¿Muerte o resurrección del marxismo? Entrevista a Atilio A. Boron .

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IM: Cada día que pasa la teoría marxista parece cobrar mayor vigencia. Sin embargo, buena parte de la “izquierda occidental” le da la espalda, y la derecha, en general, la considera letra muerta. ¿En qué medida los errores del llamado socialismo real, con la Unión Soviética a la cabeza, contribuyeron a que tal criterio prevaleciera?

AB: Mal que le pese a la derecha ideológica y política, el capitalismo actual ha ratificado, con su evolución de los últimos treinta años, la validez de la teoría marxista. Podría decirse sin un ápice de exageración que el mundo hoy es mucho más “marxista” que el que existía en los tiempos de Marx. En mi Tras el Búho de Minerva creo haber demostrado que el Manifiesto Comunista lejos de envejecer se convirtió en una pieza de interpretación mucho más actual en el mundo de hoy, cuando las tendencias allí avizoradas por Marx y Engels: polarización social, concentración monopólica, intensificación de la explotación de clase, todavía no se habían consolidado con la fuerza que adquirieron luego de la contrarrevolución neoliberal desencadenada desde finales de los años setenta del siglo pasado.

Y si al marxismo se le “da la espalda” es sencillamente porque se trata de un pensamiento demasiado corrosivo del orden burgués que debe ser acallado o “ninguneado” apelando a cualquier clase de artimañas o descalificaciones. Pero las transformaciones recientes del capitalismo y la exacerbación de su naturaleza esencial e incorregiblemente predatoria, misma que convierte a los seres humanos y a la naturaleza en simples mercancías que es preciso explotar atendiendo exclusivamente al criterio de su rentabilidad, le otorga al marxismo una actualidad y una vigencia que confirma una vez más lo que en su momento dijera Jean-Paul Sartre al calificarlo como el “indispensable (y, agregaríamos, irreemplazable) horizonte crítico de nuestro tiempo.” Por cierto que los problemas y las deformaciones experimentadas por la Revolución Rusa, cuyo inglorioso final sigue asombrando al mundo, han favorecido los planes de las usinas ideológicas del neoliberalismo. Pero pensar que su derrumbe probaría el carácter equivocado de las tesis de Marx sobre la naturaleza del orden social capitalista, o la inutilidad de pensar en el socialismo como alternativa, constituye una aberración no sólo epistemológica sino también teórica. Claro que nada de esto es gratuito porque la incesante ofensiva en contra de Marx y el marxismo tiene una inocultable función política conservadora. Además, como socarronamente lo comentara en su momento Thomas Hobbes en relación a ciertos debates de la Inglaterra del siglo XVII, ¿cómo pelearse con tanto ardor contra un cadáver? El vigor de la campaña sistemática de desacreditación del marxismo es la mejor prueba de su vitalidad.

Que una parte de lo que Ud. llama “izquierda occidental”, que en realidad dejó de ser izquierda hace mucho tiempo, esté empecinada en obtener la aprobación de las clases dominantes y en pos de tal reconocimiento persista en celebrar las exequias del marxismo nada dice acerca de su validez como teoría o como instrumento de transformación del mundo. Mucho nos dice, en cambio, de la eficacia de los mecanismos de cooptación del poder burgués. En cuanto a la derecha no le queda otro remedio que proclamar incesantemente la muerte del marxismo. Sólo que su penosa decadencia intelectual, ilustrada con elocuencia por el descenso vertiginoso en la calidad de su argumentación cuando se compara la producción de Friedrich von Hayek o Karl Popper en los años de la posguerra con los libros que perpetran autores como Carlos Montaner, Apuleyo Mendoza, y Álvaro Vargas Llosa, para mencionar algunos de los más conocidos, le priva a su crítica de gran parte de su eficacia persuasiva. Hacen más daño, en cambio, la legión de los “conversos” y “arrepentidos”, ex-marxistas que vieron las luces de la razón y el relumbre de las monedas con que el capital recompensa a los que saben arrepentirse a tiempo. Pero mientras el capitalismo, fiel a su naturaleza, siga produciendo cada vez más miseria, opresión, explotación, degradando el medioambiente y vaciando nuestras incipientes democracias, la vigencia del marxismo no hará otra cosa que acentuarse día tras día.
