reproducción espiritual esperable de la vida social.

Desde el inicio, el Che se vio ante la necesidad de hacer la más
profunda crítica de la modernidad, mientras luchaba junto a todos los
demás cubanos en lograr que el país funcionara bajo el nuevo poder, y
en poner al alcance de todos la satisfacción de las necesidades
básicas más sentidas y otros avances que, en conjunto, pueden llamarse
“modernizadores”.

La ideología y las teorías más en boga durante los años 60 en el
llamado Tercer Mundo respecto a proyectos nacionales eran las del
desarrollo, basadas en que la economía del país en cuestión alcanzara
un determinado grado de suficiencia respecto a indicadores más o menos
análogos a los de los países centrales del sistema capitalista. Por
otra parte, la URSS proclamaba el mismo objetivo para ella, aunque
expresado a su escala: “alcanzar y superar a los Estados Unidos”. Su
política respecto al Tercer Mundo estaba determinada por sus intereses
estatales, y ese país obtenía algunos beneficios del intercambio
internacional desigual; consignas como la de “democracia nacional”
eran ropajes para el trato con los sectores dominantes de algunos
países. En 1961, Estados Unidos lanzó un plan para América Latina: la
Alianza para el Progreso; “es un intento de buscar solución dentro de
los marcos del imperialismo económico, será un fracaso”, dijo el Che
en Punta del Este. Era también una maniobra contra el ejemplo
subversivo que constituía Cuba. Lograr el desarrollo era, sin embargo,
el anhelo de muchos millones de personas que estaban viviendo la
descolonización en África y Asia, o el fortalecimiento del Estado y
ciertos sectores de la economía en países de América Latina.

“La técnica se puede usar para domesticar a los pueblos, y se puede
poner al servicio de los pueblos para liberarlos”, les dice el Che a
los profesores y estudiantes de Arquitectura en 1963. Esa es una
disyuntiva fundamental. El crecimiento económico no traerá por sí solo
ningún avance social para las mayorías, y las modernizaciones bajo un
régimen de dominación traen consigo, en el mejor caso, la
modernización de la dominación. Lo decisivo es la actividad
liberadora, ella es la que será capaz de darle un sentido positivo a
las fuerzas sociales económicas. Esa afirmación del Che tiene
consecuencias trascendentales, define una posición dentro del campo de
las ideas. El carácter de una revolución no está determinado por la
medición de la estructura económica de la sociedad, como creían tantos
en la izquierda, sino por la praxis revolucionaria. Ella es la única
que puede ser creadora de condiciones para el cambio social, y
establecer realidades nuevas. La mundialización del imperialismo está
acompañada en la segunda mitad del siglo XX por la mundialización de
la conciencia revolucionaria, y eso modifica el alcance de la
revolución posible en cualquier país, escribe el Che durante el gran
debate de 1963-1964.

Movilizar y concientizar a los oprimidos, luchar con medios y modos
radicales, tomar el poder y utilizarlo con nuevos fines son las tareas
de la época, para que sea posible conquistar un desarrollo de las
personas y la sociedad que no consistirá en el desarrollo, sino en la
liberación. Esas ideas son centrales en textos fundamentales del Che
como “Sobre el sistema presupuestario de financiamiento” y “La
planificación socialista, su significado”.

Al hacerse socialista de liberación nacional, la revolución cubana
estaba descubriendo, a través de sus prácticas, que en las condiciones
desventajosas de la mayoría de los países del mundo la transición
socialista y el proyecto de sociedad a crear están obligados a ir
mucho más allá de lo que su “etapa del desarrollo” supuestamente le
permitiría, y deben negar que la nueva sociedad sea el resultado de
una evolución progresiva que ya no cabría en el capitalismo, y que con
sólo expropiar sus medios de producción se puede “superarlo”. Es
decir, es imprescindible trabajar por la creación de una nueva
cultura, que implica una nueva concepción de la vida y del mundo, al
mismo tiempo que se empeña uno en cumplir con las prácticas más
inmediatas, urgentes e ineludibles. El socialismo factible no depende,
por consiguiente, del llamado “crecimiento de las fuerzas productivas
en correspondencia con las relaciones de producción”, ni de un
desarrollo social que será consecuencia del económico; depende de un
cambio radical de perspectiva por parte de los que actúan, y de las
revoluciones sucesivas que experimente su propio proceso. A Cuba, la
primera revolución socialista autóctona de Occidente, forjada en un
medio capitalista neocolonial ligado íntimamente a la mayor potencia
material, política y cultural imperialista del mundo, le tocaba un
papel importante en esta nueva fase de la mundialización de la
revolución contra el capitalismo.

