La mano en el arado

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Hermanas y hermanos, compañeras y compañeros:

Tal vez para algunas personas que no me conozcan resulte una sorpresa y una alegría que después de la reciente negativa de visa para asistir a los funerales del reverendo Lucius Walker me encuentre en estos momentos en Nueva Orleans, Estados Unidos, sin embargo les digo que siento profundamente no estar físicamente con ustedes en el IV Encuentro de nuestra Red de educadores populares. Mi amistad y compañerismo durante estos últimos años son suficientes al expresar estos sentimientos. Pero esta no es la única razón. Hay otras.

A esa amistad y al compañerismo que el tiempo ha fortalecido, se une esta hora que vive nuestro pueblo, su Revolución y su proyecto socialista y, especialmente, las diferentes maneras de situarnos y tomar decisiones ante ella. Como pastor, recuerdo que en el momento más decisivo en la vida profética de Jesús de Nazaret, desde la profundidad de su humanidad, clamó y dijo: “Ahora está turbada mi alma, ¿y qué diré? Padre, ¿sálvame de esta hora? Pero para esto he llegado a esta hora”.
(Evangelio de Juan 12:27)

Para ustedes, que han colocado la mano en el arado sin mirar nunca atrás, no hay asomo de duda o equivocación. Justamente con nuestro Martí, a pulmón lleno, decimos: “La hora es nuestra, y no es posible que en momentos tan críticos nos falte la grandeza de alma”. Y añadimos: “La hora de la Patria, es nuestra hora”.

Además, no estamos unidos a la coral que entona cantos lastimeros y de amargura, rendida a la corriente nihilista, fruto de la frustración y el desaliento que desemboca, como diría Mario Benedetti, “en el partido de los arrepentidos”. Al contrario, a los que hemos transitado de una vez y para siempre desde el montón de los nadies y de los ningunos, y optamos por la Revolución y el Socialismo, nos asiste la terquedad de la esperanza, y la firme convicción que lo mejor, como la utopía, siempre está por delante.

Hoy agregaría desde mi fe evangélica, indivisiblemente unida en el amor a nuestro pueblo, que es también la hora de la metanoia, palabra bíblica traducida equivocadamente como arrepentimiento. Pero en el contexto del relato bíblico y de este camino cubano a Enmaús, metanoia es una experiencia mucho más honda que confesar malas acciones, y digo esto porque el kairos, el tiempo oportuno, ha llegado. Y en este tiempo hay que renovar radicalmente, como personas y como nación, nuestra mente, nuestra conciencia, un cambio de actitud, en un tiempo como expresara recientemente mi hija Raquelita para recuperar la dignidad humana y la autoestima o parafraseando a nuestro Silvio, para hacer parir un corazón.

Quisiera decirles algunas ideas más, pero no es justo con el tiempo. Sólo me resta decirles, con la emoción y la pasión de siempre: salgamos de este Encuentro en marcha unida y apretada, con las palabras esperanzadoras dichas en los momentos más decisivos de la vida de dos entrañables compañeros revolucionarios que conforman la gran nube de testigos que nos rodean, el carpintero de Nazaret y el guerrillero argentino cubano: “Yo soy la Resurrección y la Vida, y Hasta la victoria siempre”.

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