Para salvar la economía hay que sacrificar el imperio

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La crisis financiera y económica actualmente en curso de profundización no podrá aliviarse sin afrontar varios problemas de los que la opinión pública no quiere oír hablar. Su sola mención levanta un muro de disonancias cognitivas.

Para principiantes: el problema actual de la deuda no es marginal, sino que ha llegado a ser estructural; y los problemas estructurales no pueden resolverse con paliativos meramente marginales. Lo que Alan Greenspan llamó “creación de riqueza” se reveló como una mera inflación de precios de los activos: una puja al alza, fundada en el crédito, de los precios inmobiliarios y de los mercados de valores. La Economía de la Burbuja lastró con deudas a los hogares, a los bienes raíces y las empresas, mientras que los recortes fiscales de Bush a los segmentos fiscales más altos obligaron a los presupuestos federales, estatales y locales a un endeudamiento de mucho mayor calado.

Esta política pudo mantenerse mientras los precios de las propiedades hinchados por la deuda crecían a una tasa más rápida que la tasa de interés que tenía que pagarse. Pero el pago de intereses y las cargas de amortización desviaban el gasto de los consumidores y de las empresas fuera del consumo y de la producción.

Eso es lo que significa “deflación por deuda”. Los sectores financiero e inmobiliario recibían un dinero que antes se gastaba en bienes y servicios. El servicio de la deuda no puede gastarse en bienes de consumo (por parte de los propietarios de vivienda) o en inversión de capital (por parte de empresas con deuda apalancada). El efecto es la ralentización de las ventas y del ingreso empresarial, y por consecuencia, del alquiler comercial y del mercado de bienes raíces.

En 2006 se alcanzó un punto en el que el crecimiento del servicio de la deuda rebasó los ingresos operativos o la capacidad de los propietarios de vivienda para seguir adelante (sobre todo, cuando se dispararon las tasas de interés). La idea salvadora directriz de la Reserva Federal (FED) consiste en prestar a los deudores lo suficiente para que puedan pagar a los banqueros y a otros acreedores, subsidiando su insolvencia para que puedan mantenerse al día en sus obligaciones de pago. La alternativa es el valor líquido negativo: la venta de viviendas, edificios de oficinas y empresas comprometidos como colateral y venderlos a precios por debajo de la hipoteca o del valor del préstamo. Ese subsidio lo único que hace es ganar tiempo para que el problema de la deuda reaparezca luego con raíces aún más profundas.

Porque la verdad es que el actual nivel de deuda no puede ser pagado. El problema no está en absoluto confinado en la base de la pirámide, sino que está concentrado en su cúspide. El gobierno mismo de los EE.UU es en realidad el mayor deudor subprime del mundo. Sus 2,5 billones de dólares de deuda contraída con bancos centrales extranjeros –sumada a una deuda todavía mayor contraída en el extranjero por el sector privado— no puede pagarse, dados los graves déficit militares y comerciales de la nación. El reconocimiento de este hecho político en el núcleo del sistema financiero internacional ha llevado a los gobiernos y a los inversores extranjeros a deshacerse de bonos y valores denominados en dólares. Eso ha llevado al descenso de la tasa de cambio del dólar, elevando los dolarizados precios del petróleo y de otras materias primas.

Cuanto más crezca el déficit comercial y el gasto militar en el extranjero de los EE.UU., más dólares colocarán los exportadores extranjeros, y otros receptores de fondos estadounidenses, en bancos centrales extranjeros. Los bancos centrales se hallan entonces en una situación en la que apenas pueden gastar su dinero en otra cosa que en comprar títulos del Tesoro norteamericano. Han comprado tantos, que los norteamericanos ya no necesitan cargar con el coste del déficit presupuestario federal estadounidense comprando bonos para financiarlo; los extranjeros lo han hecho por ellos. En efecto, han prestado al gobierno de los EE.UU. los dólares y el intercambio exterior para librar su guerra en Oriente Medio, una guerra, dicho sea de paso, que los votantes extranjeros no apoyan. Financiar el déficit de pagos y el déficit del presupuesto federal de los EE.UU. es subsidiar la guerra.

Estos últimos años, los gobiernos extranjeros han buscado alternativas a la compra de títulos del Tesoro de los EE.UU. Pero cuando los chinos trataron de comprar activos de Union Oil, el Congreso vetó el acuerdo, acusando a la propiedad pública de preparar un camino de servidumbre. Para que China comprara las privatizaciones estadounidenses tendría que creer que el Congreso de los EE.UU. le permitiría aumentar los peajes de autopista y otras cuotas de acceso a infraestructuras, lo bastante al menos como para compensarla por la caída del dólar. Pero la respuesta más probable serían nuevas quejas contra el peligro amarillo. De modo, pues, que los gobiernos extranjeros se hallan ahítos de dólares que no pueden usar para comprar activos estadounidenses reales, ni pueden tampoco gastar en exportaciones norteamericanas ahora que el país está en vías de desindustrialización. Todo lo que pueden hacer es prestar dinero al gobierno de los EE.UU.

Esa es la vía que llevó a los banqueros Medici a la bancarrota hace unos siglos. Hacia 1776, Adam Smith llegó a la conclusión de que ningún gobierno había pagado jamás su deuda externa. Tampoco sector privado alguno ha reducido, desde tiempos inmemoriales, su nivel de deuda (salvo por bancarrota, moratoria o denuncia). Esas son opciones que tenemos hoy abiertas. Pero no son de recibo para la deliberación pública. La última vez que los economistas profesionales se enfrentaron al problema de la deuda global fue en los años 20 del siglo pasado, respondiendo al elevado nivel, impagable, de las reparaciones alemanas y de la deuda interaliada con los EE.UU. Desde entonces, se ha hablado mucho de teoría monetaria, pero se ha prestado poca atención a la medición de la capacidad de las economías para subvenir a su deuda nacional y exterior.

La FED trató a mediados de marzo de revertir el desplome de los precios de los activos inundando el sistema bancario con 200 mil millones de dólares de crédito. Se permitió a los bancos reconvertir, a través de la FED, sus préstamos hipotecarios dudosos y otros préstamos de mala calidad a su valor nominal (no a su valor de mercado, que era sólo del 20%). La coartada de la FED es que esa inyección permitirá a los bancos recuperar su actividad como prestamistas y “hacer que la economía se mueva de nuevo”. Pero los bancos están usando ese dinero para apostar contra el dólar. Toman prestado de la FED a bajos intereses y compran bonos denominados en euros que ofrecen tasas mayor de interés, un proceso que les permiten hacer ganancias con las divisas, puesto que el euro sube en relación con activos denominados en dólares. La FED, así pues, lo que hace es subsidiar la fuga de capitales, exacerbando la inflación por la vía de provocar el alza del precio de las importaciones (señaladamente del petróleo y las materias primas). Esas mercancías no son más caras para los consumidores europeos, sólo lo son para quienes las compran pagando con dólares. (Eso afecta también a América Latina y a otros países del área dólar.)

El comportamiento de la FED (no sólo bajo la dirección de Alan Greenspan) plantea la cuestión de los bancos centrales: ¿se necesitan para algo? Su idea ha sido siempre patrocinar normas orientadas al acreedor, a la desregulación financiera y a salvar al sector financiero a expensas públicas, arrinconando a la economía en una esquina de deuda. Pero, al proceder así, la Reserva Federal se priva de poder resolver los problemas que ella misma creó bajo la presidencia de Greenspan. Su papel –y en verdad, el de los bancos centrales en general— es mantener precisamente el tipo de políticas que han engendrado el actual desaguisado financiero.

Desde que se fundara el Banco de Inglaterra en 1694, los bancos centrales de todo el mundo han venido representando los intereses del sistema bancario comercial. Desgraciadamente, el marco financiero temporal ha sido siempre el corto plazo. Los bancos ganan dinero encontrando más y más clientes a los que prestar fondos, mientras que los banqueros de inversión y las casas de intermediación toman sus comisiones y se largan. Está en su interés promover la Burbuja Económica que inducirá a los compradores de bienes raíces y a los aventureros empresariales a tomar préstamos con objeto de cabalgar la ola de la inflación de precios de los activos. Esos préstamos, a primera vista, parecen sostenerse por sí mismos, puesto que, en tomarlos, crecen los precios de las viviendas, de las acciones y de los bonos. Esos activos pueden, además, ponerse como colateral para ulteriores préstamos a medida que los precios y las deudas crecen de consuno.

Ese es el tipo de “creación de riqueza” de la que trataba de jactarse Alan Greenspan. Pero, mira por dónde, no es un proceso que genere estabilidad para el conjunto de la economía. A medida que los intereses del sector financiero entraban en manifiesto conflicto con los de la economía “real” de consumidores y productores, la política de la Reserva Federal lo que trata de hacer es resolver el problema de le deuda con más deuda todavía, en forma de rescate de bancos que hicieron malos préstamos. Los rescates están concebidos para permitir que los bancos puedan prestar el dinero necesario para sostener los precios de los activos y preserva el precio de mercado del colateral que respalda los créditos hipotecarios, y prestar a empresas superlativamente apalancadas y los fondos hedge.(1) Al rescatar bancos para incrementar la capacidad de préstamo de éstos, a fin de conseguir aquellos objetivos, la FED ha terminado por convertirse en activo jugador de una guerra destinada al endeudamiento del sector de los bienes raíces, del trabajo y de la industria.

El resultado es una intrusión sin precedentes del Estado, no de un modo socialista, sino, al contrario, de un modo que se sirve del bolsillo público para proteger las finanzas y la propiedad en la cúspide de la pirámide económica. Eso se hace por el despeñadero de un camino financiero a la servidumbre, promoviendo un régimen de servidumbre por deudas. A través del sistema de la Reserva federal, lo que hace el gobierno es “resolver” el final de la Economía de la Burbuja suministrando créditos suficientes para endeudar a la industria y a la agricultura, al trabajo y al capital tangible: presta dinero para que se pueda pagar el servicio de la deuda de créditos que, de otro modo, caerían en la morosidad.

Como se dejó dicho, empero, la deuda más cargada de problemas es la deuda exterior, y el mayor deudor internacional subprime es el gobierno de los EE.UU. Está ahora endeudado con gobiernos extranjeros –que tienen en sus reservas títulos por valor de 2,5 billones de dólares— y con inversores privados –unos cuantos billones—, mucho más allá de su capacidad para devolver la deuda, y eso por no hablar de su disposición política a pagar. Por eso los extranjeros no aceptan ya los dólares de los que se deshacen los consumidores norteamericanos, por eso los inversores norteamericanos compran empresas extranjeras y por eso el ejército de los EE.UU. extiende sus bases por doquier.

A medida que cae el dólar, suben los precios de las importaciones, con los combustibles y los minerales en cabeza. En algo hay que ceder. ¿Cómo pueden los hogares y las empresas pagar sus deudas, si los costes operativos de la calefacción, la electricidad y el transporte absorben cada vez más sus ingresos?

La única vía para detener la hemorragia es negociar la deuda como incobrable, empezando con los bonos del tesoro norteamericano que tienen los bancos centrales extranjeros. Más, ¿qué pueden ofrecer a cambio los EE.UU.? Pedir a los gobiernos extranjeros un sacrificio económico de tal magnitud resulta de todo punto inviable, a menos que el gobierno de los EE.UU. esté dispuesto a negociar un gran acuerdo global. Teniendo, como tiene, poco que ofrecer en reciprocidad, la vía más prometedora para convencer a los gobiernos extranjeros para que renuncien a ver satisfechas las obligaciones contraídas por la economía estadounidense es incluir en la negociación la única cosa que Norteamérica puede ofrecer: la dimensión militar.

Y yo sólo puedo ver una vía para ofrecer eso. Los EE.UU. tendrían que estar de acuerdo en desmantelar todas sus bases militares de ultramar (o al menos, las que se hallan fuera del hemisferio occidental). Eso significaría renunciar a su sueño de imponer su hegemonía mundial por la fuerza de las armas. Eso los liberaría también, a ellos y a los otros países, de la carrera armamentista post Guerra Fría. Contribuiría a revivir la producción y el consumo de la economía “real” al liberar recursos para gastar en consumo y en nueva inversión directa. De paso, liberaría a los EE.UU. del “Capitalismo del Pentágono”, esto es, de los excesivos costes de contratos que, aparentemente, han conducido a la ingeniería industrial norteamericana a una situación de incapacidad para hallar métodos de producción minimizadores de costes, perdiendo por esa vía su habitual ventaja tecnológica competitiva.

Los países extranjeros han terminado por mirar a los EE.UU. desde la misma perspectiva con que la administración Bush miraba a otros países: cualquier potencial económico tiene, por definición, un carácter militar. De lo que se infiere que lo que podría llegar a ocurrir, ha de ser descontado desde el comienzo y, por lo mismo, desde el comienzo reprimido. Los EE.UU. se han convertido en la principal fuerza agresiva desestabilizadora del mundo. Sin abordar abiertamente los problemas que presenta este militar “elefante en cacharrería”, cualquier alivio de las obligaciones que la economía de los EE.UU. tiene contraídas con los gobiernos extranjeros no haría sino permitir que Norteamérica mantuviera o aun incrementara su presencia militar global, construyendo todavía más bases en el extranjero e imponiendo un drenaje de balanza de pagos todavía mayor al dólar. “Sostener el dólar” ha llegado a ser sinónimo de subsidiar la adicción del Ejecutivo norteamericano a la diplomacia militar hegemónica.

Desgraciadamente, no es ésta una verdad que la opinión pública norteamericana quiera escuchar.

(1) Los fondos hedge (fondos de riesgo) son fondos de inversión que utilizan técnicas de cobertura no autorizadas en los fondos de inversión tradicionales, como las ventas al descubierto, los instrumentos derivados y el apalancamiento (una inversión es más “apalancada” cuanto menor capital se necesite invertir para obtener un resultado concreto). Normalmente los fondos hedge imponen una cantidad mínima de inversión inicial de varios cientos de miles de euros, limitando de esta forma la participación del público general, y se dirigen a instituciones y grandes fortunas individuales. (Not. del editor)

Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990 colaboró en el establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo para Scudder Stevens & Clark. El Dr. Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los gobiernos de los EE.UU., Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire.
Fuente: Sin Permiso

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