Entre valores espirituales y un cabal testimonio evangélico

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Amigos y colegas presentes.
Hermanos todos:

La obra que hoy presentamos es fruto del empeño loable de la Cátedra de Filosofía e Historia del Seminario Evangélico de Teología, presidida por el doctor Adolfo Ham, y de la Editorial Caminos, del Centro Memorial Dr. Martin Luther King, Jr., comprometida en la difusión de estudios que contribuyan al mejor conocimiento de la iglesia cubana.

Permítaseme reconocer, especialmente, a la agencia ecuménica ICCO & Kerk in Actie, de Países Bajos, cuyo generoso subsidio hizo posible la producción de esta obra; y a Mayra Beatriz Martínez Díaz, por la edición gramatical y estilística del texto; a Olmer Buchholz Espinosa, por el diseño gráfico; y a José Ramón Vidal, por su coordinación editorial excelente.

Como es bien sabido por muchos, la iglesia cubana, en general —y el protestantismo como parte de ella—, ha vivido un complejo proceso de vertebración, debido, por un lado, a modelos de pensamiento y acción internos y, por otro, a las difíciles circunstancias históricas en que le ha tocado vivir.

En el caso de la tradición protestante, su existencia y su naturaleza han sido exploradas por más de un destacado especialista. A la vez, diversas hipótesis se han ofrecido para explicar si intervino el factor político en la decisión de las juntas misioneras estadounidenses de establecer obra en Cuba; o si fueron las escuelas diarias los instrumentos más eficaces para educar en los principios del Evangelio; o qué aportes sustanciales al desarrollo humano integral han realizado las iglesias evangélicas.

Acéptese la que se quiera, lo cierto es que el protestantismo está ahí y ha llegado hasta nuestros días, cuajando, a veces, en agrupaciones que ya sobrepasan un siglo de existencia.

Ciertamente, no puede afirmarse que el movimiento evangélico enraizó en la Isla como mayoritaria expresión de fe —más arraigó la tradición católico-romana, instaurada por el régimen colonial español—; pero tampoco puede creerse, como lo han hecho algunos, que haya carecido de existencia real.

En Cuba, el estudio del devenir evangélico no se produjo de manera sistemática hasta la segunda mitad del siglo XX. Hubo, sin embargo, desde finales del siglo anterior, un sostenido interés por preservar la memoria histórica del cristianismo protestante.

La primera generación de historiadores del protestantismo cubano, integrada esencialmente por extranjeros, no tuvo como propósito escribir una historia eclesiástica, sino más bien recopilar datos para la redacción posterior de una historia de las misiones. En esta significativa hornada pueden incluirse, entre otros, Manuel Deulofeu Lleonart, Howard B. Grose, Eugene Dean Stroud, Clarence G. McClean, Alfredo S. Rodríguez García y Albion W. Knight.

Obviando el inveterado anticatolicismo de estos autores —lógico en el protestantismo de su época—, su marcado estilo descriptivo y el enfoque mayormente denominacional de sus obras, su labor tuvo como resultado la proliferación de intentos por desentrañar, cada vez con mayor rigor, los caminos del protestantismo cubano.

Así, con el avance del siglo XX, la producción historiográfica se diversifica, al tiempo que se dan los primeros pasos para desarrollar un liderazgo protestante nativo. Como parte de esa experiencia intelectual, el género biográfico despertó especial interés dentro del quehacer investigativo. En paralelo a esto, se iniciaron los estudios sociológicos sobre el movimiento protestante, con la publicación de La iglesia cubana en una economía azucarera (1941), de la autoría de John Merle Davis. Otros escritores que proseguirían la investigación histórica, de manera reflexiva y crítica, serían Guillermo Cabrera Leiva, Rafael Cepeda Clemente y Theo Tschuy.

Continuador de estos esfuerzos precursores, Marcos Antonio Ramos ha sido quien más ha escrito y difundido la historia y manera de ser de los evangélicos cubanos. Aunque su Panorama del protestantismo en Cuba (1986) es la obra con mayor peso dentro de la historiografía protestante contemporánea, otros autores, algunos de considerable estatura, han investigado el protestantismo insular en las últimas décadas. Entre ellos, pueden ser citados los cubanos José O. Garrido Catalá, Juana Berges Curbelo, René Cárdenas Medina y Luis Martínez-Fernández, así como los estadounidenses Margaret E. Crahan, Louis A. Pérez, Jr., Jason M. Yaremko y Theron E. Corse.

