Frutos que dan frutos

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Tamara Roselló Reina

Abril nos reafirma la fuerza de la vida más allá de la muerte. Hace 45 años fue asesinado el luchador estadounidense Martin Luther King Jr. Sus palabras siguen pidiendo oídos receptores y corazones sensibles. Los sueños justos del pastor bautista cuestionan todavía las políticas pasadas y presentes:

“Un día tendremos que reconocer que todo el camino de Jericó tendrá que ser transformado para que los hombres y mujeres no sean constantemente golpeados y robados al hacer su travesía por los caminos de la vida. La verdadera compasión implica mucho más que regalarle una moneda a un mendigo. Implica entender que una estructura social que produce mendigos requiere ser restructurada”. Era el 4 de abril de 1967 en la Riverside Church de la ciudad de New York.

Justo un año después una bala apagaba la vitalidad de su voz. Se había convertido en un peligro, no solo por su defensa de los derechos civiles de los afrodescendientes, sino por su condena a un sistema que amenazaba la justicia y la paz mundial.

“Cuando les digo que cuestionen a toda la sociedad, lo que quiero decir en última instancia es comprender que el problema del racismo, el problema de la explotación económica y el problema de la guerra están relacionados. Son tres males que se encuentran interrelacionados (…) toda la vida está interrelacionada. Estamos todos atrapados en una inestable red de mutualidad, insertos en un único destino. Lo que afecta a alguien directamente, nos afecta a todos indirectamente. Estamos obligados a vivir juntos debido a la estructura interrelacionada de la realidad.”

Traer a estos tiempos el legado de Martin Luther King Jr. implica identificar las señales que dejó para construir mejores sociedades, para convertirnos en seres humanos más plenos, para denunciar la injusticia y obrar en la transformación de la realidad.

Él entendió que su espacio no podía estar en los templos que habían guardado silencio ante la discriminación a su pueblo negro. Por eso prefirió la calle para sacar a Cristo de los templos y devolverlo a las aldeas, al camino, sanando, predicando y enseñando la buena nueva del Reino de Dios.

Mostró la experiencia del “púlpito vacante” ante la urgencia de acompañar a su gente en la calle. “Fue un hombre comprometido, coherente. Colocó la necesaria vinculación de espacio, voz y compromiso con su propia vida hasta el final (…). Su muerte fue injusta porque su vida se interrumpió por el asesinato.” Así lo recordó el Reverendo Raúl Suárez en la Iglesia Bautista Ebenezer de Marianao, en un encuentro de homenaje a Luther King a propósito del aniversario 45 de su muerte.

Tal como sucedió con Jesús, “a ese que crucificaron, Dios lo ha hecho señor y Cristo, porque su muerte es redentora como todas las muertes injustas (…), es un símbolo que nos empujan a buscar el espacio para colocar nuestra voz, nuestro compromiso, nuestra coherencia y nuestra vida toda”, culminó Suárez, también director del Centro Memorial Martin Luther King Jr. (CMLK). Desde abril de 1987 en Marianao, La Habana, este centro hace de sus actos cotidianos un gesto de recordación al pastor bautista norteamericano.

En el 2012 se cumplieron sus primeros 25 años de existencia, acompañando al pueblo cubano en prácticas sociales inspiradas en la educación popular y una teología crítica y contextualizada. Entre los frutos compartidos en la conmemoración estuvo el nacimiento de la Red ecuménica Fe por Cuba, integrada por cristianas y cristianos de diferentes denominaciones.

Por estos días la Red ecuménica y el CMLK participan en la jornada que rememora el legado de Martin Luther King, enmarcada entre dos acontecimientos fundamentales: su asesinato el 4 de abril y el cincuentenario de su discurso “Yo tengo un sueño”, pronunciado el 28 de agosto de 1963 en el Lincoln Memorial de Washington.

Oír en Cuba la propuesta profética de Luther King cuestionará la manera de ser iglesia hoy. Al pastor estadounidense seguramente no le agradaría una iglesia que se limita a brindar apoyo a los que se acercan a ella, como afirma el Reverendo bautista Francisco Rodés. Es tiempo de tener templos de puertas abiertas a la realidad circundante, no para “atrapar” a fieles desposeídos, sino para convidarles a andar, a crecer en comunidad, a cambiar lo que nos separa, a potenciar lo que nos junta como seres humanos, como frutos de la creación.

Retomar la comprensión de la espiritualidad de Martin Luther King sacudirá las fibras que sustentan nuestra esperanza: “Yo rechazo la creencia de que en las circunstancias actuales los hombres hayan quedado incapacitados para hacer una tierra mejor.” Esa obra humana requiere del concurso de todas y todos, no para conquistar la gloria eterna, sino para hacer del aquí y ahora un espacio por el que valga la pena vivir.

Él mostró cómo se puede cultivar una cultura de paz entre las personas: “Creo que la bondad salvadora y pacífica un día llegará a ser la ley”. Su voz clamó por el cese de la violencia y la discriminación desde la inclusión que solo puede ser fruto del amor.

Pero el legado del luchador social norteamericano no se limita a la iglesia. Su sentido humanista interpela a las personas de creencias diversas, de todas las razas, de todas las naciones. Por eso creemos pertinente tenerle presente en Cuba, no petrificado en un memorial que deje leer o escuchar sus palabras o verle en instantáneas; sino en prácticas emancipadoras cotidianas, que lo vinculen con el andar del pueblo. Su compañía nos obligará a ser devotos de la humildad, esa que supo enarbolar como valor.

La sociedad cubana cambia, no solo porque reformule su economía para hacerla más sostenible. Desde las últimas décadas ya eran visibles los impactos de las relaciones económicas sobre las relaciones sociales. Martin Luther King Jr. nos recuerda que las desigualdades no son naturales, ni permanecer indiferentes ante ellas es una respuesta posible.

Su voz profética también podría sumarse al actual debate sobre las manifestaciones de racismo y discriminación racial que perviven a pesar de los esfuerzos del proceso revolucionario cubano por erradicarlas. Ante esta compleja problemática habrá que ser radicales, desde la comprensión martiana y “lutherkiana” del término e ir a las raíces históricas, culturales, económicas y políticas que nos han impedido superarlas.

Contener al “lobo” que llevamos dentro, que devora y subyuga, es un deber individual y también colectivo. Eso nos dice Luther King para impulsarnos a obrar mejor y cambiar desde dentro. Solo así podremos compartir los frutos del amor y no del odio en nuestro entorno familiar, laboral, comunitario y social. De eso dependerá que el porvenir se acerque más al proyecto soñado de un mundo donde quepan todos nuestros sueños de bienaventuranza.

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