IM: La teoría marxista, tal como usted mismo lo referencia en La Teoría Marxista hoy, sentencia “que las contradicciones que se agitan en el seno del sistema capitalista provocarán, tarde o temprano, su ocaso definitivo”. Variantes más, variante menos ¿no cree que al capitalismo aún le queda un largo camino para seguir reciclándose?
AB: Mi afirmación en uno de los capítulos del libro se limita simplemente a constatar la inviabilidad de un modo de producción que se basa en la conversión de la vida seres humanos y la naturaleza en general en mercancías que deben ser transadas en el mercado y atendiendo exclusivamente a su rentabilidad. Un sistema de ese tipo, en el cual el cálculo de la utilidad económica excluye cualquier consideración de tipo ético o toda referencia a un principio de justicia social, está inexorablemente condenado a perecer. La súbita instalación del tema del “cambio climático” en los medios oficiales, y aún en los más recalcitrantemente conservadores como el gobierno de los Estados Unidos, demuestra claramente que el sistema comienza a tropezar con unos límites que habían sido neciamente ignorados por décadas. Ahora ya no más. El otro límite, el social, también aparece cada vez con más fuerza cuando se observa el holocausto social a escala planetaria que está produciendo el capitalismo en los últimos años, pero allí los mecanismos de manipulación y control ideológico y político de las clases dominantes le permiten todavía disfrutar de un margen de maniobra que el medio ambiente no les permite.
Por lo tanto, estamos hablando de procesos de largo plazo y no cabe duda que, como usted dice, el capitalismo seguirá reproduciéndose como la hidra de la mitología griega. Pero: ¿podemos razonablemente suponer que este proceso será infinito y eterno? Si nos remitimos a la historia del pensamiento político nos daremos cuenta de la ingenuidad de tal pretensión, que reaparece periódicamente en todos los tipos históricos de sociedad. El orden feudal también reclamó para sí el don de la eternidad, pero ni siquiera con la ayuda de la Iglesia que le otorgaba a las jerarquías mundanas el sello de la divinidad pudo coronar exitosamente su empeño. Rousseau, conciente de la transitoriedad intrínseca de todas las formaciones sociales, se preguntaba en El Contrato Social : “Si Roma y Esparta perecieron, ¿que estado puede aspirar a perdurar para siempre?” Desnudaba, con esa pregunta, la futilidad y estupidez de la exigencia del capitalismo de ser reconocido como la estación final de la historia. ¡Existió el movimiento pero ya nunca más existirá! ¡Hubo historia pero ya no la habrá, porque Fukuyama proclamó su fin! Pero, tonterías y absurdos como esos –como negar por milenios la redondez de la tierra, por ejemplo, pese a contemplar a diario las esferas de la Luna y el Sol- no se evaporan ante las luces de la razón porque son altamente funcionales para el sostenimiento de un orden irreparablemente injusto y sus beneficiarios no se amilanan ante la contundencia de los argumentos que prueban lo contrario.
Por último, conviene recordar que la descomposición del orden medieval fue muy prolongada y la aparición del capitalismo fue un proceso que se extendió a lo largo de varios siglos. Hoy la historia se ha acelerado, pero esto no autoriza a pensar en la inminencia del derrumbe capitalista. Por eso, como observaba correctamente Engels, siempre es preciso evitar convertir la impaciencia que se desprende de la finitud de nuestras biografías en un argumento teórico. No olvidemos que el capitalismo se estableció y triunfó luego de varios intentos fallidos que insumieron varios siglos : apareció por primera vez en las ciudades de la Liga Hanseática hasta su decadencia; renació más tarde en Italia pero, sofocado una vez más, habría de resurgir exitosamente en el Norte de Europa para, luego de siglos de durísima sobrevivencia, comenzar a expandirse por todo el globo terráqueo, en un proceso que se completaría recién a finales del siglo veinte. Atendiendo a estas lecciones de la historia, ¿por qué suponer que el socialismo y el comunismo habrían de imponerse en su primera tentativa histórica, fechada en Octubre del 1917 en Rusia, y en el plazo de una o dos generaciones? ¿Por qué no pensar, en cambio, que estamos ante un proceso de larga duración que desde 1917 ha registrado importantísimos avances y algunos catastróficos retrocesos pese a los cuales aún estamos situados en un punto más adelantado que aquél en que la humanidad se encontraba en vísperas de la Revolución Rusa?
