“Nosotras luchamos para abrir puertas a la paz”

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Miriela Fernández Lozano

Una misión humanitaria en varios territorios colombianos, un amplio foro en Barrancabermeja y una Vigilia por la Vida ante los ojos de la base militar de Palanquero fueron las acciones del Encuentro de Mujeres y Pueblos de las Américas contra la militarización.

Esta iniciativa, convocada principalmente por el Movimiento Social de Mujeres Contra la Guerra y por la paz de Colombia, atrajo la adhesión de organizaciones nacionales y otras que, como la Marcha Mundial de Mujeres, Vía Campesina, la Convergencia de Movimientos y Pueblos de las Américas y el Consejo Mundial de la Paz desandan el camino de la desmilitarización y por los derechos de las mujeres.

Según Yolanda Becerra, coordinadora del movimiento de mujeres, que integra a unas sesenta organizaciones colombianas, “nos propusimos a partir de los debates conformar una agenda desde nosotras pero integrada al resto de los movimientos sociales.

“Creemos que para conseguir la paz es indispensable el sujeto político de los movimientos sociales. Donde no hagamos esa construcción no podremos callar las armas. Si bien nos dirigimos a empoderarnos como mujeres cada vez más, necesitamos fortalecer otros procesos sociales. Tenemos reivindicaciones propias, pero también tenemos luchas comunes como pueblos.”

Desde 1996, cuenta Yolanda, las mujeres comenzaron a unirse ante el cansancio de la guerra y dieron vida a este movimiento: “Primero fue una inquietud, luego una propuesta y hoy es un proceso donde construimos una plataforma de lucha a nivel nacional. Hemos logrado crear una comunidad política donde nos aglutinamos mujeres negras, indígenas, obreras, campesinas, urbanas. Es una muestra del avance de los movimientos sociales en nuestro país, pero además da cuenta del enlace construido a nivel internacional con procesos de cambio”.

En el 2009, la firma del convenio de cooperación militar entre Estados Unidos y Colombia, que permite la instalación de siete nuevas bases extranjeras en este territorio, dio la alerta a sectores de la sociedad colombiana que en varias oportunidades habían levantado sus voces contra la militarización.

La agudización del conflicto armado interno, estrategias como el Plan Colombia que han llevado la cifra de desplazadas y desplazados a más de 4 millones, el alto presupuesto militar-Colombia es el país latinoamericano que mayor producto interno bruto destina al gasto militar-, la violencia desprendida de la llamada “seguridad democrática” y las silenciadas secuelas en la vida de las mujeres fueron motivos para este encuentro.

“Creo que el evento logra un impacto social y político muy grande en el país y en el resto de Latinoamérica pues denunciamos los efectos de la militarización y la presencia aquí de las bases militares. Realmente es un tema del que aún no logra apropiarse la sociedad civil colombiana y menos las mujeres.

“Durante la preparación de este intercambio, que fue fruto de un proceso de más de un año, hicimos alrededor de 200 conversatorios y debates para construir algunos consensos y sumar fuerzas al rechazo contundente a la militarización, la intervención norteamericana y la presencia de bases extranjeras en Colombia y el resto de la región.

“El fallo de la Corte Constitucional que ha desconocido el convenio entre Estados Unidos y Colombia no resuelve el problema, pero abre un camino y legitima este encuentro, y nos posibilita la movilización. Hemos elevado el perfil del tema no solo a nivel nacional sino internacional y esto ha sido muy importante; tiempo atrás parecía como si todos, colombianas y colombianos, estuvieran de acuerdo con lo que sucedía en nuestro país. Había mucho miedo para denunciar-hay miedo todavía-, y más porque sabemos que el enfrentamiento es a las multinacionales, a su modelo, a puntos neurálgicos del sistema”.

Las mujeres fueron las principales convocantes a este intercambio. Muchas portaron entre sus manos pancartas con una frase que por esos días saltó también las fronteras colombianas: “Mi cuerpo es mi casa, mi casa es mi territorio. ¡No entrego las llaves!”

Han sido ellas las más afectadas por los años del conflicto armado. Han sufrido las desapariciones y asesinatos de sus hijos e hijas, la desintegración familiar, la violencia psicológica, física, sexual; han sido víctimas de la prostitución y la pobreza; han sido utilizadas como botín de guerra; muchas se ven obligadas al desplazamiento, a asumir solas la sobrevivencia.

