Lo nuevo en Puerto España

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Jorge Gómez Barata

La novedad vino de Estados Unidos, debido no a su poder, a sus dádivas o a sus promesas, sino a su presidente que asumió un comportamiento y exhibió una capacidad para crear consenso como nunca antes se había observado en un líder norteamericano. Con el saludo a Hugo Chávez y los pronunciamientos respecto a Cuba, Obama convirtió lo que parecía una batalla campal en un fluido intercambio.

No se recuerda una reunión en la cual se haya hablado con tanta naturalidad y franqueza sobre la política norteamericana hacía Cuba, especialmente del bloqueo a la isla, un tema que enfrenta a Estados Unidos con América Latina y el Caribe, y se haya hecho de un modo tan relajado como en Puerto España, donde en lugar de una confrontación hubo un diálogo.

Entre los factores que influyeron en este resultado, se encuentra la decisión del Presidente estadounidense de revocar las draconianas medidas adoptadas por Bush que, a partir de 1994, limitaron severamente las visitas de los cubanos residentes en los Estados Unidos, así como el envío de ayuda económica a sus familiares en la isla y que fueron la parte más visible de un accionar dirigido al recrudecimiento del bloqueo vigente desde 1962.

Otro elemento de capital importancia y que, indudablemente, influyó en los pronunciamientos del presidente Obama, fue la unanimidad mostrada por los mandatarios latinoamericanos, quienes cerraron filas y con una sola voz demandaron no sólo cambios en la política norteamericana hacía la isla, sino la reintegración de Cuba al sistema interamericano.

Como quiera que ni siquiera Estados Unidos lo objetó, pudiera asumirse que hubo consenso respecto a que esta deberá ser la última reunión hemisférica de la cual la isla es excluida.

Definitivamente, el presidente cubano Raúl Castro aportó un elemento decisivo cuando en la víspera, durante la reunión que en la localidad venezolana de Cumaná sostuvieron los mandatarios pertenecientes a la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA), reiteró la posición cubana de encontrarse con Estados Unidos al máximo nivel para examinar todos los temas: “…derechos humanos, libertad de prensa, presos políticos, todo, todo, todo lo que quieran discutir, pero en igualdad de condiciones, sin la más mínima sombra a nuestra soberanía y sin la más mínima violación al derecho de la autodeterminación del pueblo cubano”.

Los comentarios positivos que respecto a esta posición, no tan novedosa como enfática, oportuna y contextualizada, realizó la secretaria de Estado, Hillary Clinton, quien afirmó que “los acogía con beneplácito y se preparaba para responder…” evidencia que fueron recepcionados y tomados en cuenta para perfilar la posición del presidente en Puerto España.

Más allá de la especulación en torno a de qué lado se encuentra la pelota y a quién corresponde el próximo paso, lo cierto es que el camino parece estar más expedito de lo que algunos suponen. Superada la visceral oposición del gobierno norteamericano y depuesta su contumaz agresividad frente a Cuba, sus autoridades y su sistema político, el proceso de elaborar una agenda bilateral no es difícil y sus saldos pudieran ser positivos no sólo para Cuba, sino también para Estados Unidos.

Lo mejor que ha ocurrido es que se ha abierto una perspectiva que, tan sólo unos meses antes, parecía imposible. Tal vez el hecho de que en cincuenta años los gobernantes de Cuba y los Estados Unidos no hayan hablado nunca, pesa más en el diferendo bilateral que los asuntos concretos y las reservas de uno y otro.

En el mundo de hoy cuando la diferencia no es razón para la hostilidad, lo realmente importante es que se ha abierto un juego en el cual, presumiblemente, no habrá perdedor.

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