En el panorama editorial cubano de los últimos años, y tras un largo período de inactividad, han aparecido libros, ensayos y artículos —gran parte de la autoría de historiadores y sociólogos—, capaces de abordar el hecho protestante con carácter científico y académico, y con un hondo sentido humanístico, sin olvidar que la religión constituye una importante fuente de ética y una parte ineludible de la praxis antropológica. Amén de que muchos de ellos han sido apenas divulgados —cuando no ignorados—, el desconocimiento de las raíces, historia y tradiciones protestantes cubanas ha estado signado por otros tres importantes factores: 1) la dispersión de los documentos fundamentales del protestantismo insular, 2) la escasez de información en torno a los mismos, y 3) la no existencia de la historiografía protestante nacional —como un corpus unitario— en fondos y colecciones bibliográficas.

Este libro que ahora se presenta —sin intentar convertirse en una historia general del movimiento protestante en Cuba, sino más bien exponer una síntesis interpretativa de carácter multidisciplinario— procura servir de acercamiento a la variedad de expresiones del protestantismo cubano, recorriendo el quehacer de algunos autores que se han aproximado a su estudio. En sus páginas, hemos realizado un esfuerzo por presentar los más diversos enfoques, acudiendo para ello a las tradiciones historiográficas, confesionales e ideológicas desde las cuales se ha abordado el tema.

La antología, de la cual hoy presentamos el volumen 1, reúne trabajos de veintidós autores cubanos, siete estadounidenses, dos suizos, y un estadounidense nacido en Japón. Esta diversidad implica ciertas particularidades, en primer lugar, porque, entre los cubanos, se hallan tres escritores que han residido alrededor de medio siglo en los Estados Unidos. Además, entre los estadounidenses, tres laboraron en Cuba como misioneros durante varios años, y otros cuatro han sobresalido por su nivel de especialización en estudios cubanos. De igual modo, los helvéticos se distinguen por su vasta experiencia como latinoamericanistas, y al nipón le cabe el mérito de ser el pionero de los estudios sobre el movimiento protestante en la Isla.

Desde el punto de vista configurativo, la obra consta de tres volúmenes. Este primero, “Panorama general”, constituye, en cierto modo, un balance de la obra protestante insular. En él figura un amplio y selecto recuento de la presencia evangélica en la Isla, desde sus orígenes hasta la actualidad.

El segundo, de próxima aparición, titulado “Visiones y perspectivas”, presenta valoraciones críticas sobre la contribución ejercida por hombres y mujeres de fe al protestantismo cubano, y las formas en que este ha sido afectado por los cambios económicos, sociales y políticos acaecidos en la historia del país.

Cerrará el libro, en su tercer volumen —“Fuentes para el estudio”—, con un recorrido histórico y bibliográfico, que servirá de guía para conocer con mayor detalle el movimiento protestante cubano y así comprender la naturaleza y el alcance de sus organizaciones, instituciones y líderes.

En su conjunto, estos ensayos —que, suponemos, habrán de suscitar las más variadas y controvertidas opiniones— constituyen, en cierto modo, un balance de la obra protestante en la isla de Cuba. Confiamos, por tanto, en que la experiencia histórica apenas esbozada aquí, contribuya a resaltar, en toda su extensión, su memoria y su legado, y el importante rol de los creyentes en Dios dentro de la sociedad cubana.

Probablemente, representa un vacío importante no haber remarcado la contribución de los evangélicos a la cultura, ni el itinerario de sus relaciones con la iglesia católica, o la amplia aventura misionera de cubanos en la diáspora. Por fortuna, dichos temas han sido tratados —al menos levemente— en varios de los textos aquí reunidos. También hubiéramos deseado añadir otros autores, quienes han observado al movimiento protestante desde otros ángulos, pero ello ha sido imposible, en lo fundamental, por razones de espacio.

Si se nos pidiera, a partir de lo vivenciado durante este trabajo, sintetizar en una frase los orígenes y el desarrollo del protestantismo en Cuba, esta sería: “una aventura de fe”; si se quisiera una prueba de esa realidad, bastaría con leer este libro. Lo que nos parece arriesgado sería predecir el futuro del movimiento protestante, cuya historia y destino han estado —están— raigalmente unidos al de su país.

De todas maneras, los cristianos cubanos miran confiados hacia el mañana, porque ni tan siquiera los embates de la historia han podido extraviarles de su ideal primero: promover los valores espirituales y ofrecer un cabal testimonio evangélico.

Muchas gracias, y mi deseo de que esta obra les sea de gran utilidad.

La Habana, 16 de febrero de 2012

por: Carlos R. Molina Rodríguez

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