“Nosotras queremos unirnos. Para ello, se necesita un trabajo real de base, que tengamos nuestro territorio y allí defendamos una postura muy clara y contundente contra la guerra y un compromiso por la paz. También es indispensable la disposición para dialogar con otras y otros. Es una lucha que se inicia con un reconocimiento individual y colectivo a partir del amor. Si nos amamos nosotras mismas primero, seremos capaces de construir.

“Un aspecto fundamental de este encuentro ha sido la presencia de Latinoamérica. Si bien tuvimos compañeras de Canadá, Estados Unidos y Europa, nos fortalece mucho el acompañamiento de mujeres de países muy cercanos. Nos parece que esa complicidad, ese hermanamiento debe continuar. Es un apoyo mutuo en temas que nos interesan a todos y todas en la región”.

Un foro en defensa de la vida
En el Club de Infantas de Barrancabermeja, justo en el ombligo del río Magdalena tuvo lugar el foro de debates del Encuentro de Mujeres y Pueblos contra la militarización. Tras los recorridos por distintos territorios colombianos envueltos en el desasosiego y una violencia muchas veces callada, esta tierra caliente, con una larga historia de luchas sindicales y comunitarias, dio la bienvenida a unas 2500 personas entre delegadas internacionales e integrantes de organizaciones sociales del país.

Ante los y las participantes, la politóloga y periodista Laura Gil ofreció una disertación sobre los efectos negativos que ha dejado a los pueblos vecinos la base militar de Palanquero, la cual junto a otras seis, en Malambo, Cartagena, Málaga, Tolemaida, Apiay y Larandia, según el convenio entre Estados Unidos y Colombia, quedarían bajo el control del ejército norteamericano.

De acuerdo con la investigadora, la presencia militar en estas zonas, específicamente en el poblado de La Dorada, muy cercano a la base, ha penetrado en el imaginario de la gente, frenando el relato sobre los crímenes cometidos y dejando una enorme tolerancia ante el comercio sexual, vinculado sobre todo a la pobreza.

Gil constató la existencia de 15 prostíbulos en el lugar y varias páginas en Internet que ofrecen este tipo de servicios a militares y a otros “consumidores”. A través de catálogos de prepagos se realiza la selección. Lo más alarmante, señaló, es el vínculo de menores de edad con estas redes, también cuando “el pedido apunta a relaciones homosexuales”.

Durante esta jornada, se escucharon además las palabras de la senadora Piedad Córdoba, quien, como parte del Movimiento de colombianas y colombianos por la paz, hizo un llamado al compromiso por la vida y contra la guerra.

Seguimos el acompañamiento desde lo institucional. La seguridad democrática ha traído bases militares, más de 5000 falsos positivos para cobrar recompensas, asesinatos y recreación en la guerra, dijo Piedad Córdoba ante un atento auditorio que colocó aplausos en cada una de sus pausas.

¿Qué nos dejó el Plan Colombia? continuó el desplazamiento en varias regiones del país, más de 4 millones de refugiados internos, 4 millones de colombianos sin futuro, y paramilitares que siguen impidiendo el diálogo. Colombia no puede convertirse en un camposanto. Nuestra voz tiene que levantarse a favor de la paz.

Ese fue el mensaje que reiteró cuando emocionada se acercó a la delegación cubana y habló de la importancia del encuentro con Fidel en La Habana días atrás y de la necesidad de continuar la lucha por un adiós a las armas.

En los exteriores del local, un amplio salón conduce a un viaje a la memoria. Diferentes pabellones recuerdan episodios de la historia colombiana más reciente como los crímenes contra los miembros de la Unión Patriótica, las consecuencias de la guerra en diferentes zonas del país, entre ellas el Cauca y Catatumbo, y la ardua lucha en Barranca, que se hace un poco más extensa con este encuentro.

Pero también hay espacio para un intercambio más íntimo, que se da al descampado, entre el olor del salcocho colombiano (especie de caldo) o de un tinto bien fuerte (café). Y ahí surgen otras alianzas y la solidaridad entre distintas luchas.

Luego de diferentes testimonios y denuncias contra la militarización de mujeres representantes del Consejo Regional del Cauca (CRIC), de la Organización Femenina Popular (OFP), del Coordinador Nacional Agrario (CNA), de la Marcha Mundial de Mujeres (MMM), entre otras organizaciones, las discusiones se enmarcan en grupos.

