La estrella que ilumina y mata

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Al leer la bellísima dedicatoria del Ismaelillo, un alma vulgar podría preguntarse cómo es posible estar espantado de todo y sin embargo, conservar la fe en el mejoramiento humano. Aquellos y aquellas que hemos apostado por esta fe de vida que es la Educación Popular, compartimos con el más universal de todos los cubanos esa esperanza, esa convicción de que no es inútil la utopía y trabajamos junto a Él por ese mejoramiento humano que continúa estando en el sentir de nuestro pueblo.

Acabo de escuchar por la radio que Fernando Pérez ha obtenido un nuevo premio por su película José Martí: el ojo del canario y me sorprendo quitando el polvo a una suerte de artículo, escrito hace meses, cuando el Centro Martin Luther King obsequió a las educadoras y educadores populares que asistíamos al taller de Gestión de Proyectos con el estreno del filme en un cine habanero. En aquel entonces fueron varios los compañeros/as que llevaron al papel sus impresiones sobre la película y me parecieron tan buenas que guardé las mías por considerarlas demasiado pobres. Pero la película sigue sacudiendo el mundo, hemos vuelto a verla con nuevos ojos y, sobre todo, si a todo eso se agrega el recientemente concluido Encuentro Nacional de Educadoras/es Populares cuyo saldo de emociones, compromisos, lágrimas y hasta desgarramientos necesarios, me hizo sentir al Apóstol redivivo como nunca, en el centro de nuestras batallas por esta Cuba a la que él consagró no solo lo mejor, sino toda su vida. Entonces aquellas líneas escritas bajo el imperio de una impresión particular, se me tornan ahora algo más que un elogio a una cinta que ya ha merecido muchos y seguirá en justicia mereciéndolos. Devienen homenaje oportuno, sentido y humildísimo a los hombres y mujeres que, apasionados/as por un ideario cada vez más pertinente y vivo, pelean, aprenden y desaprenden, cantan y lloran en su bregar cotidiano por un socialismo sentido y pensado desde nuestras prácticas.

Este era, en cuestión, el artículo que hoy regalo a mis hermanos/as de sueños: Una noche de abril, desde las butacas de un cine capitalino, nos fue dado el privilegio de habitar una época en la vida de Martí que suele resumirse en los libros de Historia con dos plumazos fríos. Están en ellos los eventos, pero no el alma. Es un gran mérito del filme recoger todo el acento, todo el ser, toda la armonía en el albor de una vida inmensa que alcanzaría después el punto más alto del espíritu de Nuestra América.

Su director nos muestra un Martí hecho carne y sangre y lo despoja del revestimiento marmóreo con que aún suelen presentárnoslo. De este modo es que accede a zonas poco conocidas como lo son las relaciones complejísimas, (por bellas y tormentosas a un tiempo), que sostuvo con su padre, un Don Mariano, atrapado entre su sentido innato de la justicia y la imposibilidad de comprender las fricciones cada vez crecientes entre su país de origen y aquel en que nacieran sus hijos.

Se le hace justicia total a la magnífica personalidad de Doña Leonor, la misma Doña Leonor que, respondiendo al envío que le hiciera su hijo del poemario Ismaelillo, dice: “De versos no entiendo; para mí está en prosa porque está escrito en la realidad”, mostrando así, desde la ignorancia académica, la penetración crítica mayor. La que emana de la sensibilidad popular.

La película deviene también en sentido canto a la amistad. Qué decir de la relación con Valdés Domínguez, con sus hermanas, con el esclavo de la finca Hanábana hasta arribar a ese proceso de mutuo descubrimiento que marcó su vínculo con Rafael María de Mendive.

En toda la cinta es posible reconocer una fidelidad que va más allá de hechos conocidos o recreados. Mediante el tejido simbólico que parte del propio título, de lo que significa en Martí ese “canario amarillo que tiene el ojo tan negro,” la película está hecha de realidades y no se aparta de ellas, aunque se adentre en el reino artístico de la metáfora y del símbolo.

Inolvidable la humedad en la mejilla de una barcelonesa, amiga y compañera de ese y otros talleres, ante las escenas memorables del presidio. Un presidio que le hizo escribir a Martí: “Presidio, Dios: ideas para mí tan cercanas como el inmenso sufrimiento y el eterno bien”. Y es esta capacidad de contradicción espiritual una de las claves que conformarían más tarde el ideario martiano.

Al leer la bellísima dedicatoria del Ismaelillo, un alma vulgar podría preguntarse cómo es posible estar espantado de todo y sin embargo, conservar la fe en el mejoramiento humano. Aquellos y aquellas que hemos apostado por esta fe de vida que es la Educación Popular, compartimos con el más universal de todos los cubanos esa esperanza, esa convicción de que no es inútil la utopía y trabajamos junto a Él por ese mejoramiento humano que continúa estando en el sentir de nuestro pueblo.

Cuando salimos del cine no éramos los mismos. Algo esencial y al mismo tiempo innombrable se había operado en nosotros. En sagrado silencio caminamos hacia un parque cercano y allí, con las manos tomadas, le abrimos puertas a la catarsis necesaria. Alguien pidió que la raíz del pensamiento martiano nos acompañe e ilumine en toda labor que acometamos. Otros hablaron de identidad perdida y encontrada, gracias a la presencia infinita de Martí y hubo voces entrecortadas, poemas de Versos Sencillos, emociones sin límites. Terminamos fundidos en un abrazo grupal más elocuente que cualquier discurso.

Dábamos gracias, muchas gracias por una película que desde hace tiempo el mundo merecía y a la que no es preciso ir con ojo crítico, sino más bien con el espíritu presto a ser levantado y encendido.

Y dábamos gracias por el tremendo privilegio de asistir a la génesis del hombre volcánico que, ante la posibilidad de elegir, desechó el yugo y puso sobre su frente, ya para siempre, la estrella que ilumina y mata.

por: Por Esther Ávalos Mesa, colaboradora del CMLK

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