Leer, también vale la pena

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Aunque el sempiterno tango que entona para siempre el Morocho del Abasto (ese que cada día canta mejor), afirma “que veinte años no es nada”, podemos echar un muy breve vistazo a la posible veracidad de uno de los lados del repetido verso. Pruebe usted a llenar esa cifra temporal con un programa televisivo. Pero que, junto con la ya dura tarea de mantenerlo en el aire por ese tiempo, lo que implica la entrega regular de guiones, la participación en grabaciones y el riguroso cumplimiento de horarios y normas de modo consuetudinario, pues la televisión no espera, además se gane usted el respeto, cariño y motivación retroalimentadora de sus televidentes. Coincidirá conmigo en que esos veinte años no son tan “nada”, como reza el clásico gardeleano.

Pero si ocurre que cumple con estos, para nada fáciles, requisitos, no parecerá entonces muy complicado seleccionar dentro de los cerca de ochocientos guiones que ha debido escribir en ese tiempo, la cifra necesaria para armar un libro. Y es justamente eso, navegar por sobre los mares de dos décadas con un programa de televisión a cuestas, y ahora, sumergirse en la escritura de las páginas de algunos de sus muchos temas, lo que ha hecho el conocido psicólogo Manuel Calviño.

Guionista y conductor del programa Vale la pena, el natural comunicador que también es Calviño se adentra también en el mundo editorial (que no le es ajeno pues tienen ya varios libros en su haber) y nos ofrece este compendio. Vale la peña. Escritos con psicología, es una obra que publica la Editorial Caminos, del Centro Memorial Dr Martin Luther King Jr, y su objetivo primario es dejar en blanco y negro algunas de sus emisiones desde sus orígenes hasta hoy.

Claro que Calviño, junto con sus bisoñas incursiones por la música en aquel mítico Grupo Moncada, hoy debe en buena medida su actual popularidad (además de a su innegable talento, por supuesto), a su presencia sostenida en “el vidrio”, como se le conoce a la televisión en predios de la broma. Sin embargo, la tv, el monstruo de los mass media, que aunque retrocede un poco asustado antes la nuevas tecnologías en red todavía augura años de inamovible dominio, tiene una insuperable carencia. No podemos tenerlo siempre cerca. No es posible, salvo en modernos formatos que no nos son muy comunes, atesorar un programa de televisión y consultarlo cuando se desea. No lo podemos guardar o llevar con nosotros.

Ahí salta entonces ese viejo amigo, el libro. Y es eso lo que en conjunto nos ofrecen Calviño y la Editorial Caminos. Tener un programa de televisión dentro de un libro. Convertir en cercano, tangible papel “el vidrio.” Regalarnos un buen sorbo de los saberes y temáticas tratados a lo largo de tantos años, agrupados en unas cuantas buenas páginas. Así podemos asomarnos a ellas, sin necesidad de esperar a las puntuales emisiones de cada viernes. Ahí estarán las muy variadas situaciones, comentarios y consejos que nos ha brindado el autor en todo este tiempo.

Hay un punto a señalar, por si todavía hay quien no conoce el programa y a su principal hacedor, que me parece muy importante, respecto al carácter de estas páginas. Luego de decir que su autor es un psicólogo, además de comunicador televisivo, hay que agregar: Este NO es un libro de autoayuda. Al menos no en ese maniqueo y manipulador precepto que conocemos, adornado de frases como “hágase millonario ahora mismo”, “sea exitoso en todos los frentes” y “no tenga problemas nunca más en su vida”, hechos en función de atrapar a los incautos y engrosar ventas del autor, o el farsante, en cuestión.

Se trata de un texto donde, sí, ayudas habrá. Múltiples, variadas, desde la óptica de disímiles situaciones sobre las que este psicólogo se apoya y desenrolla alguna madeja. Pero las ayudas requieren de un ingrediente ineludible, que nadie, absolutamente nadie, puede sustituir y que no viene incluido en página alguna: Usted. El ser humano, la voluntad, el desempeño personal. Habrá algún que otro motor en este libro, alguna que otra vía a la solución. Pero es usted quien puede llevarlo a cabo.

Tal vez, esta frase extraída del libro pueda redondear algo más la idea sobre su contenido. Dice Calviño, en uno de sus textos, que alguno de sus colegas podría comentarle: “Hay personas que piensan o actúan como si los psicólogos y psicólogas fuéramos magos. Como si tuviéramos fórmulas secretas para deshacer o componer la vida de las personas. No somos nosotros quienes damos soluciones a los problemas de la gente. Son las mismas personas quienes tienen que hacerlo. Tienen que entrar en un proceso de análisis y comprensión de su vida, mirarla desde diferentes ópticas, cuestionarse cosas, incluso de las que ni sabemos por qué nos suceden. En fin, entrar en un proceso de profunda introspección crítica constructiva, con el ánimo de encontrar nuevas alternativas personales y asumirlas. Nosotros apenas los acompañamos en ese proceso, con nuestro saber y saber hacer profesional, para que el logro de los propósitos sea más loable.”

Los textos de este libro no son exactas transcripciones de los guiones de cada emisión, según refiere el propio autor. Son los parlamentos que un psicólogo desea compartir con ese receptor que ha sido su interlocutor, con ese que se ha sentado a dialogar, tal si no los separara la pantalla, como en la sala de la casa durante cada emisión. Aunque, según advierte, sin que el cambio de la oralidad televisiva a la palabra escrita le haga abandonar su estilo directo y claro, su dosis de criollo humor, su habitual amenidad. “Soy yo, sin aditivos”, explica el guionista, ahora trasmutado en escritor.

Sería interminable la lista de tema que aborda el texto. La vida diaria nuestra, con todo lo que puede acontecer en ella. Los celos. La felicidad. La música que nos rodea y sus efectos. La juventud, la tercera edad, y las respectivas falacias y verdades sobre cada una. La rutina. La indolencia. Los males que nos acosan y los bienes que podrían derrotarlos. La televisión. Ciertos vampiros, interesados en su bolsillo y no en su sangre, que pululan todavía por nuestras calles. Nuestra identidad, nuestro hoy, nuestro mañana. En fin, algo así podría ser la enumeración de un muy apretado y excluyente resumen de las muchas temáticas del libro. Todas con el buen sazón de haber sido extraído del cotidiano de nuestro ajiaco vivencial e identitario, lo cual traerá consigo indiscutible utilidad y cercanía, y además, de lucir el sello del buen decir de su emisor.

Una advertencia, un consejo, del propio Calviño. Lea este libro al menudeo, a saltos, aprovechando ratos libres, sin seguir orden o reglas. No es ni una novela ni un texto docente. Pero eso sí, nos pide el escritor, adicione su reflexión, su diálogo. “Haciendo eso nos conocimos y no tenemos por qué dejar de hacerlo. Muy por el contrario. Profundicemos en nuestra colaboración”, refiere el autor.

Así pues, podemos augurarle que este libro será de su completo agrado. Léalo, sin sufrir pena alguna, porque tras recorrer sus páginas, valdrá en positivo el buen rato, y lo que de seguro le aportará a su acervo, su ánimo y sus motivaciones.

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