Gibara, un lugar para pensar el cine y estimular la creación más autónoma y revolucionaria, asegura Marcel Lueiro, editor de la revista Caminos, sobre el VII Festival Internacional de cine Pobre.

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El Festival Internacional de Cine Pobre daba el pretexto para el viaje, los intercambios y el disfrute de otras opciones culturales que se incluyeron en el programa, colateralmente a la muestra de audiovisuales. El CMLK presentó allí sus ediciones.

¿Qué pertinencia tiene este Festival en medio de la diversidad de muestras y festivales del audiovisual, que se convocan dentro y fuera de Cuba?

El Festival de Cine Pobre de Humberto Solás, de Gibara, no es un festival más. Esa diversidad de espacios que mencionas, por lo general, está muy centrada en las lógicas de promoción, distribución y despliegue mediático del cine como industria. Y Gibara, desde sus comienzos, desde la idea inicial de Solás de convertir ese pueblito hermoso, algo perdido en la geografía oriental de Cuba, en un lugar para pensar el cine y estimular la creación de un cine más autónomo, más revolucionario, ha sido una alternativa a esa concepción. Incluso, la propia relación que vive el pueblo de Gibara con el Cine pobre, gente que dicho sea de paso, siente el arte y la cultura como los que más, es mucho más orgánica, participativa y crítica que en la mayoría de los otros festivales.

¿Qué llevó el CMLK y cómo se insertó en el programa del Festival? ¿Es un espacio abierto a otras iniciativas como la del Centro?

El Centro llevó al VII Festival lo que de antemano, de manera conjunta, había acordado con los organizadores del espacio. Digo esto porque el diálogo fue muy fluido, y ellos no dejaron de brindarnos apoyo y de estimular nuestra presencia allí.

Fuimos a Gibara, en primer lugar, con una muestra de los audiovisuales que durante años ha venido produciendo nuestra productora Caminos. Pensamos que era un espacio ideal para compartir nuestros temas y visiones estéticas con otros realizadores cubanos y foráneos, que también intentan promover concepciones de vida mucho más propositivas, mucho más críticas, mucho más solidarias.

Allí se presentaron, por ejemplo, el mediometraje de ficción Madre coraje, adaptación de la obra de Bertolt Brecht, y el documental Shut Down Guantánamo, sobre la lucha de un grupo de activistas norteamericanas por el cierre de la prisión de los Estados Unidos en su base militar de Guantánamo.

En segundo lugar, le propusimos al Festival insertarnos en tanto Editorial, con nuestros libros, cuadernos y revistas, y ellos aceptaron con mucho interés. Desde La Habana, sin conocer Gibara, pensamos que el Festival también podía ser un espacio para el debate y el intercambio de pensamiento social entre los cineastas, el pueblo de Gibara y nosotros, y, para ser la primera vez, nos sentimos muy satisfechos con lo que resultó.
Hicimos una presentación en la biblioteca municipal el 14 de abril pasado, a la que fue mucha gente. Durante casi dos horas hablamos del Centro y nuestras publicaciones, respondimos preguntas, escuchamos sugerencias, indagamos en conjunto sobre posibles contribuciones de ambas partes. Creemos realmente que el Festival es un espacio afín con nosotros y otras organizaciones sociales, hay sintonía espiritual y ética con lo que hacemos aquí.

¿Cuál puede ser la presencia del CMLK en venideras ediciones?

En ese debate en la biblioteca de Gibara nos respondimos en colectivo esta pregunta que me haces. ¿Qué recibe el Centro, qué recibe el Festival, qué se puede hacer en conjunto? Nosotros dijimos allí que, en primer lugar, para el Centro era un privilegio estar en Gibara, compartir nuestro trabajo y, sobre todo, conversar con el pueblo y con toda la gente de tantas partes que se traslada hacia allí por el Festival. Dijimos que el hecho de que nuestros materiales se pudieran exhibir y discutir allí ya era un desafío que trataríamos de mantener.

También explicamos que para nosotros era una gran oportunidad poder contrastar nuestro trabajo, sus áreas de reflexión y acción social, digamos, con la perspectiva de los realizadores cinematográficos, porque era otra manera de acercarnos a nuestras mismas realidades, la cubana y la latinoamericana fundamentalmente, desde diversos ángulos. O sea, que el festival para nosotros no era sólo una oportunidad para exhibir las producciones propias, sino para discutirlas y retroalimentarnos con vistas a otras áreas de trabajo del Centro como la formación o la solidaridad.

Y lo que en esta ocasión fue una presentación de nuestras publicaciones en la biblioteca pudiera ser en venideras ediciones del Festival ya un foro de debate más articulado u otro espacio de diálogo o formación, dadas las expectativas y la curiosidad de los que asistieron a la presentación.

¿Con la ausencia de Humberto Solás qué puede estar en riesgo en el espíritu y esquema del Festival?

Un Festival con esos presupuestos éticos siempre va a correr riesgos, va a enfrentar desafíos. Este año la ausencia de Solás se sintió mucho. El pueblo, los cineastas, el mar, las imágenes de Gibara, como dice el cineasta Kiki Álvarez, en su bonita Carta abierta a Humberto, todos echaron de menos a Solás. Y creo que siempre será así, porque en él se combinaba a la perfección el hombre de pueblo, el conversador fascinante, y la figura del artista, el intelectual de peso que la gente sigue y respeta. Justamente por respeto a ese legado de Solás, y también por convicción de los actuales organizadores, considero que el Festival de Cine Pobre mantendrá su espíritu, su sede en Gibara y su apuesta por un cine libertario.

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