El Che tomó plena conciencia de lo anterior, cuando apenas comenzaba a
desplegarse el problema en Cuba, y emprendió una extraordinaria labor
intelectual para identificar y formular las preguntas y los problemas
principales, ayudar a fundamentar o a modificar las estrategias y las
medidas y, a la vez, generalizar y conceptualizar. Se dedicó a formar
una concepción teórica en medio de un mar de actividad, en un proceso
cuyos dirigentes habían sido rechazados por la teoría al uso y con
razón sentían prevenciones frente a ella, y cuyos cuadros y miembros
de fila tenían muy escasa preparación. En 1964 dice: “.nosotros no
podemos ser hijos de la práctica absoluta, hay una teoría (.) inventar
la teoría totalmente a base de la acción, solamente eso, es un
disparate, con eso no se llega a nada”. “Pero hay una cierta pereza
mental para entrarle en el fondo al problema y para saber qué es lo
que estamos haciendo y por qué. Hay excesiva disciplina en seguir la
línea y falta de una disciplina consciente de buscar los por qué.” A
pesar de que la muerte interrumpió bruscamente su producción de
madurez, la concepción marxista del Che es uno de los mayores aportes
al pensamiento revolucionario en el siglo XX.

Marx logró plantear bien e impulsar la idea de que la política debe
ser lo central en la actividad de la clase proletaria. Lenin y el
bolchevismo produjeron un formidable avance al establecer un poder
anticapitalista en un enorme Estado y darle un alcance mundial al
movimiento. Medio siglo después, el Che formuló las líneas
fundamentales de una política comunista eficaz. Resalto dos de esas
líneas: esa política debe ser realmente internacionalista; y debe
responder bien a dos exigencias: que el individuo es lo primordial y
que es necesario un nexo íntimo entre política y ética.

“El hombre es el actor consciente de la historia. Sin esta conciencia,
que engloba la de su ser social, no puede haber comunismo”, dice el
Che en uno de sus textos principales. Un punto central de su
concepción reiterado en sus textos– es el vínculo entre la
revolución que deben experimentar en sí mismas las personas
involucradas y la revolución a llevar a cabo en cada país y en el
mundo. Además de poseer una capacidad autocrítica sorprendente y
ejemplar, el Che les demanda al dirigente y al militante
revolucionario una entrega total y numerosas cualidades, y hace una
rigurosa exposición de los rasgos que debe tener la organización
política de vanguardia. No se trata sólo de la necesaria eficiencia;
es que su existencia y su actuación constituyen un servicio vital para
la causa de la liberación, que les da fuerza y sentido a los esfuerzos
y sacrificios de todos. Al mismo tiempo, la vanguardia política debe
constituir una prefiguración de conductas y relaciones que aún están
lejos de ser mayoritarias en la sociedad.

El Che no valora con el mismo rigor al conjunto de los trabajadores y
ciudadanos de la revolución, ni a los que no simpatizan con ella.
Lejos de utilizar recursos discursivos para atraer y conducir, el Che
analiza las representaciones, motivaciones, intereses, hábitos y
niveles de conciencia, la subjetividad predominante en diferentes
grupos sociales que están participando en el proceso o viviendo en él.
En sus memorias siempre es agudo y nunca es despectivo cuando aborda a
la gente humilde que sirve al enemigo. Esos materiales suyos son un
notable ejemplo de análisis de clase que parte de las personas,
despojado de clichés prejuiciosos y dictámenes abstractos. Su objetivo
es comprender para valorar y actuar, o para ayudar a otros a hacerlo.

