Elefante blanco recibe premio Caminos

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Idania Trujillo

Producciones Caminos del Centro Martin Luther King (CMMLK) otorgó el Premio Caminos al filme Elefante blanco del realizador argentino Pablo Trapero en la ceremonia de entrega de los premios colaterales del 34 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, realizada en el ya tradicional espacio del Hotel Nacional de Cuba.

El Premio Caminos distingue a la película que, con el imprescindible rigor y calidad artísticos, promueva la afirmación de la vida, potencie una cultura y espiritualidad de solidaridad, recree y reencante la historia desde la perspectiva de los excluidos, y estimule la participación ciudadana consciente y comprometida con la esperanza de un mundo donde quepan todos y todas.

Elefante blanco cuenta la historia de dos curas tercermundistas, Julián, interpretado por los actores Ricardo Darín y Nicolás, Jerémie Renier, que trabajan junto a Luciana, Martina Guzmán, una asistente social, en una villa de Buenos Aires. Juntos luchan mano a mano para resolver los problemas sociales del barrio. Su trabajo los enfrentará tanto a la jerarquía eclesiástica como a los poderes gubernamentales, el narcotráfico y la policía. El riesgo es lo que los impulsa a defender su compromiso y lealtad hacia los vecinos del barrio.

Trapero, un director cuya obra se distingue por colocar en primer plano historias de seres cotidianos que viven en “los márgenes”, construye una metáfora de la dignidad humana en el escenario de un viejo y olvidado espacio físico: un edificio ubicado en una villa de las más humildes de la ciudad de Buenos Aires donde conviven, a un tiempo, casi todos los tipos y conflictos humanos: narcotraficantes y policías, adolescentes que intentan salir de la adicción y gente común que encuentra en la fe un sostén para sus problemas existenciales.

La amistad entre los tres personajes principales de la cinta (los dos curas y la trabajadora social) es lo que mueve el discurso visual, estructural y dramatúrgicamente bien construido, con unos planos-secuencias de gran impacto visual y donde la sacudida brutal de la existencia cotidiana se ve atrapada entre disparos, huídas y muerte. Ahí también aparece el espectáculo del cine pero un espectáculo con sentido. No hay que perder de vista que el cine es entretenimiento. Olvidar este resorte es perder el punto de mira. Así, la película logra emocionar y nos mete de lleno en ese submundo crudo de las imágenes de la villa, con el tipo de vida que se lleva, y con la lucha incansable (y casi en vano) de un cura que parece estar solo ante tanta indiferencia.

Más allá de cualquier cuestión estética, lo que definitivamente más me impacta de la película es su capacidad para mostrarnos la grandeza de los valores humanos no importan cuán difíciles sean las circunstancias, y la fuerza documental de una fotografía que hace que vivamos la historia como si la estuviéramos “tocando” con las manos y con nuestras sensaciones y sentidos.

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