IM: La dialéctica es por esencia “crítica y revolucionaria.” “Sin pensamiento dialéctico no hay pensamiento crítico” afirma usted en el libro. Sin embargo, ¿por qué razón cree usted que los partidos o dirigencias autoproclamadas de izquierda, suelen basar su praxis en criterios dogmáticos, sectarios y verticalistas, donde la libertad de expresión, participación o disidencia muchas veces se ven limitados? ¿Cuánto de contradicción existe entre la teoría Marxista y las experiencias concretas de la izquierda?
AB: Antes que nada se impone una aclaración. El carácter “crítico y revolucionario” de la dialéctica en su versión materialista, no en la mistificación que sufre a manos del idealismo radica en su señalamiento del carácter contradictorio del proceso histórico y en el cual el conflicto social es omnipresente. A diferencia de las visiones del organicismo medieval: la sociedad como un cuerpo perfectamente integrado y carente de conflictos, salvo por una perversión diabólica; o de la perspectiva liberal, que predicaba la “armonía natural de intereses” garantizada por la mano invisible del mercado, en la dialéctica materialista la sociedad es concebida como un campo agonal en donde se desenvuelven incesantemente toda clase de luchas que desafían la complaciente visión de los apologistas del sistema. Por otra parte, la dialéctica “en su figura racional”, como decía Marx contraponiéndola a su versión hegeliana, plantea que todo lo que existe contiene en su seno las semillas de su propia negación, abriendo de este modo paso a una teorización sobre la revolución como resultante de las contradicciones internas de un orden social y no como una aberrante patología desencadenada por quién sabe que clase de anomalías. Por último, la dialéctica concibe a toda institución o formación social como necesariamente provisoria o fugaz, negando de raíz cualquier pretensión de “naturalidad” o “eternidad” que le adjudiquen sus representantes. Es precisamente porque consagra la transitoriedad de todo lo existente que, tal como lo recuerda Marx, la dialéctica se convierte, “en su figura racional”, en motivo de escándalo y abominación para la burguesía. Y es por eso que autores que, pese a sus bellas intenciones, construyeron un modelo teórico congruente con las necesidades del imperialismo, como la conocida teorización de Hardt y Negri sobre el “imperio”, no ahorran críticas y burlas a la hora de referirse a la dialéctica. Confirman de este modo, y por enésima vez, que sin pensamiento dialéctico no hay pensamiento crítico.
Volviendo ahora a su pregunta sobre las izquierdas y el sectarismo yo diría que, antes que nada, es preciso no generalizar. Hay izquierdas e izquierdas y, además, demasiadas “pseudo-izquierdas” como la tristemente célebre “centro-izquierda” latinoamericana, en realidad una vertiente un poco más diluida del neoliberalismo. Para aclarar un poco más las cosas: Lula, Bachelet, Vázquez y Kirchner no representan gobiernos de izquierda, más allá de que su retórica, o sus gestos, por momentos apelen a esta tradición política. Pero así como uno no considera a una persona por lo que dice de sí misma sino por lo que hace, en la caracterización de estos gobiernos un observador debe guiarse por sus comportamientos concretos, por las políticas que proponen y por las que dejan de impulsar, y no hacerlo por sus discursos o por su retórica. Gobiernos que permanecen indiferentes ante la injusticia social que agobia nuestras sociedades no pueden bajo ningún punto de vista ser considerados como de izquierda.