Una permanente actividad educacional rige su actuación y su
concepción; ellas quieren contribuir a un complejo real de elementos
modificadores de la conducta, que va desde la coerción social y
estatal hasta la autoeducación. Che no cree que exista una naturaleza
humana dada previamente, que solamente puede ser entendida; al
contrario, el trabajo fundamental consiste en desarrollar las
relaciones y los medios de transformación y mejoramiento humano:
“haremos el hombre del siglo XXI, nosotros mismos.” Este y los
fragmentos que siguen son de El socialismo y el hombre en Cuba. El
proceso comienza desde el primer momento: “En la actitud de nuestros
combatientes se vislumbraba al hombre del futuro (.) Encontrar la
fórmula para perpetuar en la vida cotidiana esa actitud heroica es una
de nuestras tareas fundamentales desde el punto de vista ideológico” Y
sobre la transición socialista: “Para construir el comunismo,
simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo (.)
La sociedad en su conjunto debe convertirse en una gigantesca
escuela”. Precisamente para sacar adelante estos propósitos tan
ambiciosos, Che no olvida nunca las enormes insuficiencias, los
errores y las deformaciones generadas en el propio proceso, los cuales
critica sin ambigüedades y sin descanso.

En ese campo, como en otros, veo tanta profundidad en sus
indicaciones, análisis puntuales y reproches como en el contenido y la
articulación de sus conceptos y en sus frases famosas. El Che es, en
una gran medida, el hombre de los cómo.

Sin descuidar sus deberes de dirigente político y estatal -y también
durante su nueva etapa guerrillera—, el Che trabajó sistemáticamente
la teoría, conciente de los problemas y necesidades de esta, y del
lugar histórico que él ocupaba. Desde una posición opuesta al
capitalismo, el colonialismo y el neocolonialismo, produjo una
interpretación latinoamericana de las cuestiones fundamentales del
mundo; y concibió una visión de las conductas, acciones, cambios y
objetivos necesarios para la liberación de las personas y las
sociedades desde una posición comunista.

La concepción filosófica del Che privilegia el papel de la acción
consciente y organizada como creadora de realidades sociales y
humanas. Esta filosofía de la praxis recupera el papel central de la
dialéctica en el marxismo. Sin desconocer las realidades existentes y
su funcionamiento discernible —y la formulación de leyes atinentes a
lo que esas realidades “pueden dar de sí”—, Che estima que el nivel
de conciencia alcanzado a escala mundial permite que en cualquier
lugar se organicen vanguardias revolucionarias, influidas por la
ideología marxista, que prevean, hasta cierto punto, cómo actuar y
violenten las relaciones vigentes a través de las acciones colectivas
que susciten y guíen, al menos dentro de ciertos límites.
Su posición marxista es ajena al determinismo social y al dilema
central especulativo de “materialismo o idealismo”, pivote filosófico
de las corrientes que eran dominantes en el marxismo. Para el Che, la
conciencia no es la antítesis de la “economía” o de “la materia”: es
el instrumento principal para lograr que las fuerzas productivas y las
relaciones de producción dejen de ser medios para perpetuar las
dominaciones. La conciencia es una fuerza potencial decisiva para que
avance la praxis revolucionaria; ella tiende a desarrollarse y crecer
si el trabajo intencionado que se realiza es eficaz, por lo que urge
encontrar y aplicar reglas que lo propicien. El proceso de creación de
nuevas realidades en los individuos, las relaciones sociales, las
instituciones y la sociedad como un todo contiene un enfrentamiento
dialéctico de los aspectos favorables y opuestos al triunfo del
socialismo, que deben ser manejados a través de las formas de
organización revolucionaria y de la transición socialista, y de sus
instrumentos. En esta concepción dialéctica no hay lugar para la
primacía de la “materia” del marxismo que permanece dentro de la
problemática estalinista y postestalinista. Para el Che, el factor
subjetivo debe ser el dominante durante toda la época de los cambios
revolucionarios.