Una marcha de la luz, de la resistencia, la memoria y la soberanía pone fin al primer día de debates.

Memoria y esperanza

Algunas encienden la noche con velas. Otras cargan en sus manos piedras que hablan por los ausentes. Frente a la sede del Comisariato de los trabajadores de la industria petrolera, por la avenida del ferrocarril de Barrancabermeja, se inicia la marcha de la resistencia y la memoria.

Ellas van en la avanzada. Reclaman autonomía sobre sus cuerpos, el cese de la guerra y de la violencia. Sus consignas y carteles toman las calles y acorralan a la indiferencia. Obligan a que se les escuche, que caigan sobre la peregrinación las miradas de los transeúntes.

“Mujeres contra la guerra, mujeres contra el capital, mujeres contra el machismo, contra el terrorismo neoliberal”. La frase atrae un sinnúmero de ecos. Los hombres también están integrados a la marcha. Unen sus pasos a favor de la paz.

Voces internacionales de solidaridad con Colombia y otras naciones que padecen el militarismo son acompañadas por las de estudiantes, niños y niñas, pobladores de comunidades rurales, indígenas del Cauca, que escoltan la manifestación con sus bastones negros, rojos y verdes, símbolo de su lucha por el territorio.

El ritmo de los tambores de los afrocolombianos que participan en el Encuentro de Mujeres y Pueblos contra la militarización acelera los pasos. Sus cantos son denuncias, recuerdan el horror de las motosierras y de los paramilitares robando el sueño en sus localidades.

La marcha es resistencia. Una evidencia de que aún Colombia vive entre el fuego y el terror, pero que también gran parte de su pueblo continúa haciendo por la paz.

¡No a la ocupación militar. No a la criminalización de la protesta. No a la repetición de lo vivido. No a la violencia contra las mujeres! En la Plaza de la Vida siguen escuchándose estas consignas, hasta que el silencio empieza a reinar y las manos quedan vacías. Las velas y las piedras están colocadas en el suelo, en homenaje a los rostros de una larga lucha y en nombre de la esperanza.

La historia sigue

Durante el segundo día de debates del Encuentro de Mujeres y Pueblos contra la militarización, la comisión internacional de mujeres que visitó cinco regiones del país expuso los resultados de estos recorridos. Los intercambios con habitantes y autoridades del Valle del Cauca, Nariño, Magdalena Medio, Atlántico, Bogotá constituyeron la base para la creación de un informe en torno a tres ejes: mujer y territorio, mujer y militarización, mujer y movimientos sociales.

Después de Sudán, Colombia es el país en conflicto con más población desarraigada del mundo. Los testimonios recogidos dieron cuenta de que este desplazamiento conlleva a la pérdida de la identidad y del territorio autóctono.

Según el informe, la militarización forma parte de un plan estratégico para defender los intereses de las transnacionales en zonas ricas en recursos naturales. Allí se ponen en práctica megaproyectos para el fácil acceso a estos recursos sin consultar a los pueblos, y son custodiados indistintamente por bases militares, efectivos militares, batallones de alta montaña, contratistas del ejército y paramilitares, que muchas veces se imponen a través de la violencia.

La población de estos territorios ha visto reducida sus oportunidades en la agricultura, pues grandes extensiones de tierra en manos de oligarcas se disponen para el cultivo masivo de palma africana y caña, que son utilizados como agrocombustibles. En otros, sobresale el monocultivo de la papa.

Se vive con inseguridad, bajo constantes amenazas ya que muchos de estos pueblos son estigmatizados como subversivos, sobre todo en zonas consideradas como corredores para los distintos grupos armados de Colombia. No solo son los líderes o integrantes de movimientos sociales los que tienen esta situación, sino también los familiares o personas que presentan con ellos y ellas algún vínculo.

Toques de queda, pérdida de la autonomía, desapariciones forzadas, asesinatos selectivos, desintegración familiar, preeminencia de un modelo patriarcal, criminalización de la pobreza, y el peso de la guerra fundamentalmente sobre mujeres viudas, cabezas de familia y desplazadas son problemas que se repiten en diferentes lugares recorridos.

En todas las comunidades han existido casos de falsos positivos hombres y mujeres presentados como guerrilleros caídos en combate para demostrar los resultados de la política de seguridad democrática violaciones sexuales, prostitución, embarazos a temprana edad, engaños a menores y adolescentes para conseguir información sobre las guerrillas u otros grupos políticos.