Dicho esto yo diría que no es sorprendente que a menudo se compruebe una cierta contradicción entre la teoría marxista y las experiencias concretas de algunas organizaciones de izquierda. Si existe en el seno de la Iglesia Católica, sin ir más lejos, como se constata al observar el hiato insalvable que hay entre el mensaje radical y revolucionario de Cristo el hijo de un humilde carpintero en un pueblo sometido al imperio romano y que, en ese tiempo, predicó nada menos que la igualdad radical de hombres y mujeres y la práctica burocrática e imperial de la jerarquía eclesiástica, ¿por qué las fuerzas de la izquierda deberían estar inmunizadas contra esta contradicción entre su doctrina y su praxis? Claro está que esta comparación en modo alguno justifica la existencia de este tipo de incoherencia. No debería ocurrir, pero ocurre y más a menudo de lo que pensamos. Y cuando ocurre los resultados son desastrosos. El sectarismo y la clausura del debate son aberraciones injustificables que no sólo desvirtúan la identidad de la izquierda sino que también confirman el alejamiento de esas fuerzas políticas de las masas que dicen representar. Aisladas del campo popular tienden a convertirse en sectas fundamentalistas, esterilizadas como eventuales agentes de un cambio revolucionario, impotentes políticamente y, por consiguiente, refractarias ante cualquier tentativa de abrir un debate interno. Rosa Luxemburg percibió con inusual claridad este peligro y exhortó a sus camaradas de la Liga Espartaco a combatir con firmeza esas tendencias autodestructivas de la izquierda. Ni secta milenarista, su mirada exclusivamente posada en “el día final” de la revolución y alejada del sentir cotidiano de las masas; ni burocracia seguidista de los impulsos más elementales de aquellas, modelados casi sin contrapesos por la ideología dominante. Va de suyo que una cabal interpretación de estas distorsiones exige siempre referirse a las condiciones históricas concretas en las que deben actuar las fuerzas de izquierda, la naturaleza de los actores y las organizaciones políticas involucradas, la calidad de sus grupos dirigentes, las coyunturas en la cual esas desviaciones se producen, el estado de ánimo de las masas y tantas otras cosas. En suma, no hay una respuesta posible desde la teoría.
IM: ¿Cuáles son los principales errores que han cometido los partidos tradicionales de izquierda en nuestro país, para que “el divorcio estructural entre el marxismo y la práctica política” sean tan grandes?
AB: Creo que sería demasiado largo inventariar estos errores. Pero además creo que sería injusto ceñirnos tan sólo a ellos; para actuar con equidad deberíamos reseñar no sólo sus errores sino también su abnegación militante, su combatividad y su heroísmo en los años de plomo de las dictaduras. Por otra parte, mal podría yo obrar de juez de la izquierda argentina dado que, como intelectual marxista, me cabe asimismo una cuota de responsabilidad por su tragedia y sus fracasos.
Hecha esta aclaración yo comenzaría diciendo que la formación social argentina planteó a las fuerzas de izquierda enormes desafíos a lo largo del siglo veinte. En sus primeras décadas, porque la vigorosa protesta social de anarquistas y socialistas fue progresivamente metabolizada por el dinamismo de la economía agro-exportadora que modificaba incesantemente el perfil de la estructura de clases abriendo inéditos cauces a la movilidad social ascendente, todo lo cual socavaba las bases electorales de las fuerzas de izquierda a la vez que mellaba el filo ideológico de sus críticas al sistema.. El advenimiento del peronismo no hizo sino complicar las cosas porque los partidos de izquierda, fuertemente condicionados por la lucha anti-fascista y los alineamientos de la Segunda Guerra Mundial- no supieron identificar su especificidad y su significación histórica: lo confundieron torpemente con el fascismo y lo combatieron de la mano de los sectores más reaccionarios de la sociedad argentina. El resultado no podía ser otra cosa que un radical divorcio entre pueblo e izquierda, a consecuencia del cual se produjo una especie de “inmunización” de los sectores populares ante el mensaje de la izquierda socialista y comunista. Esta lamentable situación se acentuó aún más con el imperdonable silencio de la izquierda durante el criminal bombardeo de Plaza de Mayo en vísperas de la caída del peronismo, su apoyo al golpe militar del 1955 y su participación en el gobierno de la mal llamada “revolución libertadora”. En los años setentas varios sectores de la izquierda se lanzaron a la lucha armada desde posturas vanguardistas, desvinculadas de la dinámica de masas y de las condiciones concretas de existencia de las clases populares.
