Las dos almas del socialismo

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Por definición, la construcción del socialismo -o sea, la superación
del capitalismo, de la explotación, la opresión y el despojo de las
grandes mayorías trabajadoras por una minoría, el fin de la miseria, la
ignorancia y la desigualdad social, el desarrollo pleno de las
individualidades y de las libertades, la eliminación de las clases
sociales- es el fruto de un largo y duro proceso de conflictos y
conquistas sociales, de construcción de un nuevo nivel de conciencia
colectiva en las clases oprimidas actuales y, al mismo tiempo, de
creación de las bases materiales para la liberación de la necesidad.

En efecto, el socialismo en la miseria es impensable porque en ésta es
imposible el grado de cultura y de conocimientos técnicos necesarios
para reducir al máximo la brecha entre los trabajadores manuales y los
intelectuales, y permitir a todos la información y la capacidad de
decisión responsable, indispensable para ser sujetos de la construcción
de su futuro. Y tampoco es posible el socialismo en un solo país o en
algunos países que no han alcanzado el nivel de desarrollo científico y
económico de las naciones capitalistas desarrolladas, porque el mundo
está unificado por el capital y el poder de atracción de estos últimos
sobre los primeros (véase el caso de la ex Unión Soviética y de Europa
oriental) seguirá siendo inmenso.

Por consiguiente, y siguiendo con estas obviedades tantas veces
olvidadas, no hay que confundir las premisas para la construcción del
socialismo (que son la fase inicial de la misma) con el proceso avanzado
de dicha construcción, ni creer que éste es ya el socialismo. El siglo
pasado estuvo marcado, entre otras cosas, por la visión totalitaria y de
aparato del socialismo: un partido que se declaraba comunista ocupaba el poder estatal y automáticamente todo el país era “socialista” (aunque,
como se vio en Europa oriental y se está viendo en Vietnam, Corea del
Norte y China, la inmensa mayoría de los supuestos protagonistas de esos “socialismos” no fuesen más que súbditos de un aparato usurpador de ese nombre y constructor de relaciones sociales y económicas capitalistas).

El socialismo no se puede proclamar por radio desde el gobierno: es un
proceso de construcción de poder, de conciencias, de voluntades. Y no
puede haber socialismo con un aparato estatal fuertemente centralizado
y, al mismo tiempo, la convivencia con el control de las trasnacionales
en todos los sectores de punta de la economía. La base para la
construcción del socialismo, como decía Lenin, que está de moda ignorar,
es “electricidad más soviets”. Se equivoca Hanna Arendt cuando dice que
en esa fórmula Lenin olvida el partido bolchevique así como el
socialismo y la libertad. Los soviets, para Lenin y Trotsky, eran
órganos de poder de los obreros y campesinos, organizadores del Estado,
herramientas políticas y administrativas libertarias, plurales en su
composición, superiores al partido, porque éste es sólo una herramienta
transitoria. El Estado, como en la Comuna de París, eran los trabajadores
organizados en consejos, no los viejos bolcheviques (que en la
revolución de 1905 y en la de febrero de 1917 se opusieron a los soviets
que no podían controlar, mientras Lenin y Trotsky llamaban a concentrar
el poder en ellos y no en el partido, el cual era sólo una parte de los
mismos).

La liberación -que no es todavía la libertad, pero sin la cual ésta es
imposible- “será obra de los trabajadores mismos”, no del partido
socialista. Y el socialismo será resultado de la conquista de la
libertad en el proceso revolucionario, no de la “toma del poder”, y el
Estado de los consejos preparará rápidamente la agonía del aparato
estatal que manda sobre las personas. En Arendt, como en muchos de los
que escriben hoy sobre el socialismo del siglo XXI, impera la confusión
entre la experiencia estalinista y el socialismo de Lenin y de los
comunistas libertarios.

El socialismo no se construye desde arriba, por decisión de unos pocos y
de un partido único que rápidamente tenderá a burocratizarse y a
concentrar el poder administrativo estatal y a tener el monopolio de la
vida cultural, asfixiándola. Por supuesto, sobre todo en los países
dependientes, es necesario concentrar en manos del aparato estatal todas
las ramas esenciales para el desarrollo
económico, como intenta hacer Evo Morales en Bolivia. Pero no hay
democracia con la centralización burocrática, sino con el federalismo, y
el control estatal no debe impedir el control político de los
trabajadores sobre las empresas estatizadas, pero no sólo el de los que
en ellas trabajan y son productores, sino el
control político de todos los ciudadanos para evitar el corporativismo,
los enclaves de privilegio. Por eso quienes ejerzan el control no pueden
ser los sindicatos sino consejos obreros que funcionen en todo el país
sobre la base de los centros de producción, pero también del territorio,
recuperando y volviendo a moldear lo público.

Las bases del socialismo se construyen con el poder popular, en los
consejos, con sus planes y objetivos definidos con la población en
asambleas, y también con el apoyo del aparato central, con sus
economistas y sus técnicos que transitoriamente cumplen un papel que les
da la ignorancia masiva. Pero no se construyen con un sector que decide
supuestamente “para el bien de todos”, de modo centralizado y
paternalista, desde arriba hacia abajo, sino con dos grandes sectores
que se controlan y se interinfluencian en un juego donde las supuestas
bases comienzan a construir un nivel superior de conciencia y de
organización, empiezan a ser ciudadanos decidiendo las prioridades y
cómo enfrentarlas.

Por eso es indispensable construir elementos de poder frente al aparato
central estatal mediante la autonomía y la autogestión, pero ese doble
poder es, por definición, efímero, transitorio, y necesita elevarse al
plano de todo el territorio nacional

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