Mis primeros días en Haití

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Ramiro Cuesta

En la región de L´Artibonite trabajan y viven los miembros de la brigada Dessaline, en honor a uno de los libertadores haitianos. El terremoto del 12 de enero del 2010, no solo sembró tristezas, también profundizó las raíces de esta experiencia. A velocidad de la luz, la noticia corrió hacia otras zonas del campo popular en Latinoamérica. El Frente Popular Darío Santillán, de Argentina, se unió a la brigada. En julio pasado, el CMLK fue testigo de la preparación para un viaje hacia esas tierras. Emilia y Miguel, integrantes del Colectivo Latino-africano , conocieron más del contexto, de la cultura haitiana por profesores de la Asociación Caribeña y gente del Centro. En ese intercambio, también estaba Ramiro, en representación de la Red de Educación Popular. Junto a los muchachos, partió con la misión de apoyar en el renacimiento de áreas rurales. En sus primeras impresiones describe para nosotras y nosotros el mágico realismo de ese pueblo.

En la Brigada Dessalines de Vía Campesina-Brasil existe un reto para quienes se integran por primera vez. En esta ocasión somos Victoria (agrónoma recién graduada, del Frente Popular Darío Santillán-Corriente Nacional) y yo. Se trata de una convivencia de diez o doce días con familias campesinas haitianas. Es un desafío debido al escaso conocimiento del kreyol y, en general, el desconocimiento de hábitos, costumbres y cultura.

Llegado el momento partimos de nuestra casa con las mochilas llenas de amor, fuerzas y las cosas más útiles. La primera parte del recorrido la hicimos en motos de la brigada. Éramos tres en una sola. Fueron alrededor de cuatro horas subiendo y bajando montañas hasta Gonaïves, capital de nuestro departamento. Allí nos esperaba un miembro del Tét Kolé (Cabezas Unidas), principal movimiento campesino haitiano, donde haríamos nuestras vivencias.

En la Tercera Sección de Vedeem, municipio del departamento noroeste, los “papás” de Vicky la esperaban. Los míos tenían problemas de salud y no estaban. Esa noche me quedé en casa de un dirigente del Tét Kolé, bajo la promesa de que me llevaría al día siguiente con otros papás. A las tres de la tarde partimos en moto. Torrencial aguacero. Llegamos a mi casa enfangados hasta el cuello, pues la moto se atascaba en los enormes fangueros y teníamos que sacarla con un derroche de esfuerzos.
Mis padres viven en Pascht (Pashet en español), en la Primera Sección de Vedeem. Una comitiva de cerca de treinta personas esperaba en casa.

Después de las presentaciones me llevaron a mi cuarto, mientras me prepararon el baño. Pensé que lo peor del día había pasado, pero me equivoqué. Me llamaron para el baño, ya dos de mis hermanos se bañaban completamente desnudos en el patio de la casa. Un tercer cubo de agua esperaba por mí. A simple vista comprobé que se habían sumado otras personas, y lentamente me despojé de mi enfangada ropa. Más de cuarenta pares de ojos siguieron mis movimientos. Dos niños se me acercaron para tocar mi piel. Los acaricié y pregunté sus nombres. Mi madre no los dejó responder, los regañó y se incorporaron al coro. Trataba de hacer tiempo para que oscureciera. Comencé a torturarme. Me quedé en calzoncillo y comencé a bañarme, no me quedaba otra salida que desnudarme. Lo hice sin mirar a nadie. Pensé en Vicky, tal vez estaría en mi situación. Terminó mi baño-tortura y miré para el grupo. Por sus miradas comprendo que solo sentían curiosidad, no hay malicia, la malacia estaba en mi construcción cultural, para ellas y ellos es normal. Me torturé innecesariamente.

Mi mamá me llevó a mi cuarto. En una pequeña mesita estaba mi comida. Me dejaron solo. La terminé y salí. A partir de mañana comeremos juntos todos y todas.

Me levanto temprano, busco una vara y coloco la bandera cubana. Mi padre estaba por salir para el jaden (finca).Voy con él y dos de mis hermanos. Una pequeña franja de tierra entre dos montañas inhóspitas y llenas de piedras, con un canal que atraviesa todos los jadens constituye la única oportunidad para cultivar. Cada familia tiene su pequeña parte, y no distingo división entre una y otra, aunque ellos sí saben.

A pesar de no ser época de muchos cultivos compruebo diversidad e intercalados lógicos. Pregunto cómo pueden alimentarse todo el año, pues a simple vista les alcanzará para cubrir el veinte por ciento de sus necesidades o menos. Mi padre me responde que con planificación. Más tarde comprobé que mayoritariamente solo comen dos o tres plátanos hervidos y algún pedazo de la fruta del árbol del pan, que consumen con el agua donde los hierven para que no se pierdan las proteínas.

En época de cosecha se come con más diversidad y abundancia, según me cuenta papá. En mi casa y en la comunidad no hay horario de comida. Se come cuando hay. Al que no está se le guarda su comida y es respetada por todas y todos. Esta comunidad es privilegiada. Tiene un pozo artesanal con bomba de pie para el agua de consumo. En la mayoría de las comunidades campesinas hay que caminar hasta cinco kilómetros para buscar agua.

A pesar de las problemáticas que tienen, siempre hay una sonrisa a flor de labios y son capaces de danzar tres, cuatro y cinco horas consecutivas. Para ellas y ellos es teatro, y para mí, danza. Así comienza mi convivencia. Esta es una pequeña parte de la realidad haitiana.

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