Fernando Lugo: “Cuanto más oscura es la noche, más cerca está el amanecer”

Comparte

Tiene 55 años. Su tez es trigueña como la de los indios guaraniés. Nació en San Solano, un pueblito muy pequeño, perteneciente al Departamento de Itapua del Distrito de San Pedro del Paraná, en Paraguay. Apegado a la tierra como sus padres, conoció desde pequeño las estrecheces, el dolor, el sufrimiento y, también, las esperanzas de su pueblo. Sin embargo, aún no sospechaba que su verdadera vocación sería servir a los demás, como Jesús de Nazaret, compartir la Palabra, los dones y encarnar en el Evangelio su testimonio de amor y sacrificio.

Despierto a la curiosidad intelectual y a las realidades de su entorno, con dieciocho años, comenzó a enseñar en una escuelita rural. Tal vez, el contacto con sus semejantes le decidió, definitivamente, por el sacerdocio.
El Palacio de Convenciones de La Habana —donde asiste, junto con el obispo Mario Melanio Medina, al VI Encuentro Hemisférico de lucha contra los TLC y por la integración de los pueblos, invitación que le hiciera el Centro Memorial Martin Luther King al Consejo de Iglesias de Paraguay, que los hizo sus representantes ante este recién concluido evento—, es un hervidero de gentes.

Le propongo una entrevista que termina siendo una amena, inteligente y profunda plática. Mientras le escucho, me cuenta que fue ordenado sacerdote misionero de la Congregación del Verbo Divino en 1977. Estudió Ciencias Sociales en Roma. De vuelta a Paraguay se dedicó a la docencia universitaria. “Justo al comenzar el doctorado —confiesa, con esa sencillez propia del hombre de cultura que ha vivido con humildad múltiples experiencias humanas—, me nombran provincial de la Congregación del Verbo Divino; y desde 1994 hasta el 2005 fui Obispo de la Diócesis de San Pedro del Ycuamandyyú, una de las más pobres y olvidadas del país. Allí aprendí a ser pastor”.

Frente a mí Fernando Lugo Méndez, alguien que bien pudiera convertirse —y ojalá que así sea— en el futuro presidente de Paraguay. Actualmente goza de la simpatía de varios grupos sociales y políticos, quienes propugnan su candidatura a la presidencia de la república para las elecciones del 2008. En las encuestas de opinión ocupa el primer lugar para esa candidatura.

Como su nombre lo indica, Paraguay es un vocablo guaraní que significa “agua que viene del mar”. Tal vez como esas aguas que vienen del mar a encontrarse con la tierra, está llegando Fernando Lugo al alma del pueblo paraguayo. Aguas que son tambores de fe y nuevas esperanzas.

Vivir y ejercer el sacerdocio en San Pedro, compartir con los pobres, sufrir su dolor, estar al lado de sus luchas pero también celebrar sus esperanzas, ¿le hizo ser mejor pastor, mejor ser humano?

En San Pedro he vivido todas las experiencias humanas. Las experiencias de dolor, de muerte, de persecución a los campesinos, de calumnia, de amenazas; pero también de triunfo, de logros, de esperanzas. Y todas ellas juntas nos elevan a la experiencia de Cristo, aquel que nos llamó a vivir con intensidad toda la gama de situaciones humanas, el Cristo histórico, el Cristo de la fe, que vivió en el contexto de Nazaret, Jerusalem y siempre ha sido la fuente de inspiración para que el hombre y la mujer sean más humanos. Un Cristo que nos eleva a la categoría de un ser humano y divino al mismo tiempo. Eso me ha llenado de esperanza e ilusión, me ha dado la oportunidad de compartir con la gente, con su dolor, sufrir junto a ellos la persecución, saber qué se siente cuando se está sin tierra, sin techo, sin salud, sin educación, sin futuro como huérfanos de la sociedad. Sentir como propio su sufrimiento y dolor, me ha hecho desarrollar una sensibilidad especial por el otro que está delante nuestro, que es la imagen de Dios. Eso me ha hecho más cristiano pero también mucho más humano.

Lo veo, perdóneme el atrevimiento, como un “hereje” en el sentido en que se ha enfrentado al dogma de la Iglesia Católica, ¿qué consecuencias le ha traído esa herejía?