El Che defiende el valor permanente del humanismo filosófico del joven
Marx. Expone, a su vez, el suyo, que parte de la experiencia vivida y
del conjunto de la teoría marxista. No es un humanismo a secas:
requiere una acción humana organizada que revolucione las condiciones
de existencia y la reproducción que se considera “normal” de la vida
social, una práctica que sea una palanca eficaz para transformar las
realidades conocidas en otras realidades, conquistadas o nuevas,
creadas. Es en esos sentidos que “lo objetivo” puede ser transformado
y superado por el factor subjetivo. Para el Che, la lucha de clases es
central en la teoría y en la historia, y el individuo es expresión
viviente de las luchas de clases. Nadie más ajeno que él, insisto, a
ideas como la de la innata bondad de la naturaleza humana. “Para
cambiar de manera de pensar” -dice¬“hay que sufrir profundos cambios
interiores y asistir a profundos cambios exteriores, sobre todo sociales”.

El poder revolucionario sobre la economía, la política y la ideología
es necesario para enfrentar un triple reto: 1-el poder del
capitalismo, que va desde su enorme fuerza material y sus controles a
escala mundial hasta su vigoroso complejo cultural, que es capaz de
recuperar modos de vida y mentes que un día fueron rebeldes; 2- el de
la mercantilización y el subdesarrollo que padecen las sociedades en
transición socialista, y las combinaciones de ambos; y 3- las nuevas
realidades que hay que crear. Sin esa concentración de fuerzas, sin
unidad política y cohesión ideológica, el poder revolucionario tendría
las manos atadas y, tarde o temprano, caería.

La vanguardia política, basada en la ejemplaridad, la unión de ideas y
voluntades, la organización y la disciplina, debe lograr los difíciles
objetivos de dirigir, guiar, educar, prefigurar los pasos sucesivos
que se alcanzarán y proyectar la transición socialista. Pero sólo
cumplirá esos fines si se compenetra con la situación de la población,
sus intereses y aspiraciones, su concepción del mundo y de la vida, si
comparte los rigores de su vida cotidiana y sabe interactuar con ella,
y no teme aprender también de ella y sacar provecho de sus saberes. Y,
sobre todo, si la población participa cada vez más en el poder real.
El Che no deja lugar para el mito de una falange infalible, para la
sustitución del poder de las clases que habían sido dominadas en el
capitalismo por el poder de un grupo ejercido en nombre del socialismo
y el predominio de ideologías que disfracen la dominación.

En todas las circunstancias, la fraternidad, la entrega a la causa y
demás valores morales del revolucionario contribuyen a la creación de
personas nuevas, tanto en la vida cotidiana como en los eventos
cruciales. Pero cuando se tiene el poder, la formación de personas
nuevas adquiere nuevas cualidades: debe ser intencionada y llegar a
ser planeada, y debe tender a abarcar o influir en toda la actividad
social. A pesar de los cambios tan profundos que implica la transición
socialista, el trabajo sigue vinculado a presiones sociales, a
retribuciones y a la misma condición especial de ser trabajador. El
Che reconoce esa realidad, pero no se rinde a ella; al contrario, la
enfrenta con un manejo conciente y organizado de todo el poder de que
se dispone, en busca de que el trabajo se vaya convirtiendo en un
deber social, una actitud y un hábito nuevos, en un largo proceso en
que deberá llegar a ser un “reflejo condicionado de naturaleza
social”, un “engranaje conciente” y “la completa recreación individual
ante su propia obra”.

