Martí y la Revolución Cubana

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Frei Betto

La última semana de enero se conmemorará en La Habana, patrocinado por la Unesco, el 160 aniversario del nacimiento de José Martí, sobre el equilibrio del mundo.

La historia de América Latina es rica en líderes sociales que
encarnaron, en sus ideas y actitudes, utopías libertarias. Sin embargo
son raros los que, si por milagro resucitaran del sepulcro, verían
aplicados efectivamente sus sueños y proyectos. Uno de ellos es José
Martí, que vería en la Revolución Cubana, que su sacrificio no fue en
vano. José Martí murió con las armas en las manos, en 1895, defendiendo
la emancipación de Cuba del dominio español.

Su lucha echó raíces que florecieron en el proyecto de soberanía y
liberación nacionales, con una expresiva resonancia internacionalista,
llevado a cabo por el pueblo cubano en las seis últimas décadas, bajo el
liderazgo de los hermanos Fidel y Raúl Castro.

Gracias a Martí la Revolución Cubana preservó su cubanidad, su
originalidad, sin dejarse encorsetar por conceptos dogmáticos, que en
otros países socialistas produjeron tan nefastas consecuencias. Martí
tenía el don de ser un hombre de acción sin dejar de ser un intelectual
refinado, un pragmático y un espiritualista. Nunca perdió el sentido
crítico e incluso autocrítico.

Martí vivió quince años en los Estados Unidos, en Nueva York, entre 1880
y 1895, cuando allí se estaba gestando una transformación que imprimiría
al capitalismo su carácter agresivo. Al mismo tiempo le posibilitó el
contacto con lo que había de más avanzado en los pensamientos
filosóficos, científicos y espirituales. En la sociedad norteamericana
Martí constató lo que significa desarrollo económico centrado en la
apropiación privada de la riqueza, indiferente a las reales necesidades
humanas, y cómo esa concepción egocéntrica limitaba la vida espiritual.

El papel de Cuba en el equilibrio de América Latina y el Caribe tiene
sus raíces en el siglo 18, cuando, gracias a la influencia del
enciclopedismo, la cultura cubana adquirió identidad y expresión. En ese
proceso destacaron hombres de profundo sentido espiritual, como el
obispo Espada, Félix Varela, Luz y Caballero, para culminar en Martí y
en los que él formó, como Enrique José Varona, mentor de los jóvenes
universitarios en los comienzos del siglo 20.

Lo que marcó la generación de Varela, Luz y a continuación la de Martí
fue la capacidad de asimilar las nuevas ideas iluministas sin sacar los
pies del suelo latinoamericano y caribeño. Hay un principio de educación
popular que se aplica muy bien a esas figuras históricas, y que también
explica la originalidad de sus pensamientos: la cabeza piensa donde
pisan los pies.

En las motivaciones del ideario que los movía estaba el sufrimiento de
los pueblos indígenas y de los esclavos, la saña colonialista, la lucha
pionera de mi hermano de hábito fray Bartolomé de las Casas, los
principios cristianos de la sacralidad radical de cada ser humano,
considerado como hijo amado de Dios, independientemente de su clase,
etnia o actividad social.

La lucha por la libertad y la justicia fue iniciada, en nuestro
continente, por los pueblos indígenas. Millones de ellos fueron
encarcelados, ahorcados, quemados vivos, decapitados y descuartizados.
Tupac Amaru clamó contra la opresión colonialista. Hatuey, líder
indígena de Cuba, fue quemado en una hoguera; consta que cuando le
preguntaron si quería aceptar la religión de sus verdugos españoles,
para de ese modo asegurarse un lugar en el cielo, preguntó si ellos
también irían al cielo al morir, y al responderle que sí, Hatuey dijo
que entonces no quería estar con ellos en el paraíso… También las
mujeres indígenas, como Bartolina Sisa y Micaela Bastidas, lucharon y
murieron en defensa de los derechos de sus pueblos.

Todos estos antecedentes explican la Revolución Cubana y el por qué ella
destaca como factor de resistencia en América Latina. Antes de la
victoria en Sierra Maestra nuestro continente era zona de ocupación y
extorsión, de explotación y sumisión a los países más poderosos de
Occidente. La Revolución Cubana puso un ‘basta ya’ al imperialismo,
recató el espíritu de soberanía de los pueblos caribeños y
latinoamericanos, despertó la conciencia crítica de nuestra gente,
fomentó movimientos libertarios, comprobó que la utopía puede
transformarse en topía y que la esperanza nunca es en vano.

Cuba venció al colonialismo español eliminando la esclavitud y
asegurando su independencia como nación. Con la victoria de la
Revolución le impuso límites a la expansión imperialista de los Estados
Unidos.

Y se dio luego un movimiento de liberación nacional que abrazó el
proyecto socialista. Pero el equilibrio se mantiene. Martí no fue
remplazado por Marx; la fe religiosa de los cubanos no fue eliminada por
el materialismo histórico y dialéctico; el arte no se dejó desvirtuar
por los estrechos límites del realismo socialista. Lo que en el
pensamiento europeo sonaba como antagónico, acá, en América Latina y el
Caribe, se reveló paradójico. Lo que parecía irreconciliable del otro
lado del océano acá representa convergencia, como el marxismo privado de
dogmas o el cristianismo desprovisto de arrogancia elitista, pero
sensible al clamor de los pobres, lo que desembocó en la Teología de la
Liberación. (Traducción de J.L.Burguet)

– Frei Betto es escritor, autor de “Conversación sobre la fe y la
ciencia”, junto con Marcelo Gleiser, entre otros libros.

Fuente: ALAI AMLATINA

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