La Marina u otra vez el romance de la niña mala

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Que en la barriada matancera de la Marina, la gente crea en milagros de
santos, no quiere decir que es un milagro el proyecto sociocultural emprendido. Si partimos de tal presupuesto, se comprenderá mejor las intenciones de lo que se ha hecho y se hará.

Diez años para organizarse, optando siempre por la posibilidad del cambio, encarando la compleja dinámica social en la cual conviven, es un tiempo casi ínfimo, pero loable son los resultados.

Paradójicamente, quienes han vivido o escuchado sobre este lugar, se niegan, en mayoría, a no dar crédito alguno de la transformación societal que transcurre en ese pequeño lugar de Matanzas.

Esto en sí, es negar legitimidad a cualquier pensamiento revolucionario, y por consecuencia, invalida el proyecto de la misma Revolución Cubana. Una revolución social debe crear el equilibrio justo entre la perspectiva individual y la visión colectiva.

Por desgracia, en no pocos procesos donde la fuerza de las clases explotadas, cobran un peso determinante, se sobrepone el palpitar de las masas sin consultar, con los sistemas micro. Sistemas que nunca dejan de existir dentro de la sociedad.

Lo planteado anteriormente se torna obligatorio. Algo que parece una perogrullada resulta preciso recalcarlo. Producto de la inercia mental, conjugada con una desbordada institucionalización y un hipercentralismo, que en los últimos años cobra fuerza en Cuba, da paso a que ciertos niveles de autogestión, sean incomprendidos, por no decir rechazados, en su totalidad.

Si a esto le sumamos, que se desenvuelven en espacios urbanos, los cuales trascendieron hacia el imaginario social, como eternos marginales y marginales al fin, ellos solos no podrán salir de la condición en que viven, salvo el abrazo paternalista de “iluminados”.

Los mismos que jamás se interesaron por ellos, o en su defecto, aplicaban medidas desajustadas al no saber tocar la fibra humana que existe, en esos lugares como La Marina.

De algo adolecen estos objetores, y es del sentido de la reciprocidad. No ven en el barrio que va creciéndose, una de las ramas más puras del proyecto revolucionario cubano. No ven que existe allí el transitar hacia el hombre y la mujer nueva, libre de estereotipos y dogmas, ese del que hablaba Che Guevara y también San Pablo.

Mientras continúe la falta de sentido de reciprocidad, existirá la desconfianza mutua; los prejuicios que se pueden acentuar por ambos bandos; la triste negativa de tenderle la mano al Grupo Gestor de La Marina, por quienes también sufren del olvido de los “iluminados”.

De Maestros y con Maestros se ha fundado Cuba. Del Maestro Raúl Ferrer, otra Maestra con sus hijos y sus amores dio una versión para La Marina al “Romance de la niña mala”. Cuánto de cierto y triste y lindo hay en el poema, pero no es una tragedia griega; es Cuba.

por: Frank García Hernández

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