La Cultura, factor de integración social

Comparte

Cultura es un concepto ancho y ambiguo. A veces, se absolutizan algunos de sus componentes. Así, suele utilizarse como sinónimo de instrucción. Por lo general, se asocia a la creación artístico-literaria que ha acompañado al ser humano desde que tomó conciencia de sí, consistente en un producto altamente elaborado que, nacido de las demandas de la cotidianidad, la trasciende hasta alcanzar en tiempo y lugar para cristalizar en compleja urdimbre estética. Omnipresente, la cultura engloba saberes, tradiciones, costumbres, modalidades de trabajo, la recreación, el deporte, la práctica de los oficios. La ciencia, la historia documentada y la memoria viva forman parte de la cultura.

Transformada por la mano del hombre, la naturaleza y su modo de contemplarla, agredirla o preservarla, llega a constituirse en parte de la cultura. A través de ella se ha construido lo que somos, se ha modelado nuestra sensibilidad, nuestras formas de convivencia, nuestros valores. Anima y da sentido a lo que llamamos cosmovisión.

Entendida en su acepción más integral, la cultura se coloca en el centro del debate contemporáneo en una coyuntura que llama a redefinir el sentido de la existencia humana ante un proceso de enajenación progresiva. Fragmentar la esencia del problema en juego, reducirla a las consecuencias de la vitrina consumista, a la validez de ciertas corrientes artísticas, contraponer la visión localista a los anchos horizontes abiertos a los confines del mundo, implica abandonar lo sustantivo a favor de lo aparente. El eje central del problema pasa por la construcción de expectativas ilusorias a través de siluetas plásticas inscritas en contextos igualmente plásticos en expansión a lo largo del planeta mediante la avalancha de imágenes seductoras que nos envuelve.

Unitaria por la condición insular del país, por el empleo de una misma lengua y por la conciencia de una historia común —colonia, neocolonia, revolución— la cultura cubana posee numerosos focos de diversidad. Algunos de ellos se deben a razones de espacio geográfico, otros a la presencia simultánea de distintos tiempos, concurrentes en todo gran relato. En la encrucijada de múltiples caminos, Cuba tiene un rostro Atlántico y otro caribeño. Ambos determinan el involucramiento del pequeño territorio en conflictos planetarios desde los orígenes más remotos. Después de la conquista, se manifestaron las repercusiones de las rivalidades entre las potencias europeas, dilucidadas en esta parte del mundo, incluidas las que derivaron del corso y la piratería. Mientras la región centro-oriental comerciaba, al margen del control establecido por el poder metropolitano, con sus vecinos antillanos, La Habana se convertía en punto de enlace entre ambos lados del océano. La ocupación inglesa de 1763 —la hora de los mameyes— señalaría un hito significativo en la transformación de ideas y costumbres en una ciudad que alcanzaría pronto un notable crecimiento demográfico, signado por un comercio activo y por una economía portuaria favorecedora de la aparición de oficios vinculados a la marinería y a la construcción de navíos en sus astilleros. El capital criollo, alimentado por sacarócratas y tratantes de esclavos patrocinó la aparición de una minoría ilustrada, abierta a las corrientes llegadas de Europa y EE.UU. En cambio, el otro extremo del territorio mantenía una agricultura de subsistencia aparejado al endeudamiento progresivo de los terratenientes. Los caminos eran escasos e inseguros. Con todo ello, se afirmaron regionalismos que tanto interfirieron en la buena marcha de la guerra de independencia.

La intervención norteamericana y la posterior república neocolonial no contribuyeron a paliar las diferencias heredadas de la ocupación española, a pesar de la extensión de los ferrocarriles y de la construcción de la carretera central.