La economía debe ser gobernada por el poder revolucionario y el
proyecto de liberación total. El poder no es más que un instrumento
privilegiado del proyecto. Para el Che, el plan es un producto de la
conciencia organizada y con poder, que conoce en cierto grado los
límites de la voluntad, los datos de la realidad y las fuerzas que
operan a favor y en contra. El plan no es un diagnóstico de la
economía y una previsión de su comportamiento futuro: “para eso no es
necesario el pueblo”, dice. El plan será socialista si a través de él
las masas tienen “la posibilidad de dirigir sus destinos”. Se debe
combinar la centralización con las iniciativas, y desarrollar un
proceso de descentralización progresiva, con participación masiva en
la dirección y una acción política organizada y concretada contra el
burocratismo. Los avances del nuevo modo de vivir diferente y opuesto
al del capitalismo irán creando un cambio cultural radical que abarque
desde las relaciones económicas hasta cambios muy íntimos del
individuo y sus relaciones interpersonales. La sociedad debe volverse
capaz de trabajar cotidiana y eficazmente en esa dirección, de manera
planeada y con rigor técnico; el sistema debe combatir sus propias
tendencias contrarias a la liberación, medir los avances y declarar
con valentía los retrocesos.

El Che planteó nuevamente la utopía del comunismo marxista, sin
ingenuidad ni paternalismo. Su experimento del Sistema Presupuestario
de Financiamiento, que abarcó a un sector importante de la economía y
de los trabajadores del país, funcionó bien, y consistió en mucho más
que gestión, producción y control económicos. Fue un combate diario
por la opción comunista. Combinó en la práctica a individuos, masa,
dirigentes, conciencia, trabajo asalariado y voluntario, política,
producción, plan, educación, estimulaciones, subdesarrollo, coerción
social, relaciones mercantiles, poder estatal, macroeconomía y
relaciones internacionales. Esos materiales y experiencias sirvieron
mucho al Che para tejer su trabajo teórico, pero fue mucho más allá,
tanto en sus puntos de partida intelectuales como en la formación de
un sistema conceptual propio —que incluye en ciertas definiciones lo
que debe llegar a ser—, y en desarrollos temáticos parciales pero
vigorosamente articulados. Explicitó su tipo de ortodoxia marxista y
refirió a ella su creatividad. Sus prácticas y sus ideas resultaron
sumamente polémicas. El Che las debatió públicamente en las revistas
de la época y las defendió activamente como parte de una lucha
política e ideológica en el seno de la revolución.
Por su vida ejemplar, su tajante honestidad y la concordancia total
entre sus dichos y sus hechos, el Che es asociado a la palabra ética.
Eso es muy justo, pero opino que lo político es el centro de su
actividad y lo que articula su pensamiento. Che pretende una
revolución de lo político y propone una gigantesca elevación del
contenido y los objetivos del movimiento histórico de liberación
humana. Ese es el marco real de frases como “…el revolucionario
verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”, “el
socialismo económico sin la moral comunista no me interesa. Luchamos
contra la miseria, pero al mismo tiempo contra la alienación (…) si
el comunismo descuida los hechos de conciencia puede ser un método de
repartición, pero deja de ser una moral revolucionaria”. Y de ideas
como la de que se debe trabajar desde el inicio mismo en la
realización práctica del proyecto comunista, “aunque pasemos toda la
vida tratando de construir el socialismo”. Se deben utilizar todo los
logros obtenidos bajo el capitalismo que sea conveniente y factible,
pero hay que crear una nueva cultura a través de las transformaciones
de los seres humanos y las relaciones sociales, que sea, al mismo
tiempo, un polo de atracción para los pueblos frente a la dominación y
la cultura del capitalismo mundial.