Víctimas y victimarios se ven obligados a convivir en la misma comunidad, bajo un clima de vulnerabilidad y riesgo, en el que también influyen actores del narcotráfico.

En varias zonas, las mujeres cargan sobre sus espaldas familias numerosas. Escasean los recursos económicos, así como planes educativos y de salud, y en la mayoría de los casos se dedican a las labores del hogar.

Muchas veces la violencia de género, feminicidios, abusos sexuales, son silenciados o quedan en los marcos del espacio privado. Algunas tienen problemas para identificar la violencia de género como un problema social o no la denuncian debido a años de impunidad.

Al interior de varios movimientos sociales también son rechazadas la mayoría de las mujeres que sufrieron algún tipo de agresión, y es todavía reducido el trabajo que se realiza frente a estas o el tratamiento psicológico que debe llevarse a cabo.

Asimismo, el documento arrojó que existen autoridades comprometidas con estas comunidades y con la solución a los graves problemas que las afectan, como ocurre con la Alcaldía de la localidad de Sumapaz, en Bogotá, que ante diferentes episodios violentos y amenazas debió trasladar su sede a la ciudad.

En la jornada, la situación de Colombia entró en diálogo con otras regiones que en el continente enfrentan la presencia militar y la criminalización de sus luchas. Amanda Mateus, representante del Movimiento Sin Tierra de Brasil; Berta Cáceres, del Frente de Resistencia de Honduras e Ivett Minda, de Ecuador, entregaron las experiencias de sus pueblos contra la militarización, impulsadas hoy o victoriosas en un reciente pasado como ha sido el caso ecuatoriano, que logró devolver al territorio nacional la base militar de Manta, utilizada por Estados Unidos.

El Encuentro de Mujeres y Pueblos de las Américas contra la militarización culminó con una declaración que reafirma el compromiso con la paz, la soberanía y la defensa de la vida.

El 23 de agosto, horas antes de que los y las participantes salieran en caravana a Puerto Salgar, frente a la base de Palanquero, en el Parque Camilo Torres de Barranca se dio lectura a una agenda para seguir articulando la resistencia frente a las estrategias militares y por lo derechos de la mujer.

Impulsar la Corte de Mujeres y Pueblos en Colombia; trabajar en el fortalecimiento de los movimientos sociales y de mujeres; participar en el Congreso de los Pueblos, a celebrarse entre el 8 y 12 de octubre próximo, fueron algunas de las acciones que conformaron este plan de lucha.

Desde el punto de vista internacional, la solidaridad se hizo extensiva a Honduras, Haití y a los Cinco cubanos presos injustamente en cárceles norteamericanas. La integración a la campaña contra la militarización, relanzada en el Foro Social de las Américas en Paraguay, y la visibilización de los resultados del encuentro en Colombia en cada uno de los países representados fueron otros caminos que empezaron a abrirse.

En sus palabras de clausura, Miriam Nobre, coordinadora de la MMM, destacó que el evento no solo permitió tocar “la realidad concreta del país, sino darle rostro y nombres a quienes han enfrentado el proyecto de la militarización y resisten en sus territorios y vidas cotidianas; también constatar los intereses económicos, geoestratégicos que se defienden (…) En este país no se está viviendo el posconflicto como dice el gobierno. Pero, ustedes no están solos. Tienen la solidaridad de personas que luchan en todo el mundo.”

*Frente a los ojos de Palanquero *
La caravana ha desembarcado en Puerto Salgar. Un viejo cartel ofrece la bienvenida. A su espalda está la entrada a la base militar de Palanquero. Una colega se adelanta a tomar una foto, pero al instante un soldado le sale al paso. Mueve el índice como un péndulo. Es clara la señal. Casi se nos prohíbe mirar hacia ellos.

Entre los pobladores del lugar hay confusión. Vagamente saben que hemos venido a una vigilia, que la presencia de personas de disímiles países y de movimientos sociales colombianos se debe a una protesta contra la militarización y la ocupación extranjera. No todos conectan el suceso con un acto de solidaridad.

Es la primera vez que ocurre una manifestación como esta en Puerto Salgar, me dice una compañera de la Unión Sindicalista Obrera (USO) al notar mi sorpresa ante la escasa calidez que nos recibe. En medio de la conversación sobre el conflicto colombiano y la desaparición de su esposo en 1993, hace un giro y me habla de los volantes encontrados contra nosotras, las “visitantes”.