Paradójicamente, las desigualdades entre ambas zonas se acentuaron con el advenimiento de la república cuando los mayores volúmenes de producción azucarera se desplazaron hacia la zona centro-oriental. La instalación de grandes fábricas modernas demandó la presencia de masas de trabajadores temporeros durante el breve tiempo de la zafra, seguido con recurrencia implacable por la mortandad de los meses sin empleo. De esa montaña rusa con sus ciclos de hambre y miserias relativas, fueron víctimas cubanos y antillanos procedentes de las islas vecinas, portadores de ritos, costumbres y lenguas propias. Mientras tanto, la capital se transformaba en el centro burocrático del país. Los políticos concedían a su clientela puestos en la administración pública de precaria estabilidad sujeta al resultado de las elecciones. Corazón de las finanzas y el comercio, en La Habana se instalaron las casas matrices de los bancos y de las empresas extranjeras. El sector obrero se constituía alrededor del puerto, de la construcción y de la industria tabacalera. La economía informal y la mala vida se instalaban en los intersticios de la trama urbana. En cambio, para eludir la contaminación social, los dueños de las grandes fortunas trasladaban progresivamente las elegantes zonas residenciales hacia el oeste, siguiendo la línea costera.

En los países del llamado Primer Mundo, la Revolución Industrial dejó su impronta en la laceración de la cultura popular tradicional, circunscrita antes a las zonas rurales y convertida, luego, en mera supervivencia. Entre nosotros, esas manifestaciones encontraron ámbito propicio en las ciudades conformadas por la yuxtaposición de pequeñas aldeas autosuficientes, caracterizadas por creencias compartidas o toleradas por formas de solidaridad, intercambio personal y celebraciones comunes. En La Habana, los barrios adquirieron identidad propia que, en muchos casos se reconocían a través de sus emblemáticas comparsas. En singular sincronía de los tiempos, sobrevivía la memoria de los cabildos junto con las expresiones de la modernidad con la introducción del transporte automotor y tranviario y la influencia homogeneizante de la radio primero y la televisión más tarde.

Lo que acostumbramos llamar cultura es una realidad multidimensional, producto exclusivo de la especie humana, obra material y espiritual que impregna la subjetividad, anima el sentido de la vida y los sueños, modela lo tangible con lo intangible al dar significado al universo indiferente de las cosas. Es patrimonio remodelado por el quehacer viviente. Habita en el individuo y en la colectividad en tanto memoria y sistema de valores. Forja conciencia. Se transmite por las vías formales de la educación y por la sociedad en su conjunto. Contribuye a dar visibilidad a las identidades que la componen y la construyen. Es un ajiaco con ingredientes duraderos y moldeables. La lenta cocción del caldo es un factor relacionante e integrador, de particular importancia para pueblos nuevos como el nuestro.

Por lo demás, la agudización de la conciencia cultural interviene de manera decisiva en las complejas etapas de globalización y cambio que estamos viviendo.

En su dimensión ilustrada, la creación artística y literaria articula el trayecto histórico y unitario de la nación. Parece sorprendente que los testimonios escritos iniciales intenten reconstruir y ordenar el acontecer histórico. Así ocurre, en cierta medida, con el Espejo de paciencia. Pero adquiere un carácter distintivo cuando en el siglo de las luces, frente a una poesía de ocasión y a una narrativa inexistente, los primeros historiadores —Arriate, Urrutia y Valdés— construyen obras todavía dignas de consulta. El romanticismo acudió en auxilio de la nación en germen para vincularla a una subjetividad que todo lo permeaba. La música modula los espacios de la cotidianidad. Pero esta última transcurre en un entorno construido, junto al cual transitamos con la indiferencia impuesta por la rutina, sin comprender que el ámbito público y el privado contribuyen a diseñar nuestra existencia de conciencia ciudadana, presencia objetiva de la superposición de los tiempos, sitio para grandes celebraciones. En otra dirección, lo privado consagra los rituales de la costumbre. Con el paso de los años, el saber ilustrado, cultivado por minorías, se convierte en bien de todos, en patrimonio reconocible de la nación.

