La paz, ni la cultura, tienen fronteras

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Tamara Roselló Reina

Aidita y Manuel, dos hermanos boricuas cambiaron sus boletos de vuelta a San Juan para quedarse un día más en La Habana. “Cómo vamos a perdernos el concierto por la paz,” me dijeron.

Sé que estuvieron ahí, en medio de la multitud, pero no los vi. Era difícil distinguir entre los rostros de miles y miles de mujeres y hombres, congregados desde horas de la mañana de este domingo, en los alrededores de la Plaza de la Revolución. Dice un amigo que la mitad de La Habana estaba apretada bajo el intenso sol. Yo digo más, estaba Cuba toda entre los aplausos y el entusiasmo de aquel millón 150 mil participantes. La televisión nacional trasmitió el espectáculo en vivo, así que casi la totalidad de las cubanas y cubanos pudieron estar también en el concierto Paz sin fronteras, aunque fuera frente a la tele.

Un mar, con olas cálidas y rítmicas. Eso éramos. Predominaba el blanco, pero no faltaron otros colores, para darle más alegría a la tarde. Las sombrillas también bailaron, mientras se alzaban al cielo desde que sonaron los primeros acordes y la voz inconfundible de Olga Tañón, anunció el comienzo. Los relojes marcaban las 2 y la jornada prometía ser larga e irrepetible.

Al oír a la puertorriqueña y a su coterráneo Danny Rivera, me imaginé a Aidita y a Manuel, vibrando de emoción. Ellos que sienten tan cercana a Cuba, y en ese instante, Cuba sintiendo tan cerquita a los boricuas a través de su música, popularizada antes por los medios masivos de comunicación, y ahora por esos dos intérpretes, a los que se sumó un coro gigante, que sabía de memoria sus temas.

Un comienzo bien arriba, pero la “curva” se puede describir de muchos modos. Habrá quien marque en su memoria como punto de mayor éxtasis la oportunidad de volver a oír a los españoles Víctor Manuel, Luis Eduardo Aute o a Miguel Bosé, o cantar Ojalá junto a su autor o tararear la certeza de Carlos Varela de que la “verdad de la verdad es que nunca es una/ ni la mía, ni la de él, ni la tuya.”

Probablemente en esas curvas personales, que marcan los instantes que disfrutamos más, hay varios puntos coincidentes. Me atrevería a decir que la actuación de los Orishas fue uno de esos memorables momentos, en los que “a lo cubano”, se rompieron todas las fronteras y “fuimos uno”-como mostraba un cartel sobre la espalda de un adolescente, parado a pocos metros de la imagen del Guerrillero Che Guevara, que está en el edificio del Ministerio del Interior.

Para los que ya andan por los treinta, el italiano Jovanotti, corrió el tiempo, casi quince años atrás, cuando se presentó en la escalinata de la Universidad de La Habana. Esta vez volvió a ganarse al auditorio que le reclamó “otra, otra…”

Poco antes de la salida a escena en solitario de Juanes, para interpretar varios de sus temas más populares, el sol se ocultó tras las nubes. Las sombrillas se cerraron y algunos miraron inquietos al cielo, temían que un aguacero detuviera el megaconcierto, justo antes de que su principal promotor se presentara.

En municipios cercanos a la Plaza la lluvia se desató. La atmósfera se refrescó en los alrededores, pero ni los atisbos de aire mojado, desconcentraron las buenas energías de esta iniciativa, que trajo ante el público cubano por vez primera, al ecuatoriano Juan Velasco y a la cubana Cucú Diamante con su Yerba Buena.

“¡Cuba no te voy a olvidar!”, fue una sentencia de la Tañón que conmovió a millones de cubanas y cubanos, que no han hecho más que hablar del gran regalo cultural que fue esta oportunidad.

En los ómnibus del transporte local, en el camino a casa tras aquel espectacular cierre armonizado por Juan Formell y los Van Van, en los diarios que circulan desde esta mañana de lunes, en los hogares y centros laborales, en las tiendas y establecimientos públicos…, el concierto ya no es noticia, es sensación, es palabra viva. Cada quien lo cuenta a su manera, cada cual lo dibuja sin fronteras, porque la cultura puede ser ese lenguaje misterioso del amor.

fotos: AFP y Caminos

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