En los ochentas, con la restauración de la incipiente democracia política la izquierda se presenta, hasta hoy, como un archipiélago de pequeñas agrupaciones cuyas eternas rencillas y permanente desunión no le permiten constituirse como una genuina opción ante la insoportable “alternancia sin alternativas” que este país padece desde mediados de los años ochentas, cuando el alfonsinismo abandonó su proyecto originario y se entregó mansamente a las fuerzas del mercado. Este proceso, que se agudizó hasta el paroxismo durante el menemismo, persiste hasta nuestros días, si bien con ligeras variantes. Es difícil para cualquier observador medianamente avisado no advertir los importantes elementos de continuidad existentes entre la refundación reaccionaria del capitalismo argentino realizada por Menem y las políticas neoliberales que siguen siendo implementadas por el gobierno de Kirchner: no se revisaron las fraudulentas privatizaciones llevadas a cabo en los años noventa, que no sólo se apoderaron del patrimonio de los argentinos sino que esquilman diariamente a los consumidores; persiste la desregulación de los mercados que establece la ley del más fuerte; no se detiene el progresivo languidecimiento del estado y sus agencias de regulación y control, favoreciendo el accionar de los oligopolios y las transnacionales; persiste una escandalosa regresividad tributaria, que premia a los grandes capitales y a la especulación financiera y castiga a los más pobres; se insiste en el absurdo mantenimiento de un superávit fiscal tanto o más elevado que el exigido por el FMI y en la acumulación de reservas en las arcas del Banco Central mientras se derrumban la educación y la salud públicas, los haberes jubilatorios continúan en niveles misérrimos y la infraestructura del país se cae en pedazos; y el estado hace gala de una sorprendente pasividad ante la creciente concentración de la riqueza y el agravamiento de la crisis social, con niveles de pobreza que apenas si disminuyeron marginalmente luego de más de cuatro años de elevadísimas tasas de crecimiento de la economía.
Lo grave del caso es que durante todo este período histórico, en donde maduraron “condiciones objetivas” para producir una radical modificación en la correlación de fuerzas entre izquierda y derecha, la primera se demostró incapaz de concretar siquiera una unidad táctica que le permitiera enfrentar con algunas chances de éxito a sus enemigos más poderosos. Una “unidad en la diversidad” que no suprimiese las diferencias sino que se nutriera de ellas y creciera a partir de ellas. Esto fue lo que los compañeros del Frente Amplio/Encuentro Progresista supieron hacer en el Uruguay, o los del PT en el Brasil, con independencia de la posterior capitulación de los gobiernos surgidos en su nombre.
Ni siquiera la larga “muerte anunciada” de la Convertibilidad y la violenta irrupción de las masas que en Diciembre del 2001 ocasionara el estrepitoso derrumbe del gobierno de De la Rúa pudo acabar con estas tendencias hacia la fragmentación, la atomización y la inoperancia política, con lo que la izquierda desaprovechó una magnífica oportunidad para poner fin al primado del neoliberalismo en la Argentina. La pertinaz supervivencia del espíritu de secta ha prevalecido tanto como la comodidad que otorga el saber que se está lejos, muy lejos del poder y que, por lo tanto, la organización puede desentenderse de las consecuencias de sus propios actos, de su patética inoperancia en una excepcional coyuntura cargada de posibilidades emancipatorias. Tengo para mí la impresión, además, que a nuestras fuerzas de izquierda les interesa menos conquistar el poder que marcar con precisión todo aquello que las diferencia entre sí en su afán por brindar un irrefutable testimonio de su pureza doctrinaria en un mundo superpoblado no sólo por los operadores de la derecha sino también por los que, con suma ligereza, se califica como traidores o cómplices de la dictadura del capital. Obsesionadas por la concreción de la demorada revolución cuya inminencia se ha anunciado tantas veces que ya nadie escucha se les escapa la laboriosa tarea de organizar pacientemente a las masas populares y colaborar en la maduración de su conciencia crítica. Sólo eso podrá cambiar nuestra historia, pero hasta ahora los esfuerzos en esta dirección han sido intermitentes e insuficientes.
IM: ¿Qué opinión le merece la enorme carencia de contenido teórico y hasta ideológico que ostentan las distintas opciones electorales actuales?
AB: Negativa, por supuesto. Refleja el vaciamiento de la política y la victoria ideológica del neoliberalismo que ha reducido aquélla a la condición de una técnica en donde no entran consideraciones de tipo ético u opciones valóricas. En lugar de la política con sus debates acerca de proyectos y utopías recordando que son éstas las que mueven la historia y las que, en la bella metáfora de Eduardo Galeano, aparecen como un horizonte hacia el cual avanzamos y que nunca alcanzamos, pero nos hace avanzar lo que existe es un aburrido y desmoralizante consenso que, a veces de modo explícito y otras de manera implícita, dice que el modelo neoliberal debe preservarse. Ante este cuadro, las elecciones se convierten en un costoso simulacro democrático, una tediosa espera sin esperanzas.