La vanguardia cubana de los 20 del pasado siglo contribuyó decisivamente a producir un vuelco en la valoración de nuestros procesos culturales. Con distintos grados de acierto comenzó a afinar la mirada hacia los contextos sociales. Sentó las bases de una visión integradora. Descartando la noción ilustrada que contraponía civilización y barbarie, indagó acerca de lo que desde entonces acostumbramos a denominar “raíces” Tomada de la botánica, la metáfora resultó vía adecuada para colocar en un mismo plano las fuentes originarias de nuestra cultura, con hincapié en sus fundamentales componentes africanos y españoles, junto al minoritario, pero decisivo, de los chinos. Sin embargo, el nutriente básico descartaba el factor histórico, sus huracanes, injertos y polinizaciones. Porque, a lo largo de medio milenio, nada pudo permanecer estático. Sembrado en otra tierra, la naturaleza del ecosistema fue cambiando poco a poco, como sucede con todo cuerpo viviente.

La cultura popular transita a través de un ecosistema social. Se reconoce en núcleos comunitarios de distinta dimensión, tanto en algunos enclaves resistentes, articulados, según sus orígenes, mediante creencias, costumbres, valores y hasta en lenguas que le son propias, como en el mundo barrial más heterogéneo de las ciudades. En este último caso, la simultaneidad de los tiempos se vuelve más notoria. Se encuentran en ellos los artefactos difundidos por las nuevas tecnologías, las variadas influencias de la moda en el vestuario y la música en perfecto maridaje con costumbres y festejos tradicionales. En algunos centros urbanos persiste el eje gravitacional de las parrandas y en La Habana, a pesar de las migraciones y de las variantes producidas en la composición social, subsisten de generación en generación los Alacranes del Cerro y los comparseros de Regla, inscritos todos en un conglomerado de practicantes de oficios diversos, profesionales y marginados, de inestabilidad laboral. Se trata de organismos vivientes, donde se entremezclan valores del presente y el pasado. En ese contexto, el vínculo entre cultura y sociedad adquiere mayor concreción.

En el siglo XX, la contribución de los estudios antropológicos y la demanda de una democratización de la cultura, favoreció el surgimiento de instituciones volcadas hacia el impulso de programas de difusión. Las dos vertientes más conocidas fueron el extensionismo universitario, generalizado en la América Latina como sustitutivo de una sistemática intervención gubernamental y las Casas de cultura, muy extendidas en Europa. Ambos modelos se aplicaron en Cuba.

La lucha contra la tiranía de Machado dio a la Universidad cubana un alto grado de visibilidad. A la tarea de preparar profesionales, se añadió una relevancia debido a la participación política que no cesaría desde entonces complementado todo con una presencia significativa en la vida cultural del país. De esa manera, se aspiraba a quebrar los muros que la separaban del resto de la sociedad. Con el triunfo de la Revolución, el papel del estado desplazó a la Universidad en este terreno, dado que las instituciones recién creadas tendrían mayor alcance. Progresivamente, las Casas de cultura fueron llegando a todos los municipios. Marcadas por su época, los esfuerzos se inspiraron en una concepción iluminista para la cual el pan de la cultura acompañaba al otro, el de la educación. El efecto democratizador de la cultura se produce tan solo desde uno de sus ángulos, mediante el acceso de las mayorías a la recepción y disfrute de la alta cultura. Permanece con frecuencia, en este caso, como un barniz sin conexión real con la cotidianidad y sus valores, aunque puede conducir, respaldado por los programas de enseñanza formal, al afinamiento de la sensibilidad.

La plena asimilación del arte y la literatura se logra cuando entra a formar parte orgánica de un ecosistema cultural viviente en los núcleos comunitarios al reconocerse como necesidad vital participativa y de realización humana. Los actores de este proceso son líderes naturales, portadores de tradición, saber y autoridad, capaces de movilizar voluntades, estimular intereses, de afirmar la autoestima colectiva, el arraigo a la localidad como primera instancia de la nación, el sentido de pertenencia y de participación responsable en la siempre necesaria transformación de la realidad. De ese modo se manifiesta el papel cohesionador de la cultura, eslabonado en el despliegue de una identidad que nace de la persona, pasa por el grupo, hasta alcanzar la localidad y la nación toda. El patrimonio histórico se enriquece con el que se construye día a día, articulado al crecimiento de la conciencia ciudadana.

