IRAQ-EEUU:: La voz de un soldado desde Bagdad

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SAN FRANCISCO, Estados Unidos,-

Entre ellos figura el sargento Ronn Kantu, oriundo de Los Ángeles.
Cantu revistó en la Primera División de Infantería entre febrero de 2004 y febrero de 2005, y participó en el segundo sitio a Faluya en noviembre de 2004. Regresó a Iraq en diciembre.

Este militar, que habló con IPS por teléfono desde Bagdad, creó el sitio web http://soldiervoices.net para dar a los soldados un foro sobre la guerra de Iraq.

IPS: ¿Por qué decidió hablar con la prensa?

CANTU: Por la sencilla razón de que no creo que divulgue un panorama completo de la guerra. Hay una historia detrás de la noticia.

—¿Cuál es la historia que no se cuenta?

—A veces, los soldados que participan en una batalla leen la noticia al respecto y terminan preguntándose “¿cuándo sucedió esto?”. Por ejemplo: las noticias cuentan que la paz llegó a cierto poblado, pero no cuentan que eso sucedió porque los chiitas expulsaron a todos los sunitas o viceversa.

—¿Cómo está el ánimo en las tropas? ¿Cómo hablan los soldados entre ellos sobre la situación?

—Con mucha franqueza. No se guardan nada. La guerra pierde apoyo entre los soldados. Cada vez hay menos y menos soldados que realmente la apoyan. Algunos sí, pero no son habitualmente los que revistan en el frente de batalla.

—¿Cómo ve la caída del apoyo de la población estadounidense a la guerra? Usted mismo comenzó apoyándola y cambió de opinión basándose sobre sus propias experiencias.

—Hablando con otros soldados llegué a darme cuenta de que había muchas razones por la que no apoyamos más esta guerra. Desde el hecho de que no nos gusta que nos lideren mal o no poder defendernos adecuadamente, hasta ver aquí gran cantidad de estadounidenses que reciben una paga bastante buena.

Hay diferentes niveles de diferentes razones por las cuales diferentes soldados no apoyan más esta guerra.

—Y usted, ¿por qué cambió de idea?

—Por todas esas razones. Comencé a cambiar en Iraq. Leía todo lo que llegaba a mis manos y así mis ojos se abrieron. No se trataba tanto de una decisión moral, sino de que las condiciones para regresar a casa no estaban a nuestro alcance.

En la Segunda Guerra Mundial, los soldados sabían que el camino de regreso pasaba por Berlín o por Tokio. Una vez que el enemigo firmara la rendición incondicional, volverían a casa.

Pero nosotros no tenemos nada de eso esta vez. No hay una fuerza que vaya a rendirse a nosotros, y nuestras condiciones de triunfo están en manos de otra entidad.

—Usted estuvo en Iraq y recorrió sus calles antes de regresar. ¿Usted cambió de idea en Estados Unidos?

—No, cuando estás en Iraq tienes mucho tiempo para pensar, pero no muchas cosas en qué pensar más allá de tu propia situación. Yo y muchos de mis compañeros nos dábamos cuenta de estas cosas cuando estamos en Iraq.

La cuestión es que cuando regresas a Estados Unidos o a cualquier lugar lejos del frente, estás tan extasiado con haber dejado atrás a Iraq… que quieres dejarlo completamente atrás.

Pero cuando estás por regresar al frente es cuando comienzas a preguntarte: ¿Dónde está el final? ¿Tenemos el final a la vista? Por eso, cuando me di cuenta de que volvería leí todo lo que pude.

—¿Cuándo sintió por primera vez que la guerra no era una buena idea?

—Bueno, no sé. Al comienzo, sentía que era una buena idea. Fue después, cada vez que algo explotaba cerca de mi vehículo, cada vez que alguien nos disparaba y cada vez que debíamos disparar contra la gente que comencé a preguntarme cuál era el sentido de todo esto, qué sucedía aquí. Por eso titulé mi primer ensayo “¿Para qué estamos muriendo?”

—En los dos primeros años de guerra en Iraq, trabajando como periodista, me di cuenta de que en 2003 muchos iraquíes comunes apoyaban la caída de Saddam Hussein. Pero hubo un momento en que muchos comenzaron a preguntarse por qué seguía la presencia militar, los patrullajes y la guerra después de la “liberación”.

—Sí, y eso mismo es lo que se preguntan muchos soldados. ¿Cuándo terminaremos? ¿Cuándo terminaremos? Volviendo a la idea de la Segunda Guerra Mundial, entonces los soldados sabían que todo terminaría cuando conquistaran Berlín.

Pero nosotros no tenemos algo así. ¿Los iraquíes se sostendrán por sí solos? ¿Tomarán de nosotros la posta de la guerra? Si yo fuera iraquí, no lo haría. Estamos en un callejón sin salida y todos cruzamos los dedos, esperando que esto funcione.

—¿La continuidad de la guerra y la falta de entusiasmo de los soldados afecta su trabajo diario? ¿Vio algún cambio, no sólo en las ideas, sino en los comportamientos?

—No mucho, aunque me he dado cuenta, y no soy el único, que el balance de bajas no es muy elevado para lo que vemos. Muchos soldados parecen dispuestos a jugar con la suerte. ¿Qué posibilidades tengo de ser el próximo muerto? La complacencia, de algún modo, parece haberse instalado.

—Y muchos, como usted, no salen de la base.

—Sí.

—Usted tiene una tarea de inteligencia asignada en Bagdad. ¿Cómo se sentiría si saliera, le disparara a la gente y recibiera disparos, siendo que usted cree que todo es un error?

—Es difícil… Admito que creo que dejaría mis ideas de lado. Me gusta el ejército. No culpo al ejército por la guerra. Los militares no declaramos la guerra. Sólo somos usados como un instrumento. Tengo un conflicto interior.

—¿Pero está preparado para hacer su trabajo, aunque involucre la muerte de otros?

—En una palabra, sí.

—Parece algo difícil de entender.

—A veces, sólo se trata de los muchachos que están junto a tí. Se trata de algo difícil de explicar a quienes nunca estuvieron en el servicio militar, que saca lo mejor y lo peor que hay dentro de uno.

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