En la Ciudad del Oriente cubano

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Fundada en 1784, fue escenario del que es considerado como el primer exponente literario en la isla, “Espejo de Paciencia”, del peninsular Silvestre de Balboa; tradición cultural que, a pesar de ser un pasaje romántico y distante en papel impreso, no parece haber declinado a lo largo del tiempo. Ha sido esta ciudad, sin lugar a dudas, cuna de no pocos intelectuales, en diferentes terrenos de las artes y la literatura, como el caricaturista Conrado Massaguer, el pintor Julio Girona, o el escritor Manuel Navarro Luna, por solo citar a algunos de los más reconocidos. Como tocada por cierto aire de ultramar, y con raíces bien cubanas, Manzanillo sigue pariendo artistas.

Ubicada al sureste de la isla, a orillas del golfo de Guacanayabo, en la provincia de Granma, ha jugado un importantísimo rol comercial en la zona, por tratarse del puerto que comunica a Bayamo, una de las primeras siete villas fundadas en el archipiélago, ubicada tierra adentro, con el resto del mundo. Actualmente ha declinado su esplendor inicial, de cuando la navegación por mar constituía el principal medio de transporte, pero mantiene viva la llama espiritual de sus orígenes. Enlazada mediante carretera y ferrocarril con todas las poblaciones importantes de la isla, no deja de constituir un enclave de singular importancia.

A pocos kilómetros al sur de la desembocadura del más largo río cubano, sus tierras gozan de una fertilidad propicia para el cultivo del café, la caña de azúcar, el arroz, frutales, tabaco y el desarrollo de la ganadería. La práctica industrial se apoya en las plantas conserveras y procesadoras de pescado, refinerías de azúcar, tabacos y artículos de cuero. También cuenta con yacimientos minerales de consideración comercial.

Su oriental emplazamiento no escapó a las gestas independentistas del siglo XIX. Fue cuna de uno de los más notorios patriotas y gestores de la nacionalidad, Bartolomé Masó (1830-1907), presidente de la República en armas (1897-1898). Desde entonces, los destinos de la independencia cobraron claro designio para esta ciudad, que tampoco se desentendió de nuestra más reciente gesta liberadora.

Por su virtual distanciamiento, alejada de las vías que enlazan a las actuales capitales orientales, no me había visto en la provechosa oportunidad de visitar este municipio Granmense. Cada vez que andaba de tránsito hacia Santiago, por ejemplo, llegaba hasta Bayamo, centro socio-administrativo de la provincia, lugar que conocía bastante bien. Pero rara vez mis pasos, por razones prácticas, pensaron encaminarse hacia la costa del Guacanayabo. Hace unos años, cuando todavía no conocía lo suficiente el terreno, y tomando como base a Bayamo para hacer una escalada al Turquino, casi nuestro grupo es desviado por desconocimiento hasta Manzanillo. De modo que, alertados, debimos regresar desde una o dos paradas hasta nuestro destino.

Tal parece que aquel fortuito desvío preludió lo que parecería inevitable. Llegar a la ciudad manzanillera, como todo advenedizo, me descubrió un insospechado espacio, que en nada le debe a la ciudad cabecera de provincia. Sus molduras, los amplios espacios y, sin embargo, sus escasos parques, son escenario de una bulliciosa vida social. No es difícil imaginar la febril atmósfera económica, portuaria, y cultural que reinaba aquí hace más de medio siglo, cuando los barcos atracaban en sus espigones, cargados de mercaderías y novedades. Es ese aire de litoral, de frontera con el mundo, lo que le confiere el carácter cosmopolita, que parece haber quedado varado, por su vetusto eclecticismo, en las primeras décadas del pasado siglo.

Según me cuentan las amigas y amigos manzanilleros, las compañías de ópera traían sus espectáculos prefabricados, con escenario incluido, y los desembarcaban; hacían varias funciones, y continuaban su bogar por el Caribe. Tanto como las exóticas lencerías y comestibles del otro lado del mundo, entre los cuales se encuentran los “marteños”, del modo que conocen (según me cuentan) a los plátanos procedentes de Malta, empleados como lastre en las embarcaciones procedentes de aquel lugar, también llegaban las nuevas ideas y modas. De ahí que naciera entre los ciudadanos de la pequeña ciudad, cierta deferencia que los singularizaba de otras demarcaciones hacia el interior, más seculares y ortodoxas, como el caso de Bayamo, con cuyos habitantes se disputan la primacía socio-cultural de la provincia.

Con sus 106.683 habitantes, según censo de hace veinte años, los manzanilleros son herederos de un ancestral cosmopolitismo, mezclado con las ventajas naturales y económicas que le confiere su estratégica ubicación. Desde su malecón, que recibe las aguas bajas y cenagosas del golfo, son perfectamente discernibles los cayos que adornan el horizonte marítimo de la urbe. Allí, a pesar del sofocante calor acumulado por el mar durante el día, se reúnen durante la noche jóvenes y viejos, familias enteras, para despedir las jornadas de quehacer cotidiano.

“La lisetera”, que oferta el típico pez capturado en la zona, es un sitio que denota un rasgo de marcada idiosincrasia, tanto como la célebre glorieta morisca que adorna su parque central. Todo el que va a Manzanillo debe probar la liseta, de lo contrario no se lleva el “sabor” de una de las más pintorescas localidades “fronterizas” cubanas, si tomamos en cuenta que cada punto de la costa de nuestro archipiélago es limítrofe con el mundo.

texto y fotos: Amílkar Ferias Flores

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