Entendida en su acepción más amplia, la cultura asienta las bases de la cosmovisión y tiende puentes entre la subjetividad y el entorno social. En su permanente búsqueda de sentido, viabiliza el acercamiento integrador a la realidad. Revela la interrelación entre fenómenos aislados. Actúa como fuerza motriz de empeños individuales y colectivos. Es la sangre que recorre el cuerpo de la nación. Constituye por ello miopía de consecuencias fatales asociarla tan solo al ornamento y la recreación. Implica renunciar a su capacidad fecundante de preservación, reproducción y continuidad. De ahí que en momentos difíciles, la cultura sea ancla, asidero de gravitación y arraigo.

Articulado al proyecto soberano del país, el triunfo de la Revolución favoreció el reconocimiento de la importancia primordial del patrimonio. Empezaba así un proceso de definiciones conceptuales que habría de ser largo. Las primeras medidas se orientaron a la salvaguarda, organización y divulgación de los bienes museables y documentales. Se dieron los pasos iniciales para el estudio del patrimonio edificado, de muy difícil restauración dado el peso económico de los recursos requeridos para su rescate. Mientras tanto, se formaban los profesionales imprescindibles para el trabajo en esta rama. Solo el empleo de fórmulas sustentables permitió vincular la obra de rescate a los sectores más dinámicos de la economía. De ese modo, pudo suceder el milagro de lograr que esta tarea de alcance cultural adquiriera su mayor impulso en los críticos 90 del pasado siglo. El ejemplo de La Habana colonial se extendió al resto de la Isla. Sin embargo, la penuria afectó la adecuada preservación de los fondos documentales dañados por el calor, la humedad, el polvo y, a veces, la incuria, sin embargo, en esos papeles maltrechos se encuentran las fuentes básicas para la indispensable y permanentemente enriquecida relectura de nuestra historia.

El patrimonio abarca mucho más que los centros históricos coloniales y los testimonios conservados en archivos, bibliotecas y museos de rango nacional. Existe también a nivel local y sobrepasa lo tangible concreto para encontrar lo intangible en una oralidad portadora de mitos, leyendas, costumbres, celebraciones, formas danzarias y recetarios de cocina hoy olvidados. Por otra parte, los valores patrimoniales tampoco se reducen a las supervivencias de tiempos remotos. Se van haciendo con el andar de los días y se pierden, muchas veces, por desidia e ignorancia.

El ayer más cercano y el día que transcurre dejan sus marcas patrimoniales. El diseño moderno de las ciudades ya lo tiene. En La Habana, se encuentra en la franja costera que marcha hacia el oeste. Existe en su sistema de portales y columnas. Está en las casonas del Cerro y en la legendaria calzada de Jesús del Monte. Se reconoce en algunos conjuntos construidos por la Revolución. A las mansiones y avenidas prestigiosas se añade una arquitectura vernácula en armonía con el clima y la naturaleza remanente en algunos poblados. El respeto por esas obras afinca el sentido de pertenencia y se convierte en valladar contra la depredación y la imitación acrítica de falsos paradigmas inspirados en imágenes de telenovelas. En todos los ámbitos, el testimonio del presente se convierte en patrimonio del porvenir.

Lograr la asunción de un concepto integral de cultura por parte del pueblo, de sus dirigentes y cuadros políticos profundiza la conciencia nacional, siembra formas de comportamiento ciudadano, ofrece inusitadas posibilidades de participación responsable en la defensa de nuestros valores e impulsa la voluntad colectiva a favor del desarrollo del país. En vísperas de la Conferencia del Partido, cuando la trasformación de las mentalidades es premisa indispensable para la solución de nuestros más acuciantes problemas, el papel de la subjetividad, vale decir, de la cultura, es decisivo.


por Graziella Pogolotti

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Puedes usar estas etiquetas y atributos HTML:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>