Otro premio para El Camino de San Diego

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Se apagaron las luces y las lunetas quedaron vacías. La gente parece retornar a sus habituales ritmos. ¿Será así, qué pasó, qué pasa siempre durante esos intensos e irrepetibles días de Festival de Cine en La Habana? Pasa que la gente cambia, se transforma y hasta se anima a “zafarse” de alguna reunión o del trabajo agobiante. Y es que a las cubanas y cubanos nos gusta el cine a mares; y aunque las colas sean la cara más fea del agobio, sacamos todas nuestras mejores energías para hundirnos en las salas oscuras y perdernos hacia otras realidades imaginadas, soñadas. Esa es la magia del cine y de esos días en que para muchos no hay nada mejor que ese contraste entre luz y sombra, entre realidad y ficción.

Y como es ya tradición, nuestro Centro y su productora de video, también se anima a entregar su Premio Caminos, que esta vez fue a parar a las manos del cineasta argentino Carlos Sorín, también merecedor del segundo Premio Coral por su largometraje _El Camino de San Dieg_o, presentado en el recién finalizado 28 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.

Para esta labor, se conformó un jurado integrado por: el realizador Kiki Álvarez, el productor de cine chileno Pedro Zurita, el crítico Frank Padrón, el realizador Rigoberto Jiménez y la directora de fotografía Lily Suárez, en representación de Producciones Caminos, del Centro Memorial Dr. Martin Luther King, Jr.

En opinión del jurado El Camino de San Diego “apoya un proyecto de solidaridad comunitaria y de identificación humana en torno a un sueño. Una vez más el director apuesta por el mundo de los más humildes y lo hace con indudable dignidad artística”.

Como es ya tradición, con este premio el Centro Memorial Martin Luther King, Jr. reconoce a la película que, con el imprescindible rigor y calidad artísticos, promueva la afirmación de la vida, potencie una cultura y espiritualidad de solidaridad, re-cree y reencante la historia desde la perspectiva de los excluidos, y estimule la participación ciudadana consciente y comprometida con la esperanza de un mundo donde quepan todos y todas.

SINOPSIS La acción tiene lugar en la selva del noreste argentino. Allí, en una choza precaria, vive Tati Benítez (Ignacio Benítez) con su familia. Tati ha perdido su trabajo y ayuda a Silva (Miguel González Colman), un viejo escultor para quien busca troncos, ramas y raíces que puedan servirle para hacer sus obras. A cambio, obtiene un porcentaje por las ventas que logre realizar entre los pocos turistas que llegan al mercado del pueblo vecino. Al igual que la mayoría de los argentinos, Tati tiene adoración por Diego Armando Maradona. Las paredes de su casa están cubiertas de fotos de su ídolo, y guarda, como el tesoro más preciado, la entrada al estadio del día que lo vio en plena acción. A pesar de su dramática situación económica, Tati no pierde su espíritu jovial. Tiene además otra razón para su optimismo: ha encontrado una gigantesca raíz de timbó (un árbol típico de la zona) con una silueta que él encuentra parecida a Maradona, la cual intentará entregar personalmente a Diego. La noticia del ingreso de Diego en la Clínica Suizo Argentina de Buenos Aires por un problema cardíaco es motivo suficiente para que Tati inicie así su gran aventura. Sorín por Sorín

A pesar de su fascinación por los paisajes patagónicos, Carlos Sorín es porteño, y se inició como asistente de Alberto Fischerman en el mundo del cine publicitario. Nuestro Centro lo premió en 2002 por su filme Historias mínimas. Según confesara, con esta película decidió concretar un proyecto que realmente tenía muchas ganas de hacer y que me proporcionó placer y distensión, y por suerte el resultado estuvo de acuerdo con mi sensación al rodar.

En reciente entrevista a un diario madrileño, Sorín afirmó que con El camino de San Diego, le vuelve a rendir homenaje a los invisibles de la Argentina. “Esta película se la debemos a todos esos a los que muchos consideran al margen. Por solidaridad me alío con ellos, y si les puedo convertir en bondadosos, pues eso que se llevan. En su peregrinaje, Tati, el protagonista de la cinta, sólo se topa con buenas personas. Soy consciente de que es una idealización propia: me siento mejor tomando mate con los peones que con los patrones”.

Al preguntársele si esta película es un largometraje sobre la creencia ciega en un mito, el cineasta argentino respondió: “Es curioso que lo que en su día fueron los grandes cines y teatros del país han acabado convertidos en templos, pseudoiglesias, pastores… Esto tiene que ver con la situación social y el hecho de que no haya esperanza y sí pobreza: los desocupados buscan respuestas en estos lugares, ya que las instituciones no las dan. Yo he querido retratar fenómenos otrora locales y hoy nacionales como el del Gauchito Gil, a cuyo santuario peregrinan los desempleados para que el Gauchito, desde el cielo, les otorgue trabajo.

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