El capitalismo actual es incapaz, por su naturaleza, de resolver
ninguno de los graves problemas que afectan a la mayoría de las
personas y los países del mundo, ni de defender el medio en que
vivimos. Su promesa de progreso material y democracia era mentirosa y
se ha desgastado, pero conserva un enorme poder en muchos terrenos y
lo ejerce en una escala colosal para mantener la situación a favor
suyo, privilegiando una sistemática guerra cultural. El pueblo de Iraq
está demostrando que es posible rechazar la recolonización
imperialista. En América Latina y el Caribe, el continente más cargado
de contradicciones potencialmente peligrosas para el capitalismo, el
campo popular y diversos tipos de opositores han salido del foso de
derrotas y desesperanza de la década pasada. Se han combinado la
capacidad de protesta social organizada de muchos pueblos con el uso
del voto universal que servía a los sistemas llamados democráticos
para mantener su incierta hegemonía, y se han obtenido victorias
populares en varios países. La revolución bolivariana de Venezuela
produce de nuevo en América el escándalo de un gobierno para el pueblo
y con el pueblo, y contribuye de manera decisiva a la creación de un
polo de independencia continental, mediante la integración de poderes
populares y alianzas que fortalecen la autonomía económica
latinoamericana. En el marco del ALBA, Cuba multiplica el valor de su
ejemplo y su sagacidad como revolución liberadora, su
internacionalismo ejemplar, sus fuerzas productivas sociales y las
inmensas capacidades adquiridas por nuestro pueblo a partir de casi
medio siglo de gigantesca y sistemática inversión educacional.

En esta coyuntura, promisoria y difícil a la vez, se torna cada vez
más clara la procedencia y la necesidad de asumir todo el Che. Ante
todo, para seguir su modo de ser práctico, que implica alzarse —los
individuos y el pueblo entero— por encima de las condiciones de
reproducción de la vida material y política que parecen normales y
esperables, por encima incluso del sentido común. Y hacerlo tanto en
lo inmediato como en la elección del rumbo, el planeamiento y el
aferramiento tenaz al proyecto.

El Che puede ayudarnos más, por ejemplo, a combatir la corrupción, que
tiene tantas formas y tentáculos, desde una ética profundamente ligada
a la política, pero, a la vez, ayudarnos a examinar sus causas y sus
modalidades, para ir a su raíz. Puede ayudarnos contra la añoranza por
el capitalismo, que entre nosotros disfraza su condición de vuelta al
pasado con esa pérfida impresión que brinda de ser un paso hacia el
futuro, sea como un supuesto avance que puede hacer Cuba, o sea como
un destino inevitable para este pequeño país. El pensamiento del Che
ayuda a fundamentar el anticapitalismo sin concesiones, que sabe
asumir las realidades más duras u opuestas a nuestros ideales, para
conocerlas bien, pero sin dejarse vencer por ellas, para trabajar con
el pueblo en vez de intentar donarle el socialismo, para fiar el
esfuerzo principal, la sagacidad y todos los factores con que se
cuenta en dos direcciones fundamentales que estén íntimamente relacionadas.

Una es la labor socialista práctica, creadora y distribuidora de
bienes y servicios, y sobre todo creadora de relaciones sociales
nuevas, que es decisiva para la formación de las personas y las
relaciones sociales en el predominio de la solidaridad frente al
egoísmo, en el fomento de la laboriosidad y de hacer que los méritos
personales sean el rasero social principal para medir a los
individuos, y la defensa del aporte y la eficiencia frente a los
intereses individualistas y de grupos, y contra el afán de lucro.

La otra es una concientización permanente y sistemática que no
consista en un discurso lleno de frases hechas y vacío de contenidos,
sino en el aprendizaje entre todos y a partir de las situaciones
concretas, de por qué, para qué y cómo es la sociedad organizada la
que debe manejar los recursos del país en bien de toda la población
del país; de cómo instrumentar el conocimiento del pueblo acerca de
las cuestiones fundamentales y cómo lograr que cada vez más el pueblo
participe en las decisiones acerca de esas cuestiones; de discernir lo
que es positivo y lo que no lo es, qué actitud es moral y cuál no, qué
es lícito y qué es ilícito, cómo hacer que los instrumentos de
formación y de difusión que posee la sociedad sirvan cada vez mejor a
la expresión de la rica diversidad de las ideas y las motivaciones de
las personas, y al arraigo y profundización de vínculos solidarios
socialistas.

