La sensación de ser útiles

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Entre el público están los niños y profesores de la Oxon Hill, que junto a su directora vienen a saludar a los cubanos otra vez. Quieren disfrutar del arte de La Colmenita, pero también apoyar y acompañarnos todo lo posible.

Antes de comenzar la función, hacemos el círculo; esta vez es Muma quien despierta la buena energía y la deja circular entre todos, les habla a los niños de la importancia de lo que vamos a hacer. Cantan juntos a Susana Rinaldi que los anima a entrar a escena y entregarse sin guardar nada para después.

La gente se para una y otra vez para disfrutar y aplaudir las canciones y también los momentos en que hablamos de los Cinco. Por primera vez, al cierre de la función, una niña habla al público de cuánto nos importa su libertad y presenta un video de Danny Glover que les explica por qué son héroes. Quinientas personas levantadas de sus asientos dicen Cuba, Cuba, Cuba!!!. Nos hacen sentir que vivimos un sueño.

Horas despúes, compartíamos los criterios de la directora de artes de la Duke, Tía Powells Harrys, entrevistada por CBS, una mujer norteamericana que nunca antes había oído hablar del tema, quien dijo no poder evitar asociar la historia de los Cinco con la de Malcom X y Martin Luther King y comentó su deseo de querer saber más del caso. La sensación de ser útiles nos corre dentro.

A New York llegamos de noche y bajo lluvia, pero al amanecer del siguiente día, un clima ideal recibe a estos cubanos que no tienen tiempo que perder. Un pequeño grupo es recibido por la Unicef que compartió con los únicos niños Embajadores de Buena Voluntad en el mundo conversando un poco sobre sus preocupaciones y deseos, y otro grupo comienza a montar la función en El Puente, en Brooklyn, una iniciativa comunitaria que desde 1982 usa el arte como herramienta para el cambio social, potenciando el trabajo en las comunidades y luchando por el derecho a la autodeterminación y la diversidad de todas y todos sus habitantes.

Al inicio me parecía estar en Cuba, gente solidaria en todos lados, en las paredes está colgado el periódico de los indignados y las cartas de los estudiantes dejando claras sus demandas y exigencias. En la puerta están parados hermanos puertorriqueños orgullosos de que adentro del teatro hay gente de la Isla hermana. Un ambiente de alegría y complicidad se cuela en todos los que estamos aquí.

Antes de comenzar el último ensayo, Gerardo nos llama con la naturalidad del ser querido y cercano, quiere hablar con Luisito, uno de los niños colmeneros, nieto de una compañera que trabaja con Adriana, su esposa. Luisito le habla mientras todos nos quedamos nuevamente en la sorpresa que no nos abandona en este viaje. Entre los más sorprendidos Luis Manuel, el papá de Luisito, una de las personas más queridas en la Colmenita.

Cuando está por iniciarse la función, la directora habla a los participantes, les pide prepararse para este momento tan extraordinario, les recuerda que los cubanos siempre han estado en solidaridad con los pueblos, habla de nuestra lucha por la paz y exige como responsabilidad propia hacer acciones concretas como la de hoy para liberar a los Cinco, en el espíritu de resistencia de nuestros pueblos.

Lo último que se escucha en este espacio en que no cabe nadie más, es que nuestra presencia en El Puente es una bendición. Tin está escuchando emocionado estas palabras. Se vira y dice: Vamos a actuar en Cuba. Yo pienso en los días de Martí en New York, en espacios como este, uniendo a todos para la libertad de Cuba.

Ha sido la función más fuerte que hemos tenido. Había tal conexión entre el público y los niños que de pronto todo en Abracadabra tomaba otros sentidos para quienes la hemos visto tantas veces. Estaba pasando algo nuevo en El Puente. Eternos sueños de libertad retumbaban en las ventanas y paredes con tanta fuerza que parecía que el corazón no iba a poder con todo.

Al cierre, también por primera vez, los jóvenes que participan en El Puente se sientan en círculo para compartir impresiones de la obra y para preguntarse qué pueden hacer. Nos invitan a participar en este espacio que me recordaba mucho al Centro Martin Luther King. Los muchachos agradecieron por traer a Cuba, por hacer una presentación conmovedora y educativa, por dar otra razón por la que luchar juntos, por traer esperanzas.

Somos nosotros los que debemos agradecer, por el abrazo tan fuerte y parecido al cubano después de varios días lejos de la Isla, por mantenerse luchando por una sociedad más justa y también por qué no, por la comida tan rica con mojito cubano que nos prepararon.
Cuando la guagua nos regresaba al hotel, algunos muchachos corrían junto a ella para despedirnos en esa mezcla de agradecimiento, alegría y tristeza que nos dejó a todos este encuentro.

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