Las elecciones más ilegítimas de la historia hondureña

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Arturo Valenzuela se ha estrenado a lo grande. Mejor dicho, a lo puramente gringo. Nombrado hace dos semanas Secretario de Estado Adjunto para América Latina, el cargo más alto de la política exterior del país norteño hacia la región, Valenzuela ha dicho que la decisión del gorila Roberto Micheletti de dejar temporalmente el poder (desde mañana 25 de noviembre hasta el 2 de diciembre según él mismo propuso) debe
facilitar la “formación expedita” de un gobierno de unidad nacional que “pueda inspirar confianza en todos los sectores de la sociedad hondureña”.

A dúo con José Miguel Insulza y precisamente en predios de la OEA, han añadido (ambos) que el Congreso de Honduras tiene ahora una oportunidad clave para resolver el ya largo conflicto político hondureño. Palabras, palabras, palabras que pretenden cubrir los hechos…sin el más mínimo asomo de vergüenza.

Como si no supiésemos que Estados Unidos gestor y operador por excelencia de este sucio asunto desde el mismísimo cuartelazo del 28 de junio y la OEA supuesta intermediaria pero encargada en verdad de dilatar hasta el infinito el supuesto limbo en que quedó la presidencia de Honduras para que de paso el tiempo y las frustraciones acabaran con la resistencia popular, actúan de consuno.

Lo cierto es que han pasado cinco meses desde el golpe y estamos a cinco días de unas elecciones que el pueblo de Honduras y más de la mitad de los países de Latinoamérica han advertido que no reconocerán. De modo que la lógica, el sentido común, indicarían que no debía seguirse avanzando hacia tales derroteros. Pero lamentablemente pareciera que nada podrá detener unos comicios que, más que ilegales y tramposos, son deshonestos e indecentes.

¿A quién elegirán este domingo? ¿Al liberal Elvin Santos? ¿A Porfirio Lobo, el candidato del opositor Partido Nacional? Vale señalar que estos, los candidatos con más posibilidades, han ignorado olímpicamente el golpe de Estado en medio de su campaña electoral, pero por supuesto que hoy esto es lo que menos importa, porque nada podrá ser peor que lo sucedido en estos meses en los que a pesar del repudio mundial, ha resultado imposible que primen la justicia y la razón. Meses en los que nada ni nadie ha podido detener la violencia contra un pueblo virtualmente insurrecto. Un pueblo que, por cierto, con su ejemplar resistencia se ha ganado con creces la admiración del planeta.

Lo mejor que cabría esperar es que la comunidad internacional y Latinoamérica en particular se nieguen a reconocer un gobierno como el que va a surgir en medio del actual panorama hondureño. Así lo pidió ayer el presidente legítimo Manuel Zelaya, en carta a los gobernantes de la región, a la ONU, a la OEA y a la Unión Europea (UE). “Estas elecciones tendrán que ser anuladas y reprogramadas donde se respete la voluntad del soberano”, expresa la misiva, que envió desde la embajada de Brasil en Tegucigalpa, donde se encuentra desde el 21 de septiembre pasado tras ingresar clandestinamente a Honduras.

Habría que ser optimistas. ¿No? Aún contra todo pronóstico y contra todo lo que la vida nos ha mostrado que puede llegar a imperar en este mundo nuestro, por increíble que parezca. Quizá tal rechazo a esta suerte de elecciones de las bayonetas podría cambiar un tanto el futuro de la nación centroamericana, más negro que la turba si sigue en manos de Gringolandia. Nunca es tarde si la dicha es buena.

por: Maggie Marín

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