Hacer por Cuba es siempre un retorno

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Miriela Fernández Lozano

Mi primer conocimiento sobre Cuba fue a través de una novela, El derecho de nacer, por el ’52, dice Damaris, mientras le roba unas sonrisas al auditorio que la acoge cada vez que se entrega en cándidos gestos o palabras. Después vino el Moncada y supimos del movimiento allá. En el 59, al triunfar la revolución nos fuimos a las calles; lo mismo pasó cuando Girón, recuerda.

Su mirada se vuelve rígida solo cuando rememora el golpe de Estado del 64 en Brasil, las torturas que padeció el pueblo y aquel día del 70 en que, delante de sus hijos Adilson, Telma y Denise, agentes represivos mataron a su esposo, el militante Antonio Raymundo Lucena.

Tras la prisión, que los niños también vivieron, y la salida a México, “mi mayor alegría fue recibir la noticia de que podía ir a Cuba”. Allí comenzó una nueva etapa, la cual resume en su agradecimiento por todo lo que la revolución logró devolverle.

Con idéntica emoción, Elsa Lobos refirió los años en que organizaciones como la Unión Nacional de Estudiantes creaban lazos con el proceso cubano; eran los tiempos en que la alfabetización llegaba a las sierras de la isla, y en Brasil, empezaba a diseminarse la educación popular de Paulo Freire. Pero, “la dictadura frustró los vínculos entre nuestros países”, contó esta mujer que también fue obligada al refugio político fuera de su tierra.

Su relato trajo al presente el Festival Mundial de las Juventudes Democráticas de 1978 y la figura del intelectual cubano Juan Marinello, que junto a otros y otras, ayudaron a reunir en La Habana a quienes partieron al exilio en distintas naciones. “Siempre agradeceré la formación que recibí en ese país maravilloso”, expresó Elsa, y después cedió el micrófono a otra activista, Clara Sharf, cuya vida estuvo enlazada a la de Carlos Marighella, político y uno de los organizadores de la lucha armada contra el régimen dictatorial.

Ella evocó el movimiento de solidaridad con la revolución cubana que emergía desde Brasil, y también su partida, en 1969, tras el asesinato de Marighella, a ese país del Caribe por el que está “dispuesta a ser lo que se necesite”.

El propósito del encuentro, lo dijo en su intervención el periodista y ex preso político, Iván Seixas, fue el recuento, vivir otra vez, que es una forma eficaz de preservar nuestra memoria histórica. Por eso, no halló contradicción en que el escenario fuese el Memorial de la Resistencia, uno de los lugares que escondió las torturas y crímenes de la dictadura militar, extendida hasta 1985.

Transitando el puente entre pasado y presente, habló del alivio que significó la existencia de Cuba para los compañeros y compañeras que tuvieron que desembarcar allí con los sueños del cambio social, y luego manifestó la necesidad de continuar la lucha y de arrojar luces, a través de una Comisión de Verdad, sobre muchos acontecimientos de aquella época, aún silenciados.

La delegación cubana, encabezada por Magalys Llort, madre de Fernando González, uno de los cinco prisioneros de la injusticia en cárceles estadounidenses, envolvió la gratitud de estos luchadores y luchadoras políticos.

La actividad resultó el cierre de la XIX Convención de Solidaridad con la Isla, celebrada en el marco de una amplia jornada sobre Cuba que aconteció por estos días en Brasil.

Al concluir el encuentro, los y las participantes transitaron las fotos, las celdas, la historia que guarda el Memorial de la Resistencia.

Y es al penetrar aquellos cuartos fríos, donde pueden leerse frases como “fuera la dictadura”, “sabíamos que estar aquí era más grave que cumplir una pena, representaba entrar en la muerte”, que se comprende mejor la fuerza que viene con la memoria.

El intercambio y el recorrido por el museo dejaron claro que, si bien la solidaridad no tiene épocas fijas para resurgir, será más consistente si conoce sus semillas. Por eso, aquel mensaje que cayó, franco y agradecido, sobre el joven auditorio: hacer por Cuba siempre significará un retorno. .

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