El Rey les responderá: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí”. (Mateo 25:40)

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Por: Presbítero Pastora Izett Samá Hernández

Soy Negra. Es una realidad desde que nací, pero no una identidad con la que siempre he convivido. Muchos años atrás, frases como “eres casi blanca”, “tú no pareces negra” o “tu pelo no es tan malo” fueron casi un halago que recibía como alivio de aceptación. Sonreí con sarcasmo cuando me dijeron que quería “adelantar la raza” por haberme enamorado de un joven blanco, antes de responder con total seguridad: “claro, por supuesto”. Nada me rozaba, nada me dañaba, cada frase despectiva, cada chiste, cada burla, no era conmigo, sino con alguien más, alguna persona negra que nunca era yo.

Mi encuentro con Dios, el inicio de mi camino de conversión, no hizo cambiar mucho este escenario. Dentro de la iglesia, como en el resto de la sociedad, escuchaba las mismas frases, las mismas palabras, los mismos chistes y las mismas afirmaciones que apuntaban siempre a ver lo negro como malo y lo blanco como el color del bien.

Un llamado, el despertar de la vocación, la entrada al Seminario, me harían reaccionar, reconocer mi identidad y cambiar mi vida para siempre. Solo una clase, una palabra precisa, quitaron las escamas de mis ojos, y me vi, por primera vez, como lo que soy: una mujer negra. Miré hacia atrás y sentí vergüenza, no solo había sido víctima; yo misma fui parte del mecanismo de discriminación, exclusión y marginación del ser negro en la sociedad.

Hoy, con indignación y dolor, repudiamos la brutalidad con la que ha sido asesinado un joven negro. No ha sido el único, han muerto y morirán muchos más. Pero este hecho, nos es sino una consecuencia de un mal mayor, ese que empieza con chistes, aparentemente inocentes, y termina con un sistema total de exclusión, rechazo, discriminación racial y muerte.

Naturalizamos la supuesta inferioridad del negro, convivimos con el rechazo, dentro y fuera de nuestras congregaciones, iglesias que no han querido aceptar un pastor por ser negro —un joven negro  puesto en penitencia en su comunidad por enamorarse de una joven blanca que además resultó ser la hija del pastor—, iglesias que miran con recelo la llegada por primera vez de una persona negra, mientras le decimos “ eres bienvenida”, mientras por dentro repetimos las mismas frases que ponen en ridículo al negro, sin reflexionar, sin que la ética  del evangelio nos atraviese. Todas estas manifestaciones son tan peligrosas, dañinas, vergonzosas y repudiables como la rodilla en el cuello de George Floyd.

“Yo no soy racista”, “mi mejor amigo es negro” son solo frases de consuelo que libran a muchos de ser acusados. Pero no les salvan. Repetir “todos somos iguales ante Dios”, “somos una familia” es a veces una cortina que intenta encubrir verdades de las que nos cuesta hablar.

Duele, no les quepa la menor duda que duele, aunque no sea visible el llanto, la rabia, el sufrimiento, el dolor, están ahí, lacerando. Duele, cuando el dolor te lleva a la indignación, la indignación a la lucha y te tildan de exagerada, extremista, asegurando “que los negros son más racistas que los blancos”, desconociendo el efecto de lo establecido, de lo cultural, de lo estructural sobre todos los seres humanos. Duele cuando, aún sin tener una noción clara de tu identidad como persona negra, te miran con desconfianza, esperan de ti algo malo, apartan de ti la cartera en una tienda o la policía sin pensarlo te avergüenza frente a tus amigos pidiendo tu identificación, aunque después todos —incluso tú— se rían, porque “es normal”, tú eres el negro.

“Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí”. Ese es el llamado. ¿Qué estamos esperando? La propuesta de vida del Evangelio no comulga con ninguna manifestación de discriminación contra ningún ser humano. Es un llamado a toda persona de “buena voluntad” a la búsqueda de justicia en todo lugar, en todo momento.

Hoy vemos las protestas, hacemos declaraciones, queremos gritar nuestra indignación y es urgente, necesario, pero al mismo tiempo, ¿por qué no luchamos con ese demonio que tenemos a lo interno?  ¿Por qué no enfrentamos las mismas actitudes de racismo a nuestro alrededor? ¿Por qué no lapidamos nuestra indiferencia y nos disponemos a hacer por cada uno de los hermanos, lo que decimos estamos dispuestos a hacer por Jesús?

Tú, joven de piel negra, acepta, vive tu identidad, sin vergüenza, sin prejuicios, con valentía, dignidad, con disposición eterna a luchar por la justicia. Tú, joven de piel blanca, no te dejes adular por falsos privilegios, no te unas al coro de voces ancestrales que clasifican a los seres humanos por el color de su piel, sé valiente, únete a la lucha por la justicia desde tu propio corazón.

Ustedes, jóvenes cristianos, destierren todo prejuicio, déjense interpelar por la ética del Evangelio, por la imagen de nuestro Dios en este día de la Trinidad, que nos confirma la bendición de lo diverso y la obligación de respetar esa diversidad, no repitan errores, no sean cómplices del mal.

Nosotros, todos, cuidémonos de los sentimientos en el corazón, de las palabras en nuestras bocas, las acciones de nuestra vida que puedan dejar a alguien asfixiado, que nos grita: “No puedo respirar”.

Imagen tomada de Oncuba

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