Tu pregunta me hace recordar un libro que he presentado hace poco que se llama La herejía de seguir a Jesús, donde se recoge la experiencia de las Ligas Agrarias Cristianas de Paraguay, una experiencia de vida en comunidad. Esos campesinos fueron acusados de comunistas por el gobierno de Alfredo Stroessner, fueron masacrados, muchos asesinados, otros tuvieron que exiliarse, sufrieron prisión, tortura; es decir, pagaron en carne propia el ser “herejes”, seguir a Jesús como una herejía, seguir con radicalidad la experiencia de Jesús de Nazaret. Desde el punto de vista doctrinal, lo que muchas veces la Iglesia Católica acentúa, la experiencia de seguimiento, el testimonio de compromiso, se aleja de lo que es meramente doctrinal. Por eso creo que la “herejía” de seguir a Jesús en ese libro nos muestra con claridad que Jesús, ante todo, es un camino a seguir, es una huella a construir y es, sobre todo, una verdad a descubrir. Por eso he recibido la incomprensión, la crítica, a veces amarga, de gente cercana a la Iglesia que no sabe que la experiencia cristiana pasa por encima de lo doctrinal, que pasa por todas las experiencias humanas.

¿Considera que ha muerto, está vencida o no tiene ya nada que decir la Teología de la Liberación en este continente frente a los nuevos desafíos de la fe y la realidad, y frente a los nuevos sujetos que han emergido?

La Teología de la Liberación sigue vigente. Siempre recuerdo la carta que escribió Juan Pablo II a los obispos brasileños donde les decía que la Teología de la Liberación forma parte del patrimonio, de la historia teológica de la Iglesia Católica. Ha sido una fuente de inspiración en Asia, África, Europa y, también, en América Latina. Si bien con ese título no tenemos hoy grandes ediciones teológicas, en todos estos años se fueron formando grupos de teólogos que la han ido renovando. Por otro lado, han idos apareciendo nuevas teologías emergentes en el continente como la teología de la mujer, el género, la teología negra, la ecológica, la étnica, la medioambiental. Es decir, esa teología liberadora se reencarnó en ejes temáticos teológicos que han resurgido con mucha fuerza, sobre todo, con el sentido de seguir iluminando la experiencia cristiana en las Comunidades Eclesiales de Base.

Desde muy joven ha estado vinculado a la docencia, en especial, al Colegio Verbo Divino, ¿qué le ha aportado el ejercicio del magisterio, el estar cerca, en contacto con tantas y tantos jóvenes?

El Colegio Verbo Divino viene a rubricar todo un hacer de experiencias en la docencia. Fíjate que con sólo diecisiete años voy a dar clases a una escuela en el campo. En mi episcopado en San Pedro siempre encontré un tiempo para dedicarlo a la universidad pues he seguido enseñando sociología, sociología de la educación, introducción a las ciencias políticas, antropología pedagógica en cinco facultades dentro de la Diócesis de San Pedro. Es decir que la docencia la llevo en la sangre, como se suele decir. Imagínate, el Colegio Verbo Divino, donde estudian 1500 jóvenes, mujeres y hombres, porque es un colegio mixto, me ha dado la ilusión de descubrir esa rebeldía juvenil, ese deseo de cambio, esa fortaleza espiritual que tienen ellos y ellas por construir un mundo diferente, un mundo mejor. Por otro lado, constatar cómo hacen una fuerte crítica a un sistema educativo que no tiene la eficacia, ni está sustentado por el humanismo, sino que más bien se centra en lo tecnológico, que no despierta la sensibilidad social, la sensibilidad por la humanidad. Por ellos y ellas he aprendido a aferrarme a lo humano en toda su complejidad, en sus errores, sus problemas, sus crisis de crecimiento, su relacionamiento con su familia, con sus amigos. Ser maestro, en primer lugar, me ha demostrado la validez de la educación como experiencia pedagógica y humana y, al mismo tiempo, saber que he cumplido un ciclo y ahora voy a dedicarme a otra cosa.

¿Qué significa ser cristiano y ecuménico hoy?

El ser cristiano lo tomo siempre con mucha simplicidad porque para mi es poder emular, seguir las huellas de Cristo en el contexto, el ambiente, la cultura y la sociedad en que uno vive. Cualquier persona, en cualquier parte del mundo que diga, haga y viva como vivió Cristo, seguirá la misma suerte, la suerte de ser calumniado, apresado, torturado y muerto fuera de la ciudad, fuera de los límites de la ciudad. Creo que eso es un signo de fidelidad. La persecución es un signo de fidelidad como decía San Agustín; y, como decimos en Paraguay, “ sin querer mandarnos la parte”, de alguna manera he sentido esa incomprensión, esas calumnias, esas amenazas. Sin embargo, todo eso a quienes tenemos la fe puesta en Cristo, nos fortalece y nos impulsa a sobreponernos a las dificultades de la vida humana. Nadie tiene el monopolio de Jesús de Nazaret, nadie tiene el monopolio del Espíritu Santo, nadie tiene el monopolio de Dios. Por eso creo que hoy día es mucho más necesario un sano ecumenismo con todas las iglesias que siguen a Cristo y con aquellas que no lo siguen también para poder buscar, como decía Jesús, el Dios cósmico que nos une y nos ampara a todos. Y bajo el nombre de Dios poder construir una humanidad mucho más fraterna.

