Los ciclones y yo

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Ike y Gustav serán noticia en nuestro país mientras sus daños permanezcan. Pero se irán olvidando a la gente que no los vivió de cerca y sufre sus consecuencias sólo desde el estómago que, por supuesto, es un apreciable y atendible receptor de información.

Por eso creo que son tan importantes los documentales que noche a noche está transmitiendo la televisión desde los telecentros por cuyo territorio pasaron, arrasando, uno solo o los dos ciclones que, no es cuento, son parte del peor evento meteorológico de la historia de la isla.

Aspectos técnicos aparte, el mejor de esos trabajos creo ha sido, hasta ahora, el de Camagüey. Porque es el que más se detiene en testimonios directos de las personas que perdieron todo. O lo que es lo mismo, en el dolor vivo de aquellos compatriotas que quedaron hasta sin recuerdos de familia. Ninguna otra imagen de desastre material, por dantesca que sea, que lo son, compara al lado de la manera en que esa gente padece y expresa su desolación.

A mi modo de ver, del trabajo de Fabiola López acá, muy bueno, y salvo el de Chile de la Isla –que tuvo la generosa osadía de filmar hombres llorando— ninguno ha dedicado el espacio necesario a dar cuenta de lo que la gente ha sentido y siente ante un drama como ese. Esa medida del pesar intenso, directo, de la situación personal y familiar insalvable pese a cualquier ayuda, imprescindible para la sensibilización honda, falta a la mayoría.

Tengo la impresión de que hay una tendencia a mostrar solamente el lado heroico de nuestro pueblo, el sacrificial. Eso, que hace parte de una épica ya instalada, no es malo, pero es deficiente. Resta matices a nuestra manera de ser personas. Me parece que interpreta el dolor como debilidad. Entonces, en definitiva, obvia emociones trascendentales y nos mutila como seres humanos. Sin necesidad.

Naturalmente, el mensaje oficial tiene que estar dirigido a mantener la fuerza, a recuperar la esperanza, pero eso nada tiene que ver con la idea de que no se deban mostrar las lágrimas. Todo lo contrario: una cosa y la otra se complementan cuando se trata de un proyecto social colectivo, como es el caso, donde el ser humano ha de estar en el centro.

Al margen de ese matiz, que ojalá se corrigiera para mostrarnos en plenitud, esos materiales fílmicos son de una importancia tremenda para que, como pueblo, mantengamos la solidaridad más allá del lamentable espectáculo de los mercados agropecuarios vacíos, en razón, primero que todo, de la debacle meteorológica.

Y esa es, justamente, otra de las consecuencias que, sobre todo para el caso de La Habana, aunque con un poco de atraso, está mostrando la televisión nacional mediante reportajes noticiosos.

Aquí la cosa es más complicada. Lo que se ha mostrado y dicho hasta ahora en esos informes televisivos del NTV no derrumba las bolas que circulan por la ciudad, lo cual, creo, debía ser uno de los propósitos primero de esos trabajos. Con toda seguridad, la responsabilidad sobrepasa los empeños y posibilidades de la periodista.

Las “verdades” callejeras sobre el funcionamiento de la estructura de Acopio, los pagos a los campesinos particulares, el estimulo o desestímulo a la producción de la tierra, entre otras muchas, permanecen imbatibles. No las derriban ninguna de las afirmaciones de dos de esos reportajes acerca de que “se hacen esfuerzos, pero la base de transportación es insuficiente”; “los mercados de oferta y demanda sólo cubren el 8%…” (Ya ni sé de qué. Debe ser de la comercialización de los productos de la tierra.) “Los puntos de venta de las CCS…”

Entonces, ante las carencias de la información, o más bien los tapujos, el mensaje, que debiera haber colocado su fuerza en las secuelas reales de la catástrofe nacional sobre la agricultura, se desvirtúa y se hace increíble.

Como me cuentan, otra cosa exhibió Libre Acceso. Los documentos que se exigen para que un camión pueda llegar a los mercados agropecuarios de oferta y demanda de La Habana son verdaderas trabas burocráticas. ¿Necesarias?

El pueblo cubano, dicharachero y alegre, como suele autoidentificarse, también es políticamente muy serio. Nadie está pidiendo reabrir el debate de julio de 2007 en estos momentos de desastre nacional, pero esa necesidad –que incluye el análisis de la carestía de la vida, y no solo desde los precios desmesurados de los mercados agropecuarios— tampoco está olvidada. Por razones obvias, sólo está momentáneamente pospuesta, creo yo.

La respuesta de funcionarios al desabastecimiento de productos de la tierra en los agromercados debería tener la concreción y solidez que parecen tener las informaciones que comunica la dirección de la Agricultura urbana.

Ningún cubano o cubana tiene derecho a olvidarse pronto del dolor y el drama que nos han dejado Ike y Gustav por más que la alimentación popular siga siendo, probablemente, el tema No. 1 de la agenda cubana.
Pese a todo, el tiempo es de solidaridad, no de queja. Tampoco de medias tintas.

La Habana, 23 de octubre de 2008.

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