Me siento universitario, siempre. Por eso me hacen feliz los logros de
nuestras universidades y me duelen mucho sus insuficiencias. Que la
universidad se pinte de negro, de mulato, de obrero y de campesino,
que se pinte de pueblo, decía el Che en la Central de Las Villas, un
año después de haber pasado por ella camino del fuego, de la sangre y
de la victoria en la batalla de Santa Clara. Hace pocos años tuvimos
que volver a plantearnos el cumplimiento de aquel reclamo del Che, a
pesar de los inmensos avances obtenidos después de 1959, y volver a
atender a la composición social del alumnado. Eso brinda una enseñanza
y tiene, a mi juicio, un significado doble: el de nuestras
deficiencias y el de nuestra capacidad de avanzar una y otra vez. La
batalla de estos años recientes por defender y ampliar la continua y
sistemática redistribución de la riqueza social y las oportunidades
entre todos los cubanos y cubanas, que es uno de los rasgos
fundamentales de nuestro socialismo, continúa hoy con la misma
decisión con que la inició Fidel, pero también con los obstáculos
formidables que Cuba ha encontrado siempre para llevar adelante su
proceso revolucionario de liberación.

Opino que hoy no les basta a las universidades y a las demás
instituciones del país con pintarse de negro, de obrero y de pueblo.
Ellas, y cada uno de nosotros, tenemos que entender el papel que nos
toca cumplir, y, a la vez, debemos tener iniciativa y empeño para
encontrar y asumir nuevas tareas y papeles que la revolución necesita.
Apoyar y ayudar de maneras concretas en la acción, en la eficiencia y
en la necesaria creación, porque por los caminos trillados que se
limitan a modernizaciones sólo se logra finalmente modernizar la
dominación, y si estamos limitados por una estrechez de miras que nos
lleve a repetir lo que ya ha servido antes para sobrevivir y
mantenerse, no se podría forzar el cerco del capitalismo en la
actualidad y en el futuro próximo. A los jóvenes sobre todo quisiera
decirles —porque los jóvenes vuelven a ser la carta decisiva de la
revolución— que la juventud no puede seguir siendo tímida ante el
estudio de la obra del Che. Hay que apoderarse de su pensamiento, como
hay que apoderarse de la historia entera de la revolución, tan llena
de maravilla y de momentos angustiosos, para unir a la emoción, que es
determinante para actuar, el conocimiento que multiplica las
posibilidades del que actúa. “La juventud tiene que crear. Una
juventud que no crea es una anomalía, realmente”, les dijo el Che a
los jóvenes reunidos para conmemorar el segundo aniversario de la
integración de las organizaciones juveniles, la víspera misma de la
Crisis de Octubre.

Los que fuimos jóvenes de la revolución y seguimos siendo
revolucionarios, tenemos el deber difícil e importante– de evitar la
lejanía y mantener abierta la puerta de la continuidad revolucionaria,
de trasmitir todo lo que pueda ser valioso, sin temor a no ser los
protagonistas. De no traicionar los ideales y la vida que hemos
vivido, por cansancio, por cobardía, por intereses mezquinos o por
torpeza insondable. Tenemos el deber de ser honestos, aun si nos
faltaran capacidades y habilidades, para al menos dar testimonio de la
moral y la grandeza de la causa de todos, y ser con eso ejemplos de
conducta. Si lo logramos, garantizaremos lo que sólo nosotros mismos
podemos lograr: la permanencia del Che. Y haremos que ella no sea un
dato, más o menos valioso, sino un arma de creación, uno de los
nombres del futuro. Y haremos que crezca el Che también, en la medida
en que crezca y se profundice el modo de vivir socialista y el
proyecto de liberación plena y bienestar de su pueblo, íntimamente
ligado a la ampliación de la conciencia y de la solidaridad a escala
internacional, que crezcan el campo revolucionario, la lucha de los
pueblos y los poderes populares en la América Latina. Que crezca, en
fin, la oportunidad de hacer de este siglo que comienza un campo
superior del desenvolvimiento humano, de las capacidades de las
sociedades de salvar el planeta en que vivimos y cambiar entre todos
la vida, y de brindar a cada uno y a todos más justicia y más
libertad. Es decir, para hacer realidad los sueños y el pensamiento del Che.

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