Ahora bien: este consenso conservador del cual se nutren las fuerzas políticas mayoritarias nada tiene de técnico. Pese a que se proclame “no-político” es político hasta la médula. Refleja, el vigor de las clases dominantes que siendo las grandes beneficiarias de la restructuración neoliberal observan complacidas como la dirigencia política discute con ardor sobre minucias y personalidades, preservando cuidadosamente en la sombra y fuera del alcance del público, el examen de las causas de nuestro malestar social. La política se convierte así en un ejercicio de marketing: vender una idea, lo más simple posible; instalar una cara, a lo máximo un rústico pero efectista slogan y punto, abstenerse de formular cualquier opinión que se aleje siquiera mínimamente del “centro político”, metafísico lugar definido por los ideólogos del imperio y sus aliados y que no se halla en ningún centro sino bien a la derecha del espectro ideológico, como lo prueban hasta el cansancio los casos de Chile, Brasil, Uruguay, Argentina y tantos otros más. Por supuesto, es una saludable muestra de madurez que nuestro pueblo no se entusiasme en lo más mínimo con este espectáculo “pseudo-democrático”, y que para aportar algo de “calor popular” a los actos y concentraciones haya que apelar a las conocidas maquinarias clientelísticas. ¿Quién, si no, podría interesarse por tomar parte en algo tan insulso e inoperante como eso que pomposamente se denomina “competencia partidaria”? ¿Competencia para qué? ¿Para elegir cuáles serán las personas y grupos dispuestos a reproducir las políticas que nos agobian, que nos frustran como nación y que dan origen a una sociedad cuya injusticia crece a diario? ¿A quién podría importarle una política como la actual, castrada de toda potencialidad emancipatoria?
IM: Por otro lado, sin romper con las estructuras capitalistas vigentes, y desde sus propias reglas de juego, en América Latina rebrota la izquierda: Chile, Bolivia, Ecuador, Venezuela, etc. ¿En qué medida estos movimientos y partidos políticos, con sus variados matices, refutan la supuesta muerte del marxismo?
AB: Lo hacen, y de manera muy clara. Cuba sobreviviendo a medio siglo de bloqueo económico y político y, sin embargo, teniendo capacidad para ofrecer a su población niveles de educación, salud, seguridad social, recreación y vida cultural sin parangón en América Latina y, en algunos rubros, superior incluso a los que exhiben algunas sociedades desarrolladas. Países como Argentina, Brasil, Colombia, Chile, México, que no han sufrido bloqueos ni interminables agresiones económicas y políticas no pueden siquiera compararse en materia de indicadores sociales con los que exhibe la Revolución Cubana. Venezuela está buscando, al igual que Bolivia y Ecuador, su camino propio hacia el pos-neoliberalismo. Porque, es preciso recordarlo una vez más: no hay modelo por imitar. Cada caso es absolutamente original, una construcción genuina de un pueblo cuyo éxito dependerá de su capacidad, de su coraje y de su inventiva. El “socialismo del siglo veintiuno” de Chávez apunta en esa dirección. Y recoge las enseñanzas de Simón Rodríguez, maestro del otro Simón, Bolívar, cuando con notable intuición dijera a sus contemporáneos: “o inventamos o erramos.” De eso se trata, de inventar. Esto está haciendo Chávez en Venezuela, y también Evo en Bolivia, en medio de enormes dificultades y obstáculos, como las que enfrentan todos estos procesos emancipatorios. Es lo que también se está tratando de hacer en Ecuador. Y lo que está en ciernes en otros países. Vale aquí tener en cuenta la lúcida observación de Mariátegui cuando dijera que “entre nosotros el socialismo no puede ser calco y copia sino creación heroica de nuestros pueblos.” Creación heroica que encuentra en el marxismo su fuente más importante de inspiración y que demuestra su singular vitalidad. Parafraseando a Mark Twain podría decirse que las noticias de la muerte del marxismo han sido un poco prematuras.

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  • Entrevista concedida a Irina Morán en ocasión de la presentación en la ciudad de Córdoba, Argentina, del libro compilado por Atilio A. Boron, Javier Amadeo y Sabrina Gonzáles: La Teoría Marxista Hoy. Problemas y Perspectivas, Junio 22 de 2007. El autor agradece la colaboración de la Escuela de Servicio Social y la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Córdoba y la Editorial Espartaco, de la misma ciudad, por su invitación a presentar dicho libro.

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