¿Considera que la Iglesia Católica sigue en la “noche oscura” como ha dicho José María Vigil, ¿por qué?

Todas y todos los que hacemos teología, los que seguimos a Dios siempre tenemos una noche oscura, y cuanto más oscura es la noche, más cerca está el amanecer, dicen los indígenas en Paraguay. Ese es un signo de búsqueda, ¿verdad? Hay una expresión muy bonita en mi país, que es muy común escucharla en el campo, que dice así: “El fuego no se apaga nunca, es eterno, y en el amanecer quedan las huellas de tizones encendidos de la noche anterior”. Lo que pasa es que a ese fuego hay a atizarlo. Yo lo veo un poco así. Cada día hay que atizar el fuego, ponerlo al viento y renovarlo. Creo que la noche oscura nos llega a todos y a todas. Y también a la Iglesia Católica porque nadie tiene el monopolio de la luz. La luz la tiene Jesús, que para nuestro mundo cristiano es Él a través de su espíritu. Algunos tenemos noches luminosas, noches de claridad, donde el horizonte se ve claro. Eso forma parte de un proceso de búsqueda sincera, de búsqueda de responsabilidad, de seguimiento y, sobre todo, de testimoniar la vida de Jesús en nuestras vidas.

A finales de 2006 usted dijo “mi gran catedral a partir de hoy será todo un país”. ¿Serán esa catedral y ese país con que sueña posibles de alcanzar?

Quizás es un poco ambicioso, ¿verdad? Tratar de convertir todo el país en una catedral. Lo que quise decir, de manera metafórica, es: “A partir de ahora me dedico al país. Hasta ahora estuve en una catedral enseñando, compartiendo, sufriendo, construyendo. Hoy me pongo a disposición de la ciudadanía y de todos los ciudadanos de Paraguay para construir desde la política esa nación que nos merecemos todos los paraguayos, una nación más justa, más fraterna”. Al mismo tiempo, un país con más equidad social, como solemos decir, una nación reconciliada, donde la justicia no sea sólo un objeto de lujo para algunas personas pudientes, sino para todas y todos por igual. Entonces la catedral tiene esa imagen de acoger a todos. Ahí entran los pobres, los ricos, los de izquierda, los de derecha. Y para construir esa catedral hay que partir de considerar a todas y todos los paraguayos por igual.

La razón de ser de una iglesia, de una comunidad de fe es celebrar la vida, celebrar a Dios, y también alimentar la espiritualidad. Usted ha sido “separado” de su cargo, y de su comunidad por decisión de la jerarquía católica. Si ya no se tiene una comunidad, como en su caso, ¿dónde y cómo alimenta esa espiritualidad?

Bueno yo sí tengo una comunidad. Yo vivo con algunas personas en una misma casa. Es una comunidad cercana. Tengo unos amigos con los que cotidianamente comparto ideales políticos, proyectos. Quizás ya no rezo de la manera formal como en la vida religiosa, pero así como la Teología de la Liberación tiene una espiritualidad desde la realidad, hoy más que nunca veo en ese pozo de la realidad las semillas del verbo que están dispersas por la sociedad, por las culturas. Y cada día, en cada amanecer, en cada acontecimiento, en estos mismos encuentros cómo no ver la mano de Dios, cómo no ver y nutrir nuestra propia espiritualidad en el servicio generoso de construir una patria más justa para los demás. Pío XI decía que la política es la expresión más sublime de la caridad. Creo que hoy tenemos que rescatar el aspecto positivo de la política e ir construyendo una política que también nos ayude a la santidad.

¿Dónde cree que está hoy la posibilidad de construir un nuevo poder, acaso en el cielo, en lo global, en la comunidad, o en qué otro lugar?

Muchas veces los políticos usurpan el poder o se aferran a él. Creo sinceramente que el poder es un proceso de construcción. Nosotros, como la Teología de la Liberación, hemos optado por el método de hacer ese poder, es decir, construirlo a partir de esa realidad sangrante, desafiante, de pobreza, de miseria, de exclusión que viven nuestros pueblos. Y ese poder se construye desde abajo. El verdadero, el auténtico, el genuino cambio viene desde abajo, viene desde dentro; y no desde afuera y desde arriba. El poder se construye desde la gente más sencilla que se unen por sus reivindicaciones y también en sus grandes proyectos e ideales políticos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Puedes usar estas etiquetas y atributos HTML:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>