Los sueltos engañan. Algunos divulgan que las investigaciones presentadas en el Encuentro contra la militarización en Barrancabermeja afirman que la permanencia del enclave militar en la zona ha significado el nacimiento de un pueblo de prostitutas. ¿Quién ha esparcido las pequeñas pancartas? ¿Medios de comunicación de la oligarquía? ¿El propio ejército? ¿Algún “asociado” a la red de inteligencia que, me han revelado, existe en el lugar? Todas se alistan como grandes probabilidades…

Lo cierto es que quedo atónita frente a la explícita aceptación de los volantes e intento buscar respuestas. En las calles empieza a destejerse la complejidad del tema: “La base es fuente de empleo”, “si vienen los gringos le vendemos”, “así nos ganamos la vida”…Rápido voltean la mirada y se dejan arrastrar por una especie de circo que ha abandonado su carpa y se instala al aire libre, haciéndole competencia a nuestra protesta.

Meditabunda, hago un lento paneo, arropándome de desconcierto frente a la historia de pobreza de Macondo y su ¿eterna? soledad.

Sin embargo, desde una tribuna otra vez se oyen las voces a favor de la soberanía y contra la guerra. Cada alocución profundiza en los efectos de la militarización. Las comunidades indígenas, afrocolombianas, rurales, urbanas conducen con sus testimonios a la reflexión, alientan la lucha.

“Queremos evidenciar las consecuencias directas de las guerras y los conflictos en la vida de las mujeres, que van más allá de las enfrentadas por la población masculina de los países que viven dicha realidad. En el contexto de guerra la apropiación del cuerpo de las mujeres es vista como recurso, forma de control, intimidación o botín. Casos de violencia sexista son comunes, practicados por el ejército, al igual que por grupos paramilitares como en la comunidad local donde los hombres pasan a rechazar y a culpar a la mujeres víctimas de las agresiones.” Esta declaración de la MMM es leída frente a todas y todos.

En nombre de la organización, que ha hecho de este encuentro una estación en el camino hacia su tercera acción internacional en la República Democrática del Congo, Marissa Zepeda, del capítulo mexicano de la MMM, continúa: “La manipulación ideológica que divulga, por ejemplo, la guerra contra el terrorismo, también tiene impacto en la vida de las mujeres criminalizando a las integrantes de movimientos sociales y restringiendo su derecho de ir y venir. Ello ocurre con las colombianas, víctimas de los abusos cometidos en nombre del combate al narcotráfico, además de las denuncias del rol de los fabricantes de armas que lucran intensamente con los conflictos e intervienen políticamente en sus rumbos…”

Acompañada por un ondulante mar de banderas violetas que representan a la MMM, la mística culmina con el compromiso de las mujeres a seguir “en marcha hasta que todas seamos libres”.

De la MMM, también ha hablado Carol Jacob. Desde Haití ha traído fraternas y sonoras palabras de solidaridad: “Vengo a decirles que en Haití las fuerzas del pueblo están luchando contra la ocupación, contra la MINUSTAH, y nos solidarizamos con el pueblo colombiano que también se enfrente a la militarización.”

Mientras en el improvisado escenario se sucede la música originaria de varias regiones de Colombia, algunas comunicadoras internacionales conversan con liderezas y dirigentes de diferentes movimientos sociales que forman parte de la caravana.

Solo quienes por primera vez visitamos Puerto Salgar seguimos el recorrido de los gigantes con alas a punto de aterrizar en la base. El ruido y escenas como estas forman parte de la cotidianidad de este pueblecito de Cundinamarca.

Sin embargo, imagino que algunos pobladores y pobladoras del lugar deben haber sentido la misma extrañeza al vernos allí, al ser rozados por personas de disímiles regiones del mundo y de Colombia intentando poner límites a la militarización.

Los soldados también están atentos. Escuchan cada denuncia, y pienso en aquellas crónicas de Gabriel García Márquez sobre el batallón colombiano en Corea y el infortunio que les dejó la guerra.

Son casi las 10 de la noche. Los y las integrantes de la caravana comienzan a devolverle al sitio su “normalidad”. Ha sido una intensa jornada. Logramos nuestro propósito: Puerto Salgar fue asaltado por la paz.

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