Fidel, Aterciopelados, la paz, y un azar rechinante

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Marcel Lueiro

Su papá español, su mamá cubana, el columpio y el pasto de Birán, la primera maestra, el colegio de Santiago, la mirada tierna de los jesuitas, los años en la universidad, sus compañeros y compañeras de la Sierra, el olor húmedo de la cárcel, los libros y las palabras de Martí, el color del mar en el Granma, y el desembarco y el Che y Celia y Camilo y sus hermanos queridos y sus amores y la entrada triunfal a La Habana y las ráfagas de años mágicos y revolucionarios y las ráfagas de años duros y difíciles y los aciertos y también los errores y la bendición que supone todo eso para un ser humano de 90 años, mire como se mire. Todo el tiempo deslizándose en postales en el cumpleaños de Fidel, sentado allí, en su sillón, arropado en su chaqueta deportiva de anciano feliz.

El último 25 de noviembre, la banda colombiana de rock Aterciopelados ofrecía un concierto en el Sauce, un centro cultural ubicado a pocos minutos del sitio donde viven Fidel y su familia. Como varios de los allí presentes, yo había esperado más de 20 años para poder verlos en vivo. Aterciopelados es —junto a Santiago Feliú, Café Tacuba, Soda Stereo, Carlos Varela, los Fabulosos Cadillacs y Fito Páez— el grupo que mejor conectó para mí, desde los años noventa, mis necesidades estéticas y políticas de friki nacido en los setenta. Esto es, la creencia de que una revolución debe ser hermosa, crítica y permanente, y que las canciones (como los discursos) deben evitar por sobre todas las cosas oler a panfletos, dogmas y consignas aburridas. Por eso estaba allí, bailando y cantando en El Sauce ese día, junto a algunas de las personas que más amo en la vida, cuando cayó la noticia de la muerte de Fidel.

La primera reacción fue una bomba de disgusto. Andrea Echeverri, con sus pantalones grafiteados con la palabra Paz, acababa de cantar una canción tremendamente feminista y simpática, cuando llega un hombre externo a la banda a tomar el micrófono e interrumpir el concierto. Pero hubo decencia en ese hombre, contención, y luego aplausos. Aterciopelados se recogió como los caracoles se recogen en una vereda colombiana. Desenchufaron conmovidos sus antenas, y se retiraron sin decir palabras.

Solo Andrea y Héctor Buitrago regresaron al escenario, agachados, dando las manos y consolando bajito a los que se quedaron allí, como nosotros y nosotras, sin saber qué hacer. Y entonces caí en las jugadas del azar rechinante. Habíamos esperado 20 años para ver a Aterciopelados, y justo en ese momento moría Fidel. Habían venido los colombianos con sus pantalones grafiteados, en un bonito tributo también a todo lo que Cuba (y Fidel) hacen por la paz en Colombia, y justo en ese momento moría Fidel.

Acabábamos de escuchar la mitad de un concierto que irradiaba alegría y mensajes de inclusión, respeto, fraternidad, tan necesarios en la Cuba y la Latinoamérica de hoy, y justo en ese momento moría Fidel. Tocaba Aterciopelados, ¡caballero!, y justo en ese momento moría Fidel.

Tres días después, mi versión definitiva es que Fidel vino caminando de su casa cerquita, escuchó el concierto con detenimiento, y luego invitó a los Aterciopelados a debatir y hablar sobre sus letras y la paz en Colombia. Eso seguro. Y entonces nosotros y nosotras fuimos muy felices, porque sentimos que la Revolución cubana se resiste a morir aún con los noventa años y la muerte de Fidel, y mueve la cabeza en un concierto hermoso (y definitivo).

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