Pobrecita Honduras

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Sigo diciendo que nos tienen miedo porque no tenemos miedo, ni al militar ni al politiquero. Aun y así la gente corra, se disperse al escuchar los tiros, y es que nadie vino a morir, pues de la vida venimos. Lo deseado es continuar pariendo vida, sino, que algún sesudo diga cómo.

Tampoco tenemos miedo al politiquero, a ese del cual nos urge desprendernos, saber que es huero y viene de atrás también. Muchísimo de atrás. Quizá ya no pocos lo sabían, pero es bonito andar en montonera comunión, respetando al hermano y la hermana, pues todos somos granos del mismo maíz en una misma mazorca. Tontos seríamos si olvidáramos que en la diferencia nos multiplicamos.

Hoy me pueden cuestionar, replicarme que es fácil hacer leña del árbol caído. Sin embargo, a esos, les contesto de cuál árbol me andan hablando. Yo solo veo retoños. Y que no hace falta leña para hacer fuego. El fuego nunca se empleó, deja heridas en la piel; como tan malo es quemar a un hermano, aunque nos apunte con un rifle, y vista de militar.

Él es más pobre que todos nosotros. Hay una pobreza inconmensurable en los raquíticos que le dan valor a un arma. Los cobardes, cuando pierden el fusil, pierden la arrogancia de cuando nos enmirillaban.

No perdonamos; no por soberbios, todo lo contrario. Perdónennos cuando dejemos atrás la humildad que nos hermanó. Esto a su vez, no quiere decir, que olvidemos. La memoria como la conciencia, es fastidiosa. Tanto para unos y para otros. Cabe señalar, que se recuerda de dos maneras diferentes. Están los enojados: ellos escriben, hacen murales, no ya en el Rockefeller Center, sino en la primera pared que los invita y los deja expresarse. Está el de la guitarra o el que no más sabe silbar y con eso se alivia del fastidio. Entonces el fastidio se transforma en los retoños de los que hablaba.

Un enojado no es rabioso. Los de la rabia espumosa, son los otros, los que tampoco pueden olvidar. Cuántos macanazos repartieron; ni el terror que los sobrecogió la vez en que se les terminaron las municiones. Miren dos maneras tan disímiles del fastidio de la memoria y la conciencia.

Siempre es necesario un desmemoriado para que se cumpla la norma. Vean este que ahora es presidente. De joven era mandamás de las juventudes del partido comunista de su país. Se quedó con la mala costumbre de ser cordero siempre. Cuando la nieve de Moscú se derritió entonces la de New York, estuvo más interesante. Politiquero por politiquero, también da igual. Los que no están igual, son los que sin haber escuchado de Gandhi, o el concepto de pacifismo, hicieron valer la desobediencia civil, y no los entendían. Menos aun si les mataban un hermano o hermana a mansalva. Ya nada quedó igual; para bien y para mal, nada quedó estático.

Por eso me quedo con los pobres, los que son bellos y saben cuidar la belleza de sus manos crudas. Con el arroyo y la sierra.

